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SORTU Y LA REVOLUCIÓN RUSA

Por Joxan Rekondo

Eskadi

1. La resolución final del Congreso que Sortu realizó a primeros de año apeló, a modo de polos magnéticos que orientan su proyecto, a los 150 años del Manifiesto Comunista y a los 100 de la Revolución rusa. Esto no es sorprendente. De modo invariable desde hace 50 años, Marx y Lenin marcan el rumbo en la brújula que emplea el socialismo revolucionario vasco.

El deseo de entender y explicar lo que significa la inserción de dichos episodios históricos en el texto resolutivo de la organización dirigente de la izquierda abertzale nos plantea la obligación de aproximarnos a ellos e interpretarlos. La evocación religada de ambos (Manifiesto Comunista y Revolución rusa) es por sí misma suficientemente elocuente, expresiva de la tradición marxista-leninista latente en el texto.  Para interpretar las implicaciones de la secuencia revolucionaria que las une -y su posible extrapolación a otros escenarios- hay que echar una mirada a los elementos definitorios de la Revolución rusa, que es la manifestación más paradigmática de dicha tradición.

Hay además otros aspectos que merecen examinarse. Al abrigo del modelo marxista-leninista, el texto resolutivo del partido revolucionario vasco realiza una llamada a una lucha de carácter global, lo que exigiría la organización de la izquierda mundial en una nueva Internacional (según repite su líder Otegi). En este marco, es lógico preguntarse también cuál es el auténtico rango que, bajo el paradigma leninista, adquiere el otro término –abertzale– que utilizan Sortu y su movimiento para autodefinirse. En dos artículos, trataremos de dar respuesta a las cuestiones planteadas en esta breve introducción.

2. En los pasados agosto-septiembre se cumplieron cien años de ‘El estado y la revolución, la obra en la que Lenin presentó la visión teórica del Estado que habría de crearse tras la que consideraba inminente revolución socialista. En ella, Lenin se refiere además al Manifiesto Comunista de Marx y a los principios básicos de su doctrina revolucionaria y se plantean una serie de rasgos (lucha de clases, Estado como expresión del antagonismo de clases, dictadura del proletariado, …) sin los que sería imposible concebir un proyecto socialista revolucionario de signo marxista.

De la experiencia de la Revolución rusa, sabemos que el Estado revolucionario no es expresión de la integración social sino de la lucha encarnizada entre clases. Por eso, tras la revolución, el Estado es “el proletariado organizado como clase dominante”. No obstante, Lenin viene a advertir del oportunismo de los que se quedan ahí, en la mera afirmación de que el factor distintivo y fundamental del marxismo es precisamente la lucha de clases. En ese sentido, afirma que “quien reconoce solamente la lucha de clases no es aún marxista… marxista sólo es el que hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al reconocimiento de la dictadura del proletariado”.

En el proceso político que habría de llevar hacia el vuelco revolucionario y al Estado socialista, Lenin se manifiesta contra el parlamentarismo, pero no por la abolición genérica de las instituciones representativas (lucha institucional). Siguiendo la huella de Marx y Engels, incluye la oportunidad de acceder al poder por la vía de la radicalización democrática que llevaría “a un ensanchamiento, a un despliegue, a una patentización y a una agudización tales de esta lucha”. Estos desarrollos, adecuadamente alimentados por la presión y el empuje de las masas (luchas populares y de masas), desembocarían inevitablemente en la dictadura proletaria. Lo que Lenin expone aquí es una línea de gradualidad revolucionaria. Así, las demandas radicales se entenderían como negaciones graduales del capitalismo. De hecho, el líder bolchevique opinaba que en este proceso operaría una de las leyes básicas del materialismo dialéctico, que establece la ‘transformación de la cantidad en calidad’, por la que “esta fase de democratismo se sale ya del marco de la sociedad burguesa, es ya el comienzo de su transformación socialista”.

El ‘Estado y la Revolución’ es un opúsculo sin acabar. Lenin no dejó sin escribir la sección dedicada al examen de las revoluciones rusas de 1905 y febrero de 1917, que según su visión se integraban en un mismo ciclo revolucionario. Fue la agudización de la crisis política que desembocó en la llamada Revolución de Octubre la que le llevó a abandonar la redacción de esta última parte, que nunca pudo concluir.

3. Para entonces, los bolcheviques contaron con una teoría revolucionaría contrastada en la polémica constante (lucha ideológica) que Lenin estimulaba obsesivamente, tanto con sus adversarios en el seno del partido como con sus enemigos. Ciertamente, era una teoría revolucionaria que manejaba una pequeña minoría consciente. Pero, este era un cuestionamiento ante el que Lenin replicaría que, en realidad, la amplia mayoría de los obreros y las masas eran totalmente inconscientes del camino que debía seguirse para lograr su emancipación. Ante esta situación, defendía que necesariamente “sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia” para poder dirigir a la mayoría inconsciente hacia su emancipación [“¿Qué hacer?”]. De esta manera, el partido marxista-leninista se conformó como un partido vertical definido como ‘destacamento consciente’, y formado por combativos militantes a los que se exigía la más estricta disciplina [“Un paso adelante, dos pasos atrás”].

La revolución de Octubre fue posible debido a la destreza del leninismo en el manejo de la situación de doble poder generado en las grandes ciudades tras los acontecimientos de febrero. Sobre este escenario, competían el Gobierno provisional (que “debería ser derrocado, porque es oligárquico, burgués y no un gobierno del pueblo”) y los Soviets de Diputados de Obreros y de Soldados (que serían, por el contrario, “una dictadura revolucionaria, esto es, un poder directamente basado en la toma revolucionaria, en la directa iniciativa del pueblo desde abajo”), capaces de organizar y movilizar a masas de obreros y campesinos. La evolución del escenario de doble poder conllevó una espiral creciente de antagonismo entre el poder institucional-formal contra el poder popular y de masas.

A la vuelta de Lenin del exilio, los bolcheviques retiraron su apoyo al Gobierno provisional, levantaron la consigna de ‘Todo el poder para los Soviets’ y fueron tomando posiciones en el aparato dirigente de estos últimos hasta lograr la mayoría en las ciudades más importantes. El levantamiento de Petrogrado del 25 de octubre -según el calendario juliano- fue legitimado por el Congreso Panruso de los Soviets, en el que para entonces los bolcheviques disponían de una cómoda mayoría.

A pocas semanas (25 de noviembre) del golpe revolucionario se celebraron unas elecciones a Asamblea Constituyente, que habían sido previamente convocadas por el Gobierno derribado. Las ganó el Partido Social-revolucionario (PSR) con una cómoda mayoría absoluta. Se repetía, por lo tanto, un escenario de doble poder en el que el ejecutivo constituido por los Soviets (de mayoría bolchevique) podría haber coexistido (y competido) con el nuevo órgano constituyente en el que los bolcheviques eran minoritarios. En este caso, la mera posibilidad de dualismo fue cortada de raíz. La Asamblea Constituyente se reunió una sola vez en enero de 1918 y fue disuelta por la fuerza.

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