Historia Política, Viejas costumbres

EL PAPA HA BENDECIDO A HITLER por Henry Leconte. 1933

 Henry Leconte

MASSES, n.º 5. Mayo de 1933. Página 3

* Traducido del Francés.

Desde que Hitler y sus pandillas irrumpieron en Alemania, precipitaron a este gran país de 65 millones de almas en la oscuridad y la brutalidad de la Edad Media, persiguiendo a la clase obrera y oprimiendo al pueblo judío (y a muchos otros, es verdad), el mundo entero está inmerso en la indignación y el estupor.

Cuando digo todo el mundo, tengo que hacer una reserva. Hay un hombre en el mundo, y eso es una total certeza, confirmada, consagrada, solemnizada y divinizada, al menos un hombre, al que Hitler no dejó estupefacto, que las vergonzosas miserias infligidas a 700,000 judíos no indignaron, que la intimidación, las aflicciones, los encarcelamientos y ejecuciones de las cuales son víctimas veinte millones de trabajadores, no han perturbado en sus meditaciones, ni lo han desviado de sus contemplaciones celestiales, ni le han impedido continuar su diálogo cotidiano con Dios. Ese hombre es el Papa.

El Papa, preocupado por todas las cosas celestes, arcangélicas, etéreas, eternas y diáfanas, no pudo quitarle a Hitler el aura que Dios le ha confiado; no lo excomulgó, ni lo anatematizó, ni lo condenó al infierno, ni lo maldijo. Tan pronto como se digna a posar su mirada, condescendientemente sobre nuestro pobre planeta, el Papa comienza a bendecir a Hitler.

¡Le sorprende! ¿Si? ¿No? ¡Un poco, de todos modos! A mi no, en absoluto.

En esto, el Papa solo retoma una ilustre tradición. ¡Y cómo no bendecir a Hitler que se revela a sí mismo como el salvador del catolicismo! Estos judíos nunca quisieron ser convertidos. Los descendientes de Abraham son tercos. Fueron en vano tantos pogromos y más pogromos, y los ríos de aceite hirviendo, la brea crepitante, las montañas de leña para hacer hogueras, extender de Occidente a Oriente el muy cristiano brillo de las piras. Los herederos del rey Salomón no quisieron entender la santa trinidad, ni el amor de la virgen y el Espíritu Santo, y todas esas historias emocionantes.

En cuanto a los trabajadores de las fábricas, e incluso los del campo, cada día entienden un poco menos esas historias, y comienzan a preguntarse si las bienaventuranzas que les prometieron en el cielo (ya sea que una metralla de obús los saque del campo de batalla, ya sea una máquina estampadora, un deslizamiento de tierra o una explosión de gas resuelvan el asunto), que tal si esas bendiciones no fueran suficientes, si no fuesen más que una pequeña broma inventada para que los príncipes, los traficantes de armas, las viejas viudas, los gángsters y los Papas hagan su miserable tarea con toda tranquilidad.

Contrariamente a esas personas, usted quisiera que un sujeto como Hitler no fuese considerado como un enviado del cielo.

Usted dirá de Hitler: ¡pero si él enseña odio, las matanzas fratricidas y la ‘solución final’, donde la noble profesión de los héroes, es solo la etapa transitoria que precede infaliblemente, a la muy heroica carroña! Bueno, ¿cree que eso no es cristiano? Escuche, en cambio, esta hermosa canción, que la edificante Revue du Monde Catholique (ya desaparecida) publicó alrededor del año 1901:

Hijo mío, tu que anhelabas abrazar la carrera de las armas
Dios te guarde allí! Una noche de oración
Aquí tienes confirmado tu deseo, coracero[2]
Cubierto de armadura y casco de acero.

¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ¿Se pueden decir cosas como estas de una manera más refinada, más galante y más cristiana?

Desafortunadamente, las cosas no son precisamente así y las personas más corrompidas son las que “apuntan los cañones”; pero incluso el artillero, que es susceptible tanto como cualquier otro a sentimientos muy cristianos, es conmovido, sacudido, en presencia de esos podridos sujetos, embestidos de santo respeto.

Y este final, deliciosamente sintético, le da un sabor a la vez hitleriano y Mussoliniano:

Hijo mío, te bendigo. Guarda siempre tu confesión
Así serás un hombre, un soldado, un cristiano

La Revue du Monde Catholique no deja lugar a ninguna duda: uno solo puede ser un hombre si es soldado o cristiano, y de ser posible, ambas cosas. En cuanto a nosotros, que no somos ni una cosa ni la otra, debemos tratar de encontrar razones por nuestra propia cuenta.

Veamos ahora la opinión de un discípulo de Jesucristo sobre la cuestión judía, siguiendo la pluma de un tal Camille Derouet, un hombre piadoso y reflexivo, si alguna vez lo hubo:

“Durante varios años, todas las naciones cristianas han eliminado, o al menos modificado en un sentido humanitario, las medidas de preservación social que se habían establecido en contra de los judíos.

Además, la mayoría de estos pueblos han otorgado a los hijos de Israel, establecidos en su territorio, los mismos derechos políticos que a los demás ciudadanos.

Esta imprudente generosidad, bien lejos de realizar las esperanzas que los filántropos demasiado confiados habían fundado en ella, produjo los frutos más amargos…”

¿Qué esperanzas y cuales filántropos? Es mejor no intentar especificar. En cuanto a la conclusión del artículo, extraído para el disfrute de los lectores, de la misma Revue du Monde Catholique que los fragmentos del poema, Hitler bien podría haberlo grabado en letras de oro en el frente del Reichstag, si quedara algo en pié:

“A los humildes siervos de Cristo les corresponderá el honor de aplastar el sueño insolente de dominación universal, que una raza maldita, ha tenido la increíble audacia de concebir en su diabólico orgullo.”

La historia de las infamias perpetradas durante siglos, por la vanidad del llamado lugarteniente de Dios en la tierra, bien puede garantizarnos asombro.

El gesto papal, que bendice el uso de la fuerza bruta, en pleno siglo XX, en vísperas del asalto del poder, producto de la limitaciones de la clase trabajadora, materialista y atea, deshonrada, se parece mucho al canto de cisne de todo el antiguo y tenaz poder cristiano. La historia de los pontífices de Roma y la ignominia en que se han revolcado a lo largo de los siglos hace parecer elegante, encantador, espiritual, fino, delicado, filantrópico y conmovedor en comparación, el culto de la muerte que profesa el líder de las camisas pardas, el mesías racista, a quien las convulsiones crepusculares de un mundo en decadencia, le permitieron abatirse sobre el país de Goethe, Hegel y Beethoven.

No tengamos miedo de confrontar a los Papas del pasado, y comparar.

El Papa Constantino I, por ejemplo, hizo que le aplastaran los ojos al Arzobispo de Ravena por haber querido rebelarse contra las pretensiones invasoras de la Santa Sede. Por la autoridad de un edicto papal, su enviado Teodoro y sus soldados, durante una solemne ceremonia militar, con estandartes desplegados, todos armados con picas, clavaron con hierro ardiente las órbitas del prelado rebelde.

Gregorio V se regocijaba por torturas lentas y complicadas, incluso seguidas de divertidos desfiles, como en un festejo muy esperado. Él era un artista que dejaba desbordar los dones de su creativa imaginación. El cónsul Crescentius y su compañero Juan pagaron el precio necesario para conocerlo. Al no haber tenido el gusto de complacer al soberano pontífice de Roma, este último les hizo cortar los pies y luego las manos; después de lo cual, les cortaron la nariz, la lengua y las orejas. La gente observó detrás de una fila cerrada de tropas a caballo, mientras el Papa en su balcón, contemplaba aquella escena de carnicería durante un largo rato. A ese alegre espectáculo le siguió un desfile de los torturados por los anchos caminos de Roma, al final de lo cual ambos fueron ahorcados.

Inocencio III cuyo lema (Cornes Signatus) significaba que era el íntimo e ilustre compañero de Dios, habiendo establecido que comer carne durante la Cuaresma era la peor ofensa contra la fe, hizo quemar, saquear, y demoler la ciudad de Béziers de arriba abajo. Sesenta mil vidas fueron consumidas por las llamas.

Clemente IV, sugirió descuidadamente a Carlos de Anjou que decapite a dos jóvenes de dieciocho años, Conradin y Federico, por haberlos considerado responsables de conjurar un dragón satánico, orden que Carlos de Anjou no dudo en dar inmediatamente.

En cuanto a su excelencia Inocencio VI, cuyo nombre hoy no nos sugiere nada, él había jurado curar a la sociedad cristiana incluso de la menor de sus enfermedades, un día once ciudadanos romanos fueron a pedirle una audiencia, habiendo considerado que sus palabras no eran de su agrado, los hizo arrojar adecuadamente, uno tras otro, desde las ventanas de la parte superior de su palacio.

¿Esto resulta gracioso? Quizás no. Pero en cuanto a la crueldad papal en sus intervenciones personales, sería erróneo pensar que la imaginación de los sucesores de San Pedro se limitaría a unas pocas variantes, más bien originales, como acabamos de ver. También hay una cuota místico-perversa.

El propio abad Joseph Maître, que se proclama a sí mismo humilde y devoto servidor de Su Santidad, está obligado a aceptar que: la dignidad y el poder de Pedro disminuyen singularmente en Sixto IV por la debilidad, que lo llevó a subordinar más de una vez, los intereses de la Iglesia a los de la política humana. Aquel promotor de políticas humanas, fue el que ordenó la muerte de Laurent y Julien de Medici, con dagas y sables, durante la misa en el preciso momento de la consagración de las hostias. He ahí, la unión de la espada y el cepillo.

Y Gregorio XIII, entonces. De qué alegría santa y celestial se iluminó su rostro, al ver la cabeza del almirante de Coligny, sobre el terciopelo del cofre real enviado por Catalina de Médicis, imaginando el espectáculo vergonzoso y trágico de los crímenes, las rapiñas y masacres, la venta de indulgencias y alegrías paradisíacas, la corrupción de los sacerdotes y las manos deslumbrantes de oro, enrojecidas de sangre, de los siervos de Jesús, que habían masacrado a los hugonotes.[3]

He pasado por alto otros montones y montones de crímenes, en el registro de esa Iglesia que pretende haber enseñado al mundo la palabra del amable cordero de Belén, el desolado Solitario del Monte de los Olivos, que bien podrían enorgullecer al más perverso asesino. He dejado de lado aquellos horrores que se han vuelto clásicos, de la misma manera que las tragedias de Racine o la geometría de Euclides, y al monstruo de rostro humano Alejandro Borgia, amante de su hermana, asesino de sus hermanos, proveedor nocturno de cadáveres del Tiber, hombre de usura, cuerda y veneno, aficionado a las orgías, las mujeres bonitas, gran fabricante de hijos bastardos y Papa de Roma.

Así que mejor no te se queje si el Papa en nuestros días disfruta de darle a Hitler su bendición. ¿Qué es una bendición? Lo sabemos demasiado bien. Fue comprada, comercializada, vendida en los viejos tiempos, en el siglo XVI, al igual que hoy. Papas, carruajes viejos y un honor inmaculado.

Así entendido entonces, bendecir a Hitler es apenas un acto de pura inocencia, como si no hubiese pasado nada.

***

NOTAS:

1) MASSES, n.º 5. Mayo de 1933. Página 3
2)  Los coraceros eran jinetes de melé armados con sable y protegidos por corazas y casco de hierro que formaban un cuerpo de caballería pesada aparecida en Europa en el último tercio del siglo XV. Los primeros coraceros fueron sucesores de los caballeros medievales, de los que no distinguían mucho, ya que también llevaban armadura completa. Se diferenciaban sólo por el uso de pistolas y botas de montar. Gradualmente los coraceros disminuyeron la cantidad de piezas de la armadura para obtener sólo la coraza y los cascos de hierro. Los regimientos de coraceros franceses (cuirassiers, en francés) fueron muy habituales durante las Guerras Napoleónicas en casi todos los teatros de guerra.
Melé: (del francés mêlée) se refiere generalmente a un combate cerrado desorganizado en una batalla naval o en tierra firme que se libraba normalmente a corta distancia con poco control central una vez que se iniciaba. El término francés (alrededor de 1640) proviene de la palabra de origen sajón era melle.
3) La Matanza de San Bartolomé o Masacre de San Bartolomé (en francés: le massacre de la Saint-Barthélemy) es el asesinato en masa de hugonotes (cristianos protestantes franceses calvinistas) durante las guerras de religión de Francia del siglo XVI. Comenzó en la noche del 23 al 24 de agosto de 1572 en París, y se extendió durante meses por todo el país.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Archivos

Reciba las publicaciones por Email

Follow EL SUDAMERICANO on WordPress.com
El Fanzine de la Comisión Semilla
El Blog de Silvio Rodríguez
El sitio Web de Silvio Rodríguez http://zurrondelaprendiz.com/

Enlace Zapatista

Radio de Nicaragua

MAPUEXPRESS

Tortilla con Sal

A %d blogueros les gusta esto: