Historia Política, Latinoamérica, Politica, Rusia, Sindicales, Teoría Política, Uruguay

ANIVERSARIOS Y REFLEXIONES PARA MILITANTES SINDICALES por Jorge “Pardal” Ramada

REFLEXIONES PARA MILITANTES SINDICALES
150 AÑOS DE “EL CAPITAL”
100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA
50 AÑOS DE LA CAÍDA EN COMBATE DEL CHE

Red de Militantes de Izquierda

Por Jorge “Pardal” Ramada

(con un abrazo a Gustavo Melazzi, José Pedro Lopardo, Pedro Balbi, Fernando Zerboni, y Ernesto Domínguez por sus aportes y comentarios)

“…si las manos son nuestras, es nuestro lo que nos den”

DANIEL VIGLIETTI

 “No todo está en venta, no todo es mercado.
Árbol sin raíces no aguanta parado ningún temporal”

EDUARDO LARBANOIS – MARIO CARRERO

Actualizando

Aclaración:

No se pueden analizar 150 años de historia en pocas páginas. Este pequeño folleto solo pretende reflexionar sobre tres momentos que fueron trascendentes para la lucha de los trabajadores en la era del capitalismo.

En momentos en que en el mundo, y en particular en Nuestramérica, parecen avanzar las opciones de derecha e imponerse las razones del gran capital, es bueno que los trabajadores busquemos en la Historia los fundamentos de nuestras razones.

La razón no existe en abstracto. En una sociedad de clases, donde los capitalistas nos ponen día a día en el tapete la lucha de clases (aunque le paguen a algunos teóricos para que digan que “ya fue”), la razón también tiene carácter de clase.

Cada uno de los tres hechos históricos que se recuerdan aquí, lleva a reflexionar sobre un tema clave para la actividad del militante, a saber: el trabajo, la revolución, el hombre nuevo.

Hace muchos años un comunicador radial terminaba sus audiciones con la frase: “No me acepte, oyente: oiga, discurra y vea si tengo razón”. Con este folleto se trata de algo parecido: no es para aceptarlo, sino para analizarlo, cuestionarlo y reflexionar sobre él. Ojalá sirva para reforzar nuestras razones y darnos más convicción y firmeza para nuestra militancia diaria.

Salú, compañeros

 **

 

Se hace camino al andar dijo el poeta; pero si no sabemos hacia dónde vamos podemos pasar la vida abriendo camino en círculos,  sin llegar a ningún lado.

1. – Los Aniversarios –

Coinciden este año los aniversarios “redondos” de 2 hechos fundamentales de la historia contemporánea: 150 años de la publicación de “El Capital” de Marx y 100 años de la Revolución Rusa. Dos hechos, además, trascendentales en el desarrollo de las luchas de los trabajadores de todo el mundo. Se cumplen además 50 años de la caída en combate del Comandante Ernesto Guevara, episodio trágico en la lucha de los pueblos por su liberación.

Tanto Marx, como los revolucionarios rusos, como el Che, conjugaron la elaboración teórica con una consecuente práctica revolucionaria. Marx fue un filósofo comprometido con las luchas obreras de su época; los revolucionarios rusos fueron desarrollando su teoría a medida que llevaban adelante la revolución que derrrocó al zarismo; y el Che no fue solo un hombre de acción, sino que nos dejó importantes elaboraciones teóricas sobre las luchas de liberación. Todos ellos pensaron su época y actuaron en ella.

Marx decía que hasta entonces los filósofos no habían hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. 50 años después de la aparición de El Capital, los trabajadores rusos encabezaron la primera gran transformación iluminada por las ideas de Marx. Y 50 años más tarde, con el mismo ideal, el Che caía luchando por la liberación de Nuestra América explotada, dependiente y atrasada.

Me parece entonces que la mejor memoria y reflexión que podemos hacer sobre esos  acontecimientos es partir de sus enseñanzas, enfocadas a nuestra situación actual, para contribuir a la transformación de nuestra realidad.

Transformación, pero ¿hacia dónde? Para los trabajadores uruguayos es una buena referencia lo que establece el PIT-CNT en sus estatutos: “en lucha por una sociedad sin explotados ni explotadores”. Esto significa que, más allá de las luchas diarias por mejorar nuestra situación laboral (salarios, condiciones de trabajo, etc.) apuntamos a ir construyendo en la lucha la fuerza necesaria para superar el modelo de producción que se basa en la explotación.

Porque este modelo, más allá de las mejoras que los trabajadores podamos lograr en tiempos de bonanza, tiene como motor el mantenimiento y aumento de la tasa de ganancia del capital. Cuando eso no ocurre, los dueños del capital recurren inevitablemente a las mismas recetas: despidos, cierre de fuentes de trabajo, desplazamiento a sectores momentáneamente más rentables, como puede ser la especulación financiera o inmobiliaria.  Solo así pueden mantener su porcentaje de ganancia y  su nivel de vida.

Una contrapartida es la existencia permanente de sectores marginales, de los que pueden obtener mano de obra más barata cuando la precisan. Otra, la depredación ambiental para sacar el máximo beneficio de la naturaleza en el menor tiempo posible. Y otra peor, la guerra como recurso permanente, no solo para mantener acceso a recursos imprescindibles (petróleo, minerales, agua) sino para combatir la tendencia a la sobreproducción, mediante la destrucción sistemática.

Las previsiones catastrofistas a partir de la crisis ambiental y el peligro de guerra nuclear a veces llevan a pensar que no tiene mucho sentido preocuparse por el futuro. Pero hace más de 50 años que está latente el riesgo de guerra nuclear y eso no ha frenado a los trabajadores y a los pueblos para seguir luchando por la liberación. Como decía el Che: “para no luchar habrá siempre sobradas razones, en todos los tiempos y en todas las circunstancias, pero eso será la única manera de no alcanzar nunca la libertad”.

2. – El Capital –

Empecemos con una breve caracterización de “El Capital”. No podemos considerarlo como un simple tratado de Economía; mucho menos como una disertación académica. Se trata de un profundo análisis del funcionamiento de la sociedad capitalista, pero no hecho “en el aire”, sino a partir del compromiso de Marx con la lucha de los trabajadores en su tiempo y con el objetivo de aportar elementos para esa lucha.

Marx y Engels hicieron un análisis científico de la realidad, pero el marxismo no es meramente una ciencia, porque es ante todo un compromiso ético con la humanidad. Las ideas no surgen del aire ni por inspiración divina: surgen en nuestros cerebros a partir de las contradicciones reales del mundo material. La miseria de los trabajadores en la Europa del siglo 19, en contraste con los sueños de libertad y prosperidad para todos que había traído la Revolución Francesa, hacen nacer la idea de superar el capitalismo. Y para eso hay que analizarlo y entenderlo.

Marx no acepta que los principios de funcionamiento del modo de producción capitalista sean “el orden natural de las cosas”, sino que estudia cómo se ha llegado a dicho modo de producción; cómo se ha formado históricamente el capital, a partir de la acumulación primitiva proveniente del comercio; y también cómo se forma el proletariado a partir de la “liberación” de los siervos y artesanos medievales. Y pone en evidencia que la base de funcionamiento del régimen capitalista es la relación de explotación del capital respecto del trabajo.

En el análisis de esa relación de explotación, Marx define algunas categorías que son esenciales para entenderla: plusvalía, valor, trabajo, mercancía. No son conceptos que deban considerarse aislados, sino  combinados dentro de una relación social determinada -la sociedad capitalista- que se presenta en determinado momento histórico y en la cual el mercado pasa a ser determinante.

La plusvalía aparece porque el trabajador genera valor, que transfiere a lo que produce y que es mayor a lo que recibe por su trabajo (salario). La relación social capitalista apunta hacia la creación de plusvalía, y esto solo es posible a partir de una relación de explotación.. Esa plusvalía queda en poder del capitalista y es la que le permite mantener su tasa de ganancia y su nivel de vida, además de invertir una parte en mantener, aumentar o mejorar su producción.

El hombre no siempre ha producido a lo largo de la historia bienes para comerciar, sino que originariamente lo hacía para satisfacer directamente sus necesidades. El valor de lo que producía estaba en la capacidad de satisfacer una necesidad. La mercancía y el mercado existieron antes del capitalismo, pero en determinado momento del desarrollo histórico pasan a ser parte esencial de una nueva forma de explotación, la explotación capitalista; el trabajo toma forma de trabajo asalariado y se da una nueva forma de apropiación de la riqueza (la plusvalía) que se realiza a través del mercado. A partir de allí debe diferenciarse lo que es el valor de uso de un objeto (la propiedad de un objeto determinado para satisfacer una necesidad), del valor de cambio, que es el que ese objeto tiene en el mercado.

La mercancía es la forma dominante que adopta la riqueza en la sociedad capitalista; en ella toman la forma de mercancía no solo los productos del trabajo, sino el trabajo mismo. Cuando se produce en el modo capitalista, la propia fuerza del trabajo del hombre pasa a ser una mercancía. El  valor de uso de la fuerza de trabajo es precisamente generar  valor; pero el trabajador la vende a su patrón a cambio del salario (que es el valor de cambio de su fuerza de trabajo). Con su salario adquiere los productos que le permiten reponer su fuerza de trabajo para seguirla vendiendo. En última instancia su trabajo es el único generador de valor, que en parte se transfiere al producto y en parte incrementa el capital.

Pero además de esos conceptos básicos para entender el capitalismo, Marx sacó a luz cómo funciona el sistema: “Lo que me propongo investigar en esta obra es el modo de producción capitalista y las relaciones de producción y de cambio a él inherentes… descubrir la ley económica que mueve la sociedad moderna”; o sea, mostrar cómo el modo de producción  determina no solo las relaciones sociales, sino también las ideas.

Dentro de las relaciones sociales, es importante marcar que el modo de distribución está determinado en última instancia por el modo de producción; por lo tanto cualquier política distributiva en el marco de una sociedad capitalista, aunque mejore cuantitativamente la parte que reciben los asalariados siempre va a quedar limitada por la necesidad de mantener la relación de explotación y la ganancia del capital. La producción determina no solo qué se produce, sino  también los ingresos de los consumidores, según el lugar que ocupen en la estructura productiva. Los sueños de igualdad y libertad promovidos por los pensadores del capitalismo temprano quedaron hechos pedazos por la propia lógica del sistema. La competencia conduce necesariamente a la concentración de capital y pese a que la productividad aumenta sistemáticamente, también aumentan la explotación, el hambre y la pobreza en el mundo.

El móvil de la producción capitalista es la ganancia. El capitalista busca aumentar permanentemente la tasa de ganancia; sin embargo, en la medida en que aumenta la inversión en maquinaria y automatización, disminuye el peso de la fuerza de trabajo y como es ésta la que genera valor, la tasa de ganancia tiende a disminuir. Al aumentar la producción y disminuir la masa salarial, disminuye la capacidad de compra en el mercado y se genera un exceso. Se generan así las crisis periódicas de superproducción, que se resuelven mediante destrucción, ya sea por abandono de bienes de consumo o de instalaciones, o por la guerra.

Paralelamente, la presión por mantener y aumentar la ganancia empuja los salarios a la baja y obliga a mantener un “ejército laboral de reserva”, los desocupados y marginados, usados a veces para enfrentarlos a los obreros ocupados.

El modo de producción también determina en última instancia las relaciones jurídicas y las ideas dominantes en la sociedad. Así por ejemplo, el régimen de propiedad es expresión jurídica del régimen de producción y el concepto de propiedad es una expresión jurídica de la posesión (de la tierra, o de las fábricas, por ejemplo), aunque históricamente la posesión se haya logrado por rapiña, saqueo o fraudes. Las formas de Estado -la democracia burguesa imperante entre ellas- se establecen para asegurar el funcionamiento del modo de producción. Las ideas sobre la sociedad que se intentan presentar como “naturales”, son también funcionales a la reproducción del capital.

Si bien es cierto que la generación de plusvalía a partir de la explotación es el motor de grandes avances científico-tecnológicos, es el modo de producción el que va a elegir lo qué se investiga y por tanto estos avances, en principio, sirven a él. Lo cual no quita que los trabajadores debamos servirnos de ellos para nuestra lucha.

No siempre existieron el capital, el salario, la plusvalía. Tampoco siempre existió el hombre sobre la tierra. Pero desde que se formó la especie humana, el trabajo ha sido la esencia de su existencia. Gracias al trabajo, evolucionó a partir de sus antepasados comunes a los monos. Y con el trabajo creó lo que necesitaba para subsistir, crecer y procrearse. Con el trabajo, transformando la naturaleza, fue creando nuevas riquezas y mejorando su calidad de vida. En algún momento de la historia algunos hombres fueron apropiándose de una parte cada vez mayor de esa riqueza, sometiendo al resto, ya sea como esclavos, siervos o proletarios. Pero siempre siguió siendo el TRABAJO el que fue creando más valor y más riqueza. Y será sin duda la base en que nos apoyaremos para terminar con la explotación.

3. – La Revolución Rusa –

Los revolucionarios rusos (con Lenin como su figura más representativa) que en octubre-noviembre de 1917 completaron la revolución que derrocó al zar e instalaron la república soviética, se inspiraron en las ideas de Marx.

No fue la primera revolución obrera de la época; en 1871, tras la derrota de Napoleón III,  los comuneros de París instalaron un gobierno revolucionario, estableciendo entre otras cosas la autogestión obrera de las fábricas abandonadas, el perdón de las deudas por alquileres, la supresión de ejército permanente y su sustitución por el pueblo armado, la sustitución de la burocracia estatal por funcionarios revocables y con el sueldo de un obrero. Tras dos meses de resistencia fueron masacrados por el ejército al servicio de la burguesía francesa. Pero la experiencia de la Comuna dejó enseñanzas que Marx recogió en sus trabajos y fueron tomadas luego por los revolucionarios rusos.

Lo novedoso en Rusia fue que la revolución no se dio en un país desarrollado como en un principio lo había pensado Marx, sino en uno de los países más atrasados de Europa. Para explicarlo hay que ver que los más de 40 años que transcurrieron desde la Comuna hasta la Primera Guerra Mundial, fueron de expansión imperialista de las potencias capitalistas europeas, reforzando la explotación que ya hacían de los países y colonias de África, América Latina y Asia, con exportación de capitales hacia ellos. Con ello también “exportaron” sus crisis, o dicho de otra manera, aliviaron en parte sus tensiones internas, importando plusvalía de las colonias hacia las metrópolis. Eso  permitió mantener la tasa de ganancia y dar mejores condiciones de vida a los trabajadores en los países imperialistas. El bienestar de estos países se construyó sobre la explotación de los trabajadores de las colonias. Se estableció así la época del imperialismo, al que Lenin llamó “fase superior del capitalismo”, mostrando que la concentración de la producción y el desarrollo de los monopolios en un puñado de países capitalistas, permitía corromper con dinero una “aristocracia obrera”, que apoyaba  las aventuras imperiales de sus países y renegaba de la revolución.

El caos que provocó la guerra en Rusia, el hambre del campesinado pobre, la penuria de los soldados en el frente de guerra y el aumento de la explotación en las fábricas, generaron las condiciones para llevar adelante una revolución que fuera más allá de una simple modernización capitalista. Los bolcheviques vieron a Rusia como el eslabón más débil de la cadena imperialista y condujeron a los obreros, aliados con campesinos y soldados, a derrocar el poder del zar y sus aliados, para sentar las bases de una sociedad socialista.

La revolución de febrero de 1917 derrocó al zar y estableció una república democrática, pero a poco de instalada ya comenzaron a verse en ella las características de cualquier república burguesa: mantenimiento de la burocracia, reparto de cargos, negativa a expropiar a grandes terratenientes y capitalistas. En noviembre, los bolcheviques, al frente de una gran alianza obrero-campesina derrocaron la república democrática y se propusieron avanzar hacia el socialismo.

Para eso era necesario establecer un Estado diferente. Marx había visto en la experiencia de la Comuna de París, una respuesta al qué hacer con el Estado. Ni la abolición del Estado que planteaban los anarquistas, ni la simple toma del Estado burgués que proponían los  reformistas, sino la destrucción del Estado burgués para edificar en su lugar un Estado en que el poder estuviera en manos del proletariado, la “dictadura del proletariado”. Claro que para Lenin la dictadura del proletariado sería un régimen con un Estado democrático de manera nueva para los proletarios y desposeídos en general y dictatorial de manera nueva contra la minoría explotadora de la sociedad.

“Todo el poder a los soviets” habían proclamado los bolcheviques, para construir la nueva estructura política, “de abajo hacia arriba” sobre la base de aquellas asambleas de obreros, soldados y campesinos (los soviets) que se habían formado al calor del proceso revolucionario. Paralelamente, Lenin establecía los principios para construir la organización política de vanguardia, uniendo a los obreros más avanzados con los intelectuales revolucionarios, para asegurar el carácter socialista de la revolución.

Sin embargo, el atraso de Rusia fue un fuerte condicionante para la consolidación del socialismo, lo que se vio agravado por la agresión de 14 potencias imperialistas luego del fin de la Primera Guerra Mundial, apoyando la guerra civil que duró hasta 1923. Rusia perdió enorme cantidad de vidas y bienes materiales, por encima de lo que ya había perdido durante la guerra mundial. Entre las pérdidas de vidas hay que incluir las de importantes militantes revolucionarios que combatieron en el frente. A principios de 1924 también murió Lenin, cuya salud se había ido debilitando tras el atentado contra su vida en 1918.

El avance hacia el socialismo se fue frenando. Todavía en vida de Lenin, para reconstruir la economía se recurrió a la Nueva Política Económica (NEP) restableciendo parcialmente la propiedad privada. La necesidad de un control férreo de la economía fue aumentando la centralización política. Tras la muerte de Lenin, se fue consolidando un Estado policial, controlado por Stalin y sus seguidores, que desató el terror contra viejos revolucionarios que no compartían la nueva orientación de la revolución. La contracara del terror fue la heroica resistencia al nazismo durante la Segunda Guerra Mundial, que costó a la Unión Soviética 20 millones de vidas y que fue determinante para la derrota de la Alemania nazi.

Luego de la guerra la Unión Soviética había pasado, de ser un conjunto de los países más atrasados de Europa y Asia, a ser una potencia industrial y con armamento nuclear. Pero en el camino habían quedado buena parte de los sueños de los revolucionarios del 17. El Estado no era la democracia de manera nueva para el proletariado que había postulado Lenin, sino más bien una dictadura del partido sobre toda la sociedad, proletariado incluido. Los cargos de gobierno no eran revocables y con el sueldo de un obrero, como había querido la Comuna, sino que se había instalado una nueva burocracia y se mantenían grandes diferencias sociales entre los dirigentes políticos y de las empresas estatales con la mayoría del pueblo.

Tras la muerte de Stalin, el “stalinismo” fue duramente cuestionado. Los nuevos dirigentes intentaron generar un clima de mayor libertad, terminaron con la época del terror, pero fueron derivando hacia la restauración capitalista. Como un símbolo, la ciudad que la Revolución había bautizado como Leningrado, volvió a llamarse San Petersburgo como en la época de los zares.

Vale la pena recordar que, más de un siglo antes, en 1789, la revolución burguesa francesa que derrocó la monarquía, inició un cambio drástico en la organización política de la sociedad. Pasó luego por el Terror, el Imperio de Napoleón y la Restauración monárquica; pero ni siquiera ésta pudo dar marcha atrás la historia: los principios de la Revolución Francesa se fueron extendiendo a toda Europa. Del mismo modo, ni el terror estalinista ni la posterior restauración capitalista en Rusia pueden borrar el salto que se dio en 1917 hacia la liberación de los trabajadores, la REVOLUCIÓN que ha iluminando varias luchas posteriores y que sigue siendo hoy una referencia ineludible para nuestras luchas.

4. – El Che –

La imagen más difundida del Che es la del “guerrillero heroico”: combatiente y estratega de la guerrilla que derrocó el régimen corrupto y pro-yanqui de Batista en Cuba y años más tarde conductor de la experiencia guerrillera en Bolivia que fuera derrotada y culminara con su asesinato, luego de su captura en octubre de 1967.

Sin embargo el Che fue mucho más que un jefe militar, aunque se haya querido congelar su imagen solo como un símbolo de rebeldía. Fue, junto a Fidel y Raúl Castro, Camilo Cienfuegos, Haydée Santamaría y otros revolucionarios cubanos, el impulsor de un avance hacia el socialismo en Cuba.

Una vez más, la cristalización de las ideas que Marx había desarrollado en su obra se iba a dar en un contexto diferente al que él había previsto. La consolidación de EE.UU. como principal potencia imperialista después de la Segunda Guerra Mundial y el saqueo de los países de América Latina, a quien consideraba (y sigue considerando) su “patio trasero”, generó un nuevo “eslabón débil”, como lo había sido Rusia a principios de siglo. En Cuba se daba una situación acentuada de miseria de trabajadores y campesinos. A eso se suma la prepotencia militar de la dictadura de Batista y la entrega total a los yanquis, no solo para que explotaran sus riquezas, sino para que la usaran como garito y prostíbulo. En esa situación se generaron condiciones para que se formara y fuera creciendo un movimiento revolucionario.

La organización que iba a conducir la revolución tampoco era un partido del tipo que había propuesto Lenin, sino un movimiento basado en la guerrilla instalada en la Sierra (el Ejército Rebelde) y apoyado por los luchadores de las ciudades. La revolución en sus comienzos iba a tener un carácter “de clase” proletaria menos marcado en relación a lo que pasó en Rusia o en otras revoluciones que fueron derrotadas en Europa.

En el “Movimiento 26 de Julio” que condujo la revolución, también participaron activamente muchos campesinos, estudiantes e intelectuales. Estos sectores pueden ser conservadores en situaciones de relativo bienestar; pero cuando las condiciones de explotación se agudizan y un puñado de capitalistas y terratenientes (asociados a las compañías extranjeras instaladas en el territorio) se quedan con la mayor parte de la riqueza, no ven otra salida que apoyar a los trabajadores y sumarse a propuestas de transformación radical de la sociedad.

Sobre todo esto el Che, desde el corazón mismo de la lucha, fue razonando para generar nuevos aportes a la teoría revolucionaria. Entre otras cosas planteando que, en la situación de los países latinoamericanos, independientes de forma, pero casi colonias en los hechos, el socialismo no se iba a dar a partir del desarrollo económico generado por el capitalismo, sino que iba a ser la condición necesaria  para el desarrollo económico y social. Es decir, no se trataba de hacer la revolución para iniciar un desarrollo capitalista (que quizás algún día permitiera dar el salto al socialismo), sino de hacer una revolución socialista para posibiltar el desarrollo y el bienestar de todos.

Pese a la importancia que tenía para Cuba la alianza con la Unión Soviética, tanto para el comercio como para tener una garantía ante una posible intervención de los EE.UU., el Che mantuvo una posición crítica respecto a ella. Cuestionó el dogmatismo de la época de Stalin que imponía como única la “verdad oficial”; pero también el pragmatismo posterior, que sactificaba la conciencia a la “utilidad”.  Decía que los cambios producidos a partir de la NEP habían generado una superestructura capitalista, el llamado capitalismo de Estado, que influía cada vez más sobre las relaciones de producción; entendía que al no haber una rigurosa viglancia moral sobre los cuadros dirigentes, éstos “se aliaron al sistema y constituyeron una casta privilegiada”. En consecuencia, las contradicciones que había generado la NEP se iban resolviendo a favor de un regreso al capitalismo. 30 años después los hechos, desgraciadamente, confirmaron su previsión.

El Che cuestionó algunas “recetas” -basadas en la experiencia soviética- que algunos economistas le proponían a Cuba para la organización de su economía. Propuso lo que llamó “Sistema Presupuestario de Financiamiento”, centralizando el control de la producción, aprovechando la facilidad que tenía Cuba para ello, por su tamaño pequeño y desarrollo de las comunicaciones. Se opuso a la competencia entre empresas que eran estatales y propuso regular el intercambio entre ellas de acuerdo al plan central y no de acuerdo a los costos de cada una. En el plan no rige la ley del valor, como sucede en una sociedad mercantil y de ese modo los productos que se intercambian dentro del sector estatal, no son mercancías. Dijo que dejarse llevar por mecanismos aparentemente “seguros”, reforzando el mercado y el estímulo material individual, iba a favorecer una vuelta al capitalismo. Retomando lo que Marx había planteado en El Capital, el Che dice: “La mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista; mientras exista, sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia”.  

El trabajo de desarrollo de la conciencia va unido al de la organización del pueblo. En las fábricas, los obreros seleccionan a quienes consideran los mejores, para integrar el partido; así se forma la organización de vanguardia que había propuesto Lenin, pero el objetivo es llegar mediante la educación, a formar un partido de masas. Además, en cada cuadra de pueblos y ciudades se forman los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que hoy siguen vigentes. Allí se discuten y se llevan a cabo las tareas concretas, entre ellas la organización del trabajo voluntario, de modo que el trabajo sea “…un premio en ciertos casos, un instrumento de educación en otros: jamás un castigo”. “La sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca escuela”.

Hay que tener en cuenta que en la sociedad capitalista, la burguesía nos controla a través de una cultura hegemónica que se reproduce por medio de la educación, los medios de comunicación, la religión y los aparatos del estado. La construcción de una cultura contra hegemónica se debe desarrollar a través de la lucha y la educación en el seno de las organizaciones obreras y populares. Si utilizamos los métodos y los conceptos del capitalismo para analizar la realidad y planificar la lucha, reproduciremos ideología capitalista y a la larga sociedad capitalista.

El Che considera que para llevar adelante la educación en el trabajo se debe dar prioridad a los estímulos morales (reconocimientos, distinciones, etc.). Sin desconocer la importancia del bienestar material, porque en definitiva la revolución se hace para mejorar el bienestar de la población, propone que los estímulos materiales sean colectivos y no individuales. No se puede “realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo. …simultáneamente con la base material hay que hacer el hombre nuevo”.

No se trata de la reflexión individualista de “primero tengo que cambiar yo para poder cambiar el mundo”; sino que cada uno de nosotros va cambiando en la medida en que lucha por cambiar la realidad. Pero ese cambio no surge espontáneamente, hay que trabajar permanentemente en la educación porque todas nuestras conciencias están moldeadas por el individualismo y el espíritu de competencia promovidos por la sociedad capitalista.

Cuando los regímenes llamados socialistas en Europa entraron en crisis y desaparecieron, generando el desprestigio del socialismo, las ideas del Che, algo olvidadas en esos años, volvieron a aparecer para sostener el auténtico ideal socialista y para seguir soñando con la construcción del HOMBRE NUEVO.

5. Los desafíos de hoy para los trabajadores uruguayos –

A la luz de las enseñanzas que nos han dejado los revolucionarios en distintas épocas, tenemos que enfocarnos en nuestra realidad de hoy.

Hoy tenemos en el tapete las reformas laborales que se plantean en los países vecinos y que encuentran acá muchos políticos y patronos con ganas de copiarlas. Entre ellas se propone: flexibilizar jornadas laborales y licencias; aumentar la jornada hasta las 12 horas sin cobrar horas extras; despidos sin causa justificada; negociación por empresa con “representantes de los trabajadores”, desconociendo la negociación colectiva y los sindicatos.

Los teóricos del capitalismo plantean estas reformas como una “necesidad de la economía” y no como lo que son: medidas para trasladar hacia las ganancias del capital una parte aún mayor de la plusvalía generada. También algunos economistas supuestamente “de izquierda” eluden cuestionar el fondo del problema y recomiendan que en cada caso los trabajadores negocien la forma de adaptarse a la “nueva situación”.

La flexibilización laboral no es nueva, aunque no con la brutalidad que se plantea ahora. Desde hace tiempo las patronales buscan quitar regulaciones al mercado de trabajo, cuestionando derechos conquistados en años de lucha de los trabajadores. Del mismo  modo han impuesto las tercerizaciones o los contratos unipersonales que, además de quitar o limitar derechos, favorecen la fragmentación de los trabajadores. Todas son expresiones de la lucha de clases, avances del capital contra los trabajadores y no medidas para mejorar la economía del país en abstracto.

Otro hecho que nos presentan en el horizonte es la inevitabilidad de los avances tecnológicos y con ellos, también inevitablemente, la pérdida de puestos de trabajo. Como vimos, los avances tecnológicos favorecen el desarrollo de las fuerzas productivas, pero vienen determinados en última instancia por el modo de producción en el que se generan. Es decir que, en principio,  se producen para mejorar las ganancias del capital y van a querer ser utilizados por la clase dominante. Sin embargo, los avances tecnológicos debieran servir para aliviar la carga de trabajo y su consecuencia no tiene por qué ser una pérdida de puestos de trabajo: bien pueden llevar a una disminución de horas y de esfuerzo físico, sin que se pierdan puestos ni salario. No se trata de destruir a los robots, sino de luchar para que su ingreso pueda servir para mejorar nuestras condiciones de trabajo.

En estos últimos años también se ha profundizado la mercantilización y el avance de la propiedad privada. Lo vemos en el carácter cada vez más mercantil de la medicina, en la cada vez mayor determinación por el mercado de los precios de la vivienda, en la creciente privatización de la enseñanza, en las presiones por privatizar empresas públicas. Esto no es para favorecer un supuesto “libre juego de competencia” como proclamaban los primeros economistas burgueses. Es por un lado la presión del capital monopolista para ganar nuevos espacios y por otro el fortalecimiento de la mercancía como centro de la vida social.

En cada momento de la lucha debemos encontrar los elementos clave que nos permitan avanzar en organización y conciencia: la lucha por salario y condiciones de trabajo debe abarcar hoy el combate a esas propuestas que suponen un aumento de la explotación: tercerizaciones, flexibilización laboral, desplazamiento de trabajadores con la excusa de la robotización. No pelear con el horizonte de una instancia electoral, aunque en ésta se definan posiciones de conducción política del Estado, que van a condicionar la forma en que siga la lucha. Pero sí enfrentar firmemente el avance de las propuestas de la derecha y denunciar las vacilaciones de algunos aliados momentáneos. Defender el valor del trabajo con un horizonte puesto en la revolución y en la formación del hombre nuevo.

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