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MEMORIAS DE JUAN BAUTISTA TÚPAC AMARU (1824) – La Rebelión de Tupac Amaru II – La Rebelión de Huánuco de 1812 – Guerrillas y Montoneras en el Alto Perú durante las guerras de la Independencia.

 MEMORIAS DE JUAN BAUTISTA TÚPAC AMARU

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 El dilatado cautiverio bajo del gobierno español, de Juan Bautista Tupamaro, 5º nieto del último emperador del Perú

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 Introducción histórica con ilustraciones de Felipe Guamán Poma

1.tupaq_yupanki

EL DÉCIMO INCA TUPAC YUPANQUI

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INTRODUCCIÓN

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El Imperio incaico, Incanato o Tahuantinsuyu se expandió por el noroeste de Argentina al menos medio siglo antes de la conquista del Perú por el español Francisco Pizarro. Según las crónicas históricas el inca Túpac Yupanqui ingresó con su ejército al actual territorio de Argentina en 1479 y lo incorporó al Collasuyo, esto sin embargo, contradice las dataciones arqueológicas que señalan la fecha en torno a 1450. El dominio incaico en la región llegó formalmente a su fin con la expedición a Chile en 1535 del español Diego de Almagro, a quien el emperador Carlos I de España le había adjudicado la gobernación de Nueva Toledo en 1534.

2.qapac-inti-raimi

Qhapaq Inti Raymi

El día 21 de diciembre (solsticio de Verano), subimos a nuestra waca (Quri Kancha) a tempranas horas del día, festejamos la celebración del QHAPAQ INTI RAYMI, para el fortalecimiento, y la renovación de las energías de nuestro Tata Inti, agradeciendo a nuestra pachamama.

En los Andes existen cuatro momentos importantes, como referencia esencial, dados a lo largo de un año según el calendario solar. A estos momentos se les conoce científicamente como Equinoccios y Solsticios. El 21 de Diciembre se celebra la fiesta del Capac Raymi (Qaphaq Raymi ó Qhapaq Inti Raymi) para dar la bienvenida al segundo Solsticio del año, el Solsticio de Verano, por ser la fecha en que el Sol alcanza la máxima distancia de alejamiento del centro equinoccial de la Tierra. La vida del hombre andino está vinculado permanentemente a la madre tierra (Pachamama) y al mundo cósmico; recibimos del universo sideral, la fuerza vital que influye en nuestro pensamiento y en nuestro comportamiento. Son las montañas sagradas (como nuestra waca, Quri Kancha) los lugares donde la energía cósmica llega con mayor fuerza.

El inicio del solsticio de verano en el hemisferio sur de nuestro planeta, el 21 de diciembre, se manifiesta en todo sentido. Por ejemplo, vuelve la estación lluviosa y se intensifica entre enero y marzo. Los campos andinos se cubren de un manto florido. Aumentan las fuentes de agua, elemento vital para la madre tierra (pachamama) y, consecuentemente, para los seres humanos. Es tradición milenaria que el 21 de diciembre se celebra la gran fiesta ancestral del padre Sol (Qhapaq Inti Raymi), de los gobernantes andinos (Jilakatas), de los sabios quechuas (Amawtas) y, por extensión, la gran fiesta de los quechuas-aymaras (Jatun Runakunapa raymin). Tata Inti, que proporciona calor y vida a la Pachamama es objeto de admiración e infinita gratitud del hombre andino.

3.muerte de atahualpa inca

MUERTE DE ATAHUALPA INCA

 

NO ERAN WIRACOCHA

Atahualpa[1] recordó cómo estando por morir su padre le confesó “que él sabía que la gente que habían visto en el navío volvería con potencia y que ganaría la tierra…”. Por otra parte, Huáscar estaba prisionero, pero no definitivamente derrotado. Sobre llegada de los españoles a las costas del actual Perú no tenían la menor duda, sobre sus intenciones, sí. Todo esto condujo a Atahualpa a un terreno muy dudoso y sembrado de terribles conjeturas.

Fustigado por sus pensamientos, Atahualpa debió pedir información sobre estos Wiracochas a través de la historia de los Incas; según lo que le relataron Wiracocha se confundía con el origen de la raza quechua, pues ya Manco Qhapaq; el progenitor de los Incas del Cusco, fundó la capital sagrada “en nombre de Tici Wiracocha y del Sol”. El Tawantinsuyu, había empezado bajo la advocación de la poderosa deidad. También indicaba la historia que pronto el Sol; tótem victorioso de los Incas, desplazó a su Hacedor; hecho que ocurrió en tiempos de los reyes Hurin Cusco, pasando Wiracocha a un segundo plano de dios envejecido y anticuado. Así permaneció ajeno a toda idea de venganza, hasta los terribles días de la invasión Chanca. Entonces dispuesto a salvar el Imperio, se apareció al hijo de uno de estos soberanos para ofrecerle la victoria. El dios se le presentó ante el príncipe en actitud fantasmagórica, “porque tenía barbas en la cara de más de un palmo, y el vestido largo y suelto que le cubría hasta los pies”. Vencedor del culto felínico, traía un jaguar atado por el cuello y echado junto a él. Por seguir sus consejos los quechuas derrotaron entonces a los chancas, pues hasta las piedras se volvieron hombres que empuñaron las armas para combatir. Después de la lucha, el príncipe elevado a Inca reparó en la gran injusticia de sus antepasados: el Sol no podía ser deidad suprema porque forzosa y diariamente cumplía una misión. Los dioses mandan, no obedecen. Estaba todo claro, el Sol era un simple dios subordinado y obediente a su Hacedor. Fue así que el Inca reconoció a Wiracocha como creador de todo. Trasladó su imagen al dorado Coricancha.

Después de oír esto a los amautas, Atahualpa debió quedar entristecido; ya no tenía la menor duda. Wiracocha no solo era el dios protector de los quechuas, sino el aplastador de sus enemigos. Por eso la plaza del Cusco estaba apisonada con arena marina y los habitantes del lugar echaban sus ofrendas a los ríos por saber que pararían en el mar. Ahora el mar les retribuía con generosidad sus sacrificios. Cumpliéndose la vieja profecía salía de él un hombre blanco y barbudo, de aspecto venerable. ¡Era el Wiracocha, que volvía! ¡Era el vengador de los quechuas! Y Atahualpa se mesaba los cabellos, lamentando que en su tiempo se cumpliera la funesta predicción.

Pero Atahualpa recordó que los dioses nunca mueren y si lo hacen resucitan. Estando en Quito con su padre supo que los súbditos de Chimo Qhapaq habían acogido cortésmente a un Wiracocha para matarlo después. El rostro de Atahualpa debió iluminarse de alegría. Una y otra vez e preguntó ¿Y si aquellos extraños visitantes blancos y barbudos no fueran dioses, sino solamente hombres?

Entonces fue que Atahualpa determinó no ir al Cusco hasta ver que cosa era aquella y lo que los wiracochas determinaban hacer. Su coronación podía esperar; Quisquis le guardaría el Cusco y Calcuchimac el territorio Huanca. Él a su vez, dejaría Huamachuco y volvería a Cajamarca, porque en breve subirían a la A los Andes los wiracochas. Primero había pensado que los intrusos eran enemigos, de allí sus órdenes a Tumbalá y Chilimasa; luego por los informes de Maicavilca, se convenció de que no eran dioses.

4.manco inca

MANCO INCA

 

Luego del ingreso de Pizarro y sus huestes al Cusco, éstos se enfrascaron en acciones de pillaje y saqueo de los tesoros más hermosos del Templo del Coricancha y de otros recintos. A eso se suma la salvaje actitud de opresión, maltrato y abusos que éstos aplicaron sobre las masas indígenas, el ultraje de las bellas acllas y ñustas cusqueñas, provocando estupor e indignación en el joven caudillo y en los más altos dirigentes religiosos y nobles quechuas, que a la postre desembocaría en el levantamiento de Manco Inca.

Es en ese momento que luego de conspirar con el Willac Umu (Sumo Sacerdote imperial), se urdió el plan de engañar a Almagro con el supuesto mito de la existencia de fabulosas riquezas en el extremo sur del Tawantinsuyo, vale decir en Chile. Almagro emprenderá una expedición hacia la conquista de Chile, que lo llevará al más estrepitoso fracaso. De esta manera Manco Inca lograba su propósito de alejar del Cusco a numerosos contingentes hispanos y de indios aliados de los españoles. Pero aun así, al seguir capturado y apresado por los hermanos Pizarro, Manco elabora la treta de la estatua de oro, asegurándole a Hernando Pizarro, que si le dejaba ir personalmente al valle de Yucay, éste le traería el famoso tesoro. Al ser enviado por Hernando Pizarro, Manco Inca aprovechará la situación para sublevarse desde Yucay y levantar a más de 10 mil quechuas, iniciándose con ello la más grande rebelión que pondrá en riesgo la política de colonización iniciada por España durante el siglo XVI.

La revolución de Manco Inca fue el resultado de un plan coherente, cuidadosamente estructurado, que tenía como objetivo destruir los dos centros de poder español en el Tawantinsuyo: Cusco y Lima. El frente de guerra contra el Cusco fue dirigido por el propio soberano, con la colaboración ya mencionada del Willac Umu, y el frente de guerra contra Lima fue encomendado al general Quizu Yupanqui, que, de no haber sido por la traición de los Huancas en el momento más crucial del asalto a la capital, otra hubiera sido la historia.

OFENSIVA DE MANCO INCA

Con la ayuda del Willac Umu, Manco inca al mando de más de 20 mil quechuas, venció a los españoles en la batalla de Yucay, obligando a 200 españoles de refugiarse en Suntur Huasi, actual iglesia del Triunfo al mando de Juan, Hernando y Gonzalo Pizarro. Luego las fuerzas de Manco Inca tomaron posesión de la Fortaleza de Sacsayhuamán, pero cometieron el error de sitiar por diez meses el Cusco, cuando lo más conveniente habría sido aniquilar a los españoles en un asalto fulminante. Desde Lima, Pizarro envió cinco ejércitos para sofocar la rebelión cuzqueña, sin embargo, la gran capacidad del general quechua Quizu Yupanqui acabó con éstos en victoriosas batallas en la sierra central, desde donde venía en marcha incontenible hacia la recientemente fundada ciudad de Lima.

En el Cusco, la situación militar era tan desesperada que los españoles recurrieron a una estratagema, que a la postre sería su salvación. Simulando una retirada general tomaron el camino del Chinchaysuyo, y cuando los quechuas tomaron sus emplazamientos para perseguirlos, los contraatacaron con su caballería y artillería causando gran mortandad. En medio de la confusión los sobrevivientes se refugiaron en la fortaleza de Sacsayhuamán. El ataque español contra la fortaleza no se hizo esperar. Hernando Pizarro ordenó tomar la célebre fortaleza. Tres días con sus noches tomo tan amarga misión, hasta que los hispanos lograron su objetivo. Incontables fueron las pérdidas humanas, tanto de nativos como de españoles. Merece recordarse por su valor indómito y entereza moral a un orejón quechua que prefirió arrojarse al vacío antes que sufrir la humillación de la derrota. La posteridad lo recuerda con el nombre de CAHUIDE, aunque su verdadero nombre es Titu Cusi Huallpa. Asimismo, entre la veintena de caídos españoles estaba Juan Pizarro, hermano del conquistador.

EL ATAQUE A LIMA

Simultáneamente al asedio del Cusco por Manco Inca ocurrió el asalto a Lima, a manos de las tropas quechuas dirigidas por el brillante general cuzqueño Quizu Yupanqui. Este, en su marcha hacia Lima derrotó a las expediciones enviadas por Pizarro para reforzar la ciudad imperial que estaba en peligro por el cerco de Manco Inca y de este modo ayudar a sus hermanos que estaban en peligro extremo. En el valle del Mantaro, Quizu Yupanqui reclutó a miles de Huancas, quienes en contra de su voluntad fueron enrolados en el ejército quechua. De allí Quizu Yupanqui y aproximadamente 25 mil quechuas marcharon incontenibles hacia Lima y bajando por la quebrada del Rímac derrotaron a un destacamento español en la batalla de Ate Vitarte. Ya en Lima, las tropas quechuas se asentaron en las faldas del Cerro San Cristóbal, al norte de la ciudad, en tanto que tropas que descendían por las quebradas del Chillón y Cieneguilla quedaron acantonadas en la desembocadura de estas quebradas, sin que hasta hoy se pueda aventurar una hipótesis de la razón por la que no entraron en combate.

El enfrentamiento era inminente, el asalto a la recientemente fundada capital era cuestión de tiempo. Pizarro era consciente de ello y todo parecía indicar que el final se acercaba, por ello decidió adoptar las medidas más oportunas para la defensa de la capital. Atrincheró por la noche a sus tropas en dos grandes galpones ubicados estratégicamente en las cercanías de la plaza de armas. Al amanecer al día siguiente Quizu Yupanqui y su ejército vadearon el río en medio de un gran vocerío, e ingresaron a la ciudad, y sin resistencia llegaron a la plaza principal. En esos momentos se desató el ataque español por sorpresa, la artillería, la caballería ligera y la infantería desataron la carnicería. El pánico y la confusión se apoderaron de los atacantes. Cuando el combate arreciaba en su momento de mayor fiereza, se dice que Quizu Yupanqui ordenó el ingreso del contingente Huanca para atacar por el sur a los hispanos, pero estos defeccionaron cobardemente y jamás ingresaron en apoyo de los quechuas, de lo contrario los españoles habrían sido aniquilados completamente. La actitud de los huancas es explicable por las irreconciliables rivalidades que esta nación tuvo con los incas desde antes de la conquista. Es en estas circunstancias que Quizu Yupanqui es atravezado mortalmente por una lanza del jinete español Pedro Martín de Sicilia. Al ver muerto a su caudillo, los atacantes emprendieron la retirada, acampando algunos días al otro lado del río, pero luego desaparecieron repentinamente al no tener un jefe que los dirigiese.

Libre de acechanzas, Pizarro decidió enviar una expedición de 500 hombres hacia el Cusco en socorro de los españoles cercados. En noviembre de 1536 se pusieron en camino bajo la dirección de Alonso de Alvarado que pacificó con crueldad el centro y sur del Perú.

FASE DEFENSIVA: REPLIEGUE Y RETIRADA

Conocedor de la nueva realidad, Manco Inca tomó la decisión de replegarse estratégicamente hacia Ollantaytambo, para luego, al observar la recuperación de posiciones de sus enemigos, específicamente de los almagristas que por aquella época acababan de derrotar a los ejércitos de Pizarro, en el marco de la Guerra Civil suscitada entre ambos conquistadores-, terminar por retirarse a las agrestes e inhóspitas selvas de Vicabamba, lugar desde donde organizará una verdadera guerra de guerrillas contra el invasor, conflicto que abarcará una vastísima área geográfica a lo largo de 1500 kilómetros, desde Huanuco hasta el Collao, y que solo se apagará a causa de la vil traición, cuando el año 1544, Diego Méndez, uno de los refugiados almagristas, que habían escapado de las represalias que sobre ellos pesaba luego de la batalla de Chupas, dio muerte al caudillo Inca apuñalándolo en su reducto de Vilcabamba. Al ser capturados, estos almagristas morirán espantosamente al ser quemados vivos.

De esta manera, con la muerte de Manco se terminaba un capítulo en esta larga y gloriosa lucha de resistencia ante el invasor hispano, pero pronto, no habría de pasar mucho tiempo para que los himnos de guerra volviesen a oírse en el destrozado imperio de los Incas, está vez bajo la conducción y el liderazgo de los hijos de Manco Inca, Los Incas de Vilcabamba

LOS INCAS DE VILCABAMBA

 

SAIRI TUPAC (1544–1557)

Asumió el reinado cuando apenas tenía 5 años. Provisionalmente gobernaron regentes, los cuales mantuvieron una línea de hostigamiento y beligerancia antihispánica. En 1557, ya en su mayoría de edad asumió el mando del reino, pero luego de negociaciones diplomáticas con representantes del Virrey Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, fue convencido por el Español Juan Sierra para que se someta al vasallaje del rey de España, Felipe II de Habsburgo y renuncie a la lucha de resistencia a cambio de mercedes y privilegios; hecho que sin duda opaca su figura histórica, al doblar la cerviz ante los españoles, a cambio de privilegios y encomiendas en el valle de Yucay.

TITU CUSI YUPANQUI  (1557-1571)

Fue uno de los incas más notables de la dinastía rebelde. Guerrero por excelencia, reinició la lucha militar contra los españoles, llegando a organizar una sublevación generalizada que abarcase desde Quito hasta Tucumán (Argentina), pero fracasó. Posteriormente tuvo acercamientos con los españoles, bautizándose cristiano y firmando una tregua en 1566, denominada la Paz de Acobamba, según la cual, se permitía el ingreso de misioneros españoles a sus dominios de Vilcambamba. Es famoso por su gran erudición, a tal punto de escribir una crónica de los suceso acaecidos durante la vida de su padre. Su rebelión coincide con el surgimiento del TAKI ONKOY, movimiento de resistencia ideológica, religiosa y política surgido en Ayacucho en 1565, bajo la batuta del profeta indio JUAN CHOCNE, que propugnaba la expulsión de los españoles y el rechazo total a su cultura y religión, además del retorno a la ancestral religión y cultura incaica. Intentó nuevamente encender la llama de la rebelión en todo el Tawantinsuyo, pero fracasó en el intento, sobre todo debido al estado de divisionismo existente al interior de la masa india. Murió en 1570.

TÚPAC AMARU I  (1571-1572)

Prosigue la lucha de resistencia antiespañola, teniendo que enfrentarse a la ferocidad e insania del Virrey Francisco de Toledo. Éste, a través de fuerzas represivas dirigidas por Martín Hurtado de Arbieto y Martín García de Loyola derrotó al caudillo en la batalla de WAYNAPUCARÁ, logrando fugar, pero entregado a los hispanos por la traición del Cacique Ispaca de la tribu de Momori. Capturado, es llevado al Cusco, y, obligado a comparecer ante el sanguinario Toledo, el Inca lo desafía alegando que Toledo era solo un yanacona del rey de España. Procesado, es sentenciado a ser decapitado vilmente, ejecución que afrontará con entereza el 23 de septiembre de 1572 en la plaza mayor del Cuzco.

5.manco tupac

Ilustración de Felipe Guamán Poma.

TÚPAC AMARU I en 1572. Túpac Amaru en quechua, tupaq amaru ‘serpiente resplandeciente’. (Cusco, 1545-ib., 24 de septiembre de 1572), también conocido como Felipe Túpac Amaru, fue el cuarto y último Inca de Vilcabamba. Hijo de Manco Inca, fue hecho sacerdote y guardián del cuerpo de su padre.

Cerca de cuarenta años después de que la conquista del Imperio inca hubiese comenzado con la ejecución de Atahualpa, esta concluyó con la ejecución de su sobrino. Con el fin de prevenir el renacimiento del linaje Inca y borrar todo rastro de su descendencia, la fuente de futuras generaciones reales fue prontamente expulsada por el virrey.

Varias docenas de personas, incluyendo al hijo de tres años de Túpac Amaru, fueron desterradas a lo que hoy en día son México, Chile, Panamá y otros lugares distantes. Sin embargo, a algunos se les permitió finalmente retornar sus lugares de origen.

Dos siglos después, uno de sus descendientes, José Gabriel Condorcanqui Túpac Amaru II, lideró un levantamiento indígena en 1780 contra la continua presencia española en América, siendo nombrado inca-rey.

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La Nueva Colección Documental de la Independencia del Perú recoge, en versión digitalizada, la Colección Documental publicada en la década de 1970. Además, reúne nuevos documentos históricos con el fin de divulgar una edición más completa sobre el proceso emancipador en el Perú y contribuir a la investigación.

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La Rebelión de Tupac Amaru II  (7 volúmenes). ENLACE ÚNICO Esta obra estuvo compuesta originalmente por cuatro volúmenes y formó parte de la Colección Documental del Bicentenario de la Revolución Emancipadora de Túpac Amaru II, editada en los años 70´s en celebración de los 150 años de la independencia del Perú. (Enlace oficial)

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La Rebelión de Huánuco de 1812  (5 volúmenes) ENLACE ÚNICO – se ha reorganizado el contenido original de la primera edición. La rebelión de Huánuco empezó el 22 de febrero de 1812, treinta años después del levantamiento de Túpac Amaru II. Esta rebelión estuvo liderada por la población indígena y también tuvieron participación miembros del clero, autoridades criollas, entre otros. (Enlace oficial)

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“Guerrillas y montoneras durante la independencia” (6 volúmenes). ENLACE ÚNICO – Este documento, dividido en seis volúmenes, se enfoca en la organización miliciana y cuasi guerrillera de partidas y montoneras, formadas, en su mayoría, por peruanos pertenecientes a distintas regiones del país que decidieron apoyar la conformación de una república soberana. En los documentos recopilados y ordenados en los seis volúmenes, se pueden apreciar a una población peruana confrontada y dividida con relación a la formación de la república y su modo de organización para lograr sus propósitos. No solo se explican cómo sucedieron las batallas, sino quiénes las orquestaron y las estrategias que utilizaron hasta el año 1821. Esta documentación es de suma importancia para entender el propósito de las guerrillas y montoneras como factor decisivo para la independencia del Perú. Estos volúmenes recogen documentos del bando patriota y del bando realista. Asimismo, mantienen el orden inicial planteado por la historia Ella Dunbar Temple y el prólogo de la primera edición de la colección. También incluye el prólogo del historiador Rodolfo Castro. (Enlace Oficial)

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Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) – Red de Investigadores Indigenistas

https://repositorioacademico.upc.edu.pe/

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DESCARGUE: VISIÓN DE LOS VENCIDOS  por Miguel León-Portilla (Edición ampliada) “La otra cara de la conquista”. Crónicas mayas, aztecas e incas.

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MEMORIAS DE JUAN BAUTISTA TÚPAC AMARU

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El dilatado cautiverio bajo del gobierno español, de Juan Bautista Tupamaro, 5º nieto del último emperador del Perú [2]

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Juan Bautista Condorcanki Monjarras Tupac Amaru era medio hermano de José Gabriel. Nació en Tungasuca el año 1747. Areche lo condenó a 200 azotes «dados por las calles públicas» Fue enviado a España, siendo puesto en libertad en el año 1820. Partió de España en agosto de 1822, llegando a Buenos Aires dos meses más tarde, redactó su Dilatado Cautiverio y una Carta al libertador Bolívar entre 1823 y 1827, falleció en Buenos Aires el 2 de noviembre de 1827.

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– 1824 –

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 A los 80 años de edad, y después de 40 de prisión por la causa de la independencia, me hallo trasportado de los abismos de la servidumbre a la atmósfera de la libertad, y por un nuevo aliento que me inspira, animado a mostrarme a esta generación, como una víctima del despotismo que ha sobrevivido a sus golpes, para asombro de la humanidad, y para poderle revelar el secreto de mi existencia como un exquisito y feroz artificio que se transmitían los tiranos para tener el placer de amargarla. Tres reyes españoles se han complacido igualmente en verme arrastrar una existencia degradada y humilde; ya se había perdido la tradición del motivo de mis cadenas, y hasta las instituciones casi todas se hallaban alteradas por la acción del tiempo y la distinta sucesión de monarcas, y solo yo era conservado sin libertad para su recreo. Este ejemplo de la ferocidad de los reyes habría quedado oculto entre tantos que el peso de su poder sofoca, si la conflagración universal con que la humanidad hace temblar sus tronos, no hubiera disminuido el poder del que actualmente reina en España. A este movimiento de la naturaleza debo una libertad, que jamás hubiera adquirido de otra manera; a los hombres que animan esta nueva marcha del mundo mi gratitud y los más vivos deseos porque terminen la obra de las luces; y a todos, la historia de mis sufrimientos.

La debilidad de mis órganos no me permitirá hacerla interesante ni por la belleza de imágenes, ni por la reminiscencia de lo más interesante; pero no creo que sea indiferente mi asunto cuando todo el mundo se conmueve contra los tiranos. En una serie de cuarenta años de opresión, cualesquiera que sean los recuerdos de mi sensibilidad y memoria, formarán, creo, un cuadro bien singular de la ferocidad española.

La provincia del Cuzco, antigua capital del Imperio de los Incas, gemía desde el tiempo de la conquista bajo del yugo tan duro como impuesto por la mortandad de 14 millones de indios, y por la acción de los horrores espantosos que refiere diminutamente la historia de aquellos tiempos. Los naturales en el año de 80 se hallaban (actualmente están) reducidos a una esclavitud semejante y aun peor que la de los ilotas y de los mismos africanos de quienes son frecuentemente maltratados; pagaban un tributo personal muy superior al producto de su trabajo; disminuían, para llenarlo, su alimento hasta un punto increíble; explotaban las minas llenos de hambre y miserias, y dos tercios de los que forzosamente eran destinados cada dos años, y que ascienden a 6 ó 7 mil indios, perecían víctimas de la dureza de sus ocupaciones. Sus jueces, regularmente españoles bárbaros y llenos de codicia, tenían la arbitrariedad que daba la distancia de la Metrópoli, la inutilidad del código español, la inmoralidad, la ignorancia, y el deseo de hacer riquezas por las vías de la autoridad, que era el principal móvil de todas sus acciones. Todos los recursos que la asociación, la más imperfecta tiene para los oprimidos, se hallaban cerrados a los indios; reinaba una colución secreta y bien observada bajo la garantía del oro y la plata entre los magistrados de América, y la Corte Española, que no dejaba al indio más apelación que la de un sufrimiento preternatural, o las tentativas de un sacudimiento.

Nunca se expresarán, sino diminutamente, los motivos que hacían esta disposición nacional, y que se añadían diariamente al odio tradicionalmente impreso por la usurpación y horrores de la conquista. En este estado, ya muy violento, mandó Carlos III el año de 80 a un comisionado llamado Areche, con el título de Visitador, a establecer los estancos, aduanas, impuestos sobre ventas y etc. en todo el Perú. Estas medidas de la rapacidad española, dando un campo abierto al desarrollo de su codicia, colmaron la desesperación de los indígenas, y mi hermano se puso a la cabeza de 25 mil indios, el día 4 de octubre de 1780[3],  para dirigir este santo movimiento de insurrección con que la naturaleza empieza por todas partes la regeneración de los hombres, y presagia por sus sucesos la felicidad del mundo.

Pero no siempre es dado a la justicia el triunfo de su causa, y aunque peleaban los indios con valor admirable contra sus opresores, no teniendo el arte de matar el mayor número de hombres en el menor tiempo posible; como habían heredado de sus padres la justicia, la frugalidad, la dulzura de carácter y el amor al trabajo y a sus semejantes, su virtud y sus derechos se encontraron sin defensa; tenían, sin duda, toda la resolución de Scévola, y toda la virtud de Sócrates, y no obstante, tan desgraciados como ellos, cayeron bajo del poder y venganza de sus enemigos, que nada dejaron por sacrificar a sus viles pasiones: mataron familias por centenares sin consideración a edad, ni sexo; el terror se apoderó de todos los espíritus, y aprovechando de este sentimiento, siempre envilecedor, consiguieron la entrega pérfida de mi hermano por un compadre suyo en el pueblo de Langui.

Entonces estos tigres aguzaron sus garras y nada omitieron de feroz para hacer exquisita su presa; conducido al Cuzco con su esposa Doña Micaela Bastidas, sus hijos Fernando e Hipólito, su cuñado Antonio Bastidas, y otros deudos, el Visitador Areche lo mandó comparecer cargado de cadenas, y con toda fiereza y orgullo de déspota le pregunta por sus cómplices, a que contestando no conocerlos de vista, mandó reunir todos los vecinos decentes y se los presentó en línea para que de entre ellos señalase a quiénes conocía cómplices; entonces con un noble desprecio le dice: «aquí no hay más cómplices, que tú y yo; tú, por opresor, y yo, por libertador, merecemos la muerte».

El precio de esta contestación la sentirán las almas que saben odiar cuanto es debido a los déspotas; ella es una verdad conocida de los filósofos, porque saben bien que en un país despotizado sólo el déspota es criminal; que el hombre esclavizado se halla en un estado contra la naturaleza, y que el tirano ha hecho degenerar a ésta en su daño, convirtiendo contra él todos los seres destinados por aquélla a su mejora y engrandecimiento. Que la madre, dándole las primeras lecciones de la obediencia ciega, el vecino seduciéndolo con su ejemplo, sus superiores obligándolo a seguirlo, sus iguales arrastrándolo con su opinión, que todos han cooperado a labrar sus cadenas.

¡Fatal influjo el de la tiranía! Ella hace obrar a todos sus súbditos con mutuos esfuerzos para oprimirse, y los mantiene en una especie de guerra para hacer legítimos sus robos y sus asesinatos; y así, en él los crímenes como la sangre de sus venas parten de su corazón para volver a él, y de todos sólo el déspota es la fuente primitiva. Esta verdad proferida en medio de las cadenas de donde sólo esperaba Areche la humillación, lo irrita, y al imponente aspecto de una alma tan elevada como fuerte, teme su codicia española la pérdida de la presa más costosa a la humanidad, la América; y para conservarla toma la resolución de sus padres, y como ellos derramar la sangre de los indios por torrentes con igual desprecio, y ferocidad; fulmina decretos de muerte contra mi hermano y su familia, que se ejecutan con suplicios horribles y varios. La esposa de mi hermano sufrió la muerte en una guillotina; su hijo Fernando, de 16 años de edad[4], su cuñado Antonio Bastidas, con otros más deudos, la recibieron en la horca, todo se mandó presenciar por mi hermano igualmente atormentado por este espectáculo que por el concurso numeroso de esclavos, que tranquilos espectadores y obedientes pasivos daban a aquel acto una solemnidad de triunfo.

Y todo esto era sólo el preludio de lo que se preparaba; la saña española llegó a concebir suspenderlo hasta cierta altura más o menos elevada, y soltarlo para bajo de su propia gravedad sufriese fracciones en los huesos, contusiones, y todo el estrago posible en el cuerpo; tres días lo tuvieron en la repetición sucesiva de esta invención de su ferocidad, complaciéndose de sus estragos y preguntándole por sus cómplices y su dinero; sus respuestas filosóficas y la firmeza con que las vertía en medio de los mayores tormentos, les hizo ver una alma elevada y superior a los alcances de su barbarie; irritados de no poder sacar ninguna confesión que halagase su codicia, o que multiplicase sus víctimas, mandaron sacarle la lengua, que había sabido callar con tanto heroísmo y sólo pronunciar verdades amargas que la adulación y los esclavos jamás les hicieron oír: todavía fue más allí su crueldad; para no perder unos cortos restos de existencias que todavía mostraba mi hermano José Gabriel, le hicieron atar pies y manos a cuatro caballos para que fuese dividido en otras tantas partes, y no habiendo conseguido de este modo, el verdugo lo verificó, y mostró así que un esclavo es el mejor instrumento contra sus semejantes, y que puede disputar a las fieras la destreza de devorarlos

En esta ocasión yo no fui preso y escapé de este furor canino que los españoles han mostrado siempre que se han hallado los hombres bajo de sus garras; pero los miembros de mi hermano repartidos en las entradas de la ciudad, el aniquilamiento de una familia inocente e ilustre que había mantenido toda la pureza, sencillez y dulzura de nuestros virtuosos padres y antiguos Incas, por la magnánima resolución con que el padre había querido romper las cadenas puestas por la avaricia y el fanatismo, y cuyo peso agrava diariamente el progreso de la inmoralidad; el horror amargo de ver el orgullo español en triunfo por la comisión de nuevos crímenes; todo esto digo, puso mi alma agonizante en el lugar mismo de mi asilo. La naturaleza, me decía a mí mismo, nos impele hacia la libertad, y la experiencia de los siglos sólo nos mostrará el hombre esclavo. ¡Sus derechos estando escritos en su corazón, en la historia estarán su humillación!

El género humano respeta a Catón y se humilla bajo el yugo del César. La posteridad honra la virtud de Bruto, pero no la permite sino en la historia antigua. Cortés y Pizarro someten una nación virtuosa, feliz y rica, asesinando a sus reyes, segando a sus naturales por horrores espantosos, y la Europa toda reconoce esta adquisición por legítima, recibe riquezas ensangrentadas como un bien agradable a su condición; y toda la obra es bendita por un Santo Padre y sus sucesores.

Mi hermano mártir de la libertad y de su amor a los hombres pasará por un perverso y su tentativa por un crimen! ¡Con que los siglos y la tierra sólo serán la porción del crimen y la tiranía! ¡La libertad y la virtud pisarán unos instantes solamente sobre algunos puntos de la tierra! ¡Esparta, y el imperio del Perú brillan como relámpagos en medio de inmensas tinieblas! ¡Pasarán sus instituciones en boca de los bandidos coronados como bellas teorías y concepciones impracticables! Ciertamente todo me era aflictivo, y entonces las afecciones de la realidad me conducían irresistiblemente a la desesperación, mientras ahora los recuerdos son acompañados de positivos consuelos, y al fin de mi triste carrera veo infalible el reinado de la razón; que el espíritu humano marcha iluminado contra los tronos, que el genio amenaza al despotismo de muerte, aun cuando parece acariciarlo, y que existe al norte de nuestro hemisferio una nación que habiendo sido esclava como la mía rompió sus cadenas para realizar instituciones que consuelan a la virtud, que aplaude el filósofo y que hacen la emulación del Sud por imitar su verdadera gloria. [5]

Solamente estas risueñas imágenes pueden permitirme la continuación de la cadena de mis padecimientos.

De la muerte desastrosa de mi hermano se pasaron pocos días, cuan­do fui sorprendido en las alturas del pueblo de Surimana, por la infidencia de unas mujeres; mi persona fue encadenada, mi casa profanada, mis bie­nes saqueados, todo por mis paisanos, amigos y beneficiados. Estos mismos, habiéndome encontrado 100 pesos me dieron tormento, poniendo mis dos dedos menores de las manos dentro de la llave del fusil y apretándolos hasta desengañarse que no tenía dinero oculto que confesar; finalmente conducido al Cuzco, en medio de bayonetas y de insultos groseros, se me puso en un calabozo obscuro e inmundo, con absoluta incomunicación, confundido con criminales de asesinatos y robos, y mirado y tratado peor que ellos; pasé un año en este lugar siempre hambriento o alimentado de las carnes inmundas que arrojaban en los mercados.

Si oía la voz humana era para ser herido de las producciones torpes de los facinerosos que me rodeaban, o para ser insultado de estos mismos con los títulos de alzado y traidor.

Si el carcelero iba a verme me anticipaba desde la puerta mil impro­perios, examinaba mis prisiones, si estaban tan aflictivas como era posible, luego me abandonaba con aspereza, o me mandaba echar las inmundicias de la cárcel a la calle, recomendándome a los soldados de mi escolta, de suerte que yo era siempre estimulado por sus bayonetas aun cuando mis cadenas me impedían, o caminar acelerado, o tomar las actitudes que ellos gustaban.

El día que ajusticiaron a Don Pedro Mendigure, marido de mi prima hermana Doña Cecilia Túpac Amaru, a ésta y a mí nos sacaron montados en burros aparejados y azotándonos por las calles; pero lo más notable para mí era que estos hombres sentían un género de placer en mis embarazos y tor­mentos y a veces los tomaban por humor, a manera de los conquistadores que cazaban a los indios con perros por diversión.

El influjo de esta ferocidad había podido trasmitirse como por con­tagio hasta los mismos indios, naturalmente humanos y dulces, y a medida que su comercio con los españoles era más contiguo, los que me miraban en las calles a veces se atrevían a echar sobre mí un mirar compasivo; los que se habían hecho soldados, si no me insultaban con altivez, tomaban un aire de desdén insoportable; los muchachos a medida que mostraban por su color, o por una aptitud menos humilde pertenecer de más cerca a los españoles, eran conmigo más insolentes, y me oprimían de más injurias; parecían ser el órgano de sus padres.

Sentía por todas partes una conspiración contra mí, y que la com­pasión se había desecado en todos los corazones; el carcelero y sus satélites me veían con la misma ropa que había sido introducido, y sin cama, y jamás mostraron querérmela mejorar; veían mezclar mis lágrimas cada día a un alimento inmundo y usurpado a los perros, y no obstante se quedaban con dos reales diarios que el gobierno tenía destinados para prolongar mi vida; entre las innumerables que se sucedían y que ostentaban un poder absoluto sobre mí, ninguno tuvo la humanidad de ponerme en comunicación ni unos pocos instantes con mi madre y esposa que tenían mi misma suerte en distinto cala­bozo cada una, y en incomunicación entre sí; y antes alguno de ellos me dio tal golpe en la cabeza que hasta ahora conservo las señales por haber mostrado repugnancia a sufrir el suplicio de pasar por las calles cargado de inmundicia, de oprobio e injurias; mi resistencia no fue expresada sino por las palabras más sumisas que produce un hombre oprimido sin recursos; yo quise hablar a su compasión y no oponerme a su fuerza; más los opresores no conocen este sentimiento.

Después de un año de estos padecimientos, fui sentenciado a seis años de presidio. Areche quería mi muerte, y Avilés se opuso a uno y otro, y se me dio la libertad. Volví a mi casa con ideas bien diferentes; la justicia me parecía una quimera, los hombres una fieras, los tiranos unos monstruos; con esta re­volución interior resolví concentrarme en mi familia y con algunos desgracia­dos como yo si encontraba; era tal mi debilidad y el efecto de las impresiones que había sufrido que en seis días apenas pudimos caminar el espacio de 14 leguas que había del Cuzco a mi casa.

En una miseria casi irreparable, con nuestros queridos parientes sacri­ficados a la venganza y rabia de sus enemigos, nos fue insoportable el aspecto de una morada donde la fidelidad conyugal, el amor filial, la economía, el trabajo y el más ardoroso patriotismo se habían nutrido con pureza, y que se nos presentaba como un trofeo del triunfo de crueles opresores contra esfuer­zos magnánimos y justos. Esto nos afligía al mismo tiempo que no teníamos con qué alimentarnos ni cubrir nuestra desnudez, y que todos mostraban un desprendimiento y desdén todavía más opresores que todo.

Un año luchamos para nutrirnos miserablemente y llenos de zozobras, contra los obstáculos que oponían a nuestra industria las preocupaciones y una especie de guerra del poder. Los rumores de la opinión, el desprendimien­to de nuestros mejores amigos, un desprecio casi general, y la proscripción que nos hacían sufrir, unos por temor y otros por odio, nos dejaron ver una desgracia próxima, a pesar de la palabra de Carlos III, que nos había prometido toda seguridad.

Nos convencimos bien costosamente de que los tiranos no tenían pa­labra, y que bajo de los que estábamos pertenecían a los que bajo de esta mis­ma garantía sacrificaron a nuestros últimos Incas.

El Corregidor de Urcos había sido destinado para ponernos en una nueva carrera de crueles sufrimientos por nuestra parte, de crímenes horribles de la de los españoles, y de humillación para nuestra especie que la han mos­trado capaz de cometerlos. Se presenta un día con su gente bajo la forma de la amistad, y cuando más descansaba en el círculo de mi familia, un primo mío, naturalmente obsequioso, se convida a preparar la comida necesaria para él y su gente; el pérfido corregidor le estorba porque le dice la tenía dispuesta a poca distancia, donde lo convida a acompañarlo; lo lleva consigo y rodeándo­lo astutamente de su gente lo prende y hace caminar escoltado. Llegados a un Santuario mostró el corregidor como buen español el deseo de hacer cómplice a la divinidad de cuanto acababa de cometer; entremos, le dice a mi primo, y pidamos a la Virgen nos dé acierto en todo; y el primer fruto de esta oración fue hallarse mi primo a la salida de la capilla con una muy mala mula, en lugar de la que había dejado ricamente adornada.

También yo fui preso, y llegamos todos al Cuzco con los agüeros más siniestros; nuestros aprensares nos llenaron, al conducirnos, de todo géne­ro de injurias y desprecios; tomaron cuanto había en nuestras casas caballos, mulas y plata se repartieron como de un despojo. ¿Qué debíamos aguardar? Nuestras personas y familias fueron puestas en calabozos expresamente pre­parados al efecto. Mi primo Diego Cristóbal sufrió la muerte, y su cabeza y miembros se pusieron en espectáculo a las entradas de la ciudad. Su madre, su mujer, sus hermanas, y cuñadas con otros muchos sufrieron la misma suerte. Por una causa admirable que jamás podré explicar, no fui envuelto en esta carnicería, aun cuando la animosidad, con una mano sacrílega, puso el fuego a mi casa y sembró de sal sus escombros: el cura de Pomacachi fue el ejecutor de esta obra y así le imprimió un carácter religioso como el padre Valverde, con la biblia en la mano, santificó el primer asalto a la vida del último Inca y la numerosa matanza de indios que acompañó aquella escena.

En estas prisiones, donde por sistema debían ser inmundas, obscuras, y los presos tratados con hambre, desnudez e incomunicación, permaneci­mos siete meses. La soledad y dureza con que era tratado me atormentaba particularmente porque era acompañada de los recuerdos de la ferocidad es­pañola; acababa de ver la voracidad con que habían muerto a toda mi familia; se me presentaban los horrores cometidos por esta misma raza en tiempo de la conquista, que con la religión en la boca ponían hogueras y patíbulos para sacrificar en períodos determinados, y en nombre de los santos, millares de víctimas: llegué a creer que la manía de devorar a los hombres era nacional; que a su causa era orgánica, y todavía esta opinión no se me disipa; las car­nicerías cometidas en Caracas por Murillo y sus oficiales españoles y las del Perú por todos los españoles que han tenido cuatro soldados, todas tienen el mismo carácter que los de la conquista, a pesar de la distancia del tiempo, de la diferencias de teatros y de las luces del siglo: así, mi muerte y la de mi fami­lia la creía infalible.

Pero el virrey Avilés había tomado empeño por sólo mi perpetuo destierro contra Areche que quería mi aniquilamiento; y en realidad ambos querían la misma cosa; y el virrey Avilés aparentando más humanidad verda­deramente me deseaba una muerte prolongada por todo el tiempo que mis ór­ganos pudiesen resistir, considerándolos con lo absolutamente necesario para solo este fin. Lo admirable es que este designio inhumano, concebido en Lima el año de 1780 por el virrey Avilés[6] haya sido practicado constantemente en España por los reyes, las cortes y por cuantos se han sucedido en 40 años con alguna influencia o relación conmigo.

Determinado, pues, el destierro perpetuo, llegó el día de nuestra sa­lida, que se procuró hacer con todo el aparato posible, y con la acumulación de cuanto pudiese causarnos ignominia o provocar contra nosotros la rabia del pueblo. Esta era una diversión más congenial para nuestros opresores, y más propia para criar a un pueblo en la ferocidad. El aparato de este día se anunció con anticipación; las gentes se agolparon a las calles y balcones por donde de­bíamos pasar, y tal es la degradación y estupidez de la servidumbre, que todos mostraban celebridad por un triunfo que había estrechado más sus cadenas y prolongado su esclavitud.

Salimos más de 60 desgraciados, entre quienes iban niños desde 3 a 8 años; todos llevábamos cadenas. Nuestras lágrimas y sollozos, nuestro traje andrajoso, nuestros semblantes casi cadavéricos por el hambre y sed en que nos habían mantenido, y en que nos hallábamos en ese mismo instante, lejos de mover la compasión, arrancaba por todos partes las palabras de «pícaros, traidores, que la paguen». Así caminamos alrededor de la plaza, donde se os­tentó nuestra degradación, nuestras cadenas, y los presagios de nuestra ruina, como la obra particular del genio español y se provocó a un pueblo envilecido a hacer alarde de inhumanidad y bajeza.

El humano comedimiento entre 6,000 almas de un solo indio es digno de referirse: las circunstancias en que lo ejerció y su singularidad dejan ver cuanto tuvo que luchar con los temores de su persecución, y los miramientos de la opinión para ceder el triunfo a la expansión de un sentimiento que los tiranos no pudieron sofocar.

Este hombre recomendable se me acercó al dar vuelta la plaza, con todo el encarecimiento de la amistad y compasión de que estaba poseído, y me presentó un caballo, que me dijo, no estar preparado por la crueldad de mis enemigos, sino por su tierna adhesión e interés, y ciertamente que este servicio me libró de padecimientos de que mis compañeros no pudieron pre­servarse: tuvieron que emprender una lucha con los caballos; sus cadenas pe­sadas, su poca destreza para el caballo, los gritos y risas opresoras que sonaban por todas partes, les causaba embarazos tan insuperables como funestos: cada caída de cualquiera de ellos no solamente era seguida de las contusiones del fierro de los grillos y cadenas con que estaban afligidos, sino también de la ra­biosa increpación de los soldados que la acompañaban cruelmente de golpes de culata y bayoneta: no era exento de este tratamiento un tío mío de 125 años, Don Bartolomé Túpac Amaru; y en todo nuestro viaje hasta Lima, en que pa­samos por muchos pueblos, siempre hospedados en las cárceles y calabozos, y por hombres cuya profesión parecía ser afligir la humanidad, no recuerdo ha­yamos recibido ninguno demostración de interés, siendo nuestras entradas en los pueblos siempre estrepitosas y capaces de mover cualquiera alma a quien no hubiese hecho degenerar el influjo del despotismo.

En un lugar, alguno nos mandó aguardiente, que nuestro comandante conductor nos impidió tomar, y para este solo rasgo de compasión puedo ase­gurar que en cada pueblo sufrimos un suplicio, fuera de la conducta particular de nuestros conductores que se disputaban el ejercicio de la crueldad; ellos nos dejaban dos y tres días sin comer y beber; nuestras peticiones más urgen­tes eran contestadas con golpes o con insultos, y llegó a tal punto su insensi­bilidad, o más bien su complacencia y desnaturalización en mortificarnos que mi infeliz madre (Ventura Monjarras), tres días había pedido agua con toda ansiedad, las lágrimas y los gritos que la naturaleza agonizante sabe exhalar; nosotros no podíamos auxiliarle sino acompañando a este imperioso lenguaje de la naturaleza nuestros ruegos los más urgentes y compasibles para mover a nuestros opresores; mas éstos ¡cosa espantosa! la vieron perecer clamando: «agua, agua»; y aunque en los últimos instantes mostraron oírla, fue inútil; ella murió de sed y su pérdida obró sobre nosotros con una opresión inexplicable; fue víctima de una insensibilidad asombrosa de parte de aquellos a quienes es­taba fiada nuestra conservación. Yo no acabo de admirar hasta este momento cómo tantos hombres podían participar un grado de insensibilidad tan cruel. Será cierto que los españoles son feroces por constitución de sus órganos? Todo nuestro viaje hasta Lima fue una ocasión del desenvolvimiento de la facultad particular a esta nación.

El viaje se concluyó a los 40 días. Esperábamos que a nuestra llegada a esta capital, donde suponíamos a las autoridades más dotadas de razón por la eminencia misma en que se hallaban, disminuyese cuando menos la acritud de nuestro trato: ¡pero, cuánto nos engañamos! Sólo variamos de verdugos y tormentos; el calabozo de nuestro alojamiento era la habitación más melan­cólica que se podía construir para los hombres; ella tenía por toda comodidad una cadena atravesada, a la que fuimos atados, y sometidos al centinela con la orden de ser atravesados al mínimo movimiento; esta orden tenía una ampli­tud indeterminada e interpretable, como lo era, según el humor e interés del centinela. ¡Cuántas veces la codicia de éste llegó a poner en prueba todo nues­tro sufrimiento hasta privarnos los movimientos más naturales para obtener de nuestra parte por su condescendencia alguna recompensa pecuniaria!

El desengaño de nuestra impotencia era el término a que los condu­cía una serie de crueldades espantosas, y que sería difuso referirlas, como no puedo omitir el hacerlo con las que por su repetición diaria hicieron sobre mí una impresión muy durable. Tal es la tortura en que se ponía la moderación de cada uno al tener que atestiguar, o sufrir la presencia de nuestros compañeros en todas nuestras diarias secreciones; la contracción de las tercianas cuyos accesos están acompañados de continuos sacudimientos, me es todavía me­morable porque los sufrí con las cadenas, y en las privaciones de nuestra situa­ción, excitando sólo la risa de nuestros guardias; muchos de mis compañeros murieron cerca de nosotros y entre ellos mi tío Don Bartolomé Túpac Amaru de edad de 125 años, y todos contrajimos este mal por ningún ejercicio, por los inmundos alimentos, por el mal aire que respirábamos, y más que todo, por las impresiones peores de que éramos afectados todos los momentos.

Cinco meses estuvimos en los calabozos de Lima. A nuestra salida al muelle del Callao se renovó la escena de la plaza del Cuzco; las diferentes circunstancias les suministraron a nuestros tiranos nuevos medios de aplicar sobre nosotros la profesión de atormentarnos; yendo con grillos, la transposi­ción al bote era impracticable por nosotros mismos, y lo exigían a bayoneta­zos; un joven espectador que se movió de nuestro embarazo me extendió su mano y por su socorro pude preservarme de la repercusión de las bayonetas que llovían sobre mí.

Mi familia y yo fuimos puestos en la fragata Peruana; mis demás com­pañeros en el navío San Pedro. El capitán comandante de la Peruana Don José Córdoba, era de un carácter singularmente feroz; tenía todas las preocupacio­nes de su nación (era español): supersticioso, sin moral, inhumano, codicioso, en quien el defecto de ejercicio de las dulces afecciones que se desenvuelven en el comercio de la sociedad, y el régimen duro del mar le habían dado el temple de acritud más insufrible que puede conocerse; bajo de la autoridad absoluta y caprichosa de tal hombre ¿que debíamos aguardar? Todas nuestras necesidades dependían de él, y la noticia del delito que se nos imputaba le había inspirado un sentimiento de venganza, que desplegó en todo tiempo de nuestra conducción.

Fuimos puestos todos en la corriente, encadenados unos con los otros, sin más comodidad que un poncho viejo y una piel de oveja; nuestro ordi­nario alimento era tan escaso que siempre nos hallábamos hambrientos y en estado de tomar los huesos que echaban hacia nosotros a la hora de comer, aun cuando oíamos que lo hacían por desprecio y comparación a los perros; pero tal era nuestra situación que mirábamos como una comodidad el poder aun así gustar de este alimento. En las enfermedades consiguientes al estado de nuestra debilidad, a la insalubridad del aire que respirábamos, a la serie no interrumpida de impresiones irritantes que sufríamos, el trato era análogo; un abandono total que obrando sobre nuestro ánimo las aumentaba; el médico, el capellán, y el comandante jamás nos dieron el mínimo socorro correspon­diente a sus respectivos deberes; la mitad de mis compañeros pereció de es­corbuto hasta el Janeiro, y dos de mis costados murieron una noche sobre mí mismo, donde permanecieron hasta el siguiente día; todos fueron víctimas del abandono tan admirable como inhumano; hasta lo que nuestro fraternal interés, que mi ternura y circunstancias me inspiraban; la privación de este último consuelo violentó mi naturaleza a tal punto, que apetecí la muerte con la mejor sinceridad, y los esposos que son adictos a su compañía pueden juzgar con exactitud cuál sería mi situación en aquellos momentos. ¡Qué crueldad la de nuestros opresores!

Un sobrinito mío con todas las expresiones del conflicto que pone un cólico, no arrancó a nuestros conductores más que la risa o una indiferencia la más fría, él murió en medio de los tormentos de ese mal cuya presencia fue para nosotros un verdadero suplicio sin socorro humano. Algunos de mis compañeros excitado por el aburrimiento y violencia de nuestra situación, elevó una representación al Comandante, capaz de mover al ser más insensi­ble; le pedía con una sumisión compasible el alivio de nuestras prisiones; la contestación fue: «se abstendrá el suplicante de toda representación, so pena de ser todos sus compañeros y él atados a los cañones». Este decreto llenó a todos de una amargura inexplicable; colmada nuestra desesperación al per­cibir que aun en España mismo no terminarían nuestros males, que se nos prohibirían representaciones, que la inhumanidad del Comandante y demás árbitros nuestros pasaría por un celo laudable, y que si había en España algu­nos corazones capaces de irritarse contra sus procedimientos, los ignorarían.

Nuestros tiranos, decíamos, parecen regocijarse de nuestros males, de nuestra tristeza y degradación; el poder se halla en sus manos, y la razón mis­ma de los europeos deslumbrada de la participación de sus despojos encon­trará motivos justificativos de esta horrible conducta. ¡No hay sobre la tierra quien esté de nuestra parte! ¿Los crímenes de éstos como los de los conquista­dores de nuestro país, quedarán sin castigo? Sobre los patíbulos y las hogueras cantaron éstos su triunfo, y echando un velo fúnebre sobre la humanidad lle­naron la tierra de su nombre; éstos quieren imitar su crueldad, para participar su gloria.

¡En Europa se castigan pequeños crímenes, y a los grandes se les tri­buta culto! Con cuanta justicia podríamos decir a cuantos la gobiernan lo que respondió un pirata a Alejandro: «Se me llama un ladrón porque no tengo sino un navío, y a tí porque tienes una flota se te llama conquistador». La Europa tiene leyes contra los robos, y aplausos, gloria e inmortalidad para los invasores de América. En el código de sus Reyes hay un artículo que dice: «tú no robarás a menos que seas rey, obtengas un privilegio de él, o estés en Amé­rica; no asesinarás a menos que hagas perecer millares de hombres, o algún americano». Estos que nos conducen observan este artículo para hacerse un mérito, que se medirá por el número e intensidad de crímenes que cometan con nosotros. No tenemos más que la apelación al cielo; la inmortalidad del alma debe sernos ahora el único consuelo.

En este momento de nuestro dolor y desesperación, se apoderó un terror del capitán y de todos los marineros, que nos hizo creer había algún pe­ligro capaz de igualar con la muerte a los opresores y oprimidos, y mostrarnos más allá de ella la diferencia de la virtud y del vicio, del crimen y de la inocen­cia; este conflicto general nacía de la fracción total del timón; por todos los indicios el peligro tenía una inminencia alarmante y capaz de haberse hecho sentir por nosotros mismos, que traíamos en compañía de nuestra desgracia a una familia francesa, cuyo padre había contraído en Lima el crimen fatal que los españoles tienen misión del cielo y autoridad del Papa para castigarlo en América, era la posesión de 30 talegas de plata, de que fue despojado, y para purificarse remitido con prisiones a España; este hombre obtuvo del coman­dante la gracia de quitarnos las prisiones, si componía el timón; mientras lo hizo, estuvimos sin ellas; más luego que se concluyó la obra mucho mejor de lo que había esperado el Comandante, mandó se nos restituyera a las cadenas.

Puedo asegurar por todos las apariencias del peligro que el mérito de la composición del timón debió excitar sentimientos de gratitud iguales a los que produciría la donación de la vida en cualquiera otro hombre, que en aquel español; fue infractor de un tratado, se hizo más enemigo, y nuestra situación se empeoró.

Llegamos al Janeiro, donde el buque debía componerse, y la mitad de nuestros compañeros habían ya muerto; el resto se hallaba muy malo, algunas de las mujeres fueron remitidas al hospital, de donde a los dos días tuvieron que volver escarmentadas del abandono y mal trato que los portugueses les dieron, o por recomendación del comandante o por su carácter particular; una de ellas murió luego que pisó de regreso la cubierta del buque.

Todos los demás, a pesar de estar enfermos, no fuimos más bien trata­dos en esta nueva posición, antes, por el contrario, tomaron contra nosotros precauciones más atormentadoras; de día éramos amarrados al palo mayor, y de noche en la corriente; las lluvias, el rigor del sol, ni la ninguna garantía que teníamos en nuestro ropaje, nos eximían de esta pena nueva y diaria, que nos venía por haber llegado al Janeiro, donde entre la mucha población que ha­bía era de temerse la humanidad de algunas personas. La ejercitó con mucha voluntad un religioso que venía de Lima libre en el mismo buque; se empeñó para que lavásemos nuestros andrajos, cuya suciedad se hacía insoportable desde que nos prendieron, por la transpiración, humedad, etc., sin que tu­viésemos en todo este tiempo que mudar en nuestra cama miserable, ni en el cuerpo.

Cuatro meses permanecimos en Janeiro, al cabo de ellos salimos para España, que se hallaba en guerra con la Inglaterra; esta circunstancia, que nos ponía en el riesgo de ser presa de algún buque inglés, y adquirir así la libertad, fue la que nos trajo también por la contingencia de este bien el mal positivo e insoportable de ser amarrados al palo mayor luego que cualquiera buque era avistado, o que la fantasía del Capitán le hacía concebir algún peligro; desde que lo anunciaba, todos se hacían furiosos contra nosotros; las centinelas nos mostraban a cada momento la bayoneta con que estaban prontos a traspasar­nos; este era su lenguaje; se nos presentaban placenteros al vernos sufrir las impresiones del agua, el calor y el frío en cuerpos casi desnudos, sedientos y hambrientos siempre, y alguna vez que quise aliviar mi sufrimiento, me costó bien caro.

Un compañero me permitió tomar unas galletas que tenía a alguna distancia de mí, haciéndome el encargo de apresurarme antes que los ver­dugos viniesen; nos hallábamos pronto para ser conducidos a la corriente, y sobreponiéndome a mi debilidad, e impedimentos con que me embarazaban las cadenas, conseguí echar en mi gorro algunas. Entretanto el centinela había preparado las escotillas de suerte que a mi vuelta y al tomar mi asiento, caí hasta el fondo del buque y sobre las amarras, que me rompieron dos costillas; mis dolores, mis cadenas, y mi debilidad me pusieron en la agonía; con todos los actos que había presenciado y sufrido no podía aguardar alivio sino de mis compañeros, y estos se hallaban muy impedidos para satisfacer la compasión dolorosa que mis ayes debían producirles; uno, sin embargo, de la comitiva, fue sensible a mi situación, para darme la mano y levantarme, el resto se rió mucho del lazo en que había caído; mis prisiones continuaron las mismas, ni el cirujano ni el comandante dieron señal de quererme socorrer; toda mi medicina fue un emplasto de alquitrán, que conseguí del calafatero; lo demás lo hizo la naturaleza; yo sané, pero no fue ciertamente muy bien, pues hasta ahora soy muy sensible en aquella parte, y sufro dolores por muy pequeños motivos.

Antes de concluir mi tránsito del Janeiro a Cádiz no quiero omitir una circunstancia que deja ver todo el espíritu de tiranía de los que nos condu­cían; son bien conocidos los españoles en la adhesión que tiene al rezo, en que hacen consistir toda su religión, sin que la práctica de la moral les sea jamás de igual importancia; pues no obstante habiendo observado que rezábamos el rosario por una especie de consuelo, nos prohibieron lo hiciésemos. Es de advertir que estos españoles eran groseros, ignorantes, supersticiosos, como la mayor parte de los que venían a América, y que por consiguiente para ellos el rezo tenía lugar de todo, que les era lo mismo rezador, que virtuoso, que hon­rado y que justo.

A los diez meses y días de navegación desde nuestra salida de Lima, llegamos a Cádiz con la esperanza de encontrar el término de nuestros pa­decimientos, y persuadidos que cualquiera que fuese la opinión del Rey so­bre nuestro supuesto crimen, lo creería expiado con cuanto habíamos sufrido (como si los reyes nacidos y criados en el lujo y los placeres tuviesen jamás ideas de las penalidades de los demás que poder comparar y analizar).

Además que no habiéndosenos hecho proceso alguno, porque consta­se nuestro delito, no tendría éste el grado de certidumbre que dan las pruebas, y la humanidad se dejaría oír.

El 1° de marzo nos desembarcamos y fui conducido con una cadena de más de una arroba de peso al castillo de San Sebastián; mi aniquilamiento era tal, que habiendo salido a las oraciones llegué a las doce de la noche, lle­vado por dos granaderos que me sostenían de los brazos para poder caminar; se habían hecho calabozos al propósito para nosotros, donde fuimos coloca­dos; estas habitaciones, sí podían llamarse así, lugares que reunían todos los principios destructivos de la vida, eran de piedra con un agujero pequeño y atravesado por una cruz de fierro tan ancha casi como él; el piso también era empedrado y húmedo, las puertas dobles; cada uno fue destinado al que le correspondía; (los demás compañeros lo fueron al castillo de Santa Catalina). El que me tocó por toda comodidad tenía una tarima donde puso mi cama, compuesta como tengo dicho, de una piel de oveja y un saquito de andrajos, todo sucio y fétido. Estos eran todos los bienes con que debía pasar el resto de mis días en medio de crueles enemigos. Se apostó un centinela en la puerta, otro en la ventana o agujero, y otro en el techo; absolutamente se cuidó aquella noche de mi llegada de tan penosa distancia y agobiado de cansancio, de nada para mi alimento!

¡Cuál sería mi situación al verme transportado a tan remotos climas; mi circunferencia rodeada de guardias, sin ningún conocimiento en el pueblo, alejados de los consolantes compañeros de mis desgracias; solo, hambriento, y sintiendo en esta especie de rigor bien exquisito las primicias y el presagio del futuro el más espantoso!

La consideración de la muerte de mi hermano, familia, y compatriotas, el recuerdo de cuanto había visto en mi larga navegación y sufrido yo mismo; tantos compañeros muertos al rigor del mal trato que recibían; todo me hacía sentir que éstos eran los mismos hombres que habían conquistado la América, que toda aspereza con que me habían recibido era su carácter, y que no podía de parte de ellos aguardar sino todo género de tormentos. ¡Nada hay que en el mundo pueda ser tan aflictivo y que iguale a cuanto sufrí yo aquella noche! No podía soportar la idea de tener que pasar mis días en aquella mansión y entre aquellos tigres.

La conducta ulterior correspondió a mis temores; como la codicia era el único resorte que movía a mis guardias y a la nación entera, no teniendo como satisfacerla, nada obtuve en mi favor; si alguna vez mandaba comprar lo que me era indispensablemente necesario, los guardas se tomaban el cambio como una recompensa del servicio que me habían hecho, aun cuando la satis­facción de hacerlo a un desgraciado fuese la paga para otros corazones.

No fui tratado de la misma manera cuando la guardia era de Suizos u otros extranjeros, éstos nos permitían tomar sol, mostraban sentimientos de compasión, y su honradez jamás se manchó en la usurpación de lo que era nuestro, prevalidos como los españoles de que nuestra debilidad era suscep­tible de todo. Esta idea que debía convencerlos de nuestra impotencia para fugar, no los reprimió jamás de los cuidados más minuciosos sobre nuestras prisiones; las puertas, sus rendijas, el lecho, las paredes y sobre cuánto nos rodeaba, siempre acompañado todo de insultos.

El aspecto de un hombre que siempre mezclaba su alimento con lágri­mas amargas por su inmundicia y corrupción, y en que veía más bien un prin­cipio de destrucción que de conservación jamás los movió, y antes he sabido se repartían la cantidad que estaba señalada con este objeto.

En tres años y tres meses que permanecí en el castillo de San Sebastián no recuerdo un solo rasgo humano de los españoles que se sucedieron a cus­todiarme, y es ciertamente muy digno de atención que tantos y tan distintos hombres hubiesen sentido de la misma manera contra la miseria, que natu­ralmente excita a la compasión; este fenómeno por su constancia y pluralidad debe ser recomendado a los fisiólogos; ellos solos podrán encontrar el princi­pio tan constante que hay en la sensibilidad española para afectarse tan con­trariamente al resto de los hombres; parecerá entonces la demostración de mi opinión que es estar en sus órganos la verdadera causa porque se complacen tanto en los actos de matanza de hombres y tienen a ello como impelido por una fuerza instintiva.

Carlos III tomó al fin de este espacio de más de tres años otra determi­nación sobre el corto resto de los que habíamos resistido a los rigores de sus súbditos y de él: fuimos repartidos en el interior del reino y en los presidios de Orán, Alhucema, Melilla, el Peñón y Málaga; de los destinados a este último punto murieron muchos al rigor de sus conductores.

A mí me hicieron sufrir todos los presentimientos de la muerte en el espacio que separaba la posición que tenía de la que se había determinado tuviese; una mañana fui sorprendido en mi prisión por la presencia de un ayu­dante y una comitiva numerosa de granaderos; me amarraron los brazos con toda la torpeza de costumbre, me colocaron al medio de esta escolta que por su número, su modo de tratarme y la opresión en que me conducían, concebí que había llegado la hora de sufrir el suplicio de mi hermano y familia; puesto en la cárcel con todos los facinerosos, se aumentaban mis sospechas.

La muerte se me presentó entonces como infalible y la miraba como el único término a la gravedad y duración de mis males, que se habían hecho mucho mayores en esta nueva casa con el círculo de asesinos que me rodea­ban, que me insultaban impunemente y que, a la idea de que tenía yo mucha plata, unían la esperanza de adquirir el perdón de sus crímenes con el mérito de darme muerte; yo no encontraba contra todos estos ninguna garantía; an­tes hallé motivos de confirmarlos en la conducta del alcaide que me quitó mi saco de andrajos para que no fuese (decía) presa de los ladrones de adentro, y en la humana protección con que me llevó cerca de sí un leguito mejicano que se hallaba en aquel lugar, diciéndome que el ser americano yo le había inspirado el mayor interés para salvarme la vida de los golpes de asesinos que allí había.

Después de 4 ó 5 días que pasé lleno de amenazas e inquietudes, me embarcaron a la isla de León, donde al rayo del sol, con un hambre y sed inaguantables, pasé una calle muy larga para ir a salir a un río; allí me vuelven a embarcar y después de muchísimas vueltas salimos a Santi Petri. ¿Cuánto sería mi inquietud al no ver el término de estos viajes en que jamás dejaban de tratarme con inhumanidad y haciéndome todo el mal posible? Creía que así como a mi hermano le variaron los tormentos, le sacaron la lengua, le descuartizaron vivo, etc., para mí tenían alguna invención más bárbara, o un capricho más cruel.

De Santi Petri fui conducido a Ceuta sobre la sal que llevaba de carga el buque; llegué después de cuatro días de navegación, el día 1° de junio de 1788. Las noticias anticipadas de mi remisión reunieron toda la gente para conocer­me; yo pasé confundido con muchos asesinos y ladrones que vinieron en la misma embarcación que yo, más los rasgos de mi fisonomía eran muy distin­tos de los demás europeos y todos fijaban los ojos particularmente sobre mí, unos para mirarme como un objeto de curiosidad, otros para señalar en mi semblante los signos infalibles de una alma originalmente perversa, otros para negarme las consideraciones debidas a todo hombre, reviviendo la especie de no serlo yo por ser americano y privarme así de la compasión de algunos. To­dos me miraban como criminal porque me veían castigado. Si todos suponían a su rey enviado de Dios para gobernarlos, ¿cómo podrían dudar de mi delito?

Después de este paso en que fui muy amargado se presentaron unos verdugos, llamados cabo de vara, a recibirse de sus víctimas; la fiereza de sus rostros indicaba bien que su ocupación era atormentar a sus semejantes; uno de ellos, mostrándose más hambriento de sus presas, ordenó que lo siguié­ramos; el capitán del buque en que habíamos venido le dijo no tenía que ver conmigo, y me condujo en su compañía a lo del Gobernador Conde de las Lomas, a quien le expresó que no era de la condición de aquellos presos con quienes había venido, y que impidiese todo comercio mío con ellos, y diri­giéndose al ayudante le pidió me acomodase en alguna casa particular.

Un platero que la casualidad ofreció, usó el comedimiento de llevar­me a la suya, y el trato que me dio en ella me hizo advertir que éste había sido un modo de agradar a la autoridad que había concebido, más bien que una docilidad a un sentimiento interior que le hubiese arrancado mi situación compasible; no tuve un lugar señalado donde dormir ni donde ocuparme de mí mismo; mis primeras necesidades eran satisfechas al antojo de mis nuevos amos; si se acordaban de mí comía, y si no me quedaba sin alimento. Un día el haber escupido en un lugar más bien que en otro del suelo, me valió tal riña de parte de la ama que pedí al ayudante me permitiera vivir solo; se me concedió con la condición de presentarme dos días a la semana al jefe de la plaza.

En esta diferente posición encontré nuevos y mayores motivos de con­siderar la nulidad a que me habían reducido las medidas del gobierno. Yo ig­noraba el idioma español y las costumbres de esta nación; para satisfacer mis necesidades yo sólo no me bastaba, me era preciso el comercio de los demás, y toda precaución contra el engaño, la mala fe y el interés, únicos que me ro­dearon, siempre cubiertos de amistad, el lazo más seguro para un corazón tan herido y aislado como el mío, y en el que casi todas las veces algún hombre vil quería partir de mi bolsa miserable.

Mas nunca sentí tanto la atmósfera que respiraba como cuando todos mis conatos para tomar una educación de que mis circunstancias y aplicación me hubieran hecho capaz, excitaban el escarnio y la pifia solamente, hasta inutilizar esfuerzos que la reflexión y experiencia me habían hecho obrar un largo tiempo; me convencí últimamente era un sistema nacional y que si yo conseguía eludirlo el más pequeño indicio del cultivo de mi espíritu me aca­rrearía la muerte. Desesperado de conseguir este bien, tomé la resolución más propia a mi situación, cuál era la de vivir solo, pues que la sociedad no me ofrecía más que opresores y amarguras; alquilé un huerto para cultivarlo por mí mismo y para que una ocupación asidua me pusiese en la precisión de no tratar a los hombres de Europa tan inhumanos conmigo; a este especie de huerto debo mi conservación y la experiencia ha justificado el acierto de mi medida: bien que por ella yo era más afligido del recuerdo de las calamidades por donde había pasado para llegar a este término.

Sin amigos y con el corazón ulcerado, precisado a tomar de manos de mis enemigos los medios de mi subsistencia en una edad en que la comodi­dad es necesaria y en que 8 reales de vellón apenas alcanzaban a un alimento escaso; corriendo una vida humilde bajo la infamia afecta al crimen de alzado; viéndome el ejemplo de escarmiento que fijaba más la arbitrariedad de los opresores, las desgracias de los oprimidos, y el orgullo fiero de los más viles es­pañoles sobre los americanos; recordando la muerte espantosa de mi hermano (José Gabriel Túpa Amaru), de toda mi familia y de innumerables indios sin venganza, y el cetro de fierro en América indestructible. ¿Cuál debía ser la amargura de mis días con estas ideas de lágrimas y desesperación que jamás me abandonaron, y que algunas ocurrencias les hacían tomar muchas veces una vivacidad la más aflictiva?

En el largo espacio de 32 años hubieron muchas; ahora sólo quiero recordar dos de las que me fueron más sensibles. Un día queriendo salir de mí mismo por impresiones extranjeras fui a ver el ejercicio de la tropa, a pesar de que siempre tenía a esta clase de asesinos por oficio un horror raro, y mucho mayor desde que fui instruido de que en Europa se vendían hombres para de­fender a cualquier causa, que el atractivo de las banderas cuando se colocaban para alistar hombres jamás era sino la cantidad de dinero que se ofrecía, que así los mismos hombres defendían hoy una causa y mañana la contraria, para volver otro día a defender la primera.

Puede concebir cualquiera cuánta sería mi sorpresa y pavor cuando estando de espectador de esta gente, y colocado tras de la línea que hacía a su frente la multitud entre quienes me hallaba confundido se avanza el coman­dante, me escoge de entre todo el grupo para darme con el bastón en la cabeza y dejarme atónito y sin sentido. Todos los que me rodeaban quedaron llenos de asombro, y yo sin saber la causa me retiré, cuando volví en mí, confundi­do y oprimido, sin tribunal a quien quejarme más que el de la naturaleza, no atribuí este rasgo militar, sino que mis facciones caracterizándome mucho de americano habían excitado fácilmente la cólera de este oficial, (fenómeno muy ordinario en la sensibilidad de los órganos españoles al aspecto de un indio); pocos días después supe su muerte repentina y nada de su arrepentimiento.

Me fue mucho más insoportable la presencia de un indio que preguntándome, un día que me encontró en la calle, que si era cuzqueño, a la con­testación de ser yo, Túpa Amaru, lleno de furia me dijo que cómo me tenían todavía con vida, que había mucho debían haberme muerto. Yo que esperaba a mi respuesta amigable algún brote de sensibilidad de parte de un otro indio como yo, vi con el mayor dolor un enemigo desnaturalizado en él, y muchos días se me amargaron por el recuerdo de esta vil arrogancia.

Pero en el año 13 el primero de junio se me presentó Don Marcos Durán Martel, hombre que ha desagraviado a la naturaleza de cuanto los demás la habían injuriado en mí mismo; se ha mostrado como una mano tutelar destinada a salvar mis días, y hacerme gustar en los últimos de mi vida los encantos de la amistad.

Luego que se me dio a conocer como un americano perseguido como yo de la tiranía; le ofrecí mi casa, le di en ella la hospitalidad de un amigo, hice en él la efusión de mi corazón; todo lo hicimos común como hermanos y él hizo más: viendo que a mi edad octogenaria el cultivo de la tierra era muy oneroso, se hizo cargo de él, y últimamente me eximió de todo trabajo, y sólo cuidó de conservarme tranquilo y cómodo; es muy laudable todo el esmero y prolijidad con que procuró obtener este objetivo, por cuya consecución tan costosa como le ha sido podía prever ninguna recompensa más que la satisfac­ción de su corazón.

La esperanza de mi libertad ya muerta, la de volver al Perú, con la pintura más halagüeña del nacimiento, espíritu y progresos de la revolución en América, fueron los resortes que tocó para causar en mi alma el trastorno más saludable y extraordinario que se puede sentir en esta ciudad, sin fatigas corporales, con nuevas y dulces sensaciones que no había tenido en 40 años; el mundo y mi situación eran totalmente nuevas.

Luego que renació en mí la esperanza de volver a América fue mi más vivo deseo; tan larga mansión con los europeos no había producido ningún vínculo en mi corazón hacía nada, ni nadie; me hallaba después de este espa­cio de media vida lo mismo que en el primer día de mi llegada, y si tenía mi corazón algo demás era el cúmulo de males que había sufrido y la aversión que las fieras podían inspirar. Tal vez esto se atribuía a alguna insensibilidad, mas yo sólo conozco ser efecto de una muy exquisita que podía discernir lo que en Europa se ha sustituido a la de la naturaleza que es la sumisión más vil al dinero.

La vejez rica puede contar allí con todos los socorros de las luces y la industria, ella tiene poder y comodidad; la vejez pobre excita el desprecio y provoca la aprensión hasta de los infantes; pero en favor del americano ni el oro mismo tiene influjo, que todos se creen con derecho a poseerlo y acaban por despojárselo; esta verdad estaba grabada en mi corazón por hechos tan nota­bles que siempre hubiera mirado con horror en cualquiera estado de libertad y fortuna esta sociedad.

Pero si las relaciones de este mi singular amigo sobre el estado de América eran lisonjeras y me arrancaban lágrimas de ternura a torrentes, re­cordándome los desastres de mi hermano y demás sacrificios en el año 1780 y mostrándome una nueva vida en los países que me habían visto nacer; no por eso dejaron de ser a mis ojos por mucho tiempo solamente bellas imágenes, porque no podía dejar de hacer interiormente comparaciones del estado en que dejé el Cuzco y demás países con el que se me pintaba, ciertamente sin el estremecimiento que ha producido en Europa la revolución de Francia y la centella de luz que ha arrojado por todas partes donde existía el combustible de la razón humana, y por la marcha ordinaria en que tenía la España a Amé­rica, sería imposible su situación actual, a lo menos no se hubiera verificado sino después de siglos.

Pero la llegada de muchos presos por esta causa, la mayor aflicción en que nos tenían a los americanos, y los ecos broncos de toda la Europa que diariamente llegaban hasta aquel presidio formaron una opinión en mí muy segura.

Hasta el año 1820 lo pasamos con mi compañero en un continuo pro­greso de esperanza, y a proporción que se hacía el de nuestras opiniones sobre el estado de América; él ejercitando sus cuidados conservadores y singular­mente prolijos hacia mi persona, alimentando mi espíritu de consideraciones que mis gastadas facultades no podían hacer por sí misma, y yo admirando la concurrencia de tantas cosas en mi favor, y particularmente la noble gene­rosidad de un hombre que ejercía sobre mí oficios que en el mejor hijo serían singulares. En este tiempo sólo tuvo que sentir la prisión que por algunos días se hizo de mi fiel compañero; se hizo con tal aparato que lo temí todo; los em­peños del Obispo de aquel lugar lo salvaron.

El año 1820 las Cortes decretaron que todos los americanos presos por opiniones políticas fueren puestos en libertad, se les diesen 10 reales de vellón diarios hasta ser conducidos a sus provincias en los buques del Estado y a costa de él. Todos los americanos aprovechando esta efervescencia lograron su libertad; mi compañero renuncio a ella porque yo la consiguiera; me hizo solicitarla, y se me negó por el auditor Antonio García, bajo el pretexto de que yo estaba puesto en el Consejo de Indias, y sin considerar que las Cortes ha­bían hecho una ley superior a la autoridad del Consejo; mas aquí sólo obraba la animosidad contra los americanos. Mi compañero conociendo este motivo procuró eludir su influencia, me hizo solicitar trasportarme por enfermo a Algeciras para que si de allí no conseguía mi libertad pudiese asilarme a Gibraltar de donde no me sería difícil el viaje a América.

Al tiempo de conducirme ya para el muelle con todo dispuesto para embarcarme a Algeciras, concedida la licencia y nombrado por apoderado Don Francisco Irnardi para el cobro de mis sueldos, me sucede la desgracia más aflictiva que podía venirme; caigo por once escalones bien elevados, me rompo un brazo y quedo con todo el cuerpo lleno de contusiones.

Se puede concebir fácilmente si esperaría en este momento restituirme a América; en mi edad creía muy morosa si no imposible mi sanidad; por otra parte, yo no podía exigir de mi compañero por más tiempo su asistencia con perjuicio de su partida a América, mi corazón no podía ver que la sacrificase para mí; le dije con instancia que me dejara, que tal vez una mudanza en el espíritu del gobierno no le permitiese salir de aquel presidio; y no fue esta franqueza de mi parte sino un motivo más para conocer de la suya su sarían en Europa por quiméricos; mis males sintieron un consuelo magnanimidad, su humanidad y sentimientos tan generosos que pararon con su contestación, protestó no abandonarme y mostrándose ofendido me dijo «que cómo espe­raba de él que me privara de sus cuidados y asistencia en los momentos que más la necesitaba; que no volvería a América jamás si supiese dejarme entre mis enemigos, y privarlo del placer de servirme». Ciertamente entonces lo hizo con tal tino que el cirujano que vino a verme, a su solicitud, aseguró que las fracciones habían sido tan bien colocadas que él nada tenía de hacer más. ¡Cuánto puede el interés de la amistad!

Con nuevos males se aumentaron los de mi miseria, fué preciso ir al hospital, sufrir mucho de esta guerra en que se ponía conmigo todo español en cualquiera ocasión; y yo hubiera perecido en esta circunstancia si el esmero de mi compañero me abandona; él mismo me traía la comida, ésta era hecha de sus manos, y él consiguió por medio de su celo poder tener como darme estos socorros, porque el hospital los daba a la miseria tan mal, que era mejor renunciarlos, sin hacerlo a otras pequeñeces que eran las únicas porque me mantenía allí, y estuve 20 días; en ellos jamás este humano compañero permi­tió que muriera en mí la esperanza de mi libertad ni la de ver la América.

Luego que me vio con alguna resistencia volvimos a emprender la na­vegación a Algeciras con mejor suceso que antes. Allí fui presentado al general Don Demetrio O’Dali, americano, y por eso su recibo no fue tan acre como generalmente había sido para mí todo el que me hacían las autoridades de Es­paña; además, me permitió andar libremente; esto y la hospitalidad humana y generosa de Don José Gonzalo, y la facilidad con que el vicario eclesiástico le permitió a mi compañero decir misa, mejoró mucho nuestra posición; al favor de ella estuve sano del brazo a los 4 meses.

Había cuidado siempre mi compañero en la debilidad de mi situación de ocultarme los obstáculos para mi libertad antes de haberlos vencido, mas aquí viendo que para hacerlo era necesario mi cooperación, me dijo que mi libertad todavía no era un bien con que podía contar totalmente, que tenía solamente la precisa para introducirnos furtivamente a Gibraltar, y que para esto contábamos con la protección de un hombre que la había prometido.

Por 18 meses nos alimentó esta esperanza, y al cabo de ellos nos des­engañamos que este mismo hombre con aire de benefactor, sólo nos había querido vender este bien; cuando él vio que no podíamos satisfacer su codicia nos aseguró la imposibilidad de servirnos.

Entonces también conocimos con más claridad que no podíamos con­seguir nuestra fuga sino por un desembolso superior a nuestra capacidad; y ésta se había empeorado por nuestra larga mansión, y porque el apoderado Francisco Irnardi, para cobrar en Ceuta, aunque había merecido nuestra con­fianza por haber peleado por la causa de la Independencia en Caracas, perte­necía más a su nación por sus principios que podía por aquel motivo pertene­cer a nosotros y a la moral; él se negó haber recibido nada para mí; convencido por el testimonio del mismo tesorero que le dio mis pagas, y después de toda intervención de la autoridad se quedó con una que desesperé de cobrarla por­que vi que lo protegía esta misma autoridad en quien el hábito de despreciar los derechos de los americanos podía más que la contradicción que hacía ver en esta conducta con los principios que proclamaba.

Ya no nos quedaba sino un arbitrio y era para nosotros el más violento, y del que generalmente se nos presagiaba un mal suceso, era el de hacer una representación a la superioridad; la hice por las invitaciones de mi compa­ñero, y por el recuerdo de las promesas que había recibido de Don Agustín Argüelles estando éste preso en Ceuta conmigo, y la dirigí por el conducto del gobernador de ésta, y por el de aquel caballero. La contestación de éste fue mandarme la licencia de mi libertad y una carta de atención al correo inme­diato.

Pudimos de esta manera encaminarnos a Cádiz sin embarazos. Allí el juez de arribadas mandó el cumplimiento del decreto de las Cortes que señalaba 10 reales diarios a los americanos que tenían mis circunstancias, en su virtud se me dio la cantidad de cinco meses, y nos mandó aguardar en Algeciras todos los demás socorros para nuestra conducción a América, y se nos dijo que no pudiendo ir ningún buque nacional estaba encargado el cónsul español para proporcionar uno inglés.

Aguardamos el cumplimiento de estas promesas todo el tiempo que bastó para persuadirnos que no se verificarían jamás, y que el decreto de las Cortes era un acto de fervor que había pasado para dar lugar a antiguos hábi­tos y preocupaciones nacionales. Entonces nos quedaba todavía una dificultad bien grave en tener que pagar la conducción; su precio, cualquiera que fuese debía ser superior a nuestro bolsillo; tuvimos que resolvernos a todo, supli­camos a un caballero que nos dio noticia de un buque pronto a partir para Buenos Aires; nos recomendase al capitán para que nuestro pasaje fuese a un precio soportable; lo concertamos sin ninguna comodidad, sino la que yo aguardaba de la compasión que excitaba mi edad, mis trabajos, y mi situación.

Nos embarcamos el 3 de julio de 1822, estos días siempre eran funes­tos por la alteración que causaban en mi ánimo, y en este fui acometido de un mal habitual, que mis desgracias me habían producido; me abandonaban mis facultades, y mi sensibilidad tal vez por haberme servido sólo para percibir males. Los marineros me hubieran vuelto a tierra si mi compañero no les hu­biera asegurado mi pronta sanidad, y lo pasajero de este accidente.

El 3 de agosto nos hicimos a la vela para América del Sud dejando para siempre a esa España, tan cruel como avara, que se había empapado en lagos de sangre americana para cubrir la Europa de torrentes de plata y oro, y quédase ella ignorante, pobre y corrompida; a esa España igualmente voraz de la humanidad cuando supersticiosa invocaba la religión y el evangelio para degollar americanos, que cuando queriendo ser filósofa, y con la igualdad y derechos del hombre en sus labios, mandaba ejércitos de tigres a Caracas y al Perú. A esa España, finalmente, que en la injusta posesión de este último, sustituyendo la ignorancia, el despotismo y la servidumbre a la sabiduría y felicidad en que estaba bajo de sus antiguos Incas, ha privado a la humani­dad de conocimientos a la ciencia social[7] y natural[8]; yo la abandoné, confieso, con el dulce presentimiento de que en la suerte que le preparaban sus vicios escarmentarían tal vez los europeos de la ambición de dominar la América, y cuya satisfacción siendo inseparable de la injusticia de la usurpación y demás defectos que se les asocian, los llevaría al mismo término.

Mi situación en la vuelta a América fue a algunos respectos entera­mente opuesta a la que tuve cuando mi remisión a España, aunque a otros fue igual; tenía 84 años, pero las heridas de mi corazón habían sido profundas y repetidas por la mitad de este espacio para no conservarse vivas y hacerme juzgar con exactitud del contraste que hacían los cuidados y dulzura de mi compañero con la tiranía y aspereza de los que me condujeron a España; y cuando no hubiese conservado esta memoria, el capitán Hague del buque Retrive en que veníamos me la hubiese despertado; me ha hecho creer además que fue seguramente de los que hacían el comercio de negros. La exposición de nuestra miseria no le impidió tomar por nuestro pasaje doscientos pesos y ponernos así en estado de embarcarnos sólo con cinco libras de tabaco por todo rancho.

A los 10 días de navegación caí en un desfallecimiento que me puso en agonía; él era producido por el mareo y porque los alimentos de galleta y carne mal cocida no eran susceptibles ni aun de la masticación que yo podía hacer, y porque estando sobre la cubierta al rigor de las fuertes impresiones que mi edad ya no podía sufrir, el detrimento de mis fuerzas debía ser extraordinario.

Hubiera perecido seguramente en esta ocasión sin el interés y celo de mi compañero por mi conservación. Sus instancias las más vivas consiguieron del capitán un huevo, con el que me administro un alimento conveniente, el único de que mi situación era capaz y que me restituyó la vida y sin el cual hubiera muerto. Este ejemplo de humanidad de mi compañero, ni el espec­táculo de un hombre Octogenario sobre la cubierta al riesgo de perecer por mil causas que obraban sobre su debilidad no le hicieron al capitán variar de conducta; él continuó manteniéndonos en la misma posición, jamás nos convidó a acogernos bajo de la cubierta aun cuando lluvias copiosas y fríos intolerables caían sobre nosotros; él procuró no obstante más comodidad a un perro para quien le hizo una especie de cueva.

Mas todo esto fue preciso para poner en acción los sentimientos sin­gulares que prodigaba mi compañero hacia un viejo de quien sabía no podía esperar nada; era muy frecuente en él, preferir mi comodidad a la suya, y co­rrer en mi socorro para cubrirme del agua y del frío, dejando mojar entre tan­to su ropa, o poniéndomela. Todas las funciones de mi vida estaban ayudadas de este hombre singular, que si me hubiera faltado su esmero un solo día yo hubiera perecido: al verlo al capitán obrar con tanta constancia en mi favor preguntó a algunos que venían, qué personaje era yo que merecía tanto de mi compañero, y no pudo persuadirse que no hubiese algún motivo de sumo interés que produjera esta conducta en un americano, y que un europeo sólo la tributa al dinero o al poder.

Al fin de 70 días de navegación y solamente por los esfuerzos genero­sos de la humanidad de Don Marcos Durán Martel, que así se llama este mi conservador tutelar, llegué a Buenos Aires.

Aquí los brazos de mis hermanos ya independientes se extendieron para estrecharme. Mi compañero, Don Mariano Suvieta, también confinado a Europa por haber peleado en la causa de la independencia y yo fuimos alo­jados con ternura, amistad e interés por Don Juan Bautista Azopardo que se halló con nosotros preso en Ceuta por la misma causa. El gobierno después nos honró, proveyó a nuestra subsistencia y comodidad, y el decreto en que nos señala a mi compañero y a mí, casa, alimentos y una pensión, está dictado por una apreciación de mi solicitud que nacionalizando mis padecimientos les ha puesto en su término, que es mi llegada aquí, la única corona de gloria que podía compensarlos y satisfacer mi corazón.

El gobierno español y sus gobernados deben avergonzarse de haberme dejado venir, sin reparar el oprobio nacional afecto al atentado cometido con­tra la humanidad en mi persona. Si 40 años de prisión caracterizan un gobier­no bárbaro y feroz, la indiferencia por esta conducta del que se dice hijo de las luces muestra también, que éstas no le ha llegado, y cuán inferior es la fuerza de los principios del siglo a la que tienen todavía en él las preocupaciones y hábitos que la han dominado hasta ahora.

Este defecto de la España que entonces me fue desagradable ha dado a mi llegada a América el precio de un verdadero triunfo; mi compañero Don Marcos Durán Martel es quien lo ha conseguido, la gloria a él solo le pertenece y mucho más por haberlos hecho por un constante ejercicio de actos de humanidad de que pocos hombres serían capaces y sobre un ser ya muerto. Él me ha restituido a la vida y me ha colocado en medio de un espectáculo de instituciones liberales, cuya formación si hace el honor de sus autores, es más que todo, porque su desenvolvimiento prepara irrevocablemente a nuestro país un lugar de eminencia desconocido, y donde la Europa echará miradas de admiración y envidia a los mismos que antes había arrojado cadenas. Si hace recomendable a todos los hombres a Don Marcos la conducta que ha tenido conmigo, lo hace particularmente a los americanos la que su patriotismo provocó en Huánuco, la persecución de los españoles contra su persona[9] hasta mandarlo preso desde aquel lugar de su nacimiento a España y de allí a Ceuta, donde en mi miseria y debilidad encontró un vasto campo para sus nobles sentimientos y magnánimo corazón, y por quien me he puesto en la oportunidad de publicar esta historia que aunque desgraciada, pero será útil al mundo; ojalá ella haga pensar a los hombres sobre los medios de evitar la tiranía que en mí se ha mostrado tan odiosa.

*

NOTAS:

[1]  Texto de Leiner Cárdenas Fernández

[2] La fecha  de 1824, es aproximada, y solo debe utilizada como referencia. El hecho de no aparecer ninguna alusión a la batalla de Ayacucho, hecho que contrasta con su jubilosa carta al libertador Bolívar en 1825, hace pensar que fue escrita antes de aquel suceso. Juan Bautista Condorcanki Monjarras Túpa Amaru era medio hermano del prócer José Gabriel, por ser hijo de don Miguel Condorcanki y del Camino y de doña Ventura Monjarras. Nació en Tungasuca el año 1747, se casó con doña Susana Aguirre, muerta durante el viaje al destierro de España. Areche lo condenó a 200 azotes «dados por las calles públicas» del Cusco y a 10 años de ostracismo. Salió en el navío «El Peruano» (13-IV-1784) junto con Mariano Túpac Amaru —segundo hijo del caudillo— y otros procesados. Llegado a Cádiz, tres años estuvo encerrado en el Castillo de San Sebastián, pasando después a residir en Ceuta. Acompañado por el agustino Marcos Durán Martel vivió parte de su extrañamiento, se regocijo con el triunfo de la Revolución Francesa, siendo puesto en libertad el año 1820. Partió de España el 3-VIII-1822 en el buque «Retrive», mandado por el capitán Hague, llegando a Buenos Aires más o menos el 12-X-1822, en compañía de Durán Martel y Mariano Suvieta. Apoyado por su compañero de ostracismo Juan Bautista Azopardo, recibió una pensión de 30 pesos mensuales bajo la condición de hacer una «relación de sus padecimientos», decreto dado por Bernardino Rivadavia. Dedicado a descansar de sus pasados infortunios y escribir, redactó lo relativo a su Dilatado Cautiverio y una Carta al libertador Bolívar, pidiendo apoyo para trasladarse a su país. Sin poder retornar al Perú, falleció en Buenos Aires el 2-IX-1827, en cuyo cementerio está enterrado. Hay dos ejemplares de esas memorias: una en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires y otra forma parte de la Colección A.P. Justo. Bajo el título de «Cuarenta Años de Cautiverio» fue publicada por Francisco A. Loayza (Lima, Imp.  Miranda, 1941). Hace alusión al Inca Túpac Amaru, ajusticiado por el virrey Toledo en la plaza del Cusco el año 1572 [Nota del editor de la primera edición].  Esta edición a cargo de Héctor Huerto Vizcarra, Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC); Fondo Editorial del Congreso de la República del Perú; Asociación por la Cultura y la Educación Digital; Fundación M. J. Bustamante de la Fuente; Red de Investigadores Indigenistas

[3] Fue el 4 de noviembre del año 1780 [Nota del editor de la primera edición]. Nueva Colección Documental de la Independencia del Perú La rebelión de Túpac Amaru II

[4]  Fue Hipólito [Nota del editor de la primera edición].

[5]  Alusión a los Estados Unidos [Nota del editor de la primera edición].

[6] Futuro Virrey. Este cargo lo desempeñaba Jáuregui [Nota del editor de la primera edición].

[7] Sería preciso un volumen entero para mostrar esta verdad en todas sus relaciones. Pero bástenos saber que los europeos han dicho: formemos una sociedad feliz y todos seremos felices; hablo de los más bien organizados. Los Incas, al contrario, han dicho, hagamos a cada individuo feliz, de suerte que ninguno pueda sin injusticia desear un mejor estado; por este medio la sociedad será poderosa y feliz. Pregunto, ¿cuáles han raciocinado mejor? Aunque en todo sistema de legislación sea preciso ver toda la nación en masa, es, no obstante, de esta masa como de todas las fórmulas generales que suponen, o contienen, un gran número de verdades matemáticas. Estas fórmulas no tienen realidad, sino por todas estas verdades que sin parecer allí, hacen no obstante su base. Una nación. tomada en masa, supone que el legislador está perfectamente instruido de todas las relaciones de los individuos entre sí, y que sus intereses respectivos pueden reunirse en el mismo punto central, que hace la felicidad relativa de cada uno de ellos, y por consiguiente de la nación. Si el legislador no tiene esta fórmula, es inútil la ley, porque ella es sin base. Para llegar a este fin la política proveía a los Incas, con seguridad, todos los medios; puede formarse alguna idea por la división siguiente. Las familias de cada pueblo estaban divididas en decenas: a la cabeza de cada una de ellas estaba un oficial; cinco de estas decenas estaban subordinadas a otro oficial, y dos de éstos, o cien familias, dependían de un tercero, que tenía la lista de las cien familias y de sus decuriones respectivos. Cinco de estos oficiales que tenían cien familias estaban precedidos de un jefe, que tenía, por consiguiente, quinientas familias; dos de estos jefes formaban el departamento de mil familias, que se hallaba subordinado a un jefe supremo, que en cada luna, o mes, recibía la razón de la administración de cada oficial. Empezando gradualmente desde el que tenía diez familias bajo de su inspección, y la trasmitía a otro oficial, para que éste la pasase al Emperador. Estos estados mensuales se referían a la educación. Subsistencia y moral de las familias. Todos saben que la autoridad pública dirigía la primera, proveía a la segunda, y que el trabajo era la base de la última. ¡Qué espectáculo! [Nota del autor].

[8] El primer jardín de Europa fue el de Padua, formado por un decreto de la república de Venecia el 30 de Junio de 1545. Bernardo Díaz, que acompañó a Cortés, Herrera, Solís, refieren que en América habían jardines donde se cultivaban plantas medicinas para la utilidad pública; por consiguiente, fueron más antiguos que en Europa, y se podría correr sobre el cuadro científico de Bacón con igual certidumbre, para mostrar esta verdad, si los límites de este papel lo permitiesen. [Nota del autor].

[9] El año 1812 promovió una insurrección contra los españoles en Huánuco, y dirigió los movimientos de 10,000 indios de las provincias de Panataguas, Conchucos y Guamalíes, que se aproximaron a la ciudad, donde se preparó una resistencia obstinada, contra la que triunfaron, y su impetuosidad hubiera causado muchos desastres, si Don Marcos, pasando el puente de Guayaupampa oportunamente, no los hubiera evitado. En el pueblo de Ambo se ganó un segundo triunfo contra los españoles; y hasta la venida del Intendente de Tarma tremoló en aquellos lugares la bandera de la Independencia; mas éste con la Artillería de Lima y tropa de línea dispersó a los indios, y desplegó después una venganza bárbara: fueron fusilados Don Juan José del Castillo y Don José Rodríguez, compañeros de Don Marcos, y éste sentenciado por Abascal y la Audiencia de Lima a servir 10 años en un hospital de España; y las Cortes lo enviaron a África, después de haberlo despojado de sus vestiduras (es religioso agustino) con degradación. [Nota del autor]. Vea también: Guerrillas y montoneras durante la independencia.

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