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ONCE DE SEPTIEMBRE. Carta de Anna Gabriel

Anna Gabriel i Sabaté, Ginebra, septiembre de 2019

anna-gabriel

Que extraño se hace un Once de Septiembre sin vosotros, un Once de Septiembre lejos de casa. Este año, por segunda vez, lo pasaré en una Ginebra que se ha convertido refugio y casa – como ya había sido refugio y casa de tantas antes y como lo sigue siendo para tantas otras en la actualidad.

El exilio son muchas cosas, pero también es en cierto modo, y a pesar de quererme implicar en nuestra lucha colectiva, limitarse a contemplar estas horas que vienen, sin poder bajar a las calles que son las mías de siempre y participar con todo un pueblo unido, alegre y combativo.

Pero sigo aquí. Aunque en muchas personas se planteen las preguntas del porqué del exilio, aunque la decisión no sea comprendida por todos, aunque parezca que podría volver sin tener que temer nada. Decidí no presentarme a un Tribunal que juzgaba una posición política y a todo un movimiento. Y sigo manteniendo la convicción de que mientras haya represión, el exilio tiene todo el sentido del mundo.

Pero ni el exilio, ni la cárcel, ni la represión hacen que renunciemos al sueño ni que dejemos de trabajar para hacerlo realidad. Y esto quiere decir superar todos los obstáculos; los que nos pone un estado fuerte y vengativo que utiliza la represión, la inteligencia y todo el poder a su alcance; pero también significa soportar el peso de la indiferencia: la indiferencia hacia el dolor, que a veces se expresa con el cinismo de la sonrisa de quien acaba apuntalando el régimen haciéndonos creer que combate. La sonrisa de quien se sabe cómplice de tanto despropósito, pero por azares de la táctica, no es presentado como tal.

Tenemos a todo un Estado, con sus aliados y sus medios, ante un puñado de cientos de miles de personas que quieren resolver un conflicto democráticamente. El Estado, sus aliados y sus medios, están ante un puñado de cientos de miles de personas que, además, están en un momento de desconcierto y repliegue. De sentirse engañados, pero también, de no querer volver a recordar algunas de las cosas que ya se habían apuntado. De pasar de tener una ilusión que todo lo podía, a dejar de querer ni siquiera ilusionarse. Hay tanto para rehacer, tanto para reaprender y tanto para reescribir, que efectivamente, hay que volverlo a hacer, para poder hacerlo mejor.

Y para hacerlo mejor, no hay que autoengañarse, hay que mirar la realidad de frente y hay que asumir el peso del futuro. Hay que saber que la unidad, como la verdad, es concreta y no se puede basar en el vacío. Hay que saber que las bases son sólidas si están fundamentadas y que debería haber una correspondencia entre lo que se dice en público y la realidad.

Las imágenes del primero de Octubre serán para siempre, pero las oportunidades no duran para siempre. Y ese debería ser un aprendizaje imprescindible: la atención internacional es una de las claves de bóveda, y sabemos que es muy difícil de ganar, pero también muy fácil de perder. Y para alcanzarla habrá que generar nuevas oportunidades.

Y no podemos hacerlo de cualquier manera: hay que analizar qué ha pasado en nuestro país en los últimos tiempos, ver qué es lo que nos permitió ganar credibilidad y legitimidad, y constatar también qué es lo que faltó.

Y aunque el contexto represivo hace difícil el trabajo, es imprescindible revisar lo que no se hizo bien, asumir la propia responsabilidad –tanto en las victorias como en las derrotas– y aplicar el rigor en el balance de los acontecimientos, para evitar que la historia se repita – esta vez como farsa, en lugar de como tragedia.

Sin esta revisión cuidadosa, sin la claridad de los instrumentos y los medios necesarios, sin la determinación de aquellos días de septiembre y aquel Primero de Octubre, o la amplitud de aquel 3 de Octubre, la unidad es una palabra vacía, muchas de las proclamas que se hacen son contundencia discursiva para alimentar propaganda partidista.

Y no nos lo podemos permitir. Como no nos podemos permitir tampoco que la solidaridad antirepresiva se utilice con demasiada frecuencia como herramienta de presión, o que un contexto excepcional –que ya hace demasiado que dura– se utilice como pretexto para coacciones demasiado convencionales.

Y es que el contexto excepcional no es sólo la cárcel o el exilio.

La excepcionalidad también son los miles de encausados ​​y encausadas en nuestro país por defender la autodeterminación, y son los cientos y miles de personas que han sido encausadas también para defender muchos otros derechos fundamentales.

La excepcionalidad es la pobreza, la extrema y aquella que no se define a sí misma como tal, sino que se explica diciendo que sólo es un mal momento, y que ya vendrán tiempos mejores. Una pobreza no siempre visible, pero siempre dura, y siempre injusta.

La excepcionalidad es que este nuestro Mediterráneo hace demasiado tiempo que se ha convertido en un cementerio debido a las políticas migratorias de la Unión Europea y sus estados.

Excepcionalidad es despertarse cada día con noticias de violaciones o asesinatos machistas.

Excepcionalidad es un planeta en peligro por un sistema de producción y de consumo –el capitalismo– que considera sagrados los beneficios y asume como inevitables la contaminación planetaria, la destrucción de ecosistemas, las desigualdades y explotaciones y las nefastas consecuencias que todo ello conlleva sobre la población mundial – también, por supuesto, en los Países Catalanes.

Y excepcionalidad es, finalmente, que cada vez sea una verdad supuestamente más incuestionable que la seguridad equivalga – paradójicamente – a invertir más en policías, ejércitos y en más armas – esto es, más muerte, y no en invertir en más vida, esto es , más igualdad, más justicia social, más educación crítica y libre, y en más salud para toda la humanidad.

Por todo ello, no podemos obviar la responsabilidad que tenemos para hacer frente a todas estas excepcionalidades, también desde todos los espacios gobernados por independentistas y por las izquierdas, al nivel institucional que sea. Y es que hoy más que nunca se necesitan respuestas y propuestas globales a toda esta excepcionalidad. Cabe menos capitalismo y menos precariedad, y más libertad, por los pueblos y las personas, más solidaridad, y en definitiva, más independencia, más socialismo, más internacionalismo, más feminismo, y más ecologismo.

Son necesarias respuestas que enlazan las resistencias que hoy se expresan en todo el mundo, contra esta injusticia y esta amenaza sistémica. Desde las montañas del Kurdistán, hasta los barcos que hacen frente a las directivas criminales de la Unión Europea y sus estados en todo el Mediterráneo; desde las chalecos amarillos que hacen frente a los tecnócratas en el Estado francés, hasta las militantes y activistas de los lazos amarillos, que como tantos otros antes, denuncian día a día la pulsión represiva del Estado español; desde las que en Portugal, Italia, Grecia, Irlanda y en todo el Estado español resisten contra las directivas neoliberales de la Unión Europea, hasta los colegios del 1 de Octubre que señalan las puertas de la democracia en los Países catalanes.

Así que deje que envíe un fuerte abrazo a todas las que hacen de su vida compromiso, a todas las que creen en la dignidad personal y en la colectiva, como valor de lucha.

Gracias a las que a las puertas de la sentencia del Tribunal Supremo están preparadas para lanzar al mundo el mensaje de que seguimos en pie por la máxima libertad política y la máxima justicia social para nuestro pueblo. Gracias a las que responderéis a todas las sentencias injustas que vendrán, que serán muchas.

Y gracias finalmente también a las que, en un tiempo en que parece gobernar el desconcierto, la desconfianza, y el desencanto, continúe dispuestas a plantarse de nuevo contra las injusticias, proponer alternativas, y discutir grandes planes de futuro.

Hemos aprendido que no hay recetas mágicas, y hemos tenido que deshacer algún camino. Pero nos queda la opción de no renunciar al sueño. Y de hacerlo realidad.

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