Crítica Social, Debates, Historia Política, Teoría Política

POPULISMO: PUNTOS DE PARTIDA por Roberto Fineschi

El populismo es uno de los eslabones de la cadena degenerativa que produce el fascismo al confundir la revuelta romántica anticapitalista con la crítica del modo de producción capitalista

1. El término populismo ha significado y significa cosas distintas, si bien no totalmente opuestas cuando menos con marcados contrastes. Históricamente, se observan acepciones potencialmente progresistas – como es el caso del populismo ruso – conservadoras – por ejemplo el norteamericano People’s Party –, ambiguas, ambivalentes y problemáticas – como el peronismo que en Sudamérica se considera tanto de derecha como de izquierda. A lo largo del siglo XX, seguramente prevaleció una acepción mas bien negativa. Quizás debido a que tras la segunda guerra mundial se consolidaron organizaciones politico-institucionales que valoraron negativamente algunas de sus características distintivas: las democracias parlamentarias, por un lado, y el socialismo real, por otro, rehuyeron abordar la ausencia de mediaciones entre el “pueblo” y el ejercicio de la función pública, otorgando un papel central a los partidos como organizadores, educadores y eslabones de la cadena de la práctica y participación políticas.

En el caso del llamado socialismo real, la caracterización del sujeto de referencia no estaba exenta de problemas, por cuanto antes que “pueblo”, la clase o los bloques históricos de clase quizás expresaban mejor al sujeto en liza. Incluso los “frentes populares” se definían como tales en la medida en que estaban organizados. Por otra parte, los diversos fascismos mostraban claramente aspectos populistas – que no populares – y aun cuando no se declaraban populistas, seguramente se consideraban y autoproclamaban emanaciones directas de un imaginario “pueblo”. Vuelven, aquí, a la memoria diversos mitos milenarios, imposibles resurrecciones imperiales, el concepto nacionalsocialista de “völkisch” y cosas por el estilo.

Podríamos discutir ampliamente acerca del significado de la categoría “pueblo” y de su potencial ambigüedad, o al menos acerca de la instrumentalización efectuada por diversas fuerzas políticas enfrentadas a lo largo del siglo XX. Por un lado, el “pueblo de Italia” era una acumulación genérica de italianos – sin que el término italiano estuviera mejor definido – prescindiendo de la clase social a la que pertenecían. En este sentido, el pueblo deviene una categoría fundamentalmente reaccionaria porque privilegia la “etnia”, “tradición” o “religión” comunes (transformado mediante las mas variadas mitologías, hoy en día reemergentes) por encima de la clase (desde los “pueblos” latinoamericanos al pueblo de la parroquia), es decir, una composición social transversal. Este pueblo incluye también a las clases dominantes, que consideran a las clases bajas como un animal más o menos dócil que debe ser domado por élites aristocráticas o, en casos extremos, por un líder que sepa comprender y encarnar las tensiones; la pertenencia común no cancela, en definitiva, una legítima jerarquía social.

Frente popular alude a un significado más antiguo, según el cual el pueblo no es toda la sociedad sino un parte que se distancia, distingue y contrapone a los grupos dominantes en sentido amplio pero donde estos se caracterizan por una notoria connotación de clase. Elucidar esta indeterminación es la clave del asunto, porque justo aquí reside el riesgo de transitar hacia una confusa indistinción entre las dos acepciones. El modo en que se representa el populus, frente al senatus si se quiere recuperar el lema – S.P.Q.R., Senatus Populus Que Romanorum – grabado en las efigies romanas, cambia la perspectiva entre populista y popular. La palabra es por tanto la misma, pero el contenido es asaz distinto, cultural y políticamente; se trata en suma de incluir o enmascarar el conflicto de clase. Un punto clave sería comprender qué elementos hacen de una comunidad un pueblo y establecer las modalidades en que el pueblo se organiza.

La esencia del pueblo centrada en la etnia, religión, “tradición” y similares es un leitmotiv del pensamiento reaccionario moderno, desde el romanticismo en adelante, de Burke a Heidegger. Al respecto se puede consultar provechosamente la reconstrucción realizada por Nicolao Merker [1]. Los enemigos son la reforma protestante, la ilustración, la revolución francesa, el liberalismo democrático, el laicismo y otros. Se trata del clásico arsenal reaccionario surgido en los dos últimos siglos de cultura conservadora en Europa. En este contexto, soslayar las mediaciones entre los de abajo y los de arriba, es decir, eliminar los órganos representativos y los procesos sociales y estructuras que procuran la formación de ciudadanos susceptibles de participar, es un elemento clave; dicha dinámica procede en paralelo con el menosprecio, si no odio, hacia las instituciones en sus distintas formas, incapaces de representar las necesidades de la masa o representándolas de manera inadecuada e instrumental. Esta desilusión y conflictividad hacia las estructuras y organizaciones representativas seguramente nace de las dinámicas perversas que surgen en su seno y de su instrumentalización de clase. El consiguiente liderazgo es una salida reaccionaria a esta dificultad objetiva y se caracteriza como un segundo elemento fundamental del populismo.

2. Puesto que todos los aspectos positivos de la modernidad se han desarrollado junto a los aspectos negativos, al mismo tiempo y de manera contradictoria dentro y gracias al propio modo de producción capitalista, el anticapitalismo puede desarrollarse, sustancialmente, en dos direcciones opuestas: la revuelta anti-moderna que pretende volver atrás, es decir rechazar en bloque cuanto se ha desarrollado merced al capitalismo perdiendo todos los logros históricos obtenidos gracias al mismo, incluso los derechos sociales y civiles, con la nostalgia de un mundo pasado o el sueño abstracto de un mundo completamente distinto; o bien ir hacia adelante, es decir criticar la forma social capitalista actualmente autodestructiva y salvar los logros históricos que sería regresivo y conservador perder.

Si no se comprende el carácter contradictorio del modo de producción capitalista, que contemporáneamente produce libertad y explotación, riqueza y pobreza, el hombre universal y su alienación y así sucesivamente, y se intenta superar de manera progresiva la forma de la reproducción social hoy en día inadecuada, se recae en un “antes” o un “otro” que, para los estándares civiles y sociales de nuestra vida en común, significa simplemente barbarie. Confundir la revuelta romántica anticapitalista con la crítica del modo de producción capitalista produce, al final de la cadena de mediaciones, el fascismo. El populismo es uno de los eslabones de esta cadena degenerativa.

El populismo actual puede beneficiarse de nuevos instrumentos tecnológicos. Como se aprecia a menudo, los nuevos medios de comunicación propulsan el canal directo entre el líder y la masa y permiten incidir directamente sobre el individuo a niveles personalizados inimaginables hasta hace pocos días, captando y conduciendo las pulsiones más dispares. Con todo, esto no produce todavía una ideología, es decir una visión del mundo de alguna forma coherente, sino meros ideologemas, contenidos individuales que se aceptan o no para después dejarse convencer por quien sí tiene un ideología propia, o mejor, por quien tiene un programa de clase concreto pero que no es capaz de transformar en una cultura sino sólo en propaganda.

Esta dimensión meramente propagandística es quizás el signo de una fase de crisis de la hegemonía, en que aparentemente se renuncia al principio de la convicción mediante el consenso, a la cultura, para proceder mas bien por la vía de la adhesión instrumental e inmediata de una masa informe con la intención de producirla como neutra (estúpida) e infinitamente maleable, como moléculas que se combinan según la voluntad del ingeniero social. La incapacidad de producir cultura puede ser el indicador de una crisis de hegemonía y el tránsito hacia una fase despótica ‘tout court’, en que el dominio se impone mediante la estupidización masiva y la circunvención de incapaces.

Hace algún tiempo, en las conclusiones de una interesante entrada sobre este argumento [2], Bongiovanni se preguntaba si la disolución de la tradicional noción de pueblo en el mejor sentido del término, ya fuera campesino u obrero, no acababa por producir una pulverización amorfa de individuos, una “muchedumbre solitaria”, una multitud de unos, un “populismo sin pueblo”. Mirándolo bien es justamente la “people” inglesa, la suma genérica de individuos ligados de vez en cuando por elementos  ajenos y no por un nexo funcional del sistema, la “gente” en definitiva; el triunfo de la ideología burguesa mas banal, la sociedad como suma de individuos indistintos.

Reflexiones de este tipo, en algunos casos agudas y precisas, que se escuchan repetidamente desde diversas instancias pueden describir mas o menos genéricamente la situación pero no permiten comprenderla y aun menos cambiarla. El primer punto nodal en un sentido crítico que surge y continua surgiendo en los distintos debates que tienen lugar sobre el tema del populismo a menudo es la falta de un elemento clave, esto es, nada menos que explicar – o al menos tratar de explicar – cómo se desarrollan estos procesos conjuntamente con la propia dinámica del capitalismo. No sólo del modo de producción capitalista del que hablaba Marx a un nivel altísimo de abstracción, sino del capitalismo en su fase tardía, en el contexto mas concreto de su dinámica sistémica que incluye estados, distintos niveles de desarrollo, diversidades y tempos subsistémicos. Si esto resulta cuanto menos increíble en pensadores supuestamente de izquierdas, es francamente sorprendente en general: ¿Cómo se pueden abordar cuestiones complejas sin considerar la dinámica histórico-epocal del modo de producción capitalista?

Esta es la limitación de muchos politólogos y filósofos que, al menos aparentemente, dan por descontado el capitalismo hasta el punto de ni siquiera mencionarlo. Obviamente esto es consecuencia de la crisis del marxismo práctico y teórico, pero es una tendencia que no es nueva: el miedo a ser tachados de determinismo economicista ha ocasionado que cada vez más marxistas se orienten hacia aproximaciones culturalistas, “superestructurales” y demás, donde intencionadamente se deja en segundo plano la cuestión crucial del nexo social común de la producción de cosas e ideas, hasta que paradójicamente el tema ha desaparecido. Análogas consideraciones se podrían realizar respecto a la crítica del Neoliberalismo, a veces llevada a cabo sin ni siquiera mencionar monsieur le capital.

Para ir mas allá de lo descriptivo y de la comprensible condena moral se debe comprender cómo la ideología populista es conceptual y realmente posible en la dinámica tardía del modo de producción capitalista, qué elementos estructurales la convierten en práctica social. También aquí es tanta la confusión que quizás conviene empezar por lo elemental, recordando que por ideología no se entiende simplemente el predominio de tal o cual discurso, sino la afirmación del mundo ya existente en un praxis social efectiva vinculada a su vez a posiciones de clase concretas. Por ello, la critica “moral” de la inhumanidad o injusticia del plebiscitarismo, del racismo, de la crisis de las instituciones democráticas que generalmente se asocian al populismo acaba teniendo un carácter en extremo limitado y de poca eficacia; existen procesos sociales objetivos que convierten estas deplorables ideas en socialmente atractivas porque responden o dan protagonismo a praxis sociales ya objetivamente en curso.

El desafío teórico y práctico que tenemos delante consiste en comprender cómo el capitalismo “crepuscular” reconfigura las formas de subjetividad – y por tanto de percepción social – cuya forma fundamental es el átomo irreducible que se suma como “pueblo”, “multitud” y términos similares. Porque es extremadamente fácil caer víctima de la apariencia y sostener que esta multitud de átomos, en cuanto tal, pueda constituirse un potencial sujeto capaz de combinarse en varias formas mas allá de la individualidad, hasta convencerse que dicha masa informe sea “pueblo”. Esto significa tomar la apariencia fenoménica del modo de producción capitalista no como la necesaria manifestación del mismo sino como su propia sustancia. Comprender este proceso es un importante paso adelante aunque no suficiente, porque se trata de mostrar las razones por las que esta apariencia se toma por esencia, es decir es una apariencia objetiva. Paralelamente, se trata de individualizar objetivamente los sujetos históricos efectivos en su compleja y mediada configuración respecto al viejo esquematismo binario obreros-capital. Ello sólo es posible a través de Marx y de una correcta reconstrucción de su teoría de clases a un nivel de abstracción mas bajo que la teoría abstracta del modo de producción capitalista [3].

En suma, si posturas potencialmente populistas existen desde el romanticismo, lo que hay que explicar no es que el populismo exista sino como puede devenir hegemónico. Este es el desafío teórico y práctico.

Fuente: https://www.sinistrainrete.info/teoria

Traducción de Carles Soriano | Marxismo Crítico

Notas:

[1] Nicolao Merker, Filosofie del populismo, Roma-Bari, Laterza, 2009.
[2] Bruno Bongiovanni, entrada “Populismo” en la Enciclopedia delle scienze sociali, Treccani (1996)

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