EL PLANET MANAGEMENT DE LA POBREZA GLOBAL por Luis Arizmendi (+video)

Seminario “Bolívar Echeverría”. Conferencia de Luis Arizmendi: “Capitalismo necropolítico y estados contrahegemónicos en América Latina del siglo XXI”.  23 de enero de 2015

El planet management de la pobreza global

Luis Arizmendi

68 No se olvida

 

I

El planet management de la pobreza global

Nunca una época en la historia de la humanidad había tenido tantas oportunidades efectivas de progreso que se encontraran tan radicalmente bloqueadas y cercenadas para poner en su lugar la devastación. El siglo XXI, sin duda, ha llevado a su cumbre el carácter esquizoide de la modernidad capitalista: con la informática, la biotecnología, la nanotecnología y la tecnología espacial, contiene en sí mismo el progreso tecnológico más poderoso en la historia de las civilizaciones y, sin embargo, a la par, despliega la devastación más amenazadora contra el proceso de reproducción de la vida de la sociedad planetaria y de la naturaleza.

Si se mira panorámicamente la historia del último siglo, puede verse que en el tiempo de lo que Hobsbawn denominó la “época de la guerra total” [1] emergió, ante todo con el nazismo alemán, el proyecto del planet management –es decir, el proyecto de la dominación tecnocrático autoritaria del planeta–, una fase en la cual la mundialización capitalista no se detuvo en hacer uso de su poder tecnológico para desatar la devastación con el fin de apuntalar su poder planetario. Posteriormente, en lo que los franceses calificaron como los trente glorieuses, la mundialización capitalista recurrió a la configuración liberal del Estado para hacer uso de él como contrapeso ante los efectos destructivos desplegados por la acumulación global. En el auge de la postguerra, el ascenso del estándar de vida, la promoción de procesos electorales formales y la defensa de la soberanía nacional fueron políticas estratégicas que desde el Estado el capitalismo propiamente liberal desplegó tanto en el Norte como en el Sur, no por filantropía sino para control estratégico de la rapport de forces ante las que Wallerstein denomina las “clases peligrosas”. [2] Pero hacia el fin del siglo XX y la entrada al siglo XXI, la mundialización capitalista ha renunciado a su dispositivo estratégico clave para administración de la lucha global de clases: el Estado liberal. Bajo una metamorfosis muy singular, el proyecto del planet management ha retornado.

Con la vuelta de siglo, el capitalismo global no sólo ha asumido que la promesa del progreso y el confort para todos ha caducado, sino que para que el bienestar pueda efectivamente generarse y mantenerse para unos cuantos deberá, más que admitirse, propulsarse la tragedia y el dolor para muchos más. Dos son las dimensiones de la crisis global contemporánea que especialmente hacen inocultable la re-edición bajo nuevas formas del proyecto del planet management: la crisis ambiental mundializada y la mundialización de la pobreza.

Lejos de responder ante estas dos dimensiones esenciales de la crisis global apuntando a trascenderlas, el capitalismo del siglo XXI ha asumido que no se va a detener en la devastación antiecológica de la naturaleza ni tampoco ante la devastación del proceso de reproducción vital de la sociedad global. Dejando atrás las veleidades keynesianas, ha asumido que las nuevas formas tan eficaces de acumulación acelerada de capital mundial seguirán adelante, incluso si se puede se radicalizarán, administrando, en todo caso, el cercenamiento y la muerte de millones de personas. El planet management del cambio climático y el planet management de la pobreza global constituyen, en el siglo XXI, las principales expresiones de una configuración para nada “neo-liberal” sino, más bien, cínica del capitalismo, es decir, de una configuración que no se detiene en hacer uso de su violencia económico-anónima para llevar a cabo el apuntalamiento de su poder económico y político planetario.

Es de la re-edición del proyecto del planet management que nació como peculiaridad de nuestra era la mundialización de la pobreza. Hacia el fin del siglo XX, la pobreza que no era global, se mundializó. Por primera vez en la historia de la mundialización capitalista, la pobreza desbordó sus alcances regionales y se volvió planetaria. Si la crisis de 2007-2008 puso al descubierto tanto la crisis financiera global como la crisis mundial alimentaria, si el Informe del Club de Roma de principios de los 70`s permite fechar el inicio de la crisis ambiental mundializada, el Informe sobre desarrollo mundial 1990 del Banco Mundial da fecha al nacimiento de la mundialización de la pobreza como peculiaridad de nuestra era. Integrando lo que cabe llamar la crisis epocal del capitalismo, la crisis ambiental mundializada, la crisis mundial alimentaria, la crisis financiera global y la mundialización de la pobreza en su unidad vuelven inocultable que esta crisis comenzó hace varias décadas y tiene muchas más que andar. [3]

Nunca un organismo internacional había asumido como problema estratégico del sistema mundial la medición de la pobreza global. Si el Banco Mundial lo hizo no fue para contrarrestarla, sino para inaugurar su administración autoritaria mediante el planet management de la pobreza global.

Aunque sugerente porque muestra la incoherencia interna contenida en la concepción de la línea de pobreza extrema trazada por el Banco Mundial –que, por un lado, reconoce que no basta “un nivel mínimo de nutrición” para evaluar la pobreza, por tanto, que debería considerarse “el costo que implica participar en la vida cotidiana de la sociedad”, pero, por otro, sin ningún reparo, desecha absolutamente este costo descalificándolo como “subjetivo”–, una crítica como la de un especialista tan importante como David Gordon –Director del Centro Townsend de Investigación de la Pobreza Internacional– requiere ser llevada más lejos. [4] La línea de pobreza extrema originalmente trazada por el Banco Mundial de ningún modo se equivoca al investigar la medida del ingreso requerido para lograr el acceso a alimentos básicos según el patrón histórico-cultural de cada sociedad nacional. La línea 1 dlr de ingreso diario cumple una función político estratégica que la convierte en guía el planet management de la pobreza global: explora y ubica aquellos puntos en la economía mundial donde la devastación capitalista de la vida humana ha arribado ya a una auténtica situación límite, donde sobrevivir mínimamente se vuelve insostenible y, por tanto, ante los focos rojos de potencial desestabilización política se vuelve imprescindible para el poder planetario canalizar programas que, lejos de ser de combate contra la pobreza, más bien conforman programas de combate contra los pobres. Para el Banco Mundial, si un conjunto de sujetos no tienen vivienda, vestido, calzado, agua, mesas, gas o instrumentos de consumo no es pobre extremo. Revelando una concepción cínica de la pobreza mundial, sólo identifica como pobres extremos a aquellos sujetos y grupos sociales que no pueden adquirir alimentos crudos. Además de escamotear reconocer la auténtica medida de la pobreza mundial, una línea de este orden es estratégica porque orienta la dirección hacia la cual deben canalizarse las políticas de control y contención de la lucha de clases, aplicando programas para acceso a alimentos básicos a la población en esa situación para garantizar su subordinación política. El planet management de la pobreza global propulsa formas violentas de una acumulación mundial del capital acelerada que administra el surgimiento inevitable de millones de heridos y muertos. [5]

Desde 2007, en un ensayo sumamente relevante titulado “Globalización y Desarrollo Desigual”, Giovanni Arrighi demostró que, para 1980, no cabía la menor duda de que la industrialización de los países integrantes del denominado en aquel tiempo Tercer Mundo definitivamente se había alcanzado, pero, sin embargo, para el año 2000, la brecha de ingresos entre el ex Tercer y el ex Primer Mundo seguía siendo prácticamente la misma que medio siglo atrás. Contraponiéndose a los cálculos de Ravallion –quien fuera economista en jefe del Banco Mundial–, [6] Arrighi reconceptualizó la misma información del Banco Mundial con el objetivo de demostrar el modo en que la historia económica hacía pedazos todas las promesas del mito del progreso que acompañaron la mundialización de la gran industria capitalista. En ese sentido planteó que, si se mide el PIB de la manufactura por regiones del ex Tercer Mundo en relación al del ex Primer Mundo, “ mientras, en 1960, el grado de industrialización del Tercer Mundo equivalía al 74.6% del Primer Mundo, en 1980 era virtualmente el mismo (99.4%)”. Pero, no obstante, a la par, si se calcula la brecha de ingresos en función del PIB per cápita de los países del ex Tercer Mundo como proporción del PIB de los países del Primer Mundo, emerge que, en 1960 era de 4.5%, en 1980 de 4.3% y en el año 2000 de 4.6%. [7] Derrumbando las ilusiones del mito del progreso, la mundialización de la modernidad capitalista y su gran industria se ha alcanzado, pero dejando indemne la brecha de ingresos entre el ex Tercer y el ex Primer Mundo. Para inicios del siglo XXI es claro, la mundialización del progreso tecnológico con la modernidad capitalista no trajo consigo la mundialización del bienestar (ver cuadro).

PIB per cápita por regiones como porcentaje del PIB per cápita del Primer Mundo *

Región 1960 1970 1980 1990 2000
África Subsahariana 5.2 4.4 3.6 2.5 2.0
América Latina 19.7 16.4 17.6 12.3 13.7
Asia Occidental y 
África del Norte
8.7 7.8 8.7 7.4 8.3
Sur de Asia 1.6 1.4 1.2 1.3 3.0
Asia Oriental (sin China y Japón) 5.7 5.7 7.5 10.4 10.0
China 0.9 0.7 0.8 1.3 3.0
Tercer Mundo* 4.5 3.9 4.3 4.0 4.6
Tercer Mundo (sin China) 6.4 5.6 6.0 5.2 5.4
Fuente: Cálculos realizados por Giovanni Arrighi con base en los Informes del Banco Mundial 1984, 2001 y 2004. 

*Países incluidos en el Tercer Mundo: África Subsahariana: Benin, Botsuana Faso, Burkina, Camerún, República de África Central, Chad, República del Congo, República Democrática del Congo, Costa de Marfil, Gabón, Ghana, Kenia, Lesotho, Madagascar, Malawi, Malí, Mauritania, República de Mauricio, Níger, Nigeria, Ruanda, Senegal América Latina: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Haití, Jamaica, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Trinidad y Tobago, Uruguay y Venezuela

Asia Occidental y África del Norte: Argelia, República Árabe de Egipto, Marruecos, Arabia Saudita (2002 usado para 2003), Sudán, República Árabe de Siria, Túnez y Turquía

Sur de Asia: Bangladesh, India, Nepal, Pakistán y Sri Lanka.

Asia Oriental: Hong Kong, Indonesia, Corea del Sur, Malasia, Filipinas, Singapur, Taiwán (no incluido en 2000 y 2003), Tailandia

Pocos años antes, oponiéndose a la lectura neomalthusiana que convenientemente adjudica a la explosión demográfica el fundamento de la devastación del proceso de reproducción vital de la sociedad planetaria, dos importantes informes emitidos por la ONU constituyeron los documentos en los que un organismo internacional reconoció, por primera vez, la mundialización de la pobreza como una de las dimensiones esenciales más peculiares de nuestra era. En el 2003, The Challenge of Slums and Slums of the World: The Face of Urban Poverty in the new millennium, informes de UN-Habitat, a la letra plantearon: “ las áreas urbanas hiperdegradadas y la pobreza urbana no son sólo la manifestación de la explosión poblacional y el cambio demográfico… Las políticas neoliberales han reestablecido un régimen internacional similar al que existía en el siglo XIX… La dirección dominante de las intervenciones tanto a nivel nacional como internacional desde 1975, en realidad, ha incrementado la pobreza urbana y las áreas urbanas hiperdegradadas, ha intensificado la exclusión y la desigualdad… Los pobres urbanos están atrapados en un mundo informal e `ilegal ́, que con sus áreas urbanas hiperdegradadas no se refleja en los mapas”.

Rebasando la perspectiva del discurso del poder sobre la globalización –que promulgó la ilusión de que, luego de la caída del Muro de Berlín, la globalización del capitalismo detonaría la globalización del bienestar y que, desde ahí, atribuye presuntamente a una mala gobernanza y a políticas económicas erradas la inocultable expansión contemporánea de la pobreza internacional–, The Challenge of Slums rompe con el Consenso de Washington al imputarle al neoliberalismo una responsabilidad directa en la generación de una auténtica regresión histórica hacia el escenario del siglo XIX por la gestación de la mundialización de la pobreza. “El ascenso del neoliberalismo está asociado con el crecimiento del comercio internacional, la privatización de los bienes y servicios, la reducción del gasto público de bienestar y la reforma de la regulación. Cada uno de estos ha tenido impactos sustanciales en la pobreza urbana, suscitando en la mayoría de los casos impactos muy negativos”. [8] De persistir, hacia el año 2020, “la pobreza urbana del mundo podría alcanzar al 45% o 50% del total de la población residente en las ciudades”. [9]

Reconociendo los alcances del traslado histórico de la pobreza de su forma rural hacia su forma urbana, The Challenge of Slums plantea que en estas áreas hiperdegradadas ya habita un tercio de la población urbana mundial. [10] A principios de este nuevo siglo y milenio, el número total de habitantes en slums en el mundo alcanzó los 924 millones de personas. Lo que significa alrededor del 32% de la población urbana total. Si se avanza concentrando la mirada en las regiones en vías de desarrollo la proporción se acrecienta hasta corresponder al 43%, si se va más lejos y se concentra la mirada en los países menos desarrollados se descubre que los habitantes de slums equivalen al 78.2% de la población urbana. [11] Esto significa que actualmente cuatro quintas partes de la población urbana de los países más pobres vive en áreas urbanas hiperdegradadas. Y la tendencia para las próximas décadas es auténticamente atroz: The Challenge of Slums calcula que, para 2030 o 2040, los habitantes de slums en el orbe aproximadamente serán dos mil millones. [12]

Escenarios como el de Lagos –la ciudad conocida como la más peligrosa del continente africano, donde muy posiblemente se extiende el corredor más espacioso e ininterrumpido de miseria sobre el orbe–, como el de Phnom Penh o El Cairo –donde los migrantes que arriban alquilan lugar en las azoteas para construir auténticas ciudades-miseria en el aire–, escenarios como el de Ponticelli o Scampia en Nápoles –donde la pobreza es fundamento de la transición a un capitalismo criminal en el que la delincuencia organizada se opone al desarrollo socioeconómico obstaculizándolo porque ve en él una amenaza a su poder sobre la población– o como el de Rocinha –la más grande favela de Brasil–, le dan cuerpo y concreción histórica a una mundialización capitalista efectivamente cínica que ya ha integrado alrededor de 250 mil o más áreas urbanas hiperdegradadas.

Las áreas urbanas hiperdegradadas no están sólo en el Sur, existen a lo largo y ancho del orbe. Aunque, por supuesto, se multiplican mayormente por el Sur, su creciente presencia en el Norte revela el impacto del camino por el cual el capitalismo de la vuelta de siglo ha conducido su mundialización. Términos como umjondolo en África o bidonvilles en Francia, tanake en Líbano o trushchobi en Rusia, chawls en India o ghetto en EU, baladi en Egipto o cortiço en Brasil, entre otros, dotan de nombre a la mundialización de la pobreza.

Pese al inocultable carácter de la mundialización de la pobreza como una de las dimensiones más distintivas de la crisis epocal del capitalismo del siglo XXI, muy pocos Estados, ciudades u organismos han reconocido esta situación crítica.

No es irrelevante que, desde Estados Unidos, el economista de la Universidad de Yale, Thomas Pogge, haya llegado al grado de postular que la pobreza se ha vuelto en el siglo XXI una problemática de derechos humanos. Realizando un paralelismo impactante, para cuestionar al Banco Mundial, Pogge ha demostrado que, entre 1990 y 2005, las muertes asociadas a la pobreza suman: 300 millones! Cerca de 20 millones por año, lo que significa más del doble anual de muertes que en la Segunda Guerra Mundial (donde la media anual fue de 8 millones); y seis veces más que el total de muertos en esa Guerra (que fue de 50 millones). En este sentido, la caracterización de Thomas Pogge de la pobreza global como un problema de derechos humanos es indudablemente certera justo porque ubica que, en el siglo XXI, es la vida misma de los pobres la que está realmente puesta en peligro. [13]

Luego de haber trazado su línea original de pobreza extrema para identificar las zonas límite de la reproducción vital de la sociedad global, el Banco Mundial fue más lejos, ya que, no ha actualizado su propia línea de pobreza extrema para generar la imagen ilusoria de que viene disminuyendo. Es importante percibir que sus líneas de pobreza se encuentran doblemente mutiladas. En primer lugar, porque reducen la pobreza a pobreza alimentaria y, sobre eso, reducen cínicamente la pobreza alimentaria a adquisición de alimentos crudos. Y, en segundo lugar, como si lo anterior no bastara, porque ha mantenido sus líneas de pobreza sin considerar la inflación de los alimentos. Thomas Pogge ha demostrado que, para el periodo de 1981 a 2005, el Banco Mundial genera la imagen de que la pobreza global ha disminuido en un 27%, porque sólo ha llevado, sin ninguna sustentación, su línea original de $1 a $1.25 dlrs de ingreso por día. Si se tomara en cuenta la inflación, la misma línea cínica del Banco Mundial, reducida exclusivamente a la adquisición de alimentos crudos, debería escalarse para ser de $2.21 dls hoy día. Si se empleara una línea de $2.5 dls, se vería que la pobreza mundial lejos de disminuir, ha aumentado en un 13% en la vuelta de siglo.

Con la acumulación de heridos y muertos generados por condiciones de pobreza extrema, no cabe duda, el capitalismo del siglo XXI ha asumido la administración tecnocrático autoritaria, es decir el planet management, de la pobreza global.

II

El triple fundamento histórico de la mundialización de la pobreza

Si se escudriña panorámicamente la génesis de la mundialización de la pobreza como peculiaridad de nuestra era, podría decirse que son tres sus fundamentos históricos: 1) la tendencia hacia la victoria de la renta tecnológica, 2) la revolución informática como plataforma de la mundialización de la sobre-explotación laboral y 3) el adiós al Estado liberal generado desde la propulsión global del Estado autoritario.

A lo largo del último siglo y medio, un doble monopolio defensivo les permitió a los Estados periféricos resistir ante las relaciones de poder que ejercen sobre ellos los capitalismos metropolitanos: el monopolio sobre sus recursos naturales excepcionalmente ricos y el monopolio sobre su fuerza de trabajo excepcionalmente barata. Subordinados ineludiblemente por la supremacía tecnológica que detentan los capitalismos metropolitanos, los Estados periféricos han tenido que rendir, una y otra vez, un tributo sistemático que conforma una enorme ganancia extraordinaria para el capital mundial: la renta tecnológica. [14]  Una transferencia ingente de riqueza que el capital transnacional ha impuesto a las periferias mediante el intercambio desigual en la economía mundial. El modo en que los capitalismos periféricos han compensado históricamente este tributo ha consistido en la instalación del doble monopolio sobre su su propia fuerza de trabajo nacional y, a la par, sobre sus recursos naturales estratégicos. Las relaciones de poder de la economía mundial, así, colocaron a los Estados periféricos en la imposibilidad histórica de ser el doble de los Estados metropolitanos. Sin embargo, este choque histórico inestable pero implacable, en el que a veces las periferias avanzan, a veces los poderes de la metrópoli las hacen ceder, siempre ha estado regido por un trend secular que, en la vuelta de siglo, ha intentado triunfar: enfrentada a los monopolios defensivos de los Estados periféricos, la renta tecnológica ha buscado crecientemente erosionarlos hasta poder derribarlos para vencerlos de forma definitiva. Con el objetivo de abrirse paso sin restricción alguna para imponer la sobre-explotación de los recursos naturales excepcionalmente ricos de las naciones periféricas, el capitalismo global las ha embestido apuntando a doblegarlas para obtener el control transnacional de esa riqueza estratégica. A la vez que, las ha presionado para conformar configuraciones antinacionalistas del Estado que garanticen la imposición de una sobre-explotación laboral extremadamente agresiva sobre su población nacional. Producto de una ofensiva continua de largo plazo, con la vuelta de siglo, la victoria tendencial de la renta tecnológica ha venido derribando las defensas que ejercían los Estados periféricos y se encuentra golpeando con radicalidad los soportes de la reproducción vital de sus naciones para asegurar una colosal sustracción de riqueza concreta y de valor en beneficio de las nuevas formas cínicas de acumulación acelerada del capital mundial. La tendencia hacia la victoria del trend secular de la renta tecnológica está propiciando, así, la agudización de la pobreza en las naciones periféricas.

Por ser el único país que ha seguido al pie de la letra las exigencias del Consenso de Washington por más de tres décadas, México se ha convertido en el país prototipo de la derrota de los monopolios defensivos de la periferia por la victoria de la renta tecnológica del capital transnacional. Desde una fina crítica a los métodos de medición de la pobreza, uno de los pobretólogos más importantes de América Latina, Julio Boltvinik ha demostrado que, en México, casi 80% de la población es pobre, mientras 50% padece pobreza extrema. [15] México es el país en el que mejor puede constatarse la “sociedad 20/80” de la que hablaba Brzezinski. [16]

Sin embargo, la pobreza del siglo XXI no está sólo caracterizada por la ofensiva de los capitales de las metrópolis contra las naciones de la periferia, los capitales de las metrópolis han pasado también a cercenar crecientemente la reproducción vital de la fuerza de trabajo de sus propios Estados nacionales. La revolución informática ha constituido una fuerza estratégica en la ofensiva del capitalismo global contra la dimensión histórico-moral y el valor de la fuerza de trabajo metropolitana.

Si se lanza una mirada panorámica a la historia de la sobre-explotación laboral, puede verse que la mundialización capitalista la ha desarrollado a través de tres fases, de suerte que, desde fines del siglo pasado, ha instaurado un nuevo período.

El primero lo constituye el período de la sobre-explotación laboral concentrada en la metrópoli. Una fase que abarca aproximadamente de 1740 a 1880, cuando la génesis de la técnica moderna con la gran industria en Occidente es usada como un arma que le permite al capitalismo fundar el enfrentamiento sistemático del destacamento de reserva contra el destacamento en activo de la clase trabajadora, presionando con aquel a éste para instalar, paralelamente al desarrollo de la explotación multimodal del plusvalor, una agresiva violación de la ley del valor en la relación capital-trabajo. Amplios porcentajes del fondo social de consumo son despojados y objeto de una violenta recanalización hacia el fondo capitalista de acumulación, como expresión de una relación de poder con la que se logra que el salario no cubra la dimensión histórico-cultural del proceso de reproducción social. Sobre-explotación laboral no es sinónimo, en consecuencia, de una amplia explotación de plusvalía. Sin dejar de darse ella, precisamente a lo que alude el concepto de sobre-explotación laboral es al hecho de que sobre la explotación del plusvalor moderno, se instala un dispositivo complementario pero distinto del que deriva una ganancia extraordinaria: la expropiación de valor al salario proletario. En eso consiste la singularidad de la sobre-explotación laboral: agrega a la explotación de plusvalor, la expropiación de valor al salario. [17]

El segundo periodo, que marcha aproximadamente de 1880 hasta 1970/1980, corresponde a una etapa en la que mientras la mundialización capitalista contrarresta en las metrópolis de Europa y EU la sobre-explotación laboral sobre sus propios trabajadores nacionales –no sobre los migrantes–, para elevar los niveles de vida con el fin de dinamizar sus mercados y sus procesos de acumulación, los capitalismos periféricos compensan el tributo que tienen que rendirle a los capitalismos metropolitanos imponiendo, una y otra vez, la violación de la ley del valor en la relación capital-trabajo dentro de sus Estados. Por eso constituye el período de la sobre-explotación laboral concentrada en la periferia. [18]  En esta fase la sobre-explotación se exporta de la metrópoli a la periferia –y una de sus expresiones complementarias es la presencia del Sur en el Norte o, para decirlo sin alegoría, la sobre-explotación de la fuerza de trabajo migrante en las metrópolis–.

El nuevo período, que ha emergido avanzando cada vez más desde los 80`s del siglo anterior, ha puesto radicalmente en evidencia la dominación de la técnica planetaria al servicio de la subsunción real capitalista. Lo peculiar de esta etapa consiste en que, desplazando al capital de retaguardia, es ahora el capital que detenta el monopolio sobre la tecnología de vanguardia el que pasa a asumir la función de comando de la expansión y agudización de la sobre-explotación laboral sobre el planeta. Con base en la informatización del proceso de trabajo, la deslocalización ha dotado al capital de las metrópolis de su mayor movilidad histórica para desplazarse de un país a otro embistiendo los salarios internacionales. Revirtiendo las promesas de que traería una elevación global del standard de vida, la revolución informática, además de generar el ejército internacional de reserva más grande de la historia económica moderna, pese a mantener el mercado laboral formalmente desglobalizado, ha producido la globalización de una intensa confrontación entre los más diversos destacamentos nacionales de la fuerza de trabajo mundial. Sin emigrar de sus países, los trabajadores de los Estados periféricos se enfrentan unos contra otros entre sí al aceptar salarios cada vez más bajos para atraer el capital transnacional.

En su balance The World Factbook, la misma CIA formuló que ya, “desde fines de la década de los noventa, sorprendentemente existían mil millones de trabajadores subempleados o que carecen por completo de empleo, lo que representa un tercio de la fuerza de trabajo mundial, la mayor parte en el hemisferio sur”, pero no sólo. [19] En lugar de la muerte del Tercer Mundo –presuntamente alcanzable porque países como Corea se incorporarían al Primer Mundo convirtiéndose en un ejemplo a seguir–, [20] y poco después de la caída del Segundo Mundo, lo que ha traído la revolución informática subsumida realmente por la acumulación mundial del capital ha sido el nacimiento del Cuarto Mundo. Es decir, la conformación de auténticos agujeros de miseria que se pueden encontrar tanto en el Sur como en el Norte, imprimiendo una forma decadente al sistema de convivencia social no sólo en Burkina Faso sino en el Bronx, no solo en Rocinha sino en Sachsen-Anhalt, no solo en Bangalore sino en San Petersburgo. Este justo es el que constituye el período de mundialización de la sobre-explotación laboral.

Es a éste período al que corresponde una agresiva reconfiguración del Estado moderno. Si la lucha de clase presionó en el siglo XX para que el Estado liberal aprobara legislaciones laborales que duplicaran en el plano constitucional la ley del valor rectora de la relación capital-trabajo, el capitalismo global del siglo XXI está presionando por avanzar en la mundialización de una configuración del Estado que apruebe legislaciones laborales que violen la ley del valor en la relación capital-trabajo tanto en las periferias como en las metrópolis. Las “reformas laborales” del siglo XXI, en consecuencia, están llegando para redondear la ofensiva “neoliberal” que se inició con la política anti-inflacionaria esencialmente dirigida a golpear el salario real y el recorte a los recursos para educación y salud pública.

Si Estado cínico es el nombre que cabe asignarle a una configuración del Estado moderno que no se detiene en propulsar la conversión de lo público en privado para integrar formas aceleradas de acumulaciónde capital, y que, a la par, ataca tanto el salario directo (es decir, el salario que se percibe como un ingreso para la adquisición de bienes) como el salario indirecto (esto es, aquel conjunto de bienes subsidiados o servicios públicos a los que anteriormente tenía derecho la fuerza de trabajo); Estado autoritario –recuperando la expresión de Horkheimer– [21] es el nombre que cabe asignarle a una configuración del Estado que, lejos de regirse por el laissez faire laissez passer, impone de modo violento una cierta correlación de fuerzas al interior de la clase dominante para favorecer a un cierto conjunto de capitales y abiertamente desfavorecer o incluso atacar a otros. Además de que, por supuesto, hace valer la violencia político-destructiva como complemento de la violencia económico-anónima contra los dominados modernos para imponer formas aceleradas de acumulación capitalista.

A partir de la estructura del proto-Estado global que integran el Banco Mundial, el FMI, la ONU y el G-8, la mundialización capitalista del siglo XXI está presionando por multiplicar el Estado cínico autoritario en todas las latitudes, tanto en el Sur como en el Norte.

Frente y contra la mundialización de la pobreza como peculiaridad de nuestra era, dos políticas estratégicas aparecen en el horizonte esencial de las alternativas anticapitalistas del siglo XXI: el proyecto del Estado contrahegemónico soberano (que tiene sus principales ponentes en Bolivia, Ecuador y Venezuela) [22] y el proyecto de la desmercantificación de la fuerza de trabajo que se puede promover desde el ingreso ciudadano universal (más conocido en inglés como basic income). [23]

Vivimos en la era del mayor desarrollo tecnológico en la historia de la modernidad. Otras alternativas son viables y posibles. Duermen en los pliegues de nuestra era. Pero para vislumbrarlas debe empezar a abrirse la perspectiva hacia proyectos de Estados soberanos contrahegemónicos, dispuestos a enfrentarse al proto-Estado global, y a proyectos de modernidad donde la legalidad de la mercantificación funcional al capitalismo cínico sea desplazada y vencida por principios genuinos que otorguen la máxima jerarquía en la reproducción de las naciones a la seguridad humana.

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Notas

[1] Eric Hobsbawn, Historia del siglo XX, Ed. Crítica, Buenos Aires, 1998, pp. 29-61.
[2] Immanuel Wallerstein, Después del liberalismo, “El colapso del liberalismo”, Ed. Siglo XXI, México, 1996, pp. 231-249.
[3] Luis Arizmendi, “Crisis epocal del capitalismo, encrucijadas y desafíos del transcapitalismo en el siglo XXI” en el libro Nuestra América Latina y EU: desafíos del siglo XXI, Centro Internacional de Información Estratégica y Prospectiva de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, y la Universidad Central de Ecuador, 2013 (se puede consultar en el link: http://www.asipress.ir/vdcdno0f.yt0956ml2y.txt).
[4] David Gordon, “La medición internacional de la pobreza y las políticas para combatirla” en Julio Boltvinik y Araceli Damián, La pobreza en México y el mundo, Siglo XXI, México, 2004, p. 57.
[5] Luis Arizmendi y Julio Boltvinik, “Autodeterminación como condición de desarrollo en la era de mundialización de la pobreza”, Mundo Siglo XXI no. 9, verano 2007, CIECAS, IPN, México, pp. 31-53.
[6] Martin Ravallion, “Competing Concepts of Inequality in the Globalization Debate”, en World Bank Policy Re- search Working Paper 3243 (March), 2004.
[7] Giovanni Arrighi, “Globalización y Desarrollo Desigual”, revista internacional Mundo siglo XXI no. 13, CIECAS, IPN, México, verano 2008, pp. 9-10 (traducción al español realizada por Víctor Corona y Luis Arizmendi).
[8] UN-Habitat, The Challenge of Slums, Global Report on Human Settlements 2003, Earthscan Publication Ltd, UK/USA, pp. 2-3.
[9] UN-Habitat, Slums of the World: The face of urban poverty in the new millennium?, New York, 2003, p. 12.
[10] The Challenge of Slums, p. XXIX.
[11] Op. cit, p. VI.
[12] Op. cit, p. XXV.
[13] Thomas Pogge, Hacer justicia a la humanidad, FCE, México, 2009, 526.
[14] Bolívar Echeverría, “Renta Tecnológica y Capitalismo Histórico”, Mundo Siglo XXI no. 2, otoño 2005, CIECAS, IPN, México, pp. 17-20.
[15] Julio Boltvinik, “Para reformar la reforma social neoliberal (que ha fracasado) y fundar un auténtico Estado de bienestar en México”, Estados & Comunes, Revista de política y problema públicos no.1, IAEN, Ecuador, 2013, pp. 68-71.
[16] Hans Peter Martin y Harald Schumann, La trampa de la globalización, Taurus, México, 1998, pp. 7-19.
[17] Karl Marx, El Capital, Siglo XXI, México, 1975, T. I., vol 2, cap. XIII, apartado 3, pp. 480-510; y vol. 3, cap. XXIII, 782-808.
[18] Este fue el periodo que, a juego de la relación entre EU y América Latina, descifró en esencia Ruy Mauro Marini en su clásico Dialéctica de la dependencia, Era, México, 1979.
[19] Central Intelligence Agency, The Wolrd Factbook, Washington DC, 2002, p. 80.
[20] Nigel Harris, The End of the Third Wolrd, Harmondsworth, Middx, UK, Penguin, 1987.
[21] Max Horkheimer, Estado Autoritario, Itaca, México, 2006.
[22] Luis Arizmendi y Gordon Welty, “Latin America and the Epochal Crisis of Capitalism”, incluido en Berch Berberoglu (Coord), The Global Capitalist Crisis and Its Aftermath, Ashgate, US, 2014.
[23] La construcción de la diferenciación de las formas espuria, liberal y transcapitalista de la renta básica, puede verse en Luis Arizmendi, “Crisis epocal del capitalismo y desmercantificación en el siglo XXI”, Horizontes de la vuelta de siglo, CIECAS, IPN, México, 2011, pp. 195-201.

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Capitalismo necropolítico y Ayotzinapa

Luis Arizmendi

 

Ayotzinapa evoca Auschwitz. Esta impactante formulación expresada por Poniatowska, establece un paralelismo que no es una alegoría. No debe ser tomado a la ligera. Ayotzinapa no es simplemente Ayotzinapa, es la ventana a una época. Pone al descubierto, en todo su horror, la nueva configuración por la que atraviesa México: el capitalismo necropolítico. Posiciona la política de muerte como fundamento de aceleradas y decadentes formas de acumulación por desposesión. Ayotzinapa ha despertado una protesta peculiar: la primera lucha nacional contra el capitalismo necropolítico.
Si se periodiza críticamente la historia de México en las últimas décadas, emerge que es el desenlace de una trayectoria que ha pasado por el capitalismo cínico y el capitalismo narcopolítico.
A fines del siglo pasado, la mundialización capitalista le dijo adiós al Estado liberal, que había operado en el Sur y en el Norte, impulsando, para control de lo que Wallerstein denomina “clases peligrosas”, el ascenso del estándar de vida y la soberanía nacional. Entre 1982-88, México se integró a esa tendencia, instalando el mismo mecanismo que poco antes se estrenara en Argentina mediante la dictadura militar: la acumulación por desposesión del salario nacional como fuente de tributo para pagar deuda externa. En menos de seis años, décadas de desarrollo social fueron duramente revertidas. Para 1987, el salario mínimo real se ubicó en su nivel más bajo desde 1951. Enormes masas de riqueza que originariamente conformaban fondo social de consumo, fueron recanalizadas para integrar fondo capitalista de acumulación. Nació una configuración del capitalismo que, no cabe llamar “neo-liberal”, sino más bien cínica. El establecimiento de la acumulación por desposesión dejó atrás la promesa del progreso para todos. El mercado pasó a definir los heridos y los muertos.
Entre 1988-2006, la economía criminal, que siempre ha acompañado la historia del capitalismo, creció a través de un abanico cada vez más amplio de modalidades que instalaron un tejido creciente entre diversos conjuntos de la clase política y la economía criminal: emergió el capitalismo narcopolítico. En el inicio, en ciertos lugares, se edificó cubriendo funciones –como construcción de escuelas o carreteras– abandonadas por el Estado. Pese a que la ONU informó, en los primeros años del siglo, que México importaba efedrina en tal magnitud que exigía que todos los mexicanos estuvieran enfermos de gripa todo el año, se empezaron a tomar medidas hasta 2005, cuando la economía criminal mexicana ya tenía fábricas y contratos en Asia.
De 2006 en adelante, sucedió la transición al capitalismo necropolítico. Una transición germinada en las décadas previas, se consolidó. La política de muerte como fundamento de inéditas formas de acumulación por desposesión se expandió: la esclavización de migrantes en la frontera sur, la trata de blancas, el despoblamiento seguido por repoblamiento dócil de zonas con recursos naturales estratégicos o, como en Michoacán, la imposición de tributo por circulación de mercancías, circulación de personas y hasta por metro cuadrado de casa habitación, se volvieron fuentes múltiples de un nuevo tipo de renta: la renta criminal. Tremenda concentración de riqueza privada imposible si no fuera por el establecimiento violento de la acumulación por desposesión basada en la necropolítica. Su expresión más sórdida: el país esta lleno de fosas.
La economía criminal nunca había conformado corredores estructurales de tanto peso para la acumulación nacional y global. Su alcance es tal que Edgardo Buscaglia calcula que los cúmulos de capital derivados de la renta criminal se entrecruzan con negocios legales para corresponder al 40% del PIB nacional y se mueven en la economía mundial a través de una red actuando en 47 países. La economía criminal que opera desde México es de las más poderosas del siglo XXI.
Ayotzinapa ha activado una lucha inédita en la historia nacional con impactos internacionales. Su dolor es el mirador a un tiempo ominoso e inadmisible. El bloque histórico en gestación al que convoca podría cambiar el futuro. Es sumamente plural. Suscita una abierta convergencia de los más diversos sujetos: estudiantes de universidades públicas y privadas, obreros, campesinos, artistas, feministas, católicos, monjas, krishnas, agnósticos e indígenas. Su justo reclamo ha motivado manifestaciones en decenas de ciudades en Europa, Sudamérica y EU. Los padres de Ayotzinapa tienen espejos en Argentina y Bolivia. Recuerdan a las madres de la Plaza de Mayo. La lucha requiere ser pacífica para mantener en curso la cohesión y desarrollo del bloque histórico que está naciendo en oposición al capitalismo necropolítico. Bolivia ya demostró que las movilizaciones pacíficas si logran transformar el sistema político. El México del siglo XXI se merece una historia alternativa, está convocando a democratizar el país y sus instituciones.
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