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SOBREVIVIENTES. Un libro de Testimonios de Violencia Contra las Mujeres

 

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¿SIMPLEMENTE SOBREVIVIENTES?

Estamos ante un libro que sustituye cualquier tratado académico sobre la violencia de género que sufren las mujeres y, al hacerlo, logra calar hondamente en quienes se adentran en su lectura.

Nos atrapa y nos lleva, de principio a fin, por el laberinto que viven sus protagonistas y nos conmina a no permanecer indiferentes. Nos toma de la mano desde el mismo título, porque su valor principal radica, precisamente, en mostrarnos un grupo de mujeres sobrevivientes de la violencia de género y lo hace como desafío al silencio que sobre esa violencia ha existido en nuestro entorno social.

Este libro estremece, obliga a la reflexión y al compromiso, nos empuja a actuar contra ese flagelo, al demostrar cuán dañino es el silencio que desde el desconocimiento, la indiferencia o el temor nos convierte en cómplices de una de las lacras más antiguas de la humanidad. Es un libro imprescindible, que debemos tener a mano para no dar tregua al desaliento.

Sobrevivientes, como título, para resumir en una palabra la condición de las mujeres que han ofrecido su testimonio, porque el hecho de serlo les ha permitido conservar la vida y contar; y luego adentrarse en cómo lo han logrado, cada una a su manera, con los recursos que posee.

A partir del testimonio de dieciséis mujeres, nos adentramos en el complejo entramado de la violencia de género, que es la violencia machista, sexista, la que se ejerce hacia ellas por el solo hecho de ser mujer, más allá de la edad, la raza, la identidad que se posee o la clase a la que se pertenezca.

Son muchas las verdades que este libro desenmascara, con la autenticidad de quien sabe su valor. Ellas, al relatar sus experiencias, nos dan la clave para entender los entresijos de un problema histórico, del cual la sociedad no puede desentenderse, si quiere conservar su humanidad.

Uno de los méritos de este volumen radica en su capacidad para ir desmontando, desde la sencillez con que las mujeres cuentan sus historias, los mitos y estereotipos que funcionan en el imaginario colectivo en torno a las causas, las manifestaciones y los mecanismos de legitimación, entre otros que han contribuido, históricamente, a la naturalización e invisibilidad de la violencia contra las mujeres.

Tal es el caso del abuso sexual. Las mujeres que aquí aparecen y que han sido víctimas de abuso sexual confirman que no lo cometen desconocidos ni enfermos, en lugares peligrosos, sino que es realizado por personas cercanas y en ámbitos supuestamente protectores, como el hogar. Ese, precisamente, se nos presenta como el espacio por excelencia para el maltrato a las mujeres, no solo en la relación de pareja, sino cuando el hecho de ser niña o mujer sirve a las más deleznables intenciones de padrastros, padres o hermanos de convertir a hijas, hijastras o hermanas en un apetecible objeto sexual.

A la vez, estos testimonios nos alertan sobre la responsabilidad familiar, principalmente de madres y padres, para proteger a su descendencia y garantizar el ejercicio de sus derechos a una vida libre de violencia. Los relatos que aquí se recogen develan el altísimo costo que tiene, para niñas y niños, residir o vivir en un ambiente violento, lo que marca el inicio de la cadena sin fin de su reproducción.

Otro elemento para destacar de esta obra es la puesta en evidencia de lo contradictorio y complejo del proceso de la violencia masculina que se ejerce contra las mujeres y la necesaria implicación de la sociedad para su desmontaje.

Las descripciones y remembranzas de todas las entrevistadas prueban que, lejos de ser un problema privado, involucra a un conjunto complejo de relaciones con el entorno social. Cuando los agentes sociales del ámbito relacional conciben el problema como privado, facilitan la legitimación cultural de la violencia y contribuyen a perpetuarla. Con frecuencia, el entorno social favorece la reproducción de las normas y representaciones sociales sexistas que condicionan la relación entre los géneros y contribuyen a la normalización y reproducción de la violencia.

Varias de estas mujeres vivieron situaciones límite ante la pasividad o la indiferencia de quienes están en el deber de ofrecerles protección y apoyo. Las diferentes historias confirman la escasez de apoyo institucional, la ausencia de una cultura de denuncia y de acompañamiento a las mujeres maltratadas, la revictimización que enfrentan cuando se deciden a denunciar o cuando se ven impelidas a hacerlo, venciendo el miedo, las amenazas, la vergüenza o la autoinculpación, casi siempre cuando es la vida o la integridad de sus hijos la que peligra. Sus historias de vida evidencian el papel que juegan el control –tanto en la familia de origen como en la relación de pareja– y el aislamiento, como factores de riesgo y mecanismos idóneos que utilizan los agresores para perpetuar la dominación.

Por ello son de gran relevancia las redes de apoyo que funcionan en el entorno social cercano, a la hora de ayudar a las mujeres a enfrentar este grave problema y contribuir a la desmitificación de los roles de género estereotipados, que tan dañinos resultan en la conformación del imaginario colectivo sobre estos asuntos. El papel de las redes sociales es de tal trascendencia que pueden contribuir a ayudar a las mujeres a elaborar estrategias frente al maltrato, o pueden convertirse en un obstáculo y aumentar la noción de soledad y abandono que muchas expresan.

Cuando las redes sociales cercanas a las mujeres actúan como capital social positivo y les sirven de sostén ante sus inseguridades y miedos, también las impulsan a actuar, las orientan en la búsqueda de ayuda y les brindan apoyo en el momento de tomar decisiones difíciles. Cuando sirven como refugio sólido de afectos o las ayudan en el sustento económico, están también colaborando en el proceso de salida del ciclo de la violencia.

Por el contrario, si las redes cercanas a la mujer se desentienden de la situación que ella atraviesa y le sugieren permanecer en la relación, contribuyen a la perpetuación de la violencia y a la revictimización.

Está demostrado que, cuando las mujeres están atrapadas en el ciclo de la violencia, han incorporado a su identidad un conjunto de rasgos que les dificultan salir de esa espiral creciente: baja autoestima, sentimientos de culpa, miedos, temor a represalias con los hijos, dependencias materiales y afectivas… y una larga lista que las impele a mantenerse en la relación violenta. De ahí que resulte indispensable recibir apoyo, de la misma manera que necesitan crecerse y autovalidarse como sujetos para enfrentar por sí mismas ese reto. Por ello es tan efectivo el aislamiento al que los agresores tratan de llevarlas y al que muchas veces logran someterlas, ya que una mujer en situación de maltrato, cuando carece de las redes de apoyo necesarias y ha asumido el modelo de víctima, requerirá de mayor tiempo y esfuerzos para deconstruir ese modelo y reconstruir sus concepciones, su discurso y su actuar como sujeto de su propia vida.

Las causas estructurales de este problema se encuentran en la discriminación por motivo de género, las normas sociales y los estereotipos que la perpetúan, por lo que la violencia tiende a reproducirse a sí misma, utilizando para ello la cultura patriarcal, referida a los discursos que permean y dan forma al imaginario social: religión, ciencia, lenguaje, ideología, creencias, arte.

Si algo llama la atención sobre lo que ellas cuentan es, precisamente, la fuerza de la cultura patriarcal como mecanismo eficiente para el aprendizaje y la reproducción de las pautas sexistas que permanecen enraizadas en las tradiciones culturales y en las condiciones sociales instituidas. Las mismas que convierten la obediencia, la sumisión, la baja autoestima, el vivir para los otros en una forma de comportamiento femenino, arraigado y ambivalente, donde se confunde el respeto mutuo con la obediencia y emergen las culpas, el anclaje al matrimonio a cualquier costo, el ser para los otros antes que para sí mismas. Estos rasgos son más pronunciados en las zonas rurales, donde las mujeres viven en condiciones de mayor aislamiento social y menor acceso a aprendizajes de equidad.

Pero este libro no se queda solo en la enunciación y la denuncia. Otro de sus valores radica en que todas las entrevistadas evocan las distintas salidas utilizadas para tratar de detener la violencia que han recibido y lo hacen con la convicción de su legitimidad, incluso cuando sus historias indican un via crucis de dolor y desgarramiento.

Cada una elabora y utiliza la estrategia a su alcance, aunque algunas son inefectivas y no contribuyen a romper el ciclo, pues sus protagonistas no poseen las herramientas personales para hacerlo, ni han contado con los aprendizajes no sexistas o con el apoyo imprescindible para poner fin a lo que están viviendo. En esos casos, las estrategias refuerzan el sometimiento, pero no la renuncia a seguir intentando ponerle fin.

Sin embargo, salta a la vista –y es uno de los más importantes aportes del libro– que la mayoría de las entrevistadas ha logrado romper la situación de maltrato, no sin enormes costos para su vida y para su salud y con etapas de retroceso y recaídas.

Es lícito destacar, además, el respeto y el cuidado hacia todas estas mujeres por parte de las periodistas encargadas de este volumen. Las entrevistadoras se convierten en poderosas aliadas que, simbólicamente, le aportan un plus de valor al acto de contar. Solo contar ya produce cambios.

Algunas entrevistadas reconocen que contar ayuda a sanar. Nada hay más activo y comprometido que escuchar lo que ellas tienen que decir y hacerlo respetando sus silencios, lo que callan, sus ritmos y hasta el llanto, dice mucho de la profesionalidad, la calidad humana y el compromiso del equipo.

Es importante ayudarlas no solo a expresar y reconocer esas vivencias, sino a encontrarles un sentido. Solo cuando la persona ha dado sentido a esas experiencias y sentimientos, puede aprender a afrontarlos y superar la impotencia por tanta pérdida y tanto daño.

Cuando las mujeres se sienten legitimadas para hablar, se amplifica el discurso y se tiene el sentido de poder: de poder decir, de poder hacer.

Al mismo tiempo, esta obra certifica la necesidad de concienciación y apropiación de la condición de sujeto para lograr el empoderamiento, ya que no es posible salir de una situación de opresión sin antes haber tomado conciencia de su existencia, conocer sus causas y proponerse el objetivo de despojarse de ella para poder actuar.

Porque no se conoce en la historia caso alguno en que un ser humano haya dejado de sufrir una situación de opresión sin haber antes tomado conciencia de que existe, de haber indagado en sus causas, de haber tenido como objetivo desembarazarse de ella y actuar.

Y aquí es menester retomar la importancia de la perspectiva de género como herramienta indispensable para entender, atender y contribuir a desmontar la violencia de género que sobre las mujeres se ejerce. Desde esa visión se percibe a la mujer maltratada en otra dimensión, en la cual el respeto por la diferencia se opone al prejuicio y al sobrentendido como el más común de los lenguajes, y se puede desmitificar y combatir las pautas patriarcales culturalmente prescritas que justifican el uso de la violencia y transfieren su responsabilidad a ellas.

El libro también evidencia –no podía ser de otra forma– los vacíos institucionales y legales que rodean la problemática de la violencia de género, pues los relatos reiteran situaciones de desprotección, negligencia y hasta indiferencia de profesionales y/o autoridades ante los graves maltratos recibidos por las mujeres; maltratos y vejaciones con los que convivimos a diario. Urge la necesaria actualización de códigos y leyes en consonancia con el desarrollo de la sociedad y del conocimiento. También es un imperativo la necesaria responsabilidad del Estado en la coordinación social de los servicios de atención y de prevención, mediante políticas públicas dirigidas a ese fin.

Entre sus muchos méritos, el texto es, además, una importante herramienta de sensibilización y denuncia acerca de un fenómeno social sobre el que debemos reflexionar mucho más y tomar partido.

La crudeza de los testimonios que todas y cada una de estas mujeres ofrecen nos obliga a no permanecer indiferentes. Ya que la violencia se aprende, estamos obligados a desaprenderla.

Finalmente, constituye esta una excelente oportunidad para agradecer al Servicio de Noticias de la Mujer de Latinoamérica y el Caribe (SEMlac), en especial a su corresponsalía en Cuba, por este oportuno libro y a la vez destacar sus eficaces aportes al trabajo que en el país se realiza contra la violencia de género.

El equipo de SEMlac contribuye a visibilizar, sensibilizar y concientizar mediante disímiles productos comunicativos sobre este sensible problema, que ha sido normalizado en el imaginario colectivo. Además, con su accionar informativo llama la atención sobre los vacíos institucionales en la atención a este mal social. Para ello, se apoya en periodistas que se han apropiado de la perspectiva de género y comprometidas con esa labor.

El presente volumen constituye un aporte más de SEMlac para visibilizar el tema de la violencia de género en Cuba. Un camino que tempranamente inició en la pasada década del noventa –cuando apenas empezaba a hablarse y reconocerse el problema– y que, con los años, se ha convertido en un trabajo sistemático que la coloca a la vanguardia de la comunicación de estos temas en el país. De ese modo sus materiales son fuente de obligada referencia en el trabajo periodístico en relación con el abordaje y tratamiento de este problema social.

Con esa labor, SEMlac trasciende la función comunicativa y deviene importante agente de cambio con su accionar transformador, digno de imitar.

Clotilde Proveyer Cervantes

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