Antropologia, Cerdos y pescados, Filosofía, Historia Política, Imperialismo y Guerra Permanente, Psicologia y Educación, Terrorismo estatal a cielo abierto, Viejas costumbres

LA PERSONALIDAD AUTORITARIA por Theodor Adorno

Feminismo nazi

Theodor W. Adorno1

(1944)

Aquí trataremos sobre la discriminación social. Sin embargo, su propósito no es añadir simplemente unos pocos descubrimientos empíricos más a un ya amplio cuerpo de conocimiento. El tema central de la obra es un concepto relativamente nuevo: el surgimiento de una especie «antropológica» que llamaremos el tipo de hombre autoritario. A diferencia del intolerante de viejo cuño, éste parece combinar ideas y aptitudes típicas de una sociedad altamente industrial con creencias irracionales o antinacionales. Es al mismo tiempo ilustrado y supersticioso, orgulloso de su individualismo y constantemente temeroso de parecerse a los demás, celoso de su independencia e inclinado a someterse ciegamente al poder y la autoridad. La estructura de carácter que comprende estas tendencias contradictorias ya ha atraído la atención de los filósofos y pensadores políticos contemporáneos. Este libro enfoca el problema con los medios de la investigación psicológica.

Las implicaciones y fortalezas del estudio son tanto prácticas como teóricas. Los autores no creen que haya un atajo para la educación que elimine el largo y a menudo sinuoso camino de la investigación minuciosa y el análisis teórico. Ni tampoco creen que el problema de la situación de las minorías en la sociedad moderna y, más específicamente, el problema de los odios religiosos y raciales, pueda ser tratado con éxito mediante la propaganda a favor de la tolerancia o la refutación apologética de errores y mentiras. Por otra parte, la actividad teórica y la aplicación práctica no están separadas por un abismo insalvable. Muy por el contrario, los autores están convencidos de que la elucidación sincera y sistemática de un fenómeno de significado histórico tan grande puede contribuir directamente a mejorar la atmósfera cultural en la que se genera el odio.

Esta convicción no debe despreciarse como si fuera una ilusión optimista. En la historia de la civilización han sido muchos los casos en los que la superación de los engaños colectivos se ha debido no a ejercicios de propaganda focalizada sino, en última instancia, a la labor de sabios que con su discreto y constante trabajo estudiaron las raíces del engaño. Su contribución intelectual fue decisivamente efectiva, operando dentro de un marco de desarrollo global de la sociedad.

Me gustaría citar dos ejemplos. La creencia supersticiosa en la brujería quedó superada en los siglos XVII y XVIII después de que los hombres se encontraran cada vez más influidos por los resultados de la ciencia moderna. El impacto del racionalismo cartesiano fue decisivo. Esta escuela filosófica demostró ‒y los científicos naturales posteriores hicieron buen uso práctico de esta visión‒ que la creencia, hasta entonces aceptada, de que los factores espirituales ejercían un efecto directo sobre el dominio de lo corporal es una ilusión. Una vez que este dogma insostenible científicamente fue eliminado, las bases de la creencia en la magia fueron destruidas.

Como ejemplo más reciente sólo tenemos que pensar en el impacto de la obra de Sigmund Freud sobre la cultura moderna. Su importancia fundamental no se debe a que la investigación psicológica y el conocimiento se hayan enriquecido con nuevos hallazgos, sino a que durante cincuenta años, el mundo intelectual y, sobre todo, el educativo, han tomado cada vez mayor conciencia de la conexión entre la represión de los niños (dentro y fuera del hogar) y la ignorancia generalmente ingenua de la sociedad acerca de las dinámicas psicológicas de la vida del niño y del adulto. La concienciación de la sociedad mediante la experiencia científicamente adquirida de que los sucesos de la primera infancia son de gran importancia para la felicidad y el potencial laboral del adulto ha producido una revolución en la relación entre padres e hijos que se habría considerado imposible hace cien años.[…]

Max Horkheimer, Director del Instituto de Investigaciones Sociales.

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INTRODUCCIÓN

A) El problema

La investigación que presentamos se basó en la siguiente hipótesis principal: que las convicciones económicas, políticas y sociales de un individuo a menudo constituyen una pauta amplia y coherente, como si estuvieran vinculadas por una «mentalidad» o «espíritu», y que esta pauta es una expresión de tendencias profundas de la personalidad.

La principal preocupación era el individuo potencialmente fascista, cuya estructura es tal que lo hace particularmente susceptible a la propaganda antidemocrática. Decimos «potencialmente» porque no hemos estudiado individuos declaradamente fascistas o que pertenecieran a organizaciones fascistas reconocidas. En el momento en se recogieron nuestros datos, el fascismo acababa de ser derrotado en la guerra y, por tanto, no podíamos esperar encontrar sujetos que se identificaran abiertamente con él. No obstante, no fue difícil encontrar sujetos cuya opinión indicara que aceptarían gustosamente el fascismo si llegara a ser un movimiento social fuerte y respetable.

Al concentrarnos en el fascista potencial no queremos decir que otros tipos de personalidad e ideología no pudieran ser igualmente estudiados con provecho. En nuestra opinión, sin embargo, no existe otra tendencia político-social que suponga una amenaza tan grave para nuestras instituciones y valores tradicionales como el fascismo, y el conocimiento de las fuerzas de la personalidad que favorecen su aceptación puede ser, en última instancia, útil para combatirla. Podría preguntarse por qué, si queremos explorar nuevos recursos para combatir el fascismo, no otorgamos la misma atención al «antifascista potencial». La respuesta es que hemos estudiado pautas que se oponen al fascismo, pero no pensamos que constituyan un patrón único. Uno de los descubrimientos más importantes del presente estudio es que los individuos que muestran una susceptibilidad extrema a la propaganda fascista tienen mucho en común, muestran numerosas características que forman unidas un «síndrome», aunque se distinguen variaciones dentro de este patrón. Los individuos que se encuentran en la posición opuesta difieren mucho más entre sí. La tarea de diagnosticar el fascismo potencial y el estudio de los factores que lo determinan precisó técnicas especialmente diseñadas para estos fines. No podíamos esperar que sirvieran también para otras pautas. No obstante, fue posible distinguir varios tipos de estructura de la personalidad que parecían particularmente resistentes a las ideas antidemocráticas, y a ellas se les dedica atención en posteriores capítulos.

Si existen individuos fascistas potenciales, ¿cómo son exactamente?, ¿cómo se forma su pensamiento antidemocrático?, ¿cuáles son sus fuerzas de organización interna? Si tales personas existen, ¿cuáles han sido los factores determinantes y el curso de su desarrollo?

Estas son cuestiones sobre las que nuestra investigación se propuso arrojar alguna luz. Aunque puede aceptarse como hipótesis plausible la noción de que el individuo potencialmente antidemocrático constituye una totalidad, es preciso primero realizar algunos análisis. En la mayoría de enfoques sobre el problema de los tipos políticos pueden distinguirse dos concepciones fundamentales: la de la ideología y la de las necesidades fundamentales del individuo. Aunque pueda pensarse que ambas constituyen un todo organizado para el individuo, pueden estudiarse por separado. Las mismas tenencias ideológicas pueden tener fuentes diversas según los individuos y las mimas necesidades personales pueden manifestarse en diferentes tendencias ideológicas.

En este libro, utilizaremos el término ideología en el sentido que se le da comúnmente en la literatura actual, como una organización de opiniones, actitudes y valores, es decir, una manera de pensar sobre el hombre y la sociedad. Podemos hablar del la ideología total del individuo o de su ideología en relación con diferentes aspectos de la vida social: política, economía, religión, minorías, etc. Las ideologías existen con independencia de los individuos; y aquellas que se dan en un periodo determinado son resultado tanto de procesos históricos como de acontecimientos sociales del momento. Las ideologías ejercen sobre cada individuo diferentes grados de atracción, algo que depende de las necesidades del individuo y el grado en que éstas estén cubiertas o frustradas.

Existen, indudablemente, individuos que toman ideas de más de uno de los sistemas ideológicos y las tejen para conformar una pauta más o menos única. No obstante, podemos asumir que al estudiar opiniones, actitudes y valores de muchos individuos, descubriremos patrones comunes. Estos patrones no siempre corresponden a las ideologías conocidas o generales pero sí responden a la definición de ideología dada más arriba y, en cada caso, tendrán una función en la adaptación total del individuo.

La presente investigación sobre la naturaleza del individuo potencialmente fascista comenzó centrándose en el antisemitismo. Los autores, como la mayoría de los científicos sociales, sostienen la visión de que el antisemitismo se basa más en factores del sujeto y en su situación global que en las características reales de los judíos. Asimismo, para investigar los factores que determinan las opiniones y actitudes antisemitas podemos fijarnos en las personas que las expresan. Puesto que este énfasis en la personalidad precisaba que centráramos la atención en la Psicología más que en la Sociología o la Historia ‒aunque en última instancia, las tres sólo pueden ser separadas de manera artificial‒, no cabía entrar a explicar la existencia misma de ideas antisemitas en nuestra sociedad. La cuestión sería explicar, más bien, por qué algunos individuos admiten estas ideas y otros no. Y como desde el principio la investigación siguió las hipótesis arriba señaladas, se supuso que (1) el antisemitismo no es probablemente un fenómeno específico o aislado sino que parte de un marco ideológico más extenso, y que (2) la susceptibilidad que un individuo muestra hacia esta ideología depende fundamentalmente de sus necesidades psicológicas.

Los conceptos e hipótesis relativos al individuo antidemocrático que están presentes en nuestra atmósfera cultural deben apoyarse en una gran labor de observación meticulosa, y en muchos casos de cuantificación, antes de que puedan ser considerados concluyentes. ¿Podría asegurarse que las numerosas opiniones, actitudes y valores expresados por un individuo realmente constituyen una pauta consistente o un conjunto organizado? Para ello, parecería necesaria la investigación más profunda sobre ese individuo. ¿Puede decirse que las opiniones, actitudes y valores encontrados en los grupos forman al unirse patrones, algunos de los cuáles son más comunes que otros? En este caso, no existe más procedimiento adecuado que realizar mediciones en la población sobre una gran variedad de contenidos de ideas y determinar mediante métodos estadísticos estándares qué contenidos se presentan unidos.

Para muchos psicólogos sociales, el estudio científico de la ideología, tal y como ha sido definida, parece una tarea imposible. Medir con una precisión adecuada una sola actitud, concreta y aislada, es un proceso largo y arduo tanto para el sujeto como para el investigador. (A menudo se arguye que a menos que la actitud sea concreta y esté aislada, no puede ser adecuadamente medida). ¿Cómo podemos esperar investigar en un periodo razonable de tiempo las numerosas ideas y actitudes que conforman una ideología? Evidentemente, necesitamos algún tipo de selección. El investigador debe limitarse a lo más significativo y esos juicios de significatividad sólo pueden hacerse sobre la base de la teoría.

Iremos presentando más adelante, en los contextos adecuados, las teorías que han guiado la presente investigación. Aunque las consideraciones teóricas tuvieron su papel en cada etapa del trabajo, se comenzó con el estudio objetivo de las opiniones, actitudes y valores más fáciles de observar y relativamente concretos.

Las opiniones, actitudes y valores, tal como las concebimos, se expresan más o menos abiertamente mediante palabras. Psicológicamente decimos que se encuentran «en la superficie». Sin embargo, debemos reconocer que cuando conciernen a asuntos tan cargados afectivamente, como son los grupos minoritarios y las cuestiones políticas actuales, entonces el grado de franqueza con el que una persona habla dependerá de la situación en la que se encuentre. Puede haber discrepancia entre lo que dice en determinada ocasión y lo que «realmente piensa». Digamos que lo que realmente piensa puede expresarlo en conversaciones con sus íntimos. No obstante, esto que es relativamente superficial desde el punto de vista psicológico, puede ser observado directamente por el psicólogo si utiliza las técnicas apropiadas; y precisamente es lo que hemos tratado de hacer.

Hemos de reconocer, sin embargo, que el individuo puede tener pensamientos «secretos» que no revelaría a nadie bajo ninguna circunstancia, si esto puede ayudarle. Puede tener pensamientos que no se admita a sí mismo, y también pensamientos que no exprese porque son tan vagos e indefinidos que no logra verbalizar. Es particularmente importante conseguir acceder a estas tendencias profundas, porque ahí precisamente puede residir el potencial del individuo para el pensamiento y la acción democrática o antidemocrática en situaciones críticas.

Lo que la gente dice y, en menor grado, lo que realmente piensa, depende en gran medida del clima de opinión en el que vive. Pero cuando el clima cambia, algunos individuos se adaptan mucho más rápidamente que otros. Si hubiera un crecimiento importante de la propaganda antidemocrática, podríamos esperar que algunas personas la aceptaran y se hicieran eco inmediatamente; otros, lo harían cuando les pareciera que «todo el mundo cree en ella»; y otros no lo harían nunca. En otras palabras, los individuos difieren en su susceptibilidad hacia la propaganda antidemocrática, en su predisposición a mostrar tendencias antidemocráticas. Parece necesario estudiar la ideología a este «nivel de predisposición» a fin de poder calibrar el potencial fascista de la población. Algunos observadores han notado que en la Alemania anterior a Hitler había menos antisemitismo declarado que hoy actualmente en Estados Unidos. Uno podría suponer que el potencial es menor en este país, pero esto sólo puede conocerse a través de la investigación profunda, mediante una observación detallada de lo que está en la superficie y la indagación profunda de lo que late tras ella.

Podríamos preguntarnos cuál es el grado de relación entre ideología y acción. Si un individuo está haciendo propaganda antidemocrática o está envuelto en ataques manifiestos contra los miembros de una minoría, normalmente asumiremos que sus opiniones, actitudes y valores son congruentes con su acción. Pero, a veces nos consuela pensar que aunque otro individuo exprese verbalmente ideas antidemocráticas, no tiene por qué llevarlas a la acción. Encontramos una y otra vez una cuestión de potencialidades. La acción manifiesta, como la expresión verbal, depende en gran medida de la situación del momento ‒algo que se describe mejor en términos socioeconómicos y políticos‒, pero los individuos se diferencian mucho con respecto a su predisposición a actuar. El examen de este potencial forma parte del estudio de la ideología global del individuo. Conocer de qué clase y con qué intensidad deben darse las creencias, actitudes y valores de un individuo para llevarlo a la acción y qué fuerzas internas del individuo sirven como inhibidores de esa acción son problemas de la mayor importancia práctica.

Existen pocas razones para dudar de que la ideología en términos de disposición (receptividad ideológica) y la ideología en términos de palabras y de acción sean esencialmente la misma cosa. La caracterización de la ideología total de un individuo debe incluir no sólo la organización de cada nivel sino la existente entre los niveles. Lo que el individuo dice de manera consecuente en público, aquello que dice cuando se siente a salvo de la crítica, lo que piensa pero no dirá nunca, lo que piensa pero no se admitirá a si mismo o lo que está dispuesto a pensar o hacer bajo ciertos estímulos, son todos fenómenos que pueden considerarse como una estructura única. La estructura puede no estar integrada, puede contener tanto aspectos coherentes como contradicciones , pero está organizada, en el sentido de que las partes que la constituyen se relacionan de modo psicológicamente significativo.

Para comprender tal estructura es necesaria una teoría total de la personalidad. De acuerdo a la teoría que ha guiado esta investigación, la personalidad es una organización más o menos duradera de las fuerzas internas del individuo. Estas fuerzas persistentes de la personalidad contribuyen a decidir la respuesta ante diversas situaciones, y es debido sobre todo a ellas que podamos atribuir consistencia al comportamiento, sea verbal o físico. Pero el comportamiento, aunque consistente, no es lo mismo que la personalidad. La personalidad se sitúa detrás del comportamiento y dentro del individuo. Las fuerzas de la personalidad no son respuestas sino predisposiciones a la respuesta; si las predisposiciones se convertirán en expresiones manifiestas depende no sólo de la situación del momento sino de la existencia de predisposiciones opuestas. Las fuerzas de la personalidad que se inhiben se sitúan en un nivel más profundo del de aquellas que se expresan inmediata y consistentemente en conductas manifiestas.

¿Cuáles son las fuerzas de la personalidad y cuál es el proceso por el que se organizan? Por lo que respecta a la teoría de estructura de la personalidad nos hemos apoyado principalmente en Freud, mientras que para una formulación más o menos sistemática de los aspectos de la personalidad más directamente observables y medibles nos hemos guiado fundamentalmente por la psicología académica. Las fuerzas de la naturaleza son principalmente necesidades (instintos, deseos, impulsos emocionales) que varían de un individuo a otro en calidad, intensidad, modo de gratificación y objetos de apego, y que interactúan con otras necesidades bajo pautas de armonía o conflicto. De este modo, existen necesidades emocionales primitivas, necesidades de evitar el castigo y preservar el espíritu del grupo social o necesidades de mantener la armonía e integración con uno mismo.

Puesto que se admite que las opiniones, actitudes y valores dependen de las necesidades humanas y puesto que la personalidad es esencialmente una organización de necesidades, entonces la personalidad puede ser considerada como un determinante de las preferencias ideológicas. Sin embargo, no podemos considerarla un determinante último. Lejos de ser algo dado desde un principio, que permanece fijo y actúa sobre el mundo circundante, la personalidad evoluciona bajo el impacto del ambiente social y no puede aislarse de la totalidad social en la que se desenvuelve. De acuerdo con esta teoría, los efectos de las fuerzas ambientales en el moldeamiento de la personalidad son en general tanto más profundos cuanto más temprano aparecen en la historia vital del individuo. Las influencias más importantes sobre el desarrollo de la personalidad se presentan durante la educación del niño dentro del círculo familiar. Lo que ocurre ahí está profundamente influido por factores económicos y sociales. No es sólo que cada familia, en su intento de criar a los hijos, proceda de acuerdo a los usos de los grupos sociales, étnicos y religiosos de los que ésta es miembro, sino que hay factores puramente económicos que afectan directamente al comportamiento de los padres hacia el niño. Esto significa que los grandes cambios en las condiciones sociales y las instituciones tendrán una relación directa con los tipos de personalidad que se desarrollen dentro de una sociedad.

La presente investigación persigue descubrir correlaciones entre la ideología y los factores sociológicos que operaron en el pasado del individuo, lo sigan haciendo en el presente o no. Al tratar de explicar estas correlaciones, saltan a la palestra las relaciones entre personalidad e ideología, bajo el enfoque general de considerar la personalidad como un agente a través del que median las influencias sociológicas y la ideología. Si puede aclararse el papel de la personalidad, será posible comprender mejor qué factores sociológicos son más decisivos y en qué sentido consiguen sus efectos.

Aunque la personalidad es un producto del ambiente social del pasado, una vez que se desarrolla, no es un mero objeto del ambiente presente. Lo que se ha desarrollado es una estructura dentro del individuo, algo capaz de actuar por iniciativa propia sobre el ambiente social y de seleccionar los diversos estímulos con los que tropieza; algo que, aunque modificable, es a menudo muy resistente a los cambios fundamentales. Esta concepción es necesaria para explicar la consistencia del comportamiento en un rango amplio de situaciones, para explicar la persistencia de las tendencias ideológicas frente a hechos contradictorios y condiciones sociales radicalmente alteradas, para explicar por qué hay gente en la misma situación sociológica que tiene perspectivas diferentes o incluso conflictivas sobre asuntos sociales, y por qué personas cuyo comportamiento ha sido modificado mediante la manipulación psicológica vuelve a sus antiguas costumbres tan pronto como los agentes de la manipulación son eliminados.

El concepto de estructura de la personalidad es la mejor salvaguardia contra la inclinación a atribuir las tendencias persistentes del individuo a algo «innato», «básico» o «racial» propio de él. El postulado nazi de que los rasgos biológicos naturales deciden el ser total de una persona no hubiera sido un instrumento político tan eficaz si no se hubieran podido señalar numerosos ejemplos de fijeza relativa del comportamiento humano y refutar así a aquellos que buscaban explicarlos con base en factores no biológicos. A falta de un concepto de estructura de la personalidad, de poco han servido los escritores cuyo enfoque descansaba en la asunción de la infinita flexibilidad humana y su sensibilidad ante la situación social del momento, que al referirse a las tendencias persistentes que no podían aceptar hablaban de «confusión», «psicosis» o mal, etiquetado con un nombre u otro. Hay, por supuesto, algún fundamento para describir algunas respuestas a estímulos momentáneos como pautas de comportamiento «patológicas», que no concuerdan con los de la mayoría, aparentemente más lícitas. Pero esto implica utilizar el término patológico en el sentido muy limitado de desviación de la media encontrada en un contexto particular y, lo que es peor, sugiere que todos los elementos de la estructura de la personalidad pueden catalogarse bajo ese rótulo. Realmente, la personalidad abarca variables que se dan ampliamente en la población y están relacionadas legítimamente unas con otras. Los patrones de personalidad que han sido rechazados como «patológicos» porque no se ajustaban a las tendencias manifiestas más comunes o a los ideales más dominantes de una sociedad, han resultado ser, tras una investigación más profunda, exageraciones de lo que era casi universal bajo la superficie en esa sociedad. Lo que es «patológico» hoy puede llegar a ser, con las condiciones sociales cambiantes, la tendencia dominante de mañana.

Parece claro, por lo tanto, que un enfoque adecuado de los problemas que tenemos ante nosotros, debe tener en cuenta tanto la fijeza como la flexibilidad, considerando las dos no como categorías mutuamente excluyentes sino como extremos de un solo continuo a lo largo del que pueden colocarse las características humanas; y ello debe proveer de una base para comprender las condiciones que favorecen un extremo u otro. La personalidad es un concepto que sirve para explicar lo relativamente permanente. Pero debemos insistir de nuevo en que la personalidad es principalmente un potencial; es una predisposición a comportarse más que un comportamiento en sí mismo. Aunque consiste en disposiciones para comportarse de determinada manera, el comportamiento que realmente ocurre siempre dependerá de la situación objetiva. Cuando tratamos las tendencias antidemocráticas, la delineación de las condiciones que se dan para la expresión individual de éstas requiere una comprensión de la organización global de la sociedad.

Se ha señalado que la estructura de la personalidad puede ser tal que convierta al individuo en alguien susceptible ante la propaganda antidemocrática. Podemos preguntarnos ahora por las condiciones bajo las que tal propaganda se incrementaría en tono y volumen, y llegaría a dominar la prensa y la radio hasta la exclusión del estímulo ideológico contrario, de modo que lo que ahora es potencial llegara a ser activamente manifiesto. La respuesta no debe buscarse ni en un tipo único de personalidad ni en factores de la personalidad encontrados en la masa, sino en procesos que actúan en la sociedad misma. Actualmente entendemos que la imposición de la propaganda antidemocrática como fuerza dominante dentro de Estados Unidos depende principalmente de la situación de los intereses económicos más poderosos, es decir, de que éstos, conscientemente o no, utilicen este mecanismo para mantener su status dominante. Este es un problema ante el que la gran mayoría de la gente tiene poco que decir.

La presente investigación, que se limita a los hasta ahora muy descuidados aspectos psicológicos del fascismo, no concierne a la producción de la propaganda. Más bien, se centra en el consumidor, en el individuo para el que se diseña la propaganda. De este modo, tratamos de tener en cuenta no sólo la estructura psicológica del individuo sino la situación objetiva global en la que vive. Partimos de la premisa de que la gente en general tiende a aceptar los programas políticos y sociales que considera más favorables a sus intereses económicos. Estos intereses dependen de la posición social del individuo, en términos económicos y sociológicos. Por consiguiente, buena parte de nuestro trabajo, trató de descubrir qué patrones de factores socioeconómicos se asocian con la receptividad o resistencia ante la propaganda antidemocrática.

Al mismo tiempo, sin embargo, se consideró que los motivos económicos del individuo pueden no tener el rol dominante y decisivo que a menudo se les atribuye. Si los propios intereses económicos fueran los que determinaran la opinión, cabría esperar que las personas con el mismo status socio-económico tuvieran opiniones muy similares y que éstas cambiaran de un modo significativo de un grupo socio-económico a otro. La investigación no ha ofrecido un apoyo sólido a estas suposiciones. Sólo existe una similitud general entre las opiniones de un mismo grupo socio-económico, aunque hay notorias excepciones. En cambio, las variaciones de un grupo socio-económico a otro son raramente simples y claras. Para explicar las razones de que frecuentemente haya gente del mismo status socio-económico con diversas ideologías y que gente de diferente estatus a menudo tenga ideologías muy similares debemos considerar otras necesidades aparte de las puramente económicas.

Más aún, parece claro que las personas no se comportan con el único objetivo de favorecer sus intereses materiales, incluso cuando tienen plena conciencia de cuáles son estos intereses. La resistencia de los trabajadores de cuello blanco a organizarse no se debe a que crean que la unión no les ayudaría económicamente; la tendencia del pequeño comerciante a ponerse de lado de los grandes empresarios en la mayoría de asuntos económicos y políticos, no puede deberse sólo a la creencia de que éste es el modo de garantizar su independencia económica. En casos como éste, el individuo no sólo parece ignorar sus intereses materiales sino que incluso va en su contra. Es como si se estuviera identificando con grupos mayores y su punto de vista estuviera determinado más por la necesidad de apoyar a esos grupos y oponerse a sus contrarios, que por la consideración racional de sus propios intereses. Además, comprobamos hoy con alivio que el conflicto entre grupos es meramente un enfrentamiento de intereses económicos, en el que cada parte se esfuerza por superar a la otra, y no una lucha en la que se dan rienda suelta a impulsos emocionales profundos.

Las tendencias irracionales se destacan notablemente cuando se trata de los modos de comprender el mundo social. Podemos pensar en un profesional que se opone a la inmigración de los refugiados judíos porque esto aumentará la competencia a la que tiene que enfrentarse y, por tanto, bajarán sus ingresos. Aunque esto pudiera ser antidemocrático, es al menos racional en un sentido limitado. Pero que este hombre vaya más lejos, como la mayoría de gente que se opone a los judíos por razones laborales, y acepte un amplio conjunto de opiniones, muchas de las cuáles son contradictorias, sobre los judíos en general y les atribuya los males del mundo, es totalmente ilógico. Y esto es tan ilógico como elogiar a todos los judíos de acuerdo a un estereotipo «bueno». Indudablemente se dan casos de hostilidad contra un grupo basada en una frustración real, provocada por miembros de ese grupo. Pero esas experiencias frustrantes no pueden justificar la propensión a generalizar el prejuicio. La evidencia empírica de este estudio confirma lo que ha sido frecuentemente señalado: que una persona hostil hacia una minoría es propenso a ser hostil hacia una amplia variedad de grupos. No hay bases racionales para tal generalización; y, lo que es más llamativo, el prejuicio en contra o la aceptación totalmente acrítica de un grupo particular se da a menudo en ausencia de experiencia con miembros de ese mismo grupo. La situación objetiva del individuo parece una fuente poco fiable de tal irracionalidad. Más bien, debemos buscarla donde la Psicología ha encontrado la fuente de los sueños, fantasías e interpretaciones erróneas de la realidad, esto es, en las necesidades profundas de la personalidad.

Otro aspecto de la situación individual que probablemente afecte a la receptividad ideológica es la participación en grupos sociales ‒de trabajo, amistad, religiosos, etc.‒. Por razones históricas y sociológicas, estos grupos favorecen y promulgan, sea oficial o extraoficialmente, diferentes patrones de ideas. Hay razones para creer que los individuos asumen a menudo, a través de mecanismos como la imitación y el condicionamiento, las opiniones, actitudes y valores más o menos dados de los grupos a los que pertenecen, motivados por sus necesidades de ajustarse a cánones, pertenecer a un grupo y creer en algo. En la medida en que las ideas que prevalecen en un grupo sean implícita o explícitamente antidemocráticas, deberíamos esperar que los miembros del grupo fueran receptivos ante la propaganda de la misma orientación general. Es por esto que la presente investigación indaga una variedad de posibles pertenencias a grupos con vistas a encontrar las tendencias generales de pensamiento y el grado de variabilidad que encontramos en cada uno.

Reconocemos, sin embargo, que la correlación entre la pertenencia al grupo y la ideología puede deberse a diferentes tipos de factores según los individuos. En algunos casos, podría ocurrir que el individuo repitiera simplemente las opiniones que se dan por sentadas en su medio social y que no tiene razones para cuestionar. En otros casos, podría ser que el individuo haya elegido unirse a un grupo particular que sostiene ideales con los que ya simpatizaba. En la sociedad moderna, a pesar de la gran base común de cultura básica, es raro que una persona que ha llegado a cierta edad en la que las ideas significan algo para él, se ajuste a un solo patrón de ideas. Normalmente, se seleccionan de acuerdo, suponemos, a las necesidades de la personalidad. Incluso cuando los individuos durante sus años de formación, se exponen casi exclusivamente a un solo y bien tejido patrón de ideas políticas, económicas, sociales y religiosas, encontramos que algunos lo aceptan y otros se rebelan. Cabe entonces preguntarse por la importancia de los factores de la personalidad. Parece que el enfoque más sensato sería considerar que en la determinación de la ideología, como en la de cualquier comportamiento, intervienen un factor de situación y otro de personalidad, y que la ponderación cuidadosa del papel de cada uno permitirá hacer predicciones más precisas.

Los factores de situación, principalmente la condición económica y la pertenencia a los grupos sociales, se han estudiado concienzudamente en recientes investigaciones sobre opiniones y actitudes, mientras que los factores más internos, individuales, no han recibido la atención que merecen. Además de ésta, hay otra razón por la que el presente estudio pone particular énfasis en la personalidad. El fascismo, para tener éxito como movimiento político, debe contar con el apoyo de la masa. Debe asegurarse no sólo la sumisión temerosa sino la cooperación activa de la gran mayoría de la gente. Dado que por naturaleza favorece a unos pocos a expensas de la mayoría, posiblemente no pueda demostrar que mejorará la situación de la mayoría hasta el punto de servir a los verdaderos intereses de ésta. Por tanto, deberá apelar, sobre todo, no al interés personal racional sino a las necesidades emocionales; a menudo, a los deseos y temores más primitivos e irracionales. Si se arguye que la propaganda fascista engaña a la gente haciéndole creer que mejorará su suerte, entonces aparece la siguiente pregunta: ¿por qué es tan fácil engañar a la gente?

Suponemos que es debido a la estructura de la personalidad, a patrones de esperanzas y aspiraciones, angustias y temores, largamente mantenidos, que predisponen hacia ciertas creencias y hacen resistente a otras. En otras palabras, la tarea de la propaganda fascista resulta más fácil cuanto mayor es el grado de potencial antidemocrático todavía existente en la gran masa de la gente. Puede admitirse que en Alemania los conflictos económicos y las fracturas dentro de la sociedad eran tales que constituían una razón suficiente para que tarde o temprano triunfara el fascismo. Pero los líderes nazis no actuaron como si creyeran que esto ocurriría. Por el contrario, actuaron como si fuera necesario tener en cuenta en todo momento la psicología de la gente, activando cada pizca de potencial antidemocrático, comprometiéndose con ellos, sofocando la más mínima chispa de rebelión. Parece evidente que todo intento de valorar las probabilidades de triunfo fascista en Estados Unidos debe considerar el potencial existente en el carácter de la gente. Ahí reside no sólo la susceptibilidad hacia la propaganda antidemocrática sino también la fuente más fiable de resistencia a la misma.

Los autores creemos que toca a la gente decidir si Estados Unidos será fascista o no. Esperamos que el conocimiento de la naturaleza y extensión del potencial antidemocrático sirva para orientar planes para la acción democrática. Estos planes no deben limitarse a procedimientos para manipular a la gente de tal modo que se comporten democráticamente, sino que deben dedicarse a incrementar las formas de autoconciencia y autodeterminación que impiden toda manipulación. Hay una explicación para la existencia de la ideología de los individuos que no hemos abordado: que la ideología es la visión del mundo que organiza para sí mismo un hombre razonable que tenga cierta comprensión del papel de los factores arriba analizados y total acceso a los hechos importantes. Aunque hayamos dejado este concepto para el final, es de gran importancia para un enfoque adecuado de la ideología. Sin él, tendríamos que compartir la visión destructiva, mayoritariamente aceptada en el mundo moderno, según la cuál, dado que todas las ideologías, todas las filosofías, derivan de fuentes no racionales, no podemos establecer que unas tengan más valor que otras.

Pero el sistema racional de un hombre objetivo y reflexivo no es algo separado de su personalidad. Tal sistema tiene su motivación. Lo que le distingue en su origen es principalmente el tipo de organización de la personalidad de la que surge. Puede decirse que una personalidad madura (si podemos utilizar por ahora este término sin definirlo) estará más cerca de alcanzar un sistema racional de pensamiento que una inmadura. Pero la personalidad no es menos dinámica o está peor organizada por ser madura, y la tarea de descripción de la estructura de esta personalidad no es diferente de la de cualquier otra. De acuerdo a la teoría, las variables de la personalidad que más determinan la objetividad y racionalidad de una ideología son aquellas que pertenecen al yo, esa parte de la personalidad que aprecia la realidad, integra las otras partes y actúa con el mayor grado de conciencia.

Es el yo el que toma conciencia y responsabilidad de las fuerzas irracionales que actúan dentro de la personalidad. En esto nos basamos para creer que el propósito de conocer los determinantes psicológicos de la ideología es que los hombres pueden llegar a desarrollar su parte racional. Por supuesto, no pensamos que esto pueda eliminar las diferencias de opinión. El mundo es suficientemente complejo y difícil de conocer, los hombres tienen suficientes intereses como para entrar en conflicto con los intereses de otros hombres, hay suficientes diferencias de personalidad aceptadas por el yo como para asegurar que las disputas sobre política, economía y religión no llegarán nunca a apagarse. El conocimiento de los determinantes psicológicos de la ideología no puede decirnos cual es la ideología más verdadera; sólo puede eliminar algunos de los obstáculos para su búsqueda.

[…]

CONCLUSIONES

En opinión de los autores, el resultado más importante del presente estudio es la demostración de que existe una estrecha correspondencia entre el tipo de enfoque y perspectiva que un sujeto adopta en una gran variedad de temas, desde los aspectos más íntimos de la vida familiar y sexual, pasando por las relaciones con otras personas en general, hasta la religión y la filosofía social y política. De este modo, una relación padre-hijo, de carácter fundamentalmente jerárquico, autoritario y explotador, puede derivar en una actitud de dependencia, explotación y deseo de dominio respecto a la pareja o a Dios, y puede culminar en una filosofía política y una perspectiva social que sólo dé cabida a un desesperado aferramiento a lo que parece fuerte y un desdeñoso rechazo de todo lo relegado a posiciones inferiores. La misma pauta se extiende desde la dicotomía padre-hijo a la concepción dicotómica de los roles sexuales y de los valores morales, así como a un tratamiento dicotómico de las relaciones sociales, como se manifiesta especialmente en la formación de estereotipos y cesuras entre el endogrupo y el exogrupo. El convencionalismo, la rigidez, la negación represiva y la consiguiente irrupción de la propia debilidad, el miedo y la dependencia no son sino diferentes aspectos de un mismo patrón básico de personalidad, y pueden ser observados tanto en la vida personal como en las actitudes hacia la religión y los temas sociales.

Por otra parte, existe una pauta caracterizada principalmente por relaciones interpersonales afectuosas, básicamente igualitarias y tolerantes. Este patrón abarca actitudes dentro de la familia y hacia el sexo opuesto así como una internalización de los valores religiosos y sociales. Como resultado de está actitud básica encontramos una mayor flexibilidad y la posibilidad de alcanzar verdaderas satisfacciones.

Sin embargo, estos dos tipos opuestos de enfoque no pueden considerarse en términos absolutos. Emergen como resultado del análisis estadístico y, por tanto, deben ser considerados como síndromes producto de factores correlacionados y unidos por relaciones dinámicas.2 Estos síndromes consisten en un conjunto de síntomas que a menudo se encuentran unidos pero que dejan lugar a variaciones en sus características concretas. Además, podemos encontrar diversos subtipos dentro de cada una de las dos pautas principales. Debemos distinguir, sobre todo, dos subtipos entre quienes muestran prejuicios étnicos: el subtipo convencional y el psicópata. Pueden establecerse otras muchas variedades en función de la diversa preocupación sobre tal o cual rasgo particular que se atribuye a una minoría étnica. Sin embargo, nuestros sujetos prejuiciosos forman en conjunto un grupo más homogéneo que el de aquellos que no lo son. Entre estos últimos, encontramos una gran variedad de personalidades, muchas de las cuales, al menos aparentemente, no muestran nada más en común que la falta de un tipo particular de hostilidad.

Hay indicios de que, dentro de cada tipo, podemos encontrar una mayor similitud en el fondo de lo que aparenta. Esto es algo que se sostiene especialmente en el caso de los sujetos altamente prejuiciosos, debido a su gran variedad de racionalizaciones y formas de manifestar el prejuicio.

Además, nuestros descubrimientos se limitan estrictamente a los aspectos psicológicos del problema más general del prejuicio. Los factores históricos o las fuerzas económicas que operan en la sociedad promoviendo o disminuyendo el prejuicio étnico se escapan claramente al alcance de nuestra investigación. Al apuntar la importancia de la relación padre-hijo en la constitución del prejuicio o la tolerancia, hemos dado un paso en la dirección de una explicación. Sin embargo, no hemos profundizado en los procesos sociales y económicos que, a su vez, determinan el desarrollo de patrones familiares característicos.

Finalmente, el presente estudio trata sobre el potencial dinámico más que sobre conductas manifiestas. Podremos decir algo sobre la predisposición de un individuo a caer en la violencia pero estamos bastante más lejos de conocer las restantes condiciones necesarias bajo las que pudiera aparecer un brote de violencia. En otras palabras, tenemos todavía mucho que investigar sobre la acción. En realidad, esa investigación adicional es necesaria para alcanzar cualquier objetivo práctico. El estallido de la acción debe considerarse fruto del potencial interno del individuo y de un conjunto de factores detonantes en el ambiente. Por el contrario, ninguna investigación sobre la acción puede estar completa sin el análisis de los factores internos del individuo, análisis al que este volumen ha tratado de contribuir, de modo que estamos en condiciones de prever quién se comportará de tal manera bajo ciertas circunstancias.

Por supuesto, todo este planteamiento queda sujeto a la limitación general derivada de las características de nuestra muestra de individuos. Pensamos que un estudio sobre un tema de tan gran significación social merecería una base estadística comparable a las de las encuestas nacionales de opinión. En nuestro caso, preferimos realizar un estudio más profundo que extenso. A pesar del hecho de que parte de esta investigación se ha realizado sobre más de dos mil sujetos, el objetivo principal era indagar en los patrones subyacentes de factores, más que en la representatividad exhaustiva de toda la población. Ampliar la base empírica en este sentido, nos llevaría sin duda a la reformulación de muchos ítems del cuestionario y a revisiones técnicas. En realidad, solamente un estudio verdaderamente representativo haría posible cuantificar el prejuicio en nuestra cultura, determinar la validez general de los factores de la personalidad que influyen y que han sido perfilados en este libro, y valorar las diversas posibilidades de solapamiento entre los dos patrones que hemos descrito.

Aunque no es nuestra tarea prescribir o proponer planes para contrarrestar los prejuicios, nos hemos permitido presentar algunas observaciones sobre las implicaciones generales de nuestro estudio.

De nuestros hallazgos más relevantes se desprende que las medidas para combatir el prejuicio deben tener en cuenta la estructura global del enfoque prejuicioso. No debemos poner el mayor énfasis en la discriminación contra grupos minoritarios concretos, sino en fenómenos como el estereotipo, la frialdad emocional, la identificación con el poder y el ánimo destructivo. Cuando se adopta este punto de vista es fácil comprender por qué las medidas contra la discriminación social no han sido más efectivas. No podemos esperar que los argumentos racionales tengan efectos profundos o duraderos sobre un fenómeno que es esencialmente irracional. Apelar a la compasión cuando se trata de personas que experimentan un gran temor a ser identificados con la debilidad o el sufrimiento puede ser tan perjudicial como beneficioso. Estrechar lazos con miembros de grupos minoritarios difícilmente influirá en personas que se caracterizan en gran parte por su incapacidad para asumir experiencias; y promover la simpatía por grupos o individuos concretos resulta muy difícil para gente a la que realmente no les gusta nadie. Y si conseguimos desviar la hostilidad sobre una minoría, deberemos ser muy cautos con nuestra satisfacción, pues sabemos que es muy probable que dirijan su hostilidad hacia algún otro grupo.

Lo mismo puede decirse de otras diversas medidas que, desde nuestro punto de vista, tratan los síntomas o manifestaciones particulares más que la enfermedad en sí. Desde luego, no queremos subestimar o pedir que se reduzcan estas actividades. Algunos síntomas son más dañinos que otros y nos alegraremos de ser capaces de controlar una enfermedad aunque no la curemos. Además, puede esperarse que el conocimiento de lo que es el fascista potencial -conocimiento que hemos tratado de verter en este libro— hará más eficaz el tratamiento de los síntomas. Así, por ejemplo, aunque las apelaciones a la razón o a la compasión caerán en saco roto, las apelaciones al convencionalismo o a la sumisión a la autoridad pueden ser eficaces. (Sin embargo, debe comprenderse con claridad que tal actividad no reducirá ni su convencionalismo ni su autoritarismo ni su fascismo potencial). Asimismo, por lo que sabemos de la personalidad potencialmente fascista, podemos suponer que el fascista potencial se sentirá persuadido por las medidas legales contra la discriminación, y que esta autolimitación crecerá en la medida en que las minorías lleguen a ser más fuertes mediante la protección. (Aunque debemos recordar que es práctica habitual del fascista encubrir sus acciones antidemocráticas con una máscara de legalidad). Del mismo modo, dado que una de las características del enfoque prejuicioso es aceptar lo que es como uno y rechazar lo diferente, puede ocurrir que los miembros de las minorías adopten, en apariencia extema y lo mejor que puedan, los usos del grupo dominante para protegerse a sí mismos y obtener ciertas ventajas en limitadas situaciones y por cierto periodo de tiempo. Decimos esto con cautela porque debemos estar continuamente alerta sobre el hecho de que las mismas tendencias a la conformidad que son elogiadas en el endogrupo pueden ser condenadas para el exogrupo. (Más aún, junto al hecho de que esa conformidad menoscaba los valores de la diversidad cultural, este estudio demuestra que la suerte final de cualquier minoría no depende principalmente de lo que el grupo haga. Incluso una vez que el miembro de la minoría ha adoptado los usos de la mayoría, no hay razón para suponer que no adoptará las actitudes endogrupales dominantes hacia aquellos que no han sido capaces de adaptarse como él).

De este modo, si nos dirigimos a los síntomas, en ésta como en cualquier enfermedad, debemos enfrentarnos al hecho de que la «cura» de una manifestación estará seguida de la aparición de otra. Sin embargo hay suficientes razones para no darse un respiro en el tipo de acción descrita: el potencial fascista global es tan grande que una retirada en cualquier frente podría disminuir aún más la probabilidad de que los grupos perseguidos afiancen sus derechos.

Sería desastroso que la comprensión de la verdadera magnitud del problema nos llevara a disminuir los esfuerzos en cualquier campo. Es imposible pensar en la manera de abordar el problema sin introducir múltiples objetivos secundarios, a conseguir por individuos o grupos. Cualquier acción, aunque limitada en el espacio y el tiempo, que sirva para contrarrestar o disminuir el ánimo destructivo, debe considerarse como un microcosmos de un programa global eficaz.

¿Qué puede hacerse para curar la enfermedad misma? Si, como el presente estudio ha mostrado, tratamos de una estructura interna de la persona, parece que debemos considerar, en primer lugar, las técnicas psicológicas de modificación de la personalidad. Sin embargo, si reflexionamos un poco veremos que las posibilidades terapéuticas de la psicología individual son extremadamente limitadas. ¿Cómo podríamos «curar» a alguno de nuestros individuos con alta puntuación? Probablemente podríamos proceder como se indica en los capítulos sobre los aspectos genéticos y clínicos. Pero si tenemos en cuenta el tiempo y el arduo trabajo que necesitaríamos, la pequeña cantidad de terapeutas dispuestos y, sobre todo, el hecho de que muchos de los principales rasgos de los etnocentristas son precisamente aquellos que en la práctica médica son considerados de difícil curación, vemos de inmediato que la contribución directa de la psicoterapia individual debe considerarse insignificante.

Al observar la inflexibilidad del adulto etnocentrista, se plantea naturalmente la cuestión de que, quizás, si introdujéramos de manera más temprana influencias positivas en la vida del individuo, las expectativas de una estructura de la personalidad sana serían mayores. En función de los estudios clínicos y genéticos aquí presentados, no sería difícil proponer un plan que produjera, incluso dentro de los actuales patrones culturales, personalidades no etnocéntricas. Todo lo que realmente necesitamos es que los niños reciban auténtico cariño y sean tratados como personas. Sin embargo, todos los aspectos de un plan de este tipo parecerían más fáciles de explicar que de hacer. Así, para los padres etnocéntricos, actuar ellos mismos bajo las recomendaciones prescritas sería probablemente imposible. Debemos esperar, más bien, que muestren en la relación con sus hijos las mismas actitudes moralistas punitivas que tienen con los grupos minoritarios y con sus propios impulsos. Por tanto, no podemos esperar que la psicología, por sí sola, produzca los resultados deseados en los niños, como no los produce en los adultos. Hemos visto con frecuencia el caso de jóvenes padres, conocedores de las modernas teorías psicológicas, cuya necesidad de hacer lo «correcto» les lleva a reprimir el calor y la espontaneidad que precisamente esas teorías tratan de alentar. Pero más grave, por estar más extendido, es el caso de aquellos padres que con la mejor voluntad y los mejores sentimientos se inhiben en la educación por creer necesario que el niño encuentre su lugar en el mundo, tal y como éste es. Son pocos los padres capaces de perseverar durante mucho tiempo en educar a sus hijos para una sociedad que todavía no existe o, incluso, capaces de orientarse hacia objetivos que sólo comparten con una minoría.

Por tanto, queda demostrado que no podemos conseguir la modificación de la estructura potencialmente fascista por medios exclusivamente psicológicos. La tarea es similar a la de eliminar la neurosis, la delincuencia o el nacionalismo. Todos son producto de la organización global de la sociedad y sólo pueden modificarse con el cambio de la sociedad. No es misión de los psicólogos decir cómo deben llevarse a cabo tales cambios, sino que ello requiere los esfuerzos de todos los científicos sociales. Sobre lo que sí insistiríamos es en que los psicólogos deben tener voz en los consejos o foros donde se trate el problema y se programen acciones. Creemos que la comprensión científica de la sociedad debe incluir el estudio de los efectos que ésta produce en la gente, y que las reformas sociales, incluso las amplias y radicales, pueden llegar a ser, aunque deseables, ineficaces para cambiar la estructura de la personalidad prejuiciosa.

Para cambiar el potencial fascista o, al menos, para contenerlo, debe producirse un incremento en la capacidad de las personas para verse a sí mismas y para ser ellas mismas. Esto no puede alcanzarse con la manipulación, a pesar de lo bien fundados que los mecanismos de la manipulación puedan estar en la Psicología moderna. Además, nuestro estudio confirma la idea de que el hombre que llega primero al poder es el último en querer entregarlo. No obstante, podemos afirmar que el fascismo es algo que se impone a la gente, que va en contra de sus intereses fundamentales y que cuando las personas toman plena conciencia de sí mismas y de su situación, son capaces de comportarse en términos realistas. El hecho de que a menudo la gente no sea capaz de comprender el funcionamiento de la sociedad o su propio papel dentro de ella se debe no sólo a un control social que se niega a contar la verdad, sino también a una «ceguera», cuyas raíces se encuentran en la propia psicología de las personas. Aunque no se defiende la idea de que la perspectiva psicológica sea una garantía para comprender la sociedad, existe una gran evidencia de que la gente con mayores dificultades para enfrentarse a sí misma, tiene también la mayor incapacidad para comprender el funcionamiento del mundo. La resistencia a la observación de uno mismo y la resistencia a comprender los hechos sociales son, en realidad, la misma cosa.

Aquí es donde la Psicología puede jugar su papel más importante. Las técnicas para vencer la resistencia, desarrolladas sobre todo en el campo de la psicoterapia individual, pueden mejorarse y adaptarse para ser utilizadas en grupo e incluso a gran escala. Admitamos que tales técnicas serán muy poco eficaces con los etnocentristas extremos, pero hemos de recordar que la mayoría de la población no se encuentra en los extremos sino que se encuentra, según nuestra terminología, en posiciones «medias».

El hecho de que el patrón del potencialmente fascista sea en gran medida impuesto, nos lleva a albergar esperanzas para el futuro. Desde arriba se moldea continuamente a la gente para poder mantener el patrón económico global, y la cantidad de energía que se emplea en ese proceso se relaciona directamente con la capacidad que tienen las personas para caminar en una dirección diferente. Sería imprudente infraestimar el potencial fascista al que hemos dedicado fundamentalmente este libro, pero tampoco sería prudente pasar por alto el hecho de que la mayoría de los sujetos de nuestra muestra no manifiestan el patrón etnocéntrico extremo y que hay diversas maneras de evitarlo. Aunque existen motivos para creer que quienes tienen prejuicios están mejor recompensados por la sociedad, sobre todo en la medida en que se trata de valores externos (y sólo es cuando se toman atajos para conseguir estas recompensas, cuando se acaba en prisión), no podemos suponer que el tolerante deba esperar y llegar al cielo para obtener su recompensa, por así decirlo. De hecho, hay buenos motivos para creer que el tolerante recibe más gratificación en sus necesidades básicas.

Quizás los tolerantes sufren más por estas satisfacciones en términos de sentimientos de culpa, en la medida en que frecuentemente se encuentran nadando contra los convencionalismos, pero la evidencia muestra que son más felices que los que tienen prejuicios. De este modo, no debe suponerse que la apelación a la emoción pertenece sólo a quienes luchan a favor del fascismo, mientras que la propaganda democrática debe limitarse a la razón y la moderación. Si el miedo y la destrucción son las principales fuerzas emocionales del fascismo, eros pertenece principalmente a la democracia.

* * *

NOTAS:

1 T. W. Adorno, Else Frenkel-Brunswik, Daniel J. Levinson, R. Nevitt Sanford (1969): The Authoritarian Personality Nueva York: Norton and Company. En colaboración con Betty Aron, María Hertz Levinson y William Morrow. Colección «Studies in Prejudice», editada por Max Horkheimer y Samuel H. Flowerman. xxxiii, 990 páginas [e.o.: 1950, Nueva York: Harper and Row], Traducción de Julio A. del Pino Artacho (Dpto. Sociología I, UNED).

 

2. Existe una marcada semejanza entre el síndrome que hemos denominado de la personalidad autoritaria y el «retrato del antisemita» de Jean-Paul Sartre «Portrait of the antisemite», Partisan Review, n.º 13: pp. 163-178, 1946. El brillante trabajo de Sartre llegó a nuestras manos después de que recogiéramos y analizáramos todos los datos. Nos parece reseñable el hecho de que su «retrato» fenomenológico se asemeje mucho, tanto en su estructura general como en numerosos detalles, al síndrome que obtuvimos trabajosamente de nuestras observaciones empíricas y del análisis cuantitativo.

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