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APUNTES SOBRE MARXISMO por Iñaki Gil de San Vicente

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El libro n° 216 de nuestra Colección Socialismo y Libertad

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La tragedia chilena, pese al heroísmo de Allende, es el paradigma del fracaso; los ejemplos negativos, sobran, desgraciadamente. Por el contrario, si Cuba y Venezuela, mantienen su independencia es justamente por haber seguido la estrategia contraria, aceptando sus diferencias. ¿Y Ecuador, Haití y otros pueblos, están condenados a tener que rebelarse siempre que los nuevos gobiernos “democráticos” se arrodillan ante el FMI en vez de avanzar al socialismo? O para ir más al grano ¿qué ha sucedido con el “socialismo del siglo XXI”?

Habiendo dejado en el teclado un sinfín de dramas y tragedias idénticas con decenas de millones muertos a sus espaldas, y varios miles de millones de personas sometidas a la explotación capitalista, urge responder a la pregunta: ¿qué valía científica –según la teoría marxista de ciencia, verdad, etc.– tienen las lecciones de tanto dolor y sangre? Esta serie de doce artículos sobre marxismo tiene la función de responder a esta pregunta que tiene el núcleo de su respuesta en la teoría de las crisis en el capitalismo: esta es la prueba de fuego ante la que huye espantando el revisionismo y el reformismo.

Los fracasos demuestran que la política de tranquilizar y consensuar con el capital aparentemente surte efecto en los períodos de calma y de bonanza económica, cuando puede ceder algunas reformas insustanciales; pero solo es una apariencia fugaz porque durante ese tiempo la burguesía se ha enriquecido tanto o más, ha integrado y desmovilizado a amplios sectores proletarios, ha marginado a la izquierda y ha fortalecido su poder represivo.

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  • PRESENTACIÓN

  • EL MARXISMO

  • SOCIALISMO Y COMUNISMO UTÓPICOS

  • DE 1848 A 1871

  • 1871-1889

  • LA SEGUNDA INTERNACIONAL

  • EL MARXISMO Y LOS MARXISTAS

  • EL REVISIONISMO Y EL REFORMISMO EN LA ACTUALIDAD

  • REVOLUCIÓN BOLCHEVIQUE

  • EUROCENTRISMO Y LIBERACIÓN DEL TERCER MUNDO

  • LA IMPLOSIÓN DEL SOCIALISMO REALMENTE INEXISTENTE

  • DE LA CRISIS AL COVID-19: 1987, 1991, 1994, 1996, 2007

  • COVID-19, TEORÍA DE LA CRISIS Y REVOLUCIÓN SOCIAL

 

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DOCE APUNTES SOBRE MARXISMO (Completo Online)

Museu Nacional de Pekin.

Friedrich Engels y Karl Marx pintura de 2018 encomendada por el Partido Comunista Chino en conmemoración de los 200 años del nacimiento de Karl Marx – Museo Nacional de Pekín

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Nota: serie de doce apartados breves sobre marxismo, escrita para el programa de formación teórica elaborado por el colectivo internacionalista Pakito Arriaran.

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«Ser marxista es algo muy difícil […] mide la temperatura de su propio país, su circunstancia más inmediatamente práctica, con el objetivo de aclararla y actuar sobre ella. ¿Actuar para qué? Actuar para reventar las estructuras de la sociedad actual. ¿De qué modo, con qué método? El marxista tiene un método teórico general, que es la lucha de clases, pero para cada caso concreto tiene que inventar un método, adaptarlo a la circunstancia particular. Según sea esa circunstancia, el método será violento o pacífico. Ya oigo venir a los que dicen: esto es una justificación del terrorismo. No: un marxista no justifica el terrorismo […] en los textos de Marx no hay nada, absolutamente nada que justifique la creación de un Estado totalitario, ideológica y prácticamente terrorista […] la “dictadura del proletariado” fue vista como una mera transición, no como un fin en sí; […] Los que no leyeron a Marcuse por moda, recordarán su modo de definir la sociedad industrial avanzada: “el terror dulce” […] la santa rabia del Che Guevara cuando habló del “terror planificado” […] tienen que desaparecer la división del trabajo, la propiedad privada (no sólo la material sino también la de las ideas) y la producción mercantil y monetaria […] los marxistas son pocos, pues no todo el mundo está dispuesto a adoptar una posición intelectual que representa prácticamente la guerra contra todo lo existente. […] la esencia del marxismo es la transformación, la revolución, el cambio de las condiciones históricas de esa masa humana, sea cual fuere su actual “signo ideológico”, Sé que todo esto, en el aspecto político, suena a anarquismo. Y lo es, si por anarquismo se entiende la voluntad de cambiar toda arché o poder existente. Y también es terrorismo, si por terrorismo se entiende defendernos con las mismas armas del adversario».

Ludovico Silva: «¿Y el marxismo?» Belleza y revolución. Vadel Editores. Caracas 1979, pp. 367-370.

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Hemos escogido estas palabras como introducción a esta serie porque era L. Silva venezolano, es decir, porque había desarrollado su aportación al marxismo en el interior de las luchas en este país y continente; porque destacaba por su defensa del derecho/necesidad de la crítica como una de las fuerzas del marxismo; porque en estas palabras toca cuestiones permanentes: lo universal, lo particular y lo singular; la burocratización; las leyes tendenciales del capitalismo; la perspectiva histórica larga; la interacción de los métodos de lucha, con los pacíficos y violentos; las relaciones con el anarquismo; la ética de la violencia revolucionaria y la definición de «terrorismo»…

El marxismo fue creándose por fases siempre sujetas a los cambios objetivos en la lucha de clases, cambios que al ser estudiados en sus contradicciones internas sacaban a la luz teórica y política la permanente evolución de las contradicciones del capitalismo. La formación del marxismo como tronco raizal y el florecimiento ulterior en ramas marxistas, no fue en absoluto una tarea personal según el individualismo metodológico burgués, sino un esfuerzo colectivo en el que Marx, Engels y Jenny jugaron un papel destacado, siempre ayudados por otras personas y colectivos que formaban una red ágil de relaciones intelectuales que suministraba gran cantidad de información valiosa, imprescindible. En muchas cuestiones, algunas de ellas decisivas para lo que luego sería conocido como «marxismo» fue Engels el que primero vislumbró el problema y lo empezó a estudiar, el que convenció a Marx de su importancia…

Desde los primeros textos de 1842 hasta la muerte de Engels en 1895 hay varias constantes que debemos reseñar ya que perduran en el tiempo, y porque además se agudiza su choque frontal con la política burguesa. Una de ellas, y fundamental, es la dialéctica entre las formas de propiedad y el problema del poder de clase, de la política del proletariado frente y contra la política de la burguesía. Con 24 años, Marx defiende radicalmente la propiedad comunal ante las privatizaciones burguesas, criticando duramente la violencia represiva inherente a las privatizaciones, a la propiedad privada del capital, (Marx: «Los Debates sobre la Ley acerca del Robo de Leña», En Defensa de la libertad, Los artículos de la Gaceta Renana 1842-1843, Fernando Torres Editor, Valencia 1983, pp. 210- 226.)

En 1881 Marx había enriquecido y profundizado su pensamiento, aconsejando a un amigo lo que sigue:

«Un gobierno socialista no puede ponerse a la cabeza de un país si no existen las condiciones necesarias para que pueda tomar inmediatamente las medidas acertadas y asustar a la burguesía lo bastante para conquistar las primeras condiciones de una victoria consecuente» (Marx a Domela Nieuwenhuy del 22 de febrero de 1881 La insurrección armada, Boltxe liburuak, Bilbao 2013, p. 36).

Otra se deriva de la anterior, pero tiene rango propio: si se trata de asustar a la burguesía para que, por miedo o temor a la fuerza trabajadora, acepte ser expropiada de sus inmensas propiedades que serán socializadas, convertidas en propiedad colectiva, ya que se busca eso, es necesario decírselo permanentemente al proletariado y a la misma burguesía. Hay que explicarlo teórica, política y pedagógicamente. Desde los primeros textos filosóficos, la teoría marxista asume ese objetivo político como su propia identidad. Para 1857 lo asume sin complejos en sus investigaciones económicas (Enrique Dussel: La producción teórica de Marx, El perro y la rana, Caracas 2010, p. 284.)

En 1859 afirmó que con sus estudios quería combatir el reformismo proudhoniano, y explicaba las «razones políticas» que justificaban retrasar el tercer capítulo, precisamente «sobre “el capital”». Sin alargarnos ahora en las carta a Klings de finales de 1864 y a Becker de comienzos de 1867 en las que habla de golpes y de misiles contra la burguesía, sí es conveniente recordar lo que responde a S. Meyer sobre por qué no le había contestado antes a su carta, Marx le explica que ha dedicado su vida y su salud, y la de su familia, a escribir el libro y añade:

«Si uno resolviera ser un buey, podría, desde luego, dar la espalda a las agonías de la humanidad y mirar por su propio pellejo» (Marx a S. Meyer, 30 de abril de 1867. Correspondencia, Cartago, Argentina 1973, p. 184.)

Ambos amigos sabían que se enfrentaban a toda la potencia represora material e intelectual de la burguesía. Marx escribió:

«En economía política, la libre investigación científica tiene que luchar con enemigos que otras ciencias no conocen. El carácter especial de la materia investigada levanta contra ella las pasiones más violentas, más mezquinas y más repugnantes que anidan en el pecho humano: las furias del interés privado. La venerable Iglesia anglicana, por ejemplo, perdona de mejor grado que se nieguen 38 de sus 39 artículos de fe que el que le priven de un 1/39 de sus ingresos pecuniarios» (Marx: «Prólogo a la primera edición». El Capital. FCE. México 1973, tomo I, p. XV.)

La crítica radical de todo lo existente, piedra basal de Marx y Engels, queda expresada de esta forma un año después de la primera edición de El Capital:

«Sólo sustituyendo los dogmas en controversia por los hechos en conflicto y las contradicciones reales que forman su fundamento oculto, podemos transformar la economía política en una ciencia positiva» (Marx a Engels, 10 de octubre de 1868, Correspondencia, Edit. Cartago, Argentina, 1973, p. 209.) Es obvio que este método les llevaba a combatir toda forma de opresión y sobre todo a descubrir las causas e intereses sociales que originan las opresiones, como la «venerable Iglesia anglicana, por ejemplo».

Conscientes de que la burguesía no toleraría por mucho tiempo la crítica realizada con el método dialéctico arriba descrito, en su correspondencia de septiembre de 1867 opinaban sobre la posibilidad de que El Capital fuera prohibido en Prusia por su contenido revolucionario. (Marx: El Capital. FCE. México 1973, Tomo I, pp. 689-690.) Sobre el odio al marxismo, concluimos con estas palabras de Engels sobre el reformismo de los fabianos:

«En medio de toda clase de basura han hecho algunos buenos escritos de propaganda, en realidad lo mejor en su tipo es de los ingleses. Pero en cuanto aplican su táctica específica de ocultar la lucha de clases, todo se torna podrido. De aquí también su odio sectario contra Marx y todos nosotros: debido a la lucha de clases» (Engels a Sorge, 13 de enero de 1893, Correspondencia, Cartago, Argentina 1973, p. 402.)

El odio de clase refuerza profundamente el comportamiento de la burguesía contra el marxismo, contra la revolución, odio que cimenta la estrategia político-militar del capital y de su forma política, el Estado. Semejante poder, unido al poder enajenador y alienante del fetichismo y al papel del reformismo político-sindical e ideológico, multiplica la eficacia de las políticas de integración de partes del movimiento revolucionario en el sistema, también cortocircuita y retrasa su avance y radicalización, o lo que es peor, derrota a las revoluciones con escabechinas sangrientas e inhumanas.

Desde su formación el movimiento obrero tuvo que autoorganizarse defensiva y ofensivamente contra el odio del capital y sus múltiples formas de expresión. Extrayendo lecciones del pasado, el joven Marx demostró la inevitabilidad de que el arma de la crítica debía convertirse tarde o temprano en la crítica de las armas. Años después, Engels recordaba la opinión de Marx sobre la rara e improbable posibilidad de que la revolución social fuese pacífica al menos en Inglaterra, Engels termina recordando lo que Marx decía:

«Claro está que tampoco se olvidaba nunca de añadir que no era de esperar que la clase dominante inglesa se sometiese a esta revolución pacífica y legal sin una “proslavery rebellion”, sin una “rebelión proesclavista”.» (Engels: «Prólogo a la edición inglesa» 5 de noviembre de 1886. El Capital. FCE. México 1973, p. XXXIII.)

Marx no esperaba que el capitalismo se rindiera pacíficamente, sino que cuando apreciase que la crisis económica y sociopolítica estaba a punto de transformarse en destrucción revolucionaria del Estado burgués, entonces lanzaría la contrarrevolución para reinstaurar la esclavitud asalariada. Para el marxismo, como para la humanidad, las crisis sistémicas son los momentos decisivos. Es cierto que

«El análisis que Marx elabora en El Capital del modo en que se forman las crisis en la acumulación de capital, exige un alto nivel de abstracción» (A. Callinicos: Las ideas revolucionarias de Karl Marx. 1995. El Sudamericano. Col. Socialismo y Libertad. Nº 133, p. 134)

Para facilitar su comprensión, en estas entregas intentaremos simultanear en la medida de lo posible la explicación histórica con la explicación lógica. Las entregas posteriores serán como esta primera: alrededor de 15.000 caracteres con una periodicidad de entre 20 o 30 días.

La segunda tratará sobre el socialismo utópico, hasta la revolución de 1848 y la publicación del Manifiesto del Partido Comunista. O sea, lo que podemos definir como la fase en la que el socialismo utópico entra en agotamiento, pero todavía el marxismo no ha adquirido la fuerza suficiente para ocupar su lugar.

La tercera tratará sobre el grueso del desarrollo del marxismo, que se inicia tras la derrota de la revolución de 1848, seguida por la fase expansiva del capitalismo que permite un desarrollo tremendo en la teoría, y concluye con la Comuna de París de 1871, período en el que el marxismo realiza sus más decisivos avances, aunque siga siendo claramente minoritario.

La cuarta tratará sobre el período abierto por el impacto de la Comuna en el desarrollo posterior del marxismo, impacto reforzado por el hecho de que ya previamente se había creado la I Internacional, se había editado el Libro I de El Capital, de 1867, al que seguirá la Crítica del Programa de Götha en 1875, el Anti-Dühring de 1878, La mujer y el socialismo de 1879, El origen de la familia… de 1884. Este capítulo cuarto llega hasta la II Internacional en 1889.

La quinta empezará con el significado contradictorio de la II Internacional de 1889 y se extenderá hasta el estallido de la guerra de 1914 y la revolución de 1917, años en los que el reformismo toma cuerpo teórico de manera definitiva, pero en los que también irrumpe la segunda generación del marxismo que recupera la Crítica del Programa de Erfurt de 1891, la primera edición inglesa Del socialismo utópico al socialismo científico, de 1892, por citar algunos textos.

La sexta será una exposición más detallada del método marxista, la dialéctica, en cuanto tal, y de cómo se desarrolla en la crítica de la economía política capitalista. Aunque todavía en 1917 había textos fundamentales del marxismo sin conocerse, como veremos, ya estaba teorizado gran parte de lo necesario para saber qué era el capitalismo del momento y cómo destruirlo.

La séptima será una exposición del reformismo en todas sus expresiones: política, sociología, economía, relaciones internacionales, sindicalismo, etc., porque es en este período cuando apareció definitivamente tal cual era. Es necesario dedicarle un capítulo porque el reformismo, y en especial el de la socialdemocracia ha sido y es una de las decisivas bazas del capital para doblegar a la clase trabajadora.

La octava desarrollará el período que va de la revolución bolchevique de 1917 al final de la II GM, 1945, que pudo haber supuesto un salto cualitativo en la emancipación humana porque llevó al extremo la lucha de clases entre el capital y el trabajo a escala mundial, pero concluyó en pactos entre las grandes potencias que han salvado al capitalismo, hasta ahora.

La novena analizará las luchas de liberación nacional anticolonial y antiimperialista que venían de antes pero que tienen un tremendo impulso desde 1917 y sobre todo desde la fundación de la III Internacional en 1919 o Internacional Comunista. Luchas que en la II GM afectaron al meollo del imperialismo, y concluirá en 1991. Daremos una especial atención a Nuestramérica.

La décima tratará con algún detalle la quiebra definitiva del «marxismo ruso» creado por la burocracia estalinista e incapaz de frenar la reinstauración del capitalismo en varios países. Los sucesivos intentos de reforma fracasaron unos tras otros arrastrando al fondo a toda una corriente política que ya estaba agotada para la década de 1970.

La undécima seguirá la lucha de clases teórica, política y económica desde el inicio de la contrarrevolución imperialista en la mitad de los ’70 hasta el presente, con especial atención a la tercera gran depresión de 2007 hasta ahora, y en Nuestramérica.

La doceava y última, será un resumen centrado en la teoría de la crisis que es el nudo gordiano no sólo del marxismo, sino de la existencia humana, o para ser más precisos, de la antropogenia.

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II.- SOCIALISMO Y COMUNISMO UTÓPICOS

«Siendo como eran hombres robustos y fornidos, llenos de fuerza medular, predestinados por naturaleza al goce de la vida, se impusieron las más duras privaciones para consagrarse a sus ideales. “Una estrecha cama, compartida no pocas veces por tres personas entre las paredes de una angosta habitación, una tabla como mesa de trabajo, y de vez en cuando una taza de café negro”. Así vivía Weitling, cuando su nombre infundía ya espanto entre los poderos terratenientes, y de igual forma vivía Proudhon, en su cuartucho parisino, en momentos en que ya tenía fama europea: “metido en un chaleco de lana y calzados los pies en zuecos”.»

Franz Mehring: «Weitling y Proudhon»,
Karl Marx, Historia de su vida

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En Abril de 1865, mientras avanzaba en los borradores de lo que sería El Capital, y a la vez militaba muy activamente en la I Internacional fundada en septiembre de 1864, Marx, respondió a una pregunta sobre quienes eran sus héroes: Espartaco y Kepler. Dejando de lado por ahora el machismo latente en su respuesta ya que tenía muchas heroínas para nombrar, escogió revolucionarios anteriores al capitalismo industrial y al socialismo utópico: Espartaco, combatió con armas de guerra al esclavismo en la tercera rebelión contra Roma (-73 y -71); Kepler (1571-1630), al que volveremos en la entrega VI sobre el método marxista, combatió con el arma de la ciencia al dogmatismo y a la Inquisición. También respondió que la lucha era su ideal de felicidad, la sumisión la mayor desgracia, y el servilismo lo más detestable.

En 1865 Marx y Engels ya tenían muy desarrollado el núcleo de lo que estaba a punto de ser llamado «marxismo». La importancia de la corta respuesta de Marx radica en que, en base al conocimiento histórico del momento, iba hasta el pasado lejano precapitalista y al pasado reciente del proto capitalismo. Querían encontrar un anclaje ético-político en las aspiraciones y deseos materiales expresados en forma utópica, tanto por las clases y pueblos masacrados como por la coherencia personal de quienes se enfrentaron a la opresión con las armas de la violencia y de la ciencia. ¿Por qué ético-político? Porque la ética de la libertad es fuerza política cuando pasa a la acción, y porque la política de la mayoría sojuzgada es la ética humana en sí.

En las Admoniciones de Ipwer y en la Profecía de Nefertiti (s. –XXVII a s. -XXII), subyace un contexto de algo parecido a una «revolución» para lograr un Egipto más justo, en la que las masas destruyen los archivos registradores de las deudas, propiedades, etc. El malestar social del pueblo contra el tirano de Uruk en Mesopotamia, por sus abusos contra las mujeres, es el nudo de la trama del Poema de Gilgamesh (s. –XXVI). Dos textos de la misma época, La canción del arpista y el Diálogo de un desengañado con su alma (s. -XXI), traslucen la crisis de valores y la tensión social del Egipto de la época.

Documentos oficiales registran las tenaces resistencias de pueblos contra el saqueo y la opresión que sufrían por Estados imperialistas. Los anales recogen la sublevación de Sargón contra Ur-Zababa, en Sumeria (s. –XXIV), pero no dan el nombre del misterioso pueblo qutu que no toleraba control alguno. El pueblo de Nubia y la ciudad de Kush, al norte de Sudán, sufría la ocupación egipcia para explotar sus enormes reservas de oro. Kush aprovechó la invasión de Egipto por los hicsos (s. –XVII) para echar a los egipcios, pero volvió a ser ocupada cuando los hicsos fueron expulsados a su vez del Nilo: Egipto pasó de una guerra de liberación nacional victoriosa (mitad s. –XVI) a una guerra de opresión imperialista contra Nubia y Kush para oprimirla de nuevo, porque su oro y su fuerza de trabajo, sus mujeres esclavizadas, le eran imprescindibles para su expansión imperialista hacia el norte y para mantener el orden interno. Pero Nubia siempre siguió resistiendo de un modo u otro. La extrema crueldad de Asiria, por ejemplo contra la ciudad sublevada de Laquis (-701), no le aseguró su continuidad sino que, al contrario, provocó la unión de los pueblos oprimidos que destrozaron Nínive (-612) hasta sus cimientos.

Lucha de clases, patriarcado, guerras, deportaciones, censuras, interpolaciones apócrifas…, hacen de la Biblia (s. –VIII a –VI) uno de los libros más falsos que existen. Por tanto, hay que ser cautos sobre los mitos y leyendas de los «truenos en el Cielo» para derrotar a las diosas, y luego entre la casta de dioses con la victoria de Jehová, y la condena al infierno del Ángel Caído, el «primer rebelde»; Lilith, que desobedeció a Jehová, abandonó al sumiso Adán y cohabitó con los libres diablos; la creación de Eva como sustituta tonta de Lilith, y el castigo inhumano por comer la manzana prohibida del conocimiento, etc. Pero cuando el río suena…

Desde 1835 la crítica rigurosa de la vida de Jesús por F. Strauss, que ya había empezado en el siglo XVIII, se fue extendiendo a las grandes religiones, lo que unido a los conocimientos que se obtenían con las invasiones colonialistas, producía una creciente masa de datos sobre nuevos contenidos de la lucha de clases. No sabemos si Marx hubiera respondido en 1865 dando el nombre de otro héroe o heroína más antiguo que Espartaco si hubiese tenido acceso al conocimiento histórico actual. Sí sabemos que él y sobre todo Engels estudiaron a fondo las contradicciones sociales en el cristianismo y su reflejo distorsionado por la burocracia divina y su verborrea teológica.

En 1905 un grupo de estudiantes chinos en Tokio debatían sobre las relaciones entre el socialismo y las utopías chinas que se remontan, como mínimo, a Lao Tse (¿s. –VI?) y al taoísmo, corriente filosófica que alimentará anhelos sociales expresados en conceptos como taiping o «gran armonía», pingjun o «igualación», juntian o «campos iguales», que serán readaptados por Confucio (-551 a -478) y su era de la «gran concordia». Mencio (-370 a -289) propuso algo parecido a un comunismo agrario, junto a otros filósofos y al movimiento campesino igualitarista: propiedad comunal o jingtian, que influyó en la profunda tradición campesina de un mundo igualitario que tendría que llegar. La raigambre de masas de esta utopía roja facilitó que los primeros marxistas chinos vieran en el jingtian una prueba ideológica de la supervivencia en la cultura popular del antiguo comunismo primitivo, y la utilizaran como argumento en los debates sobre el modo de producción asiático en la década de 1930, e incluso después.

Las utopías sociales chinas justificaban duras rebeliones campesinas cada vez más apoyadas por el proletariado urbano, también reforzadas por otras utopías exteriores, como la de la venida del Maitreya, el segundo Buda (muerto alrededor de -420) que restablecerá la bondad. La corriente de la «Pequeña Vía» budista, o Hinayana tenía una base utópica igualitarista. Pero una vez que conquistaban mucho o todo el poder, se enfrentaban entre ellas muchas veces con extrema dureza. Sucedió lo mismo en Grecia en donde desde el final del siglo –VIII Hesíodo escrituró las tradiciones orales sobre la «edad de oro», iniciando la larga historia escrita de utopías, luchas, reformas y contrarreformas como la propuesta en la utopía reaccionaria de Platón (-427 a -347), tradiciones que continuaron en Roma y con Espartaco. En estos siglos, Palestina y pueblos circundantes sufrieron opresiones sociales y religiosas de los poderosos reinos mesopotámicos y luego de Grecia, de modo que el judeo-cristianismo fue una creación sincrética que recogió también tradiciones de resistencia popular, adaptadas por los llamados Profetas mayores como Isaías en el s. –VIII, y menores como Amós también en ese siglo, por ejemplo. Surgió así una corriente igualitarista que siempre ha resistido las represiones de la burocracia, que le asestó un duro golpe en el concilio de Nicea de +325. La solidaridad interna del primer islam en +622 le dotó de un igualitarismo comunitario inicial superior al primer cristianismo.

En Nuestramérica, en el África subsahariana y en grandes zonas de Asia, coexistían comunidades comunales ágrafas con imperios tributarios en los que la propiedad era estatal, lo que hacía que sus resistencias a las invasiones coloniales se organizaran frecuentemente alrededor de la defensa de esas propiedades comunales y sus culturas colectivas. Las hermanas Trung dirigieron la sublevación vietnamita en los años 40 a 43 contra la ocupación china. En 1254 los mongoles esclavizaron a 200.000 coreanas y coreanos, asesinando al doble de ellos, pero aun así no lograron destruir su resistencia nacional. En Venezuela, la nación caribe resistió al español desde su llegada, y en 1553 el Negro Miguel dirigió la primera sublevación de esclavos, a la que se sumaron indios originarios. En Brasil el quilombo Palmares (1580-1710) defendido por 20.000 personas libres. De 1603 a 1863 hubo en Japón más de 1.100 revueltas campesinas. Desde el siglo XVIII los zulús de Sudáfrica comerciaban con Portugal, pero exigencias británicas les obligaron centralizarse y armarse, yendo a la guerra desesperada desde 1879. Los maoríes de Nueva Zelanda tuvieron menos tiempo para prepararse: el territorio fue declarado colonia británica en 1840 y la primera guerra de resistencia nacional estalló en 1843.

El igualitarismo perduró en las herejías medievales europeas y en las revueltas y rebeliones campesinas sobre todo entre los siglos XIII y XVI, siglo en el que Tomás Moro marcó el cambio de época al escribir Utopía publicado en 1515; murió decapitado en 1535. Por entonces aumentaban las intentonas revolucionarias burguesas aplastadas o abortadas, iniciándose una espiral ascendente conforme el modo de producción capitalista aplastaba al mundo. En su fase inicial, el utopismo moderno se alimentó también de las descripciones que hacían los colonialistas europeos de las formas comunales de vida de los pueblos aún libres de la propiedad privada, sobre todo en Nuestramérica, y su momento de gloria llegó con las dos primeras revoluciones burguesas victoriosas en el siglo XVII, la holandesa y la inglesa; pero para la segunda mitad del siglo XVIII este utopismo estaba ya superado, siendo los textos de Morelly (1717-1780) y de Mably (1709-1785) su último suspiro, cuando triunfan las burguesías norteamericana y francesa.

Y es que el capitalismo avanzaba como un monstruo y las bellas literaturas utópicas ya no servían para nada práctico. Saint-Simón (1760-1825); Owen (1771-1858) que planteó la reivindicación de la jornada laboral de 8 horas en 1817; y Fourier (1772-1837)… son los representantes más notorios del socialismo utópico. Pese a sus diferencias, les unen identidades que se remontan al origen de las primeras utopías en las que un sector muy reducido de pensadores idean un modelo más o menos completo de lo que debe ser la sociedad justa y se lo da, desde su altura, al pueblo ignorante y pasivo. El utopismo siempre ha creído que bastaba con iluminar al pueblo desde arriba para que éste tomase conciencia de inmediato, como si sólo le faltara un aporte externo de verdad y razón para que se le cayera la venda de los ojos. En todo caso, para aumentar la efectividad concienciadora de la minoría ilustrada, es conveniente que el pueble reciba una buena educación desde su infancia y en toda su vida, una educación inmersa en una forma de vida que prefigure el futuro en el presente, y de aquí la importancia de la vida en cooperativas, falansterios, colonias de iluminados, etc., que actúan como focos en la oscuridad. Pero estas islas de socorro en la tempestad de la existencia no se basan en una estrategia de conjunto y en una teoría surgida de las contradicciones del sistema que se denuncia, sino que son respuestas aisladas entre ellas, individualizadas y frecuentemente relacionadas con estructuras del poder, al que no consideran como un enemigo de clase sino como una parte equivocada de la sociedad a la que también hay que convencer y reeducar con el diálogo.

El utopismo adelantó métodos y objetivos integrados luego en el comunismo marxista, del mismo modo que la crítica de Marx y Engels del capitalismo también subsumió no sólo aciertos de Smith y Ricardo, sino también de ricardianos de izquierda del socialismo utópico inglés, etc. Hizo falta un desarrollo cualitativo para facilitar la subsunción de valores utópicos en el movimiento revolucionario desde la década de 1840. Este salto venía ya anunciado y hasta exigido por las tesis de Bebeuf (1760-1798) y su igualitarismo radical que sentaba las bases del comunismo utópico aunque todavía no distinguía del todo el antagonismo entre el proletariado y la burguesía. Cabet (1788-1856) dio un paso más al ser el primero en emplear el término de «comunismo», planteando la necesidad de acabar con la propiedad privada y el dinero en base a una economía planificada por el Estado, pero desde una versión de izquierdas de las tesis Fourier, quien desconfiaba totalmente de las promesas burguesas e insistía en la independencia política del proletariado, lo que no negaba pactos puntuales con la pequeña burguesía democrática.

Pero el avance definitivo que facilitaría la posterior fusión con el marxismo se inició con la brillante praxis de Flora Tristán (1803-1844) obrera feminista revolucionaria que dotó de contenido de clase a las teorías de libertad sexual de Fourier, con un determinante impacto en Jenny, Marx, Engels y tantas personas más del momento, con su radical crítica al patriarcado obrero al demostrar que las mujeres eras las proletarias de los proletarios, con esfuerzos por dar la misma educación libre a hombres y mujeres. Blanqui (1805-1881) avanzó más: su opción absoluta por la independencia política de la clase obrera le llevó a defender la necesidad de que el proletariado tomara el poder político y destruyera al Estado burgués. Para eso era necesaria una organización revolucionaria propia, capaz de resistir a la represión.

Sin embargo, Blanqui descuidó la crítica teórica del capitalismo y la decisiva autoorganización independiente del pueblo trabajador, manteniendo la creencia utopista de que la salvación vendrá del heroísmo de una minoría selecta. Este vacío lo llenó Weitling (1808-1871) al volcarse en la clase proletaria, en su autoorganización, explicándole que tenía que organizarse ella misma para la dura lucha violenta que debería asumir para vencer a la violencia más inhumana del capitalismo. Su comunismo utópico le hacía comprender lo decisivo que es el poder político, pero su base utópica le impedía llegar a la raíz de las contradicciones del capitalismo. En Gran Bretaña, el cartismo radical era la forma política del proletariado concienciado, en el interior del cual también se avanzó en la crítica del capitalismo de la época y de su poder, pero con todas las limitaciones de Babeuf, ideología asumida por Bronterre O’Brien (1805-1864): la incomprensión del antagonismo de clase hundió al cartismo en el agujero negro de la democracia abstracta, mentira que oculta la dictadura de clase del capital.

Una síntesis rápida de lo visto indica que existen desde el siglo –XXVII al menos cuatro constantes que se reiteran en lo esencial hasta ahora variando en sus formas según los cambios de y en los sucesivos modos de producción: las luchas contra la opresión de la mujer; por la defensa de lo comunal; por la libertad de los pueblos; y contra el trabajo esclavizado, explotado y asalariado. El comunismo marxista se formó integrándolas en una totalidad de praxis en la que el objetivo histórico es acabar precisamente con todo resto no solo material y económico sino también ideológico, psicológico…, porque todas ellas son luchas contra diversas formas de propiedad privada, económica, sexual, lingüístico-cultural, natural, etc., Es esa capacidad de relacionar cualquier opresión y explotación, cualquier injusticia, con la propiedad privada capitalista, lo que hace del marxismo la matriz teórica insustituible y necesaria para cualquier praxis por la libertad.

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III.- DE 1848 A 1871

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Hacemos la entrega III de la serie de XII escrita para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran. Como dijimos, en esta entrega analizaremos el período que va de 1848 a 1871. Avisamos que en la IV trataremos del período que va de la Comuna de 1871 hasta la Segunda Internacional de 1889. En estas dos –III y IV—la exposición del meollo teórico será sucinta porque en la VI expondremos el marxismo en su primera generación más en detalle.
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La entrega II exponía los límites del comunismo utópico y la tesis de que el marxismo se constituyó como la matriz teórica de todas las luchas sociales, por muy diferentes que parezcan ser. Tal matriz no se formó instantáneamente, sino que requirió un largo proceso colectivo e individual. Desde mediados del siglo XVIII se forman en Inglaterra las primeras uniones obreras defensivas, sin contenido político de ataque al Estado y menos a la propiedad privada. Entre 1790-91 surgen estas uniones en París; desde 1792 aparecen en Filadelfia, Nueva York, Baltimore…y luego se extienden por donde avanza la industrialización.

Que se sepa, la primera organización clandestina proletaria creada para destruir el poder burgués, se fundó en Glasgow, Escocia, en 1819, dirigiendo la primera huelga política general del mundo en abril de 1820. En 1830 se creó en Lyon una caja de resistencia proletaria, y en 1831 estalló allí la gran huelga de los tejedores que desbordaba la política burguesa y avanzaba hacia la proletaria: así lo entendió la Cámara de Diputados en 1832, reconociendo que lo más peligroso de la huelga era que no se había regido por la política burguesa. Con altibajos, el mismo avance se vivía en el los principales Estados capitalistas: la formación de clubs, ligas y grupos de comunistas utópicos frecuentemente secretos. Entre otras muchas, la huelga general de París de septiembre de 1840, traslucía ya la eficacia del avance político organizativo.

Este contexto de lucha que rozaba ya la estrategia política determinó la evolución primero de Engels y después de Marx entre 1842 y 1845. Pese a su juventud, Engels estudió el capitalismo y abrió la senda por la que luego arrollaría Marx que si bien no tenía la formación económica de su amigo, sí había integrado en su método las tesis de Hegel de 1802 sobre la importancia del trabajo en la historia humana, lo que le permitió ponerse a la altura de Engels en poco tiempo. Para finales de 1843 y comienzos de 1844, Engels ya había descubierto que los desiguales ritmos de Alemania con su filosofía dialéctica, de Francia con su teoría política y de Inglaterra con su teoría económica, eran tres expresiones particulares del capitalismo que entonces sólo ocupaba una pequeña parte de la tierra, pero era imparable.

En el París de 1844 Marx milita en el vórtice del huracán social, entre la huelga general de 1840 y la revolución de 1848, entre las ligas secretas y los debates interminables con las corrientes utópicas. Allí escribe los Manuscritos de París en los que inserta la crítica de la alienación en la crítica superior de la economía política capitalista, que demuestra conocer muy bien gracias a sus estudios de los fundamentales teóricos burgueses. La alienación es un concepto clave que no desaparecerá nunca en la obra de Marx y que dará un salto en calidad crítica con la teoría del fetichismo en El Capital.

En 1845 él y Engels debaten en Londres con la izquierda cartista que se encuentra entre la derrota del pasado y una gran reactivación de la lucha de clases, y en ese clima Engels escribe La situación de la clase obrera en Inglaterra, obra no superada aún por la sociología burguesa. Ese mismo año, ambos amigos redactan La ideología alemana, un adelanto brillante para la época del materialismo histórico; y Marx las vitales Tesis sobre Feuerbach que definen la praxis comunista. Sus esfuerzos por crear un grupo comunista internacional que impulse la conciencia política, en el proletariado chocan de frente con las ideas anarquistas y de parte de comunistas utópicos –Bakunin, Weitling…- que sostienen que no hace falta la militancia paciente y pedagógica entre la clase obrera porque ésta, dicen, ya es radical por la simple dureza de su vida explotada. Surge aquí un debate estratégico entre el marxismo y los reformismos, expontaneísmo y utopismos, que reaparecerá una y mil veces en la lucha de clases.

En 1846 esta discusión adquiría toda su importancia porque se oteaban temporales sociales: por ejemplo, en ese mismo año estalla la insurrección en Cracovia; y en Inglaterra se conquista la jornada laboral de 10 horas en 1847, lo que azuza otras movilizaciones en el continente europeo y en los EE.UU. A la vez, aumentan las reivindicaciones nacionales que minan el poder de Estados claves, como Gran Bretaña, Austria-Hungría, Rusia, Alemania, Turquía…, mientras que otros están en decadencia imparable como el Estado español; y el feminismo obrero impulsado por Flora Tristán pese a morir en 1844, penetra poco a poco que la clase obrera, en las utopías socialistas, anarquistas y comunistas, y en lo que más adelante se denominará «marxismo» entre otras cosas gracias a la sistemática tarea de Jenny von Westphalen, Mary Burns y otras tantas revolucionarias que adquiriendo merecida influencia.

Marx y Engels redoblan sus esfuerzos escribiendo el primero de ellos dos textos de combate político urgente y también de profundización teórica en el debate con los utopistas: La miseria de la filosofía en el que hunde al reformismo anarquista, y Trabajo asalariado y capital, destinado a armar teóricamente al proletariado. La decisiva teoría de la plusvalía aún no está desarrollada en estos textos, pero su impacto esclarecedor es innegable. Engels por su parte escribe Principios del Comunismo. Fue durante ese esfuerzo impresionante que en verano de 1847 se reunieron un pequeñito grupo de comunistas en Londres, al que acudió sólo Engels, que redacta un documento de trascendencia histórica porque afirma que la Liga de los comunistas busca destruir el poder burgués, acabar con la propiedad privada y avanzar a una sociedad sin clases sociales. La siguiente reunión fue en noviembre de ese año. Marx explicó con paciencia sus ideas que fueron aceptadas, tomándose la decisión de escribir un Manifiesto.

En enero de 1848, mientras estallaba la insurrección en Nápoles y Sicilia, ambos amigos, con la decisiva ayuda de Jenny, entregaban el Manifiesto Comunista, obra magistral pese a que sus autores todavía no habían desarrollado del todo la crítica radical del capitalismo, esfuerzo que daría sus frutos dos décadas después. El Manifiesto es un paso cualitativo de valor permanente en problemas vitales: la expansión mundial del capitalismo y su dialéctica del desarrollo desde una visión crítica y no mecánica; la lucha de clases como un proceso abierto y no automático; el primer esbozo de la composición orgánica del capital y de la teoría de la crisis; la dialéctica de lo nacional e internacional; la emancipación radical de la mujer; la crítica del reformismo; el papel del Estado burgués; la necesidad de la organización y de la toma del poder; el programa mínimo y el programa máximo….

Pero no dio tiempo a que el proletariado debatiera el Manifiesto para que las aplicara si las aceptase: no es la primera vez ni será la última en la que los pueblos se lanzan a la lucha antes de que la izquierda esté preparara, y casi nunca es un error de precipitación popular, sino casi siempre es incapacidad de la izquierda. En febrero de 1848 estalló la revolución en Francia, en marzo en Alemania, ardiendo como la pólvora por Europa. Marx fue rápidamente a Viena para preparar a las milicias obreras y gastó la herencia familiar en comprar armas. Engels mejoró su estrategia militar en las batallas en Alemania. La oleada revolucionaria fue ahogada en sangre en 1849, precisamente cuando se iniciaba una recuperación de la economía capitalista.

Los dos amigos hicieron un riguroso análisis autocrítico de la derrota. En La lucha de clases en Francia, de enero de 1850 Marx utilizó por primera vez el concepto de «dictadura del proletariado» como única garantía para vencer al capital. En la Circular del Comité Central a la Liga Comunista de marzo de ese año, uno de los textos más odiados por la burguesía, se argumentó la necesidad del proletariado en armas, la independencia política, la desconfianza absoluta hacia la burguesía «democrática», etc., defendiendo la teoría de la revolución permanente. Inquietudes similares latían en La guerra campesina en Alemania de verano de 1850, en Revolución y contrarrevolución en Alemania de 1851-52, y en El dieciocho Brumario de Luís Bonaparte de comienzos de 1852, en donde aparece el decisivo concepto de «nación trabajadora» enfrentada en el mismo país a la nación burguesa dominante: dos modelos inconciliables de nación que corresponden a los dos bloques clasistas antagónicos, el proletariado y el burgués, que se enfrentaban a diario en las calles: entre 1853 y 1855 se realizaron 345 juicios contra huelguistas solamente en el Estado francés. Pura dialéctica de unidad y lucha de contrarios.

En todos los países, una dictadura burguesa de facto, más o menos disimulada, impedía con represiones que se desarrollara el modelo proletario de nación. Como hemos dicho, la economía empezó a recuperarse en 1849. En la pobreza más dura azotando a la familia Marx, éste y Engels –vigilados por las policías– creyeron que pronto volvería la crisis, pero esta se retrasó hasta 1857 aunque su impacto reactivó las contradicciones dormidas y creó otras nuevas. Ya en 1851 Marx tuvo que responder a los compañeros que reducían la importancia de la teoría crítica del capitalismo que él y Engels planteaban como una necesidad. En 1864 se quejaba de la pobreza intelectual de los dos delegados ingleses en la I Internacional. Todavía en mayo de 1868, nueve meses después de publicarse el Libro I de El Capital, los dos amigos comentaban en su correspondencia casi diaria el desdén por la teoría de muchos dirigentes de la izquierda revolucionaria.

Mientras tanto en 1853 estalló la guerra de Crimea obligándoles a analizar los problemas internacionales más en detalle, y en 1857 se produjo la sublevación de la India y la inhumana represión inglesa, lo que unido a la tenaz resistencia argelina a las masacres francesas y a la lucha irlandesa, polaca y otras les llevó a profundizar en la opresión nacional. En 1857 Marx redactó los Grundrisse, un denso borrador imprescindible para entender plenamente El Capital, pero no quedó contento y continuó sus estudios para, en 1859, publicar Una contribución a la crítica de la economía política: poco a poco desarrollaba el contenido y la forma de lo que sería El Capital como se aprecia en los Teorías sobre la plusvalía, de 1862, y en los Manuscritos de 1861-1863, que contienen un poco de todo y más, pero con una visión nueva.

La policía alemana conocía la creciente influencia de Marx y lanzó una campaña de desprestigio contra él acusándole de todo, y contra la izquierda en su conjunto, para reforzar a un reformismo democraticista muy tocado. La respuesta de Marx fue Herr Vogt, texto de 1860, que insufló nuevos bríos al movimiento revolucionario en un momento en el que, por un lado, se cocía en su interior una corriente reformista más peligrosa que la defendida por Vogt: la de Lassalle que anunciaba retrocesos que Bernstein explicaría tres décadas más tarde; por otro lado, crecía la relación entre obreros europeos, sobre todo franceses e ingleses, abriendo la vía para la I Internacional de 1864 e ilegalizada en muchos países; y por último, la emancipación de la esclavitud reforzaba el internacionalismo proletario y exigía profundizar más en la visión mundial del capitalismo y por tanto de la lucha de clases porque aquella guerra, además de plantear lo esencial de la libertad, también afectó negativamente a las condiciones de las clases trabajadoras de Europa.

Aun así, pese a quedar al descubierto la maniobra de intoxicación, la policía alemana infiltraba desde 1863 pacifistas en la dirección del incipiente socialismo, para combatir la influencia creciente del pequeño grupo que seguía a Marx y Engels, pero fracasando. En efecto, además de los escritos sobre la guerra civil en los EEUU, en esos años Marx y Engels militaron intensamente en la organización de la I Internacional, en la lucha sindical, en la lucha contra las opresiones nacionales, etc., buscado cómo divulgar el comunismo: su Manifiesto Inaugural, redactado por Marx en septiembre de 1864, es brillante. A le vez, no descuidó su crítica de la economía política burguesa como se aprecia en Salario, precio y ganancia de 1865. Se ha dicho con razón que llevaba ya tres intentos de redactar la obra «definitiva», logro que estaba a punto de culminar cuando en 1866 Prusia aplastó a Austria, y en 1867 se extremaron las tensiones franco-prusianas. Por fin en septiembre de este año aparece el Libro I de El Capital pero tampoco será «definitivo». Inmediatamente, un Marx muy agradecido le reconoce a Engels sus importantes aportaciones a la obra que, en sí, es un torpedo bajo la línea de flotación del capitalismo.

La militancia comunista no descansaba porque entre 1866 y 1870 se endurecieron las múltiples expresiones de la lucha de clases. El reformismo organizó en Ginebra en 1867 el primer congreso de la Liga por la Paz y la Libertad, denunciada por Marx que pedía su boicot. En 1868 se reactivaron las disputas entre los anarquistas y el grupo de la I Internacional ya denominado «marxista» lo que no frenó su crecimiento: para comienzos de 1870 actuaba en diez Estados aunque de forma semilegal e ilegal en varios de ellos, y la represión le retrasaba entrar en otros. Si en 1819 se fundó en Glasgow la primera organización política obrera clandestina, en 1869 en Alemania se creó el primer partido con un marxismo muy limitado aún, pero que amenazaba cada vez más a la burguesía porque, entre otras luchas, también dirigía el poderoso rechazo a la guerra contra Francia.

La guerra empezó el 19 de julio de 1870. París, Berlín y otras muchas ciudades vivieron movilizaciones de protesta. Liebknecht y Bebel se abstuvieron de votar el presupuesto militar alemán el 21 de julio de 1870, El primer Mensaje contra la guerra de la I Internacional fue del 23 de julio, redactado por Marx, se tradujo a las lenguas más conocidas y rápidamente llegó a los EE.UU. La derrota francesa fue fulminante y Napoleón III se rindió el 2 de septiembre, pero la guerra continuó. La crisis política pre-revolucionaria estalló en París el día 4, derrocando al Imperio e instaurando la Tercera República. El segundo Mensaje fue del 9 de ese mes y era tan duro contra Alemania que Liebknecht, Bebel y otras personas fueron encarceladas hasta marzo de 1871; también llamaba a los obreros ingleses a que apoyasen a Francia, generando una movilización social nunca vista.

El ejército alemán cercó París el 20 de septiembre, exigiendo una rendición casi incondicional que el nuevo gobierno rechazó. Pero el régimen burgués estaba tan podrido que ni pudo ni quiso organizar la resistencia desesperada al invasor y tras fracasar en los pocos intentos que hizo, se postro ante Alemania el 29 de enero de 1871. Mientras, el hambre, el desprecio a la burguesía vendida y el odio al invasor alimentaron la ira popular, campesina y obrera, y el 18 de marzo de 1871 se creó la Comuna de París en la que las mujeres serían fundamentales. Los y las seguidoras de Marx y Engels, eran minoritarias entre el pueblo trabajador, pero tenían la razón…

Marx-Joven

IV. 1871 – 1889

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Hacemos la entrega IV de la serie de XII escrita para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran. Como dijimos, en esta entrega analizaremos el período que va de 1871, con las lecciones de la Comuna, hasta la fundación de la II Internacional en 1889. En la V trataremos las constantes del reformismo, surgidas en lo básico en esta épica y que se mantienen en lo esencial hasta ahora. En esta IV entrega la exposición del meollo teórico será sucinta porque en la VI expondremos el marxismo en su primera generación más en detalle.

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Una idea constante de esta serie es que el marxismo es la raíz troncal y la matriz teórica que demuestra que todas las resistencias, luchas y emancipaciones se identifican en lo más profundo de ellas, conectándolas objetivamente, por el antagonismo irreconciliable entre el capital y el trabajo. Lo volveremos a ver en la Comuna de París de 1871, que tuvo un impacto cualitativo en el desarrollo del marxismo y de las corrientes socialistas, en todos los sentidos.

El pueblo trabajador parisino se insurreccionó el 18 de marzo de 1871. Como vimos en la III parte, la burguesía, impotente para dirigir el país, se había rendido al invasor el 29 de enero de ese año, pero la clase obrera se estaba organizando con mucha antelación: el 9 de agosto de 1870 una gran manifestación convocada por la I Internacional había exigido la república y armas para el pueblo lo que causó pánico en la burguesía pro republicana que retrocedió; la manifestación fue disuelta a tiros y el gobierno implantó el estado de sitio y la total censura de prensa. Un embrión de doble poder surgió cuando el 5 de septiembre se crearon los Comités de Vigilancia Republicana. Ese 9 de septiembre, sintetizando las lecciones de la historia para ayudar al proletariado francés, el segundo Manifiesto de la I Internacional redactado por Marx volvía a advertir que:

«Ocurre con las naciones lo mismo que con los individuos. Para privarles del poder de atacar, hay que quitarles todos los medios de defenderse. No basta echar las manos al cuello; hay que asesinar».

La AIT recomendaba de nuevo al pueblo obrero que no aceptara el monopolio burgués de la violencia, que se armase para no ser asesinado.

El 15 de septiembre, un cartel pegado en un muro exponía una especie de programa de la izquierda: se exigía la defensa de la patria republicana, elegir a todos los cargos, supresión de la policía sustituida por la Guardia Nacional, pueblo en armas, y requisa de viviendas y víveres para ayudar al proletariado. La Guardia Nacional empezó a dividirse entre batallones obreros y batallones burgueses, apoyados por la burocracia del gobierno. El 18 de septiembre el ejército alemán cercaba París. La pasividad del gobierno y la rendición de la vital fortaleza de Metz el 27 de octubre fueron respondidas con la insurrección popular del 31 de octubre que volvió a ser aplastada, deteniendo a dirigentes de la izquierda mientras que otros se ocultaban. A la vez, ciudades como Lyon, Marsella y otras menores se sumaban a la lucha, pero, a diferencia de París en donde la clase trabajadora ya empezaba a tener el embrión de un programa independiente de la burguesía republicana, en estas ciudades el proletariado organizado era más débil aún y más fuerte el radicalismo pequeño burgués. Lógicamente, cuando las fuerzas reaccionarias contraatacaron, los radicales pequeño burgueses volvieron a echarse para atrás; y por si fuera poco, la consigna de varios anarquismos de no «meterse en política» sino sólo en la acción social, coadyuvó a la desorientación del proletariado y a la victoria burguesa.

París quedaba así sola, doblemente aislada: cercada por el ejército alemán y sin aliados exteriores. Viendo el panorama, la clase dominante francesa empezó a preparar la contrarrevolución, y el pueblo trabajador enriquecía su programa: a finales de noviembre el Consejo Federal propuso defender la república, depurar a los bonapartistas, crear una industria de armas en manos del pueblo, racionamiento, requisar combustible y víveres, reprimir a los capituladores y traidores, elecciones al Consejo Municipal, suprimir la Prefectura policial, separar la Iglesia del Estado, relevo de funcionarios, crear una Federación de Comunas, devolver la tierra a los campesinos, las minas a los mineros, las fábricas a los obreros, y caminar hacia un República Democrática y Social Mundial. El antagonismo de clase se agudizaba por momentos, a comienzos de enero de 1871 y en previsión de golpes represivos de la burguesía se creó un comité secreto de dirección con cinco miembros, y se empezó a divulgar la consigna de destitución del gobierno burgués.

La respuesta del gobierno fue lanzar un ataque contra el cerco alemán planificado de tal modo que los batallones obreros de la Guardia Nacional fueran destrozados, quedando indemnes los burgueses, como así sucedió. Descubierta la trampa, la ira popular estalló en la tercera insurrección, la del 22 de enero de 1871, que también fue ametrallada ante la pasividad de los republicanos burgueses. El 28 de enero se rindió la Francia del capital, pero no la del trabajo: la unidad y lucha de contrarios partía por la mitad la nación burguesa acelerando su choque a muerte con la nación proletaria, con la Comuna que, en palabras de Marx:

«era, pues, la verdadera representación de todos los elementos sanos de la sociedad francesa, y, por consiguiente, el auténtico Gobierno nacional. Pero, al mismo tiempo, como Gobierno obrero y como campeón intrépido de la emancipación del trabajo, era un Gobierno internacional en el pleno sentido de la palabra. Ante los ojos del ejército prusiano, que había anexionado a Alemania dos provincias francesas, la Comuna anexionó a Francia los obreros del mundo entero».

Mientras empeoraban las condiciones de vida y la Francia del capital preparaba con el capital alemán el ataque definitivo a París, terminaba de romperse en dos uno de pilares del orden basado en la propiedad privada: su monopolio de la violencia. El 23 de febrero de 1871 comenzó el debate, entre otros temas, sobre la política de la Guardia Nacional, sobre cómo elegir y obedecer a los mandos, sobre si entregar o no las armas al poder todavía burgués, debate que se vivía dentro de la autoorganización del pueblo trabajador, que dio un salto cualitativo el 6 de marzo con la creación de un mando proletario único. Faltaban doce días para la revolución, pero la burguesía también se organizaba rápidamente porque sabía que, según palabras de Marx:

«París armado era el único obstáculo serio que se alzaba en el camino de la conspiración contrarrevolucionaria. Por eso había que desarmar París».

Las mujeres comuneras dieron la voz de alarma en la madrugada del 18 de marzo de que el capital quería apropiarse de los cañones del pueblo: ellas fueron las primeras en practicar la violencia defensiva y ejercitar el derecho a las armas, prendiendo la mecha de la revolución, luego darían la vida en las barricadas decisivas cuando los hombres flaqueaban.

Pero la respuesta reaccionaria no fue sólo la de la Francia del capital, sino también la del capital como relación de explotación mundial del trabajo porque la dialéctica de la unidad y lucha de contrarios se había agudizado tanto que, según afirmó Marx sobre la Comuna:

«La dominación de clase ya no se puede disfrazar bajo el uniforme nacional; todos los gobiernos nacionales son uno solo contra el proletariado».

¿Por qué un solo gobierno internacional del capital contra el Gobierno internacional del proletariado, que era la Comuna? La respuesta es, de nuevo según Marx:

«La Comuna estaba formada por los consejeros municipales elegidos por sufragio universal en los diversos distritos de la ciudad. Eran responsables y revocables en todo momento. Lo mismo se hizo con los funcionarios de las demás ramas de la administración. Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos los que desempeñaban cargos públicos debían desempeñarlos con salarios de los obreros. […] Una vez suprimido el ejército permanente y la policía, que eran los elementos del poder material del antiguo Gobierno, la Comuna tomó medidas inmediatamente para destruir la fuerza espiritual de la represión, el “poder de los curas”, decretando la separación de la Iglesia del Estado y la expropiación de las iglesias como corporaciones poseedoras. […] Los funcionarios judiciales perdieron aquella fingida independencia que sólo había servido para disfrazar su abyecta sumisión a los sucesivos gobiernos, ante los cuales iban prestando y violando, sucesivamente, el juramento de fidelidad. Igual que los demás funcionarios públicos, los magistrados y los jueces habían de ser funcionarios electivos, responsables y revocables. […] En vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante han de representar y aplastar al pueblo en el parlamento, el sufragio universal habría de servir al pueblo organizado en comunas, como el sufragio universal sirve a los patronos que buscan obreros y administradores para sus negocios. […] La Comuna convirtió en una realidad ese tópico de todas las revoluciones burguesas, que es “un Gobierno barato”, al destruir las dos grandes fuentes de gastos: el ejército permanente y la burocracia del Estado»

Por estas razones el Gobierno internacional del capital tenía que asesinar al Gobierno internacional del trabajo, la Comuna, con la mayor brutalidad posible, y así lo hizo aprovechando, además de su absoluta superioridad represiva material y espiritual, también sus debilidades internas. El marxismo es, antes que nada, la teoría de la crisis en su sentido total, o sea la teoría de la revolución comunista. Es por esto que la crítica del capitalismo y la autocrítica de la revolución están dialécticamente relacionadas: Marx y Engels aplaudieron la Comuna pero mostraron las debilidades e incoherencias que le frenaron a la hora de ser lo suficientemente radical. Todavía en 1891, Engels recordaba que:

«Lo más difícil de comprender es indudablemente el santo temor con que aquellos hombres se detuvieron respetuosamente en los umbrales del Banco de Francia. Fue éste además un error político muy grave».

¿Qué había sucedido desde 1871 para que en 1891 Engels viera la necesidad de recordar los errores de la Comuna? Veámoslo rápidamente: el desarrollo del marxismo vivió un enorme salto teórico gracias a las lecciones de la Comuna. En 1875 Engels reconoció que él y Marx se habían equivocado al utilizar el término Estado porque el de Comuna era el adecuado a su concepción revolucionaria. Marx seguía avanzando en diversos estudios y en 1875 escribió Crítica del programa de Gotha, criticando a la corriente de Lasalle en puntos centrales de la teoría revolucionaria, mientras que mantenían una correspondencia ingente con la AIT, auto disuelta en 1876, con las fuerzas políticos-sindicales y con infinidad de personas, además de entre ellos mismos.

La salud de Marx empeoró hasta que en 1878 se le aconsejó abandonar todo trabajo, muriendo en marzo de1883, no sin antes dejar desparramados montones de borradores de ilegible letra sobre muchos temas, muchos de ellos aún sin publicar, de entre los que queremos resaltar dos problemáticas cruciales, ambas de 1881: una, la cuestión del potencial revolucionario de la comuna campesina rusa, de su inserción en la lucha de clases proletaria, de si con ello es posible «dar saltos en la historia» ahorrándose los pueblos sufrimientos atroces llegando así antes al socialismo, es decir, la impresionante carga emancipadora de su correspondencia con Vera Zasúlich de marzo de 1881; y otra, la permanente adecuación de la teoría de la violencia a las exigencias del momento, por ejemplo en la respuesta a Domela Nieuwenhuy del 22 de febrero de 1881:

«Un gobierno socialista no puede ponerse a la cabeza de un país si no existen las condiciones necesarias para que pueda tomar inmediatamente las medidas acertadas y asustar a la burguesía lo bastante para conquistar las primeras condiciones de una victoria consecuente».

Este esfuerzo último de Marx era simultáneo al de Engels, sobre todo centrado en tres grandes objetivos: descifrar y publicar los borradores sobre El Capital, intervenir en la lucha de clases sometida a toda serie de represiones directas o indirectas –por ejemplo, la socialdemocracia alemana estuvo ilegalizada entre 1878 y 1900, por citar un solo caso–, impulsado la fundación de la II Internacional en 1889, etc.; y corregir el interpretación economicista del marxismo que él y Marx habían tenido que dar en algunos textos llevados por las urgencias del momento, como él afirmó autocríticamente en la carta a José Bloch del 21-22 de septiembre de 1890, recuperando y desarrollando la concepción dialéctica y materialista de la historia.

Fue en este contexto cuando en 1891 volvió a recordar las glorias y errores de la Comuna de dos décadas antes: como veremos en la V entrega dedicada al reformismo, desde la década de 1870 Marx y Engels endurecieron la lucha contra esta peste, sobre todo cuando Bismarck exigió a la socialdemocracia que, si quería volver a la legalidad, renunciara a la revolución y aceptara el pacifismo parlamentarista. Naturalmente, Engels se negó. Pero no nos adelantemos. En 1881, como hemos visto, Marx insistió en que un gobierno socialista ha de asustar a la burguesía para obligarle a aceptar, bajo la presión obrera, las medidas anticapitalistas imprescindibles. Marx recordaba así los errores y debilidades de la Comuna que facilitaron el exterminio en un frenesí de horror y sangre.

Este criterio era una constante desde sus primeros textos, y en el Manifiesto Comunista de 1848 ya estaba teorizado de forma básica, pero la Comuna había añadido lecciones aplastantes que no debían olvidarse nunca porque su trágica debilidad había confirmado lo escrito en el Libro primero de El Capital de 1867: cuando chocan dos derechos iguales pero antagónicos, el del capital y el del trabajo, decide la fuerza. El gobierno socialista ha de asustar a la burguesía, convencerle de que no puede aplicar su fuerza contrarrevolucionaria porque perderá ya que, gracias a las medidas socialistas tomadas, la fuerza proletaria es superior.

En 1891 ya estaba legalizada de nuevo la socialdemocracia alemana, y Engels sabía del ascenso del reformismo en su interior, sobre todo de su obediencia perruna al legalismo. La referencia directa que hace al Banco de Francia no es casual. Todo Banco Central es el «alma» de la nación burguesa, el sancta santorum de la civilización del capital en esa área geo cultural productora de plusvalía y beneficio, y de acumulación ampliada de capital, que viene a ser el secreto de la nación en su forma burguesa. La nacionalización proletaria del Banco Central es un ataque tan devastador a la propiedad privada en su misma raíz que el capital internacional nunca lo aceptará sin lanzar la guerra de exterminio más atroz contra el socialismo. Pero la nacionalización proletaria del Banco Central es una necesidad ineludible para emancipar a la humanidad. ¿Entonces…? Adelantándose a la pregunta, Engels recurre a las lecciones de la Comuna para advertir a la socialdemocracia alemana y a la entera II° Internacional: el santo temor a la propiedad privada significa la condena eterna de la humanidad a la explotación asalariada.

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V. LA SEGUNDA INTERNACIONAL

Carlos-Marx

Hacemos la entrega V de la serie de XII escrita para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran. Como dijimos, en esta entrega analizaremos la II Internacional. Aunque en la VII entrega nos extenderemos con detalle en el reformismo y en sus expresiones actuales múltiples, adelantamos ahora algunas características básicas. Recordamos que la VI entrega estará dedicada al sistema marxista.

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En febrero de 1881, Marx le respondía a Domela Nieuwenhuy, un presbiterano holandés que se hizo ateo y anarquista, que:

«Un gobierno socialista no puede ponerse a la cabeza de un país si no existen las condiciones necesarias para que pueda tomar inmediatamente las medidas acertadas y asustar a la burguesía lo bastante para conquistar las primeras condiciones de una victoria consecuente».

Pues bien, la II Internacional, creada en 8 años después, terminará siendo lo contrario de este consejo de Marx porque se dedicará a tranquilizar a la burguesía.

¿Por qué subrayó lo de asustar a la burguesía? Podía haber priorizado las célebres «condiciones necesarias» u objetivas, según el determinismo; podría haber detallado algunas de las «medidas acertadas» a tomar, como él y Engels venían apuntando desde 1848 con el Manifiesto Comunista, si no antes, según el tacticismo; podría haber detallado las «primeras condiciones de una victoria consecuente», como insiste el economicismo. Pero, subrayó la necesidad de asustar a la burguesía, de intimidarla, o sea, una política de presión de clase…, todo lo contrario de la verborrea democraticista.

La respuesta de Marx insiste en la necesidad de un poder político fuerte, que con sus medidas pro-socialistas asuste a la burguesía. La lucha contra el reformismo aparece claramente en la carta del 28 de diciembre de 1846 a P. V. Annenkov en donde critica la idea prohudoniana de escoger el lado bueno de la libertad y de la esclavitud para hacer una síntesis, rechazando sus lados malos: eso es el reformismo. La dialéctica de unidad y lucha de contrarios irreconciliables desaparece para imponerse la búsqueda permanente de concordia entre opresores y oprimidos:

«Ese pequeño burgués diviniza la contradicción, porque la contradicción constituye el fondo de su ser.».

Saltando unos años por limitaciones de espacio, volvemos encontrar el choque con el reformismo de Lasalle conforme avanza la década de 1850. Lasalle había planteado en 1863 la conveniencia de que los socialistas apoyasen al Estado para conseguir el sufragio universal y ayudas a las cooperativas; de este modo, se avanzaría al socialismo mediante la mayoría electoral y una creciente red de cooperativas que terminase abarcando toda la economía. En lo básico, no era nada original porque muchos socialistas utópicos pedían al Estado y a la banca que apoyasen sus propuestas, sus cooperativas, etc. En 1873 estalló la primera Gran Depresión y uno de sus efectos fue endurecer en 1874 la represión que sufría la izquierda alemana, lo que no impidió que al año siguiente se fusionasen las dos corrientes socialistas. El programa resultante era bastante más lasalleano que marxista lo que llevó a Marx a escribir la Crítica del programa de Gotha. Pero ese programa continuó formando la militancia hasta 1890, a pesar de las críticas marxistas.

La crisis de 1873 forzó a la burguesía a aumentar el papel del Estado y del ejército, a la expansión colonialista, a responder a las formas de lucha de clases en la fase industrial, a fortalecer el poder de la banca, a la vez que los capitales se concentraban y centralizaban, aparecían los monopolios y los trust, se avanzaba hacia el patrón-oro, etc. El reformismo de Lasalle de 1863 saltó en pedazos por la crisis y por la Ley antisocialista de 1878 reforzada en 1881, pero los marxistas seguían siendo una minoría en el partido. Es en ese contexto y año en el que Marx aconseja a Domela Nieuwenhuy que se debe asustar a la burguesía. La realidad empezó a imponerse: Engels le escribe a J. P. Becker el 22 de mayo de 1883, a los dos meses de morir Marx, que la militancia de base desborda con su iniciativa autoorganizada a la mayoría de la dirección, y critica con severidad la «ignorante confusión universitaria» de la mayoría de los dirigentes. No es una crítica nueva: durante toda su vida militante, ambos amigos fueron extremadamente desconfiados con la «podrida basura» intelectual, asalariada de la empresa pública o privada de producción ideológica y amaestramiento de la fuerza de trabajo, que es la industria de la educación, cultura, espectáculo, etc.

El 14 de febrero de 1884 Engels escribe lo siguiente al mismo J. P. Becker:

«La policía le ha abierto a nuestra gente un campo realmente espléndido: la ininterrumpida lucha contra la policía misma. Ésta se realiza siempre y en todas partes con gran éxito. Los policías son derrotados y obligados a buscar desesperadamente una transacción. Y yo creo que esta lucha es la más útil en las actuales circunstancias. Sobre todo, mantiene encendido en nuestros muchachos el odio al enemigo […] En nuestra dirección hay muchos elementos podridos, pero tengo una confianza sin límites en nuestra masa, y la tradición de lucha revolucionaria que le falta, la está adquiriendo aceleradamente con esta pequeña guerra con la policía».

El 19 de julio de 1884 Engels escribe a Kautsky denunciando a los «oportunistas y taimados» intelectuales – «gente que no quiere aprender nada a fondo»- que escribían en el Neue Zeit, el medio oficial del partido, sobre «filantropía, humanitarismo, sentimentalismo y todos los demás vicios antirrevolucionarios» aprovechando la censura y la imposibilidad de la izquierda para responderles. El 18 de noviembre de ese mismo año, escribe a Bebel sobre la exigencia del Estado a los socialistas de que, si «quieren situarse en una base legal (entonces) deben adjurar de la revolución». Le dice que la respuesta del partido no es sólo importante para Alemania sino también para el extranjero. Engels defiende decididamente el derecho a la revolución, afirmando que renegar de ella será catastrófico:

«El derecho a la revolución existió –de lo contrario los gobernantes de ahora no serían legales- pero a partir de ahora no podrá existir más».

Engels hace un repaso de la historia y de los partidos burgueses alemanes, señalando que no fueron perseguidos cuando exigían «anular la constitución imperial» y dice:

«Y esos son los partidos que nos exigen que nosotros, sólo nosotros de entre todos, declaremos que en ninguna circunstancia recurriremos a la fuerza, y que nos someteremos a toda opresión, a todo acto de violencia, no sólo cuando sea legal meramente en la forma –legal según la juzgan nuestros adversarios- sino también cuando sea directamente ilegal. Por cierto, que ningún partido ha renunciado al derecho de la resistencia armada en ciertas circunstancias, sin mentir. Ninguno ha sido capaz de renunciar jamás a este derecho al que se llega en última instancia.»,

Engels sostiene que, si el partido acepta la exigencia burguesa de renegar del derecho a la resistencia armada a cambio de obtener la legalidad, entonces:

«la declaración de ilegalidad puede repetirse diariamente en la forma en que ocurrió una vez. Exigir una declaración incondicional de esta clase de un partido tal, es totalmente absurdo […] Sólo por la resistencia desafiante hemos ganado respeto y nos hemos transformado en una potencia. Sólo el poder es respetado y únicamente mientras seamos un poder seremos respetados por el filisteo. Quien haga concesiones no podrá seguir siendo una potencia y será despreciado por él. La mano de hierro puede hacerse sentir en un guante de terciopelo, pero debe hacerse sentir. El proletariado alemán se ha convertido en un partido poderoso; que sus representantes sean dignos de él».

La estrategia burguesa era la del palo y la zanahoria: en la clandestinidad la izquierda debatía sobre si claudicar o no, y en la calle, en las fábricas, el Estado introdujo en ese 1883-84 reformas sociales sobre enfermedad y accidentes de trabajo, que no democráticas ni políticas, conquistadas con la lucha obrera ofensiva pero que el partido no podía rentabilizar por la represión y porque la verborrea de la casta intelectual iba por otro lado, como denunció Engels. El partido no claudicó y en 1888 el Estado endureció la represión, e inmediatamente, en 1889, concedió los seguros de invalidez y vejez. El siguiente paso en la estrategia del palo y la zanahoria fue el de legalizar al partido en 1890 sin que hubiera renunciado al derecho a la revolución…, pero ocurría que fue en ese año en el que el capitalismo alemán se recuperaba impetuosamente porque había acabado la Gran Depresión iniciada en 1873. Y, por si fuera poco, el bloque reaccionario liderado por Bismarck fue apartado del poder ante la creciente protesta obrera, que siguió arrancando mejoras sociales.

En 1889 se creó la II Internacional, en la que prácticamente la totalidad de su membrecía pensaba que el marxismo era: «una lectura difícil». La solidaridad de la I Internacional había sido arrinconada por la debilidad de las izquierdas reprimidas y por los golpes de la crisis desde 1873. Pese a todo y en un inicio, la II Internacional hizo aportaciones valiosas para el proletariado mundial: declarar el 1 de Mayo día de la clase trabajadora; declarar el 8 de Marzo día de la Mujer Trabajadora; frenar en parte las tendencias colonialistas del reformismo; ayudar a huelgas y luchas, y a coordinar a sindicatos y a partidos… méritos que se fueron apagando. La socialdemocracia alemana era el núcleo de la II Internacional y según ésta pasó de asustar y combatir al capitalismo, a animarlo y defenderlo, la II Internacional se convirtió en un pilar básico del imperialismo.

A pesar de que sufrió pequeñas crisis -1901-02 y 1907- la expansión económica alemana fue tremenda, lo que no impidió la fuerte lucha de clases en 1909 con enfrentamientos violentos con la policía, y la aplastante victoria electoral socialdemócrata de 1912. Pero en 1914 Alemania inició la IGM, la II Internacional estalló en pedazos enfrentados entre sí a muerte, y la mayoría casi absoluta de la socialdemocracia y del proletariado fue con alegría suicida y alienada a asesinarse mutuamente para dar vida a sus burguesías respectivas. Sus restos tuvieron que esperar a 1918 para que reconstituirse, pero ya en el bando del capital. Otro tanto le volvería a suceder en 1945, rediviva de sus cenizas por la necesidad del imperialismo para derrotar al socialismo. ¿Qué había ocurrido?

Tomando a Alemania como paradigma, había sucedido básicamente que el reformismo lasalleano dominante desde 1863 facilitó la aparición interna del revisionismo desde 1892, hasta llegar a su eclosión pública en 1899. Su ascenso y triunfo ulterior se vio favorecido por múltiples factores de entre los que resaltamos seis:

Uno, el incremento de la burocracia del partido, de los sindicatos, de los ayuntamientos y de las organizaciones culturales, deportivas, etc. Bastantes de ellos habían aguantado la Ley antisocialista, pero la mayoría se integraron después, cuando ya no era peligroso ser socialdemócrata. Cobraban sueldos superiores a la media obrera y los tenían asegurados siempre que no volviera la represión.

Dos, la mezcla disolvente en la conciencia de lucha formada hasta 1890, de las nuevas realidades creadas por las mejoras sociales conquistadas, por la expansión económica que exigía más obreros y facilitaba las concesiones empresariales a las demandas de la clase trabajadora, el efecto paralizante del fetichismo parlamentarista como expresión concreta del fetichismo general de la democracia burguesa, la innegable mejora en la alimentación y en la vivienda que no sólo en los derechos laborales, etc.

Tres, la dejación por el partido de la formación teórico-política de la militancia y, a su nivel, de los sindicalistas, sectores simpatizantes, etc.: antes de 1900 el número de subscriptores –no de lectores– de la revista Neue Zeit era bastante inferior a 3000 de un total de 400.000 militantes, una estimación de 1905 calculaba que apenas el 10% de la militancia conocía algo del marxismo, que era cosa de los «teóricos» vistos con cierto desdén por los «prácticos»; en el día a día los marxistas eran minoritarios, como se vería en el tenso y premonitor debate sobre la oleada revolucionaria de 1905.

Cuatro, la censura silenciosa, oculta, parcial o total desde al menos 1875 de los textos de Marx y Engels contrarios al reformismo lasalleano y al parlamentarismo del partido tanto en los últimos años de vida de Engels como después; a esto hay que unir la poca valentía de la corriente marxista para exigir que se difundieran, cesiones justificadas en aras de la «unidad del partido». Rosa Luxemburg tiene el mérito, entre otros, se haber recuperado la crítica marxista, y así lo pagó, con el aislamiento y los ataques personales.

Quinto, el muy dañino efecto reaccionario de la ideología imperialista alemana, esencial para sostener la militarización no sólo externa sino también interna que avanzaba como un cáncer invisible al tosco determinismo mecanicista y economicista dominante en el partido y en su aparato cultural.

La ideología imperialista –y racista- unida a los componentes citados como partes de una totalidad, crearon las condiciones para el sexto punto, el revisionismo de la II Internacional que, sintetizado en 1899 por Bernstein, pero adelantado por Höchberg, Schramm y otros, tenía y tiene las siguientes, al menos, seis características que hoy se muestran así:

Una, rechazo de la teoría marxista del valor, y por tanto de la plusvalía, de la explotación capitalista, lo que le lleva a creer que la «injusticia» puede ser resuelta con leyes parlamentarias pacíficas.

Dos, rechazo de la teoría marxista del Estado, de la violencia, de la democracia, de la ley… lo que le hace creer en su neutralidad básica y por tanto en que «en democracia» garantizan la libertad.

Tres, rechazo del materialismo histórico lo que le hace creer que la lucha de clases no es el motor de la historia, y por tanto la revolución no es factible.

Cuatro, rechazo de la dialéctica materialista, de la unidad y lucha de contrarios inconciliables, haciéndole retroceder al kantismo o neokantismo.

Cinco, aceptación del colonialismo bueno, del occidentalismo como fase suprema de la cultura humana, lo que justifica las «intervenciones humanitarias» y el imperialismo de colores, naranja, jazmín, etc.

Y seis, al rechazar la ley del valor, rechaza que el capitalismo destruye la naturaleza, aplasta a la mujer trabajador y a los pueblos, etc., y entonces, ¿quién es el culpable? El «hombre».

La II Internacional ha ayudado a salvar el capitalismo en varios momentos críticos. Sólo en Europa: aniquilando desde dentro la revolución alemana de 1918-23; indecisión ante el ascenso del fascismo, nazismo, franquismo, etc.; combatiendo decididamente a la URSS desde 1917 a 1991; abortando los procesos revolucionarios en Europa occidental entre 1944 y 1948 con la creación de la OTAN; negociación con la burguesía europea para el «Estado del bienestar» como integrador del proletariado; impulsando el monetarismo en Alemania en 1975 y el socioliberalismo después; abortando la revolución portuguesa de 1974; claudicando ante la monarquía franquista… En la VII entrega veremos cómo el revisionismo de la II Internacional ha sido y es una de las fuentes en las que beben reformismos de diversos pelajes.

karl-marx

Hacemos la entrega VI de la serie de XII escrita para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran. En esta sexta entrega veremos la aparición de términos como «marxista» y «marxismo», y la dialéctica, en cuanto tal, y de cómo se desarrolla en la crítica de la economía política capitalista. Aunque todavía en 1917 había textos fundamentales del marxismo sin conocerse, ya estaba teorizado gran parte de lo necesario para saber qué era el capitalismo y cómo destruirlo. En la entrega VII terminaremos de exponer el reformismo en su unidad, porque es a partir de 1917 cuando adquiere su identidad esencial, como expusimos básicamente en la entrega V, sobre la Segunda Internacional.

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VI. EL MARXISMO Y LOS MARXISTAS

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Fue entre 1853 y 1854, durante el debate con Weitling (1808−1871), cuando aparece el calificativo de «marxiano» para designarle a Marx y a los «ciegos seguidores»: ya desde entonces se tildaba negativamente a quienes más tarde serían llamados «marxistas» a secas. Y eran peyorativamente definidos como «ciegos», algo así como dogmáticos e incapaces de ver la realidad, la «luz», casi como fanáticos, precisamente por compañeros que en la Liga de los Comunistas defendían posiciones utópicas. En aquellos años, Marx no había elaborado aún el núcleo duro de su crítica del capitalismo –la teoría del valor en su pleno alcance, la plusvalía, la moneda, la distinción entre trabajo y fuerza de trabajo, el trabajo abstracto, valor de cambio…–, aunque ya tenía una idea básica de la ley del valor, los cimientos de la teoría de la crisis como efecto de la superproducción, una visión mundial del capitalismo, la teoría de la socialización de los medios de producción, la teoría de la revolución permanente, el programa máximo y el programa mínimo, la crítica de Feuerbach y lo que podríamos llamar algo así como «humanismo marxista»…

Aun así, ningún seguidor del comunismo utópico y del anarquismo había desarrollado para esa mitad del siglo XIX algo parecido al logro de los «marxianos cegatos», lo que no era óbice para que arraigara tal descalificación. Durante la Primera Internacional fundada en 1864, los tres grandes bloques se autocalificaban así: colectivistas, al que pertenecía Bakunin; comunistas, al que pertenecía Marx y Blanqui; y socialistas, que integraba a los radicales pequeño-burgueses. Aunque más adelante, Marx y Engels militarían en la social democracia alemana, siempre se identificaron como comunistas. Las disputas en la Primera Internacional hace que en el término de «marxista» –que todavía no el de «marxismo»–, adquiera en 1869 una connotación más precisa, más teórica y política, pero con una carga determinista y economicista que será combatida por Marx y Engels hasta el final de sus días. Mientras tanto, no desapareció la amplia diversidad de grupos: en la reunión en Ginebra de la Primera Internacional de ese 1873 se reúnen marxistas, federalistas, aliancistas, centralistas…, sin olvidar que fuera de la AIT estaban los anarquistas en sus varias corrientes y otros movimientos.

Lo que más nos importa ahora es que en 1873 la Comuna de París ya había aportado lecciones positivas y negativas que exigían, al menos, fortalecer alguna unidad teórica y práctica. Además, ya se había publicado el primer libro deEl Capital,Teorías de la plusvalía y se acababan de publicar La guerra civil en Francia y Contribución al problema de la vivienda, aunque los Grundrisse, La ideología alemana, Revolución y contrarrevolución en Alemania y muchos textos y manuscritos sobre El Capital seguían ocultos en aquel tiempo. Sin embargo, pese a esos vacíos y a pesar del reducido grupo de «marxistas», en lo que queda de década de 1870 su militancia se va haciendo notar en los debates y disputas permanentes, de modo que, también con tono polémico, en 1882 ya aparece el término «marxismo» en un panfleto contra esta corriente política dentro de la socialdemocracia que va extendiéndose en Francia.

Significativamente, este panfleto pertenecía a la denominada corriente «posibilista» que, con el tiempo, terminaría integrada en el gobierno imperialista francés durante la guerra de 1914. Guesde, uno de sus principales representantes, empezó siendo «marxista», luego «socialista» y por último imperialista. Como su propio nombre indica, el «posibilismo» buscaba los avances «posibles» aunque para ello tuviera que aceptar el orden burgués. El reformismo de Bernstein era «posibilista» y el pragmatismo filosófico yanqui de finales del siglo XIX –J. Dewey, etc.–, también. La identidad de fondo de estas tesis tan distanciadas en el espacio, pero unidas por la ideología burguesa, se mostraba de muchas formas diferentes, destacando su sistemático rechazo común de la dialéctica materialista. Cuando Marx dijo aquello de que él no era «marxista» se refería a expresiones particulares de esta corriente internacional.

Pensamos que hay, al menos, cinco razones que explican este ataque al «marxismo» que penetraba en el movimiento obrero: una y elemental, los efectos de la Gran Depresión iniciada en 1870 que van mostrando paulatinamente a sectores obreros combativos la urgencia de una respuesta política y teórica a la tremenda crisis. Dos, y unido a ello, las limitaciones crecientes de los anarquismos –Malatesta ya había discutido con Bakunin en 1876 precisamente por eso– y del comunismo utópico cada vez más debilitado por la misma razón: militantes blanquistas se van integrando en el «marxismo». Tres, paralelamente el avance de la idea de la necesidad de otra Internacional, la Segunda, que se crearía en 1889. Cuatro, a la vez, el esfuerzo teórico de Marx y Engels con la aparición siquiera en forma de borrador de Crítica del programa de Gotha en 1875, Anti-Dühring en 1878, Del socialismo utópico al socialismo científico en 1880, varias ediciones del Manifiesto Comunista y una enorme correspondencia, por citar algunos textos que serán seguidos por otros posteriores. Y cinco, como síntesis, la alarma que todo lo anterior causaba en el reformismo posibilista y pragmático.

Como vemos, los términos de «marxista» y «marxismo» fueron creados por corrientes no revolucionarias para denigrar a quienes avanzaban de la utopía a la ciencia crítica, al método dialéctico. La degeneración de la Segunda Internacional desde finales del siglo XIX, que hemos expuesto en la entrega V, fue facilitada por la previa denigración del «marxismo» como doctrina cegata, dogmática, autoritaria…, precisamente todo lo contrario a lo que en realidad es la dialéctica recuperada y actualizada por Marx y Engels. También hemos de tener en cuenta otros factores que facilitaron esas descalificaciones porque los dos amigos, presionados por las urgencias, postergaron la explicación de la dialéctica. Por ejemplo, aunque las vitales Tesis sobre Feuerbach, sin las cuales apenas se entiende el método y de la filosofía del marxismo en cuanto tal, fueron escritas por Marx en 1845 pero fueron publicadas en 1888 por Engels. El libro III de El Capital, básico para entender la dialéctica de la crisis, publicado en 1894. Los Manuscritos de París en 1922. La ideología alemana, en 1932. Los Grundrisse en 1939, redescubiertos casualmente en 1948, pero estudiados a fondo desde en la década de los años 50. Muchos borradores se quedaron sin publicar y, sobre todo, nunca se iniciaron textos ya previstos.

En capítulos anteriores ya hemos hablado de los enormes obstáculos sociopolíticos y represivos que tenía que superar la pequeña corriente marxista dentro del amplio mundo socialista a finales del siglo XIX. Uno de ellos, que luego reaparecerá una y otra vez con distintos ropajes, era la acción política de grupos de notables académicos reformistas que usaban su fama intelectual burguesa para atacar abierta o solapadamente al marxismo. En Alemania por ejemplo, el llamado «socialismo de cátedra», cuyo mayor representante fue Schmoller (1838−1917), reforzaba las tesis de Lassalle ya vistas, criticaba la reaccionaria teoría marginalista de Menger (1840−1921) inconciliable con la ley del valor de Marx, pero no salía en defensa de este último sino que adelantaba elementos del que luego sería llamado «Estado social» o «del bienestar» (¿?), al que volveremos en el VII capítulo.

También a finales del siglo XIX surgió en Rusia el «marxismo legal» que empleaba los diminutos resquicios legales del zarismo para combatir al movimiento revolucionario campesino y obrero: en 1894, Struve oficializó la tesis de que había que aprender del capitalismo conquistando primero la democracia burguesa y luego, sobre esa base, avanzar al socialismo. En Italia, el neohegelianismo progresista, fuerte en Nápoles, tenía una corriente de derechas, A. Vera, y otra de izquierdas, De Sanctis, Spaventa, que se enfrentó a la dictadura intelectual de la Iglesia; su ambigüedad academicista le imposibilitaba estudiar la lucha de clases entre el capital y el trabajo, lo que propició la aparición de dos líneas antagónicas: la burguesa con dos vertientes, la fascista de Gentile (1875−1944) y la liberal de Croce (1866−1952); y la marxista representada por Labriola (1843−1904).

Nos hemos limitado a Alemania, Rusia e Italia porque los tres fueron escenarios en los que se enfrentarían a muerte el capital y el trabajo en el primer tercio del siglo XX; también en el Estado español y en otros Estados, pero carecemos de espacio. Al margen de las diferencias secundarias, la casta académica progresista fue más un obstáculo que un impulso para la revolución porque rompió la dialéctica entre la lucha política para destruir el Estado burgués y la crítica teórica radical del capitalismo. Uno de los méritos incuestionables de Rosa Luxemburg fue el de recuperar la dialéctica de la lucha política y teórico-crítica por el socialismo, unidad destruida por la Segunda Internacional, en general, y por Kautsky dentro de la socialdemocracia alemana. El «marxismo legal» ruso fue combatido por Lenin en este y otros temas, desde sus primeros escritos socioeconómicos y políticos, especialmente en el Qué hacer de 1902. Liebknecht, antes de ser asesinado por la socialdemocracia junto a Rosa y cientos de obreros rojos, dejó escritos brillantes sobre la esencia político-militar del capitalismo, que podemos resumir en aquella frase de 1907: La cuestión socialdemócrata –en tanto en cuanto cuestión política– es, en última instancia, una cuestión militar.

Los jóvenes marxistas que iniciaron su lucha contra el reformismo a comienzos del siglo XX, recuperaron la dialéctica de la lucha de clases, esencia del primer marxismo, en una dinámica siempre unida a y dependiente de los vaivenes de la revolución. Como había sucedido con Marx y Engels, también ahora fueron los ascensos, estancamientos y retrocesos de la lucha desde justo finales del siglo XIX en Rusia, de 1905–1906 en Europa, de nuevo desde 1909 y 1912, y por fin desde la recuperación a partir de 1916 hasta el estallido de 1917, los que forzaron avances teóricos sustantivos en los que no podemos extendernos ahora. La autonomía relativa de lo teórico, visible a simple vista durante la «paz» o «normalización social», volvió a demostrar su estrecha dependencia de la materialidad de la lucha cuando resurgían las contradicciones, en especial en 1905 y desde 1914. El desarrollo teórico-político que se estaba logrando, no sólo abarcó el conjunto de la obra marxista inicial sino que también abrió muy fructíferas vías para el futuro. La totalidad de la civilización del capital fue sometida a la crítica implacable de la dialéctica en acción, empezando a corregirse errores escandalosos como, por ejemplo, la ausencia casi total de Nuestramérica en la izquierda revolucionaria europea hasta la Internacional Comunista. Pero, muy significativa y premonitoriamente, en el área en la que menos se avanzó y en la que más rápidamente se retrocedió después, fue en la concerniente a la dialéctica marxista, pese a los meritorios esfuerzos de Lenin, Trotsky, Rubín, Deborin, Pashukanis en cierta forma, o de Rosa Luxemburg con alguna debilidad en su visión de la dialéctica, o de Plejanov en sus primeros años, aparte de Lukács, Korsch y poco más.

De entre las varias razones que explican este retraso, resaltamos estas cuatro: una, la dificultad del estudio de Hegel y sus ambigüedades interna que se reflejan en la existencia de un hegelianismo conservador y otro revolucionario; dos, el conservadurismo de la casta académica de entonces, que tenía miedo al Hegel crítico, silenciando esta vertiente; tres, el dominio abrumador del kantismo y del positivismo –y de los economistas vulgares burgueses– en el mundo político-sindical y cultural, en la ideología dominante; y cuatro, los ingentes obstáculos que debía superar el primer marxismo en la popularización de la dialéctica y el error mismo de no intentarlo hasta bastante tarde, como lo reconoció Engels.

En ea capítulo VIII veremos cómo el stalinismo desnaturalizó la dialéctica. La evolución de Lenin al respecto es paradigmática porque muestra tanto el potencial creativo de su método propio de pensamiento, como las limitaciones que los sucesivos contextos de lucha de clases ponían a ese potencial. En sus primeros textos, hasta Materialismo y empiriocriticismo de 1908–1909, existe en él una brillante capacidad de penetrar en la dialéctica real, material de las luchas concretas, que coexiste con una visión filosófica bastante pobre de la dialéctica marxista. Sin embargo, este libro de 1908, injustamente tratado y que la ciencia crítica valora cada día más, ya tiene una base heurística muy dialéctica, ascenso que se verá confirmado a pesar de sus límites en el textito Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo de 1913: Lenin cita a la filosofía materialista, a la dialéctica, y a las aportaciones de Hegel como constitutivas de la primera fuente del marxismo, siendo la ley del valor la segunda, y la tercera, la organización política independiente del proletariado.

La debacle de la Segunda Internacional con la guerra de 1914 le lleva a Lenin a autocriticarse en todos sus errores e incapacidades. En ese 1914 se sumerge en múltiples estudios entre los que destaca nada menos que la lectura de Hegel de manera sistemática. Lenin termina los Cuadernos filosóficos en 1916, llegando a una conclusión impactante: sin leer la Lógica de Hegel es imposible entender El Capital por lo que muy pocos marxistas entendían esa obra basal. Desde esta visión, es totalmente coherente la insistencia postrera de Lenin en que, por todos los medios, se enseñase la dialéctica a la juventud, al proletariado, al pueblo trabajador soviético.

Los Cuadernos fueron publicados en 1933 por lo que hasta ese año se ignoró esa verdad descubierta por Lenin. Aun peor, los Grundrisse, que según Rosdolsky ahorran la dura lectura de la Lógica de Hegel, solo empezarán a ser estudiados con rigor a finales de la década de los años 50. Quiere decir esto, que hasta la mitad del siglo XX solo se tenía una visión muy superficial y mecánica del marxismo porque sin la dialéctica se desconoce el potencial revolucionario de la crítica radical del valor, del valor de cambio y de la mercancía, la fuerza emancipadora de la teoría del valor-trabajo y de la plusvalía, también se desconoce aunque se sufra el inhumano poder del fetichismo de la mercancía y la urgencia de echar al basurero de la historia ese Moloch que es el trabajo-abstracto…, en suma, sin la dialéctica se cree que el capital es una «cosa» que tiene aspectos buenos y malos de modo que desarrollando los primeros y reduciendo los segundos podríamos llegar a la «sociedad justa». En realidad, el marxismo nos demuestra que el capital es una relación social de explotación que sobrevive como los vampiros, chupando a la humanidad su trabajo vivo para convertirlo en trabajo muerto, en cadenas.

Euskal Herria, 26 de agosto de 2019

Marx-EngelsyFLIA1860

Hacemos la entrega VII de la serie de XII escrita para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran. Como dijimos, estudiará el reformismo en todas sus expresiones: política, sociología, economía, relaciones internacionales, sindicalismo, etc., pero con una característica que explicaremos: analizar el reformismo actual. La VIII entrega desarrollará el período que va de la revolución bolchevique de 1917 al final de la II GM, 1945.

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VII. El revisionismo y el reformismo en la actualidad

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En las entregas V y VI hemos expuesto los puntos elementales del revisionismo y del reformismo. Dicho muy rápidamente, el revisionismo es la negación del corpus marxista como praxis de la revolución comunista y como matriz teórica de todas las formas de lucha revolucionaria y de sus respectivas visiones políticas y teóricas. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX estaba constituido el núcleo teórico del revisionismo que entró decididamente en acción a raíz de la revolución de 1905 para aparecer desde 1914 y sobre todo desde 1917-18 como uno de los salvavidas del capitalismo. Dicho muy rápidamente, el reformismo es la forma de aplicación paulatina, sinuosa, a trozos e indirecta del revisionismo, de manera que la militancia no se percate de que, en realidad, lo que hace su organización, sindicato, partido… es rechazar las lecciones de la lucha de clases y aceptar la ideología burguesa de la «democracia», la «paz», el «consenso», etc. El reformismo es la práctica encubierta del revisionismo.

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La mejor forma de descubrir en los hechos si una organización es reformista es comparar su práctica con la recomendación de Marx a Domela Nieuwenhuy basada en la experiencia de la lucha de clases hasta 1881, y que hemos citado en la V entrega: «un gobierno socialista no puede ponerse a la cabeza de un país si no existen las condiciones necesarias para que pueda tomar inmediatamente las medidas acertadas y asustar a la burguesía lo bastante para conquistar las primeras condiciones de una victoria consecuente». Es muy importante el que Marx escribiera en cursiva lo de «asustar a la burguesía» porque esa práctica es la que enfrenta antagónicamente al marxismo del revisionismo y del reformismo: asustar o tranquilizar al capital.

No hace falta decir que la historia ha confirmado esta lección: si el proletariado no «asusta» a la burguesía con las medidas sociales que introduce una vez que está en el gobierno, paralizándola, dividiéndola, y si a la vez, simultáneamente, no anima, no conciencia, no radicaliza ni potencia la autoorganización obrera y popular mediante esas medidas, entonces no pasará mucho tiempo para que la burguesía se recupere, movilice, por un lado, las fuerzas reaccionarias que posee el Estado y que el nuevo gobierno no controla; y, por otro lado, reactive, despierte y dirija la reserva de fuerzas irracionales que dormitan en la estructura psíquica alienada de masas dirigiéndola contra el nuevo gobierno. El apoyo imperialista a la burguesía que ha perdido el gobierno para que lo recupere cuanto antes y a cualquier precio, actúa desde el primer momento, e incluso desde antes de su derrota político-electoral.

El de 1881 no era un consejo sin base histórica, una respuesta de trámite para quedar bien a una pregunta incómoda; era la quinta esencia de la estrategia enunciada en el decálogo de medidas que debía imponer el gobierno obrero según el Manifiesto Comunista de 1848. Como sabemos esta obrita no fue una súbita inspiración de sus autores, sino el resumen que por encargo hicieron del programa que debía extraerse de la lucha de clases habida hasta ese momento de crisis en el que se esperaba que estallase una revolución, como efectivamente sucedió. En el de siglo transcurrido hasta la respuesta Nieuwenhuy no hizo sino confirmar la estrategia enunciada en el Manifiesto, pero reforzada con muchas más lecciones. ¿Y qué decir de lo sucedido en este poco más de un siglo? ¿Podemos aplicar al presente lo que se propuso hace 138 y 171 años respectivamente? Dividimos la respuesta en dos partes.

La primera es que, hasta ahora mismo, no existe desde finales del siglo XVIII cuando aparecieron las luchas obreras y populares contra la primera industrialización británica, ninguna victoria del trabajo sobre el capital que no se haya basado en alguna forma de miedo burgués ante la fuerza obrera y ante la amenaza de mayor violencia justa del pueblo. La limitada y oportunista reforma electoral británica de 1832 respondió al miedo de la burguesía ante el aumento de la radicalidad obrera que había aprendido de la derrota del ludismo de 1811-1816 bajo el terrorismo de Estado. Las mutuas, las cooperativas, los centros sociales, etc., creados por la filantropía burguesa y el cristianismo social hasta la mitad del siglo XIX responden al miedo de esos sectores conscientes de que, como advirtiera Napoleón, uno puede hacer todo con las bayonetas, menos sentarse sobre ellas. La alabada política social de Bismarck en la segunda mitad del siglo XIX era la zanahoria que endulzaba la dura represión que aplastaba a la izquierda.

En 1906 Rosa Luxemburg volvía a tener razón cuando decía que si la socialdemocracia conseguía reformas en el parlamento era debido, antes que nada, a la violencia obrera en las calles y fábricas, violencia latente o abierta. Sin ella la burguesía no cedería nada. Entre 1918 y 1922, el Partido Socialista italiano tras dejar que el ejército aniquilase las comunas del norte y las luchas campesinas del sur de Italia, evitó toda política radical contra la burguesía que en su mayor parte ya era aliada de Mussolini. Los comunistas se organizaron en 1921, muy tarde para impedir la victoria del fascismo. La República de Weimar de 1918 a 1933 masacró revoluciones e hizo tímidas reformas, pero no se atrevió a imponer medidas radicales que sacaran de la pobreza al pueblo alemán desde 1929, lo que facilitó la victoria del nazismo en 1933. Desde 1931 el gobierno republicano español hizo reformas valiosas, pero sentía pánico a indisponerse con el ejército, la burguesía y la Iglesia, negándose a fortalecer al movimiento obrero y a conceder derechos elementales a las naciones oprimidas: desde 1936 el franquismo arrasó con todo. En 1936 el gobierno del Frente Popular francés impuso reformas sociales avanzadas, pero desde 1938 se plegó al capital atemorizado por la crisis económica y el auge nazi-fascista.

El palo y la zanahoria fueron aplicados en la Europa capitalista desde 1945 y sobre todo desde 1948 para exculpar a la burguesía colaboracionista o abiertamente nazi bautizándola como «democrática». Método repetido en los ’70 con las «transiciones democráticas» en Portugal, Grecia, Estado español…. Salvando algunas diferencias espacio-temporales y temáticas, políticas casi idénticas han sido seguidas por el reformismo cuando ha llegado al gobierno por vías electorales. La tragedia chilena, pese al heroísmo de Allende, es el paradigma del fracaso, y la situación actual de Grecia, sin llegar a los niveles represivos, confirma lo dicho; los ejemplos negativos, sobran, desgraciadamente. Por el contrario, si Cuba y Venezuela, y en parte Bolivia, mantienen su independencia es justamente por haber seguido la estrategia contraria, aceptando sus diferencias. ¿Y Ecuador, Haití y otros pueblos, están condenados a tener que rebelarse siempre que los nuevos gobiernos «democráticos» se arrodillan ante el FMI en vez de avanzar al socialismo? O para ir más al grano ¿qué ha sucedido con el «socialismo del siglo XXI»?

Habiendo dejado en el teclado un sinfín de dramas y tragedias idénticas con decenas de millones muertos a sus espaldas, y varios miles de millones de personas sometidas a la explotación capitalista, urge responder a la pregunta: ¿qué valía científica –según la teoría marxista de ciencia, verdad, etc.- tienen las lecciones de tanto dolor y sangre? Esta serie de doce artículos sobre marxismo tiene la función de responder a esta pregunta que tiene el núcleo de su respuesta en la teoría de las crisis en el capitalismo: esta es la prueba de fuego ante la que huye espantando el revisionismo y el reformismo.

Los fracasos demuestran que la política de tranquilizar y consensuar con el capital aparénteme surte efecto en los períodos de calma y de bonanza económica, cuando puede ceder algunas reformas insustanciales; pero solo es una apariencia fugaz porque durante ese tiempo la burguesía se ha enriquecido tanto o más, ha integrado y desmovilizado a amplios sectores proletarios, ha marginado a la izquierda y ha fortalecido su poder represivo. Luego, cuando resurge la crisis –las crisis del capital siempre resurgen y con más gravedad que las anteriores- la burguesía parte con una clara ventaja, a no ser que durante ese tiempo la izquierda revolucionaria haya sido lo que dice su nombre. Las crisis ponen todo a prueba, a la izquierda revolucionaria y al capital, pero en primer lugar al reformismo y al revisionismo porque su placentera y bien remunerada existencia depende que no existan crisis… pero existen e insisten en estallar más frecuentemente y con más letalidad.

Otro de los primeros indicios para la militancia de base de organizaciones que decían ser de izquierdas, de que estas están girando al reformismo o ya lo son –mucha militancia de base tiene dependencias emocionales que le atan a su burocracia más allá de lo lógico-, es que han ido liquidando la formación marxista hasta decir que el marxismo es una de tantas «ciencias sociales», ocultando cuales son las demás. Ya que la burocracia no puede demostrar que el marxismo ha «fracasado», se la reduce a una «teoría» como otra cualquiera a disposición en el mercado ideológico profusamente surtido por la industria cultural burguesa. De este modo, la organización «abierta a todo» pero que excluye de hecho al marxismo, puede practicar el posibilismo y el pragmatismo más interclasista sin temor a las preguntas de las bases.

Llegamos aquí a la segunda parte de la respuesta: ¿Cómo lograr que la burguesía se asuste incluso antes de que la izquierda llegue al gobierno teniendo en cuenta que el reformismo actúa en sentido contrario, en tranquilizarla, en no asustarla? Recordemos lo arriba dicho sobre que las crisis ponen a prueba toda la política. Desde 2007 el capitalismo sufre la tercera y más potencialmente destructiva depresión de su historia. En las crisis anteriores, el poder alienador inherente al capital, el revisionismo/reformismo, la brutalidad represiva y los errores de la izquierda, básicamente, han salvado a este sistema inhumano. ¿Qué podemos hacer para empezar a meter miedo al capital, a debilitarlo y a aumentar la fuerza obrera? Antes de seguir, veamos un ejemplo: la prensa burguesa protesta enfurecida contra las manifestaciones de la clase obrera del metal en Bizkaia porque su ejercicio del derecho de manifestación «molesta al tráfico» en el centro empresarial y bursátil de la ciudad, sembrando dudas contra el derecho de manifestación del pueblo trabajador. Partiendo de este caso, veamos qué se puede hacer en tres áreas vitales para el sistema porque atacan al centro del proceso de producción, circulación, depósito, venta y realización del beneficio.

Una hace referencia a la extensión de la lucha de clases desde el sector fabril clásico al sector de los servicios bancarios y financieros, de seguros…; del transporte en general y sobre todo en los centros de almacenaje y distribución, como puertos y aeropuertos hasta pequeñas empresas de reparto urbano sean mercancías o turistas…; de los servicios de asistencia social, salud mental y física para todas las edades, educación, energía y agua, carreteras y trenes, etc., para la fuerza de trabajo y no sólo las mercancías y turistas, sean públicos, privados o concertados; los centros vitales de las telecomunicaciones imprescindibles para el capital; la producción de alta tecnología, tecnocientífica, la universidad como fábrica de fuerza de trabajo cualificada, unidas a las grandes corporaciones de la industria de la matanza humana, de la petroquímica y energéticas, biotecnología, farmaindustria y agroindustria, capitalismo-verde…

La lucha de clases está penetrando en estas áreas decisivas del capital. Reducir los derechos económicos, laborales, sindicales, etc., de sus trabajadores es una prioridad para el sistema. Para el proletariado es decisivo avanzar en ella para prefigurar el socialismo en lo estratégico, y para atacar al capital en su mismo núcleo reproductor. Aquí, asustar a la burguesía significa al menos exponer claramente la necesidad de la expropiación de estas fuerzas productivas; la necesidad de los comités y consejos de trabajadores internacionalmente conectados como autoorganización a la que deben supeditarse los sindicatos; la necesidad de una planificación que advierta a la burguesía que se pondrá en práctica al precio que sea, limitando grandemente la democracia burguesa o sustituyéndola por la democracia socialista…

Otra hace referencia a la centralidad en la multidiversidad de la fuerza de trabajo, centralidad impuesta por la unidad y lucha de contrarios entre burguesía y proletariado, pero que se presenta mediante infinidad de expresiones concretas. La mujer trabajadora es el centro de la explotación porque aúna en ella la producción y la reproducción de la forma esencial para el capitalismo. La sobreexplotación de la mujer se extiende a la de la infancia y juventud obrera, y a llamada tercera edad, fuerza de trabajo agotada pero que ha de suplir con tremendos esfuerzos la inexistencia o liquidación de los servicios públicos. Frente a los parches del feminismo reformista y a la industria del asistencialismo, que tranquilizan a la burguesía, la izquierda ha de asustar al poder exigiendo la estatalización y/o la comunalización autoorganizada –sin entrar ahora en detalles- a costear por el capital y por los bienes de la Iglesia, de la infraestructura, locales, inversiones, salarios, etc., y sobre todo al avance en una justicia popular de autodefensa que asuste a la justicia burguesa obligándole a profundas reformas, pero que sobre todo sea el núcleo de la justicia socialista que debe irse creando en la medida de lo posible.

Y la última, o la primera, la izquierda ha de actualizar el derecho a la rebelión y a la resistencia contra el sistema, como derecho inalienable. Cada colectivo oprimido por una injusticia específica, cada fracción de la clase proletaria y del pueblo trabajador, cada nación oprimida…, debe decidir cómo, de qué forma, con qué objetivos, durante cuánto tiempo, bajo qué estrategia de acumulación de fuerzas y alianzas tácticas, etcétera, ha de practicar tales o cuales derechos de resistencia y rebeldía. La izquierda tiene el deber ético y político de respetar tal derecho inalienable, tal cual en su tiempo lo reconoció la misma burguesía y ahora pretende negárselo al proletariado. Asustar el capital es esta cuestión sólo se logra mediante la pedagogía de la práctica, incluida en ella la explicación de la efectividad y del límite de los pacifismos concretos separados de una estrategia revolucionaria que debe integrarlos, y la demostración de la esencia inmoral y reaccionaria del pacifismo absoluto, a ultranza e incondicional: tenemos la necesidad, el deber y el derecho de ayudar a las resistencias de cualquier oprimido y oprimida.

El revisionismo y el reformismo tranquilizan al capital también en estas tres grandes áreas que hemos expuestos de manera muy general. A resultas de ello, la humanidad explotada tiene muchas dificultades para desarrollar su estrategia revolucionaria, es muy crédula para con las mentiras del poder, cree que el capitalismo es el menos malo de los sistemas posibles, y por tanto asume ese refrán ultraconservador e individualista de que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer, en un momento en el que se agrava hasta lo insospechado la crisis sistémica que golpea con especial dureza a las y los oprimidos desde 2007

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LEER Y DESCARGAR:  LENIN: INFORME POLÍTICO DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE RUSIA – Discurso de V. I. LENIN (27 de marzo de 1922)

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VIII. REVOLUCIÓN BOLCHEVIQUE

Hacemos aquí la entrega número ocho del total de doce apuntes para Pakito Arriaran, colectivo internacionalista. Como dijimos, analizaremos el período que va de la revolución bolchevique de 1917 al final de la II GM, 1945, que pudo haber supuesto un salto cualitativo en la emancipación humana porque llevó al extremo la lucha de clases entre el capital y el trabajo a escala mundial. La entrega novena analizará las luchas de los pueblos contra el imperialismo.

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Para 1877 Marx ya tenía claro que la revolución iba a empezar por Oriente. Su interés por Rusia se incrementaba en la medida en que, desde comienzos de la década de 1850, estudiaba por qué y cómo se multiplicaban las resistencias de los pueblos no occidentales avasallados por el capitalismo. En 1902, al comienzo del ¿Qué hacer? Lenin planteaba que la revolución empezaría por Rusia, como se confirmó en 1905 pese a su derrota. La oleada de luchas de 1912-13, cortada por la guerra de 1914, se reinició desde la fracasada ofensiva rusa de verano de 1916. Las enormes dificultades impuestas por la guerra hicieron que las primeras noticias de la revolución de febrero de 1917 causaran una cierta sorpresa en los y las exiliadas. Las masas exigieron la versión radical de la democracia burguesa pero los reformistas continuaron la guerra y aumentaron los sacrificios populares para pagar la ingente deuda financiera.

1905 confirmó la visión de Marx y Engels de 1850 de que la fase democrático-burguesa sería rápidamente superada por la fase socialista dentro de una «revolución permanente». Esta cuestión se debatía de forma abstracta en la socialdemocracia europea, pero desde 1905 fue un debate práctico cuando Trotsky y su grupo la plantearon con claridad. El imperio zarista tenía un atraso enorme: de 150 millones de habitantes sólo 3.500.000 eran trabajadores industriales. La guerra de 1914 exigía gastos gigantescos que beneficiaban al imperialismo y a la corrupción. En abril de 1917 Lenin llamó a la revolución socialista porque ya había concluido la fase burguesa. Entonces se demostró la valía de la visión estratégica expuesta por Lenin en 1902: formada en el marxismo, la militancia «sabía leer entre líneas» y comprendió que Lenin coincidía con ella, y le apoyaron en su debate con la dirección del partido, opuesta a Lenin. En verano de 1917 la policía aseguraba que los bolcheviques eran minoritarios, pero los más peligrosos. Un soldado de familia campesina escribió en esos días esta carta a su familia:

«Querido compadre, seguramente también allí han oído hablar de bolcheviques, de mencheviques, de social-revolucionarios. Bueno, compadre, le explicaré que son los bolcheviques. Los bolcheviques, compadre, somos nosotros, el proletariado más explotado, simplemente nosotros, los obreros y los campesinos más pobres. Éste es su programa: todo el poder hay que dárselo a los diputados obreros, campesinos y soldados; mandar a todos los burgueses al servicio militar; todas las fábricas y las tierras al pueblo. Así es que nosotros, nuestro pelotón, estamos por este programa» (G. Boffa: La revolución rusa, ERA, México. 1976, T. 2, p. 28)

El programa se abría a otras reivindicaciones, como la vertiginosa emancipación de la mujer trabajadora en todos los aspectos de su vida, desde el divorcio y una nueva legislación sobre la familia, hasta la educación gratuita y colectiva de la infancia, pasando por los derechos laborales plenos y por la libertad sexual científicamente tratada, etc. Hasta 1917 ningún Estado había establecido tales avances, y desde su conquista la intervención de la mujer fue decisiva tanto en las dos guerras antiimperialistas, la de 1918-23 y la de 1941-45, como en los avances hacia el socialismo.

Otra fue que la revolución practicaba el derecho de las naciones oprimidas a su independencia, atrayendo a su bando la decisiva ayuda de las clases explotadas de esas naciones mientras sus clases dominantes apoyaban al capital. Ya en 1900 Lenin había apoyado el derecho a la violencia defensiva de China para mantener su independencia contra la invasión zarista, asumiendo desde entonces el lema de Dionisio Inca Yupanqui en el que avisaba a los liberales españoles en 1812 de que «un pueblo que oprime a otro nunca será libre», recuperado por Marx en sus escritos sobre Irlanda. Tampoco debemos olvidar la revolución cultural y artística que se inició prácticamente desde el primer día de la democracia socialista, unida a los cualitativos avances en la educación y en la pedagogía, en la coordinación programada de la investigación técnica y científica, etc.

La revolución triunfó de forma casi totalmente pacífica; fue el terrorismo burgués el que creó la violencia defensiva bolchevique. Inicialmente, el gobierno soviético intentó negociar con la patronal para evitar el cierre masivo de empresas, el sabotaje industrial y la huida de capitales, pero fue imposible. La burguesía creyó que el bolchevismo sería rápidamente derrotado: Max Weber le daba muy poco tiempo de vida. Los aliados esperaban la pronta reinstauración del gobierno menchevique para negociar reformas y seguir la guerra, advirtiendo que nunca tolerarían la expropiación de la tierra y otras medidas socialistas. Ejércitos extranjeros fueron en ayuda de la contrarrevolución. Guerras desde 1914 hasta 1923, hundimiento económico, mercado negro, hambrunas, bandidaje, enfermedades… En San Petersburgo, el foco revolucionario, la ración de pan bajó de 300 gramos al día en octubre del 17 a 50 gramos en febrero de 1918. Los oportunistas aprovecharon para medrar ocupando los puestos de retaguardia que los y las revolucionarias dejaban libres porque mataban y morían en los frentes.

A principios de 1919 la Oposición Obrera denunciaba la corrupción y burocratización, y en 1920 Lenin habló del Estado burocráticamente degenerado, y poco más tarde se preguntaba sobre quién dirigía a quién, la burocracia al partido o viceversa. En marzo de 1921, en el X° Congreso del PCUS se tomaron varias decisiones desesperadas: acabar con la rebelión de Kronstadt; suprimir transitoriamente el derecho de fracción en el partido; e implantar la Nueva Política Económica (NEP) para activar una economía destrozada abandonando el comunismo de guerra y activando ramas capitalistas bajo control estatal. La NEP era una salida muy peligrosa al facilitar la recuperación de sectores burgueses y campesinos medios, el afianzamiento de la vieja burocracia estatal y la entrada de arribistas y oportunistas, como sucedió, porque mantenía la ley del valor dentro del avance al socialismo. La NEP debía estar controlada por la democracia soviética generalizada, pero esta se iba debilitando al debilitarse el proletariado consciente. La NEP aún no daba suficientes resultados positivos, pero sí favorecía los negativos creando más discrepancias internas mientras que extremaba la guerra civil.

En 1921 Lenin sufrió su primer ataque. Para entonces, un punto de fricción creciente era el del aumento del poder del partido en detrimento del poder del gobierno y de los soviets. Lenin se situaba en este segundo bloque, pero cada vez más mermado de salud hasta el ataque definitivo a finales de 1922. Varias eran sus preocupaciones antes de morir: burocratización del poder en pocas manos; privilegios crecientes de la burocracia; ausencia de obreras y obreros comunistas en la dirección; nacionalismo gran-ruso; poca formación teórica y filosófica del partido; peligro de escisión…Una de las medidas que propuso fue la destitución de Stalin, pero esta propuesta no llegó a debatirse porque la burocracia pudo pararla y porque la oposición no se había organizado lo suficiente pese a que ya en octubre de 1923, circulaba internamente la Declaración de los 46, todos ellos reconocidos dirigentes que advertían de los problemas que se acumulan para el futuro a pesar de que la NEP había mejorado algo la situación. Ninguno de los firmantes saldría vivo de las purgas posteriores.

Ese año, la Declaración de los 46 se transformó en la Oposición de Izquierda con la integración de otros grupos críticos, pero entonces se vio el garrafal error cometido con la supresión del derecho de fracción: la Oposición de Izquierda fue acusada de fraccionalismo, iniciándose la censura y persecución contra ella. La derrota de la revolución alemana y el fascismo en Italia en 1923, y la muerte de Lenin a comienzos de 1924, reforzaron el conservadurismo del aparato. En esos años, se inició el Gran Debate que tenía dos frentes: Uno fue la discusión entre la teoría de la revolución permanente y la teoría del socialismo en un solo país. Zinóviev, Kámenev y Stalin defensores de esta última la unieron con el «leninismo» que ellos crearon, y se aprovecharon del clima de cerco imperialista a la URSS, y de la censura que limitaba cada vez más la difusión de la teoría de la revolución permanente, para imponerse en el XIV Congreso de 1925.

El otro fue la discusión sobre la economía socialista al analizar las lecciones de la NEP, en la que Bujarin, representante de la «derecha bolchevique», defendía que ese enriquecimiento de los kulaks y burgueses era bueno si estaba bajo control del Estado, encargado de impedir que la ley del valor terminara destruyendo al socialismo. Preobrazhenski, miembro de la Oposición de Izquierda, defendía la planificación económica asegurada por el control obrero y campesino, denunciando el poder creciente de la burocracia, todo con vista a impulsar la acumulación originaria socialista en base al equilibrio entre la industrialización y la mecanización agraria que sólo podía venir de la industria. Sus tesis fueron derrotadas en el XIII Congreso de 1924 que se volcó en las ideas de Bujarin para apoyar casi exclusivamente a la agricultura y apenas a la industria. Bujarin y Preobrazhenski, que en 1918-19 habían escrito el celebérrimo ABC del Comunismo, cuaderno de formación de la militancia bolchevique, se distanciaron, pero terminaron oponiéndose a Stalin por vías diferentes, sus obras fueron prohibidas y ambos fusilados en las purgas.

Un sistema muy aproximado para seguir la burocratización de la URSS es medir el tiempo transcurrido entre los congresos del partido y de la Internacional Comunista, porque muestran cómo éstos se fueron espaciando en la medida en que se imponía el aparato del partido. Empecemos por el PCUS: el VI Congreso se celebró en agosto de 1917. El VII Congreso fue en marzo de 1918, siete meses después, cuando todo parecía perdido. Los congresos VIII, IX, X, XI, XII y XIII entre 1919 y 1924 tuvieron una periodicidad de un año, semanas más o menos. Fueron años críticos en los que se venció a la contrarrevolución, de debatió y aplicó la NEP, se tensionó el partido al máximo hasta que comenzaron las purgas contra las corrientes de izquierda que terminarían con casi todos ellos ante los pelotones de fusilamiento en los años 30’s.

Desde comienzos de 1925 Zinóviev y Kámenev discrepaban con Stalin sobre todo acerca del rumbo de la NEP aduciendo que beneficiaba a los campesinos ricos; por el contrario, Stalin ya empezaba a acercarse a Bujarin que había impuesto sus tesis de enriquecer a los kulaks, campesinos ricos, sobre la de Preobrazhenski en 1924. Stalin, secretario general, logró retrasar medio año el XIV Congreso, hasta diciembre de 1925, tiempo suficiente para apartar del poder a Zinóviev y Kámenev que también fueron torturados y fusilados en las purgas de 1937. Si el XIV había sido retrasado medio año sobre la periodicidad anual, los congresos XV y XVI de 1927 y 1930 fueron cada dos años y medio. En el XV la Oposición de Izquierda reconocía la mejora de las condiciones de vida, pero advertía de la recuperación de la burguesía y el aumento de la burocracia. La represión cayó sobre ellos con una dureza que sólo sería superada por las purgas de una década después. Pero desde 1928 empezó a estancarse la agricultura entre otras cosas al carecer de maquinaria moderna ya que el partido había rechazado la industrialización propuesta por la Oposición de Izquierda. Se decretó la colectivización provocando la resistencia de los kulaks que ocultaban o quemaban el grano. Sobrevino una hambruna atroz. Se rompió la alianza entre Bujarin y Stalin y para el XVI Congreso de 1930 Bujarin y su grupo habían sido apartados del poder.

El XVII Congreso de febrero de 1934, se hizo tres años y siete meses después del anterior, entre otras cosas porque en 1933 fueron expulsados cientos de miles de militantes generalmente de izquierda, y porque la industrialización y colectivización, y los planes quinquenales, no admitían duda alguna. Surgió entonces uno de los problemas que minarán la economía de la URSS hasta su final: exagerar los logros, etc., lo que fortalecerá la «segunda economía», la que junto a otras contradicciones abrirá las puertas al capitalismo. En 1935 se impulsó el estajanovismo, que exageraba mucho los datos económicos, pero reforzaba la confianza popular cuando se contrastaba con la segunda Gran Depresión capitalista iniciada en 1929: en la URSS no había paro y se acabó con la hambruna de 1928-29, pero en el capitalismo se multiplicó el empobrecimiento. La masacre de las izquierdas se realizó en1936-38 con una espeluznante cantidad de ejecutados, purga que desbarató al Ejército Rojo como se demostraría en el comienzo de la invasión nazi.

Durante el mayor peligro para la revolución los Congresos se hacían cada año, en el contexto mucho más tranquilo de 1934 se postergó cinco años y un mes la realización del XVIII Congreso, en marzo de 1939. Durante esos cinco años, la nueva militancia del partido veía cómo miles de antiguos camaradas mejor preparados desaparecían sin recibir información veraz alguna. A esta militancia se le exigía un esfuerzo productivo enorme, pero no se le convocó a ningún congreso. En 1939 la versión oficial fue optimista, pero bajo la extrema preocupación de la amenaza nazi. La URSS intentó una alianza antinazi con potencias burguesas, pero el capital quería que Hitler asesinara a Stalin, cosa que intentó desde 1941.

El XIX Congreso fue en octubre de 1952, trece años y siete meses después del anterior. A diferencia de 1918-24, con sus siete congresos, en 1941-45 no hubo ninguno a pesar de que la guerra estaba ganada en 1943. Lo más lógico es que se hubiera realizado uno extraordinario en 1945 o 1946, pero se esperó hasta 1952: el último al que asistió Stalin que moriría a los pocos meses cuando preparaba una nueva purga.

La periodización de los congresos de la Internacional Comunista sigue la misma lógica de la de los del PCUS: conforme la burocracia va controlando la IC, los congresos se distancian en el tiempo disminuyendo la participación rectora de las organizaciones internacionales y aumentando la del PCUS. Los cinco primeros, 1919, 1920, 1921, 1922 y 1924 oscilan en una periodicidad de entre un año y año y medio, nunca más, lo que fue un logro logístico por las dificultades impuestas por la contrarrevolución y los bloqueos internacionales a la URSS. Muchos delegados internacionales tenían verdaderos problemas y algunos murieron en el viaje. Dentro de la URSS, entre el III y el IV congresos de la IC, murió Lenin, se reforzó el poder de la troika de Zinóviev, Kámenev y Stalin, la Oposición de Izquierda fue marginada y las tesis de Bujarin se iban imponiendo a las de Preobrazhenzki; fuera de la URSS el fascismo había triunfado en Italia y en Alemania fue derrotada la revolución socialista.

En estas condiciones, el VI Congreso de la IC se realizó en verano de 1928, cuatro años después. Es imposible hacer siquiera un resumen de los acontecimientos mundiales y rusos acaecidos en ese tiempo, pero lo importante es que este Congreso oficializó la teoría del socialismo en un solo país, convirtió a la Internacional Comunista en un instrumento decisivo para «salvar el socialismo en la URSS», y reforzó la persecución internacional de las izquierdas no stalinistas, imponiendo la línea de clase contra clase. El VII y último se realizó en verano de 1935, ocho años después del anterior, justificó las purgas dentro y fuera de la URSS y la línea de los frentes populares. Los bandazos de ciento ochenta grados que daba la IC en su política antifascista desconcertaban a la izquierda mundial sobre todo cuando se decidían sin apenas debate y se imponían sin explicaciones. En 1943, cuando la II GM ya giraba de rumbo, Stalin disolvió la Internacional Comunista para tranquilizar a los aliados burgueses. Sólo en 1947, una vez visto que el imperialismo se lanzaba contra la URSS, no antes, creó la Kominform

La cronología no falla. Puede interpretarse de formas diferentes pero a la larga, dese 1917 a 1952 en el caso del PCUS, y de 1919 a 1943 en el caso de la Internacional Comunista, la lección es la misma: según avanza la revolución, los debates son permanentes y los congresos anuales, pero según la revolución es frenada por la contrarrevolución y por la burocracia, los debates van desapareciendo y los congresos distanciándose en el tiempo: no es bueno que la militancia se organice, actúe y decida.

Euskal Herria. 12 de noviembre de 2019

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IX. EUROCENTRISMO Y LIBERACIÓN DEL TERCER MUNDO

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En esta novena entrega del total de doce para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran veremos el impacto de las luchas de liberación antiimperialista en el desarrollo del marxismo como matriz teórica presente en todas las resistencias contra la injusticia. La décima entrega tratará sobre la implosión de la URSS.

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La inacabable formación del marxismo se enfrentó desde su inicio a contradicciones que parecían no tener relación alguna con la lucha obrera. Las reivindicaciones de las naciones oprimidas, sobre todo si eran colonias, eran y son las más difíciles, porque, en lo que respecta a la explotación de la mujer y de la infancia, una parte del socialismo utópico ya la combatían desde la década de 1830. Pero el marxismo eurocéntrico no acepta que la historia es dialéctica y tendencial, no mecánica, como se comprueba en la praxis de los pueblos, en el llamado Tercer Mundo.

Desde 1921 la URSS tenía un pacto con los nacionalistas demócrata-burgueses, y a la vez con el entonces diminuto PCCh que acababa de fundarse en ese mismo año. En 1923 la III Internacional envió un delegado al Kuomintang por la alianza estratégica entre el PCCh y el nacionalismo burgués para unificar China. Para mantener la alianza, el PCCh debía entregar un listado de sus miembros al Kuomintang, no debía hacer huelgas ni luchas en los territorios liberados por el Kuomintang… La URSS renunciaba a las ganancias arrancadas a China durante el zarismo y pasaba a tratar de igual a igual a la «nueva China» ayudándola con asesoramiento y armas. Desde 1924 se intensificaron las movilizaciones que, con altibajos extremos, llevarían a la victoria en 1949, desbordando al marxismo europeo, a la III Internacional y al grueso de comunistas e intelectuales formados en la cultura occidental, excepto al grupito en el que militaba Mao desde 1921. La industriosa Cantón era en 1925 el núcleo de la inminente revolución, mientras que la campesina Junan, en la que actuaba el grupo de Mao, avanzaba hacia una situación de doble poder que permitía al campesinado atacar a los señores de la guerra.

En respuesta, el 26 de marzo de 1926 el Kuomintang detuvo a muchos comunistas y asesores soviéticos: aunque los liberó al poco tiempo, la advertencia estaba realizada; en ese verano el Kuomintang lanzó la Ofensiva del Norte con la excusa de aplastar a los Señores de la Guerra,pero asesinando a los miembros del PCCh. De finales de 1926 a comienzos de 1927 se libró un debate estratégico en la III Internacional entre tres líneas: una, la oficial elaborada en el V Congreso de la IC, que insistía en que la clase obrera y el campesinado debían supeditarse a la burguesía nacionalista porque se trataba de una «revolución democrática». Dos,que la clase obrera debía dirigir la revolución socialista, sin supeditarse a la burguesía, que era la tesis de la Oposición de Izquierdas. Y tres, que el campesinado debía dirigir al proletariado hacia una revolución armada que devolviese las tierras a los campesinos pobres, pero atrayendo a la «burguesía patriótica», la tesis Mao. Luego volveremos al fondo de este debate porque marcó varias de las grandes estrategias diferenciadas inseparables de cualquier discusión sobre la matriz teórica marxista.

Mientras tanto se extendía la lucha de clases. En abril de 1927 el Kuomintang «democrático» masacró al pueblo insurrecto en Shanghái, y pactó con los Señores de la Guerra una dictadura que liquidaba derechos básicos. Tras la derrota sangrienta de la línea oficial, la III Internacional giró bruscamente a la izquierda y lanzó la insurrección de Cantónde diciembre 1927 en pleno repliegue de la lucha de clases: la escabechina se propago por amplias zonas de China destruyendo a casi todas las organizaciones, excepto a las guerrillas campesinas que justo pudieron resistir cinco ofensivas de exterminio lanzadas contra ellas por la «burguesía nacional».

La Larga Marcha de finales de 1934 fue en realidad una retirada de supervivencia hasta finales de octubre de 1935. La columna iba creando «islotes de socialismo» a su paso, redes en de resistencia en la retaguardia capitalista. China del norte daba un breve refugio al Ejército Popular hasta que el Gobierno lanzase la ofensiva definitiva, pero la invasión japonesa de julio de 1937 lo cambió todo. La URSS ayudó al Gobierno hasta 1940, derrotando a los japoneses en Manchuria, pero no pudo hacer más debido a la guerra en Europa. Desde 1940 EEUU ayudó masivamente al Gobierno chino, aunque sabía que éste no se enfrentaba a los invasores sino a los comunistas, su enemigo de clase. El PCCh combatía a los japoneses, pero sobre todo en sus líneas de retaguardia, reservando el grueso de sus fuerzas para vencer al Gobierno chino, aunque la URSS le presionaba para que endureciera sus ataques al Japón. Dentro del PCCh se purgó a los sectores radicales y se mantuvo una política blanda hacia la burguesía dispuesta a colaborar con su programa o a no resistirse a él.

Con la derrota del Japón parecía que el Gobierno acabaría pronto con los comunistas, sobre todo cuando la URSS le reconoció como única autoridad. Pero eran los comunistas quienes recibían el apoyo del pueblo y delos sectores burgueses hartos de la putrefacción corrupta del Gobierno. Los enviados yanquis también advertían de lo mismo, aunque se incrementase la ayuda de EE.UU. Pero entonces la URSS advirtió al PCCh de que no se lanzase a la conquista del poder y que negociase con la burguesía. A la vez y como en otros sitios, también en China, EE.UU., hizo que los japoneses rendidos defendieran al capital frenando el avance comunista. La burguesía, reforzada con miles de soldados yanquis, pudo recuperarse y lanzar el ataque general que le llevó a dominar el 80% de China y sus ciudades importantes. El PCCh parecíaal borde del exterminio en la primavera de 1947 pero en verano pasó al contraataque gracias a su superioridad organizativa y de moral, al creciente apoyo popular, a la podredumbre del Gobierno y su ejército…, iniciando la ofensiva de finales de 1948.

El avance comunista, impulsado por una gran movilización popular, era imparable. El Gobierno, con al apoyo de EE.UU. y la URSS, propuso al PCCh negociar un armisticio, pero los comunistas decidieron seguir hasta tomar el poder. La descomposición del Gobierno era total, huyendo a la isla de Taiwán llevándose las reservas de oro del país, acompañado por embajadores, entre ellos el soviético. Tras varios retrasos dictados por Moscú y siempre con relaciones «tormentosas», en diciembre de 1949 y enero de 1950 se reunieron Stalin y Mao. La delegación china volvió de Rusia molesta por el trato despectivo sufrido,aunque su país fue el más beneficiado por los acuerdos. Con Jrushchov, la ayuda a China llegó nada menos que el 7% del PIB de la URSS de entre 1954-59, pero el giro de la URSS hacia la «coexistencia pacífica» a raíz de su XX Congreso en 1956 tensionó las relaciones hasta que se rompieron, porque China Popular le acusó de revisionismo.

Como hemos dicho, debemos detenernos un poco en el contenido de fondo del debate de 1926-27 sobre la revolución china porque toca problemas centrales del marxismo. En este debate la tesis oficial era que las clases trabajadoras debían cumplir el programa de la burguesía democrática. Una de las razones de esta estrategia era que en China la clase obrera y el campesinado necesitaban un período de aprendizaje para el socialismo que sólo lo podrían obtener viviendo en un régimen democrático instaurado mediante la alianza con la «burguesía nacional». Pero ya en 1924 Mariátegui escribióvarios artículos sobre por qué «la libertad» abandonaba la Europa capitalista para expandirse por Asia, África y América, profundizando la idea de Marx de 1877 sobre que la revolución empezaría en Oriente, abriendo al menos la duda de que el campesinado y la clase obrera sí podían tomar el poder y avanzar al socialismo. Más aún, explicaba que la burguesía irlandesa había capitulado ante Inglaterra en 1921 y que ahora –en 1924- el proletariado tenía que luchar por la independencia apoyado por un sector de la pequeña burguesía: la lucha obrera y la lucha nacional eran ya lo mismo.

Mariátegui ignoraba las tesis de Marx y Engels sobre el modo de producción asiático y los modos de producción comunales, sobre el potencial de la comuna rusa, sobre las diversas vías al socialismo… Tampoco había estudiado la discusión de Lenin con los populistas, y no sabemos si estaba al tanto de su autocrítica de 1920 sobre la India y los soviets. Ignoramos si sabía de la reunión de Bakú de ese año, del Congreso de los Pueblos de 1922 y de las tesis del IV Congreso de la IC sobre las tareas de los comunistas en las colonias, etc. No es probable que hubiese leído las investigaciones de Mao sobre el campesinado de 1926…

La verdad es que el contexto de Nuestramérica forzaba una reflexión creativa de ese cariz para, por ejemplo, saber qué había sido la revolución mexicana de 1910-17 en la que batallones obreros ayudaron a liquidar a campesinos revolucionarios; la represión salvaje del movimiento revolucionario en la Argentina de 1919-21 dirigida por Yrigoyen, representante de la mediana burguesía «democrática»; las luchas en Cuba, Chile, Perú, Colombia, Ecuador… entre 1919-22; la Columna Prestes en el Brasil de 1925-27 dirigida por militares demócrata-radicales, algunos de los cuales se integrarían en Partido Comunista; la guerra de liberación sandinista contra la ocupación yanqui desde 1927, ignorada pese a la publicidad dada por H. Barbusse que describió a Sandino como «general de hombres libres». ¿Cuál era el papel de las naciones originarias, del campesinado indígena y mestizo afroamericano, del proletariado de origen indígena o mestizo, etc., en esas y otras luchas? ¿Cómo se estaba constituyendo el proletariado en cuanto clase? ¿Cómo había respondido la «burguesía democrática»? En 1928, J. A. Mella también advirtió de los límites insuperables de la burguesía y pequeña burguesía latinoamericana, que al final, optan por negociar con el imperialismo traicionando al pueblo.

Las ideas de Mariátegui en 1929 sobre las posibles aportaciones del «comunismo inkaiko» al socialismo se inscribían en el caudaloso río con múltiples afluentes que empezaron a explorar Marx y Engels desde la década de 1850. Pero Mariátegui fue objeto de un duro ataque porque sus propuestas chocaban con la linealidad mecánica ya dominante en la III Internacional. Era un intento de poner puertas al mar porque desde 1930 marxistas chinos debatían sobre si en China y en Asia el feudalismo había sido y era el modo de producción dominante antes del capitalismo, lo que replanteaba toda la estrategia de la lucha de clases. También en Japón se estudiaba el tema al menos hasta 1935. Pero ya en 1931, el PCUS había organizado el debate en Leningrado sobre la sucesión de los modos de producción, en el que el modo asiático fue borrado de la historia intentando cerrar la vía para investigaciones sobre los modos tributario, antiguo, germánico, andino, mesoamericano, etc.

En 1931 se oficializó la sucesión obligada de comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo y capitalismo; varios de los defensores del modo asiático fueron «desaparecidos» al poco tiempo. La dialéctica era expulsada de la historia. En 1935, el VII Congreso de la IC impuso la estrategia de los Frente Populares de supeditación a las «burguesías nacionales» durante la «fase democrática» sin la cual nunca podría avanzarse al socialismo. El historiador D. Losurdo ha transcrito una conversación de Stalin con Tito:

«En nuestros días el socialismo es posible incluso bajo la monarquía inglesa. La revolución no es ya necesaria en todas partes […] Sí, el socialismo es posible bajo un rey inglés» (Stalin. El Viejo Topo. Barcelona 2011, p. 156)

Si el socialismo era posible con la monarquía, no tenía sentido la lucha de los pueblos contra el imperialismo porque les bastaba con apoyar la democracia burguesa, como creen los eurocomunistas españoles que sostienen al rey impuesto por el dictador Franco. Pero los comunistas de Sudáfrica, todavía súbditos de la monarquía inglesa, pensaban en 1945 que se avecinaba un enconamiento de la lucha nacional de clase porque los blancos endurecerían la explotación, y se prepararon para ello. Malasia era después de la IIGM la colonia más rentable para Gran Bretaña y por eso su rey legitimó el rearme del ejército ocupante y la dura represión desencadenada desde 1948 contra comunistas y nacionalistas malayos, y es que Londres no podía perder Malasia como había perdido la India, «la joya de la Corona»; por eso en África utilizó la amenaza y la represión de las resistencias, y el soborno y la cooptación de las élites dándoles la independencia política formal pero atándolas con la dependencia económica.

Mariátegui reactualizó un problema que, en su esencia, existía allí donde no se había impuesto la variante europea del desarrollo del capital. Donde Europa chocó con imperios tributarios capaces de resistir de alguna forma su invasión, pudieron surgir fuertes luchas y revoluciones, y con sus limitaciones, algunas burguesías que ahora son subimperialistas, sobre todo en Asia; pero en África y en América este proceso fue imposibilitado de raíz mediante la ocupación y desestructuración de los reinos árabes de Norteáfrica y Medio Oriente, y del exterminio inmisericorde de los reinos de Centro y Sudáfrica; y en Nuestramérica los imperios azteca e inca, y de la policromía de pueblos comunales, de agricultura itinerante, cazadores-recolectores, etc., que vivían desde Patagonia a Alaska. Pero en África y América esta masacre no imposibilitó, sino que generó desesperadas resistenciasque cada vez conocemos más.

Con sus limitaciones, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta 1930, el marxismo integró política y teóricamente esta evolución, pero desde la década de los ’30 la lucha de liberación de los pueblos empezó a chocar con el mecanicismo impuesto en Leningrado y con la supeditación a las «burguesías nacionales». El desarrollo del capitalismo dependiente creaba nuevas clases trabajadoras amalgamando indígenas desestructurados, campesinos mestizos empobrecidos, grupos afrodescendientes, nueva emigración…, con una característica básica: la sobreexplotación de la mujer trabajadora. Algunas formas de autoorganización, autogestión, autodeterminación y autodefensa comunal, campesina y artesana de estas culturas populares, y de la mixtura entre trabajo campesino y urbano-febril, lograron superar a veces el fuerte desprecio engreído de la izquierda europeizada, la que denigró a Mariátegui.

A la vez, muy contados indios, mestizos, nueva emigración culta, etc., se insertaban en la pequeña burguesía y a veces en la mediana, aunque les resultaba casi imposible insertarse en la burguesía, en un sistema subsumido en el imperialismo. En estas condiciones, la izquierda formada en la linealidad mecánica, en el desprecio abierto o disimulado a la propia historia, obsesionada con la copia y calco de lo que creían que era la experiencia europea para aliarse con la «burguesía democrática»…, esta izquierda desorientó, desvió, contuvo, paralizó e hizo embarrancar muchas luchas. Una de las razones del fracaso del llamado «socialismo del siglo XXI» ha sido el efecto paralizante de esta visión trasplantada dogmáticamente a Nuestramérica.

26 de diciembre de 2019

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X. LA IMPLOSIÓN DEL SOCIALISMO REALMENTE INEXISTENTE

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En esta décima entrega de un total de doce que hacemos para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran, intentamos resumir el hundimiento del socialismo realmente inexistente, de la URSS y de sus «satélites». La undécima seguirá la lucha de clases desde el inicio de la contrarrevolución imperialista en la mitad de los ’70 hasta el presente.

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Para conocer las razones de la implosión de la URSS, del socialismo realmente inexistente, es conveniente releer la octava entrega de esta serie dedicada a la revolución bolchevique porque en ella se ofrece un resumen muy sintético de su burocratización hasta la IIGM, que fue la razón central de su hundimiento. Debemos partir de las limitaciones de ese poder surgido del proletariado, luego separado de él y por último, opuesto a él, para descubrir por qué su enorme clase trabajadora fue incapaz de derrotar a una casta que para finales de la década de 1960 empezaba a disponer de un sostén económico propio –la «segunda economía»— además de los privilegios inherentes a la burocracia asentada desde tres décadas antes.

También tenemos que considerar las diferencias de ritmo entre las condiciones objetivas determinadas por el imperialismo, y los atrasos e inexperiencia de las condiciones subjetivas, por el hecho de que la base teórica elemental marxista sobre el tránsito al socialismo había sido elaborada cuando la fase imperialista del capital apenas mostraba sus terribles novedades, sobre todo antes de la IGM. Los tres grandes debates sostenidos en la URSS entre 1918 y 1929 sobre el comunismo de guerra y la superación del dinero, sobre la Nueva Política Económica y sobre la relación entre industria y agricultura, se dieron en un contexto imperialista que añadía problemas nuevos a los ya estudiados por Marx y Engels en la segunda mitad del siglo XIX.

Sobre esta base, presionaron al menos diez grandes impactos contra la URSS:

1) la invasión imperialista y la contra revolución anti bolchevique en 1918-23.

2) la derrota de la oleada revolucionaria de 1918-23 en Europa, que los bolcheviques veían como una de las pocas esperanzas de supervivencia.

3) el fascismo desde 1923 que azuzó a las fuerzas anticomunistas de toda Europa.

4) la derrota de la huelga general británica y de la insurrección china en 1926-27 que reforzó su aislamiento.

5) la Gran Depresión de 1929, que anuló cualquier esperanza de comercio internacional que aliviara su situación. 6) la rebelión contra revolucionaria de la nueva burguesía agraria y las hambrunas provocadas por su sabotaje deliberado desde ese año.

6) la guerra con Japón en 1932-39 que le obligó a un sobreesfuerzo militar.

7) el nazismo desde 1933 que declaró públicamente su objetivo de destruirla.

8) la gran purga de 1936-37 que exterminó a las izquierdas y debilitó al Ejército Rojo.

9) la derrota del Frente Popular francés y la victoria del franquismo en 1936-39 que fortalecieron a la contra revolución europea que preparaba otra invasión. Y 10) la II.GM que inicio una agresión sistemática sostenida hasta 1991.

Ubicando lo anterior en la perspectiva estratégica del materialismo histórico, hay que dar la razón a la Internacional Comunista al advertir antes de 1923 que, si bien la toma del poder se lograba más rápidamente en los países atrasados que en los imperialistas, sin embargo, el atraso y la contrarrevolución dificultarían sobremanera su avance al socialismo, pudiendo derrotarlo. Al contrario, la burguesía imperialista resistiría mucho más al principio, pero una vez perdido el poder e instaurada la democracia socialista –dictadura del proletariado– el avance al socialismo sería mucho más rápido precisamente por el enorme desarrollo de las fuerzas productivas. Las diferencias de ritmo dentro de desarrollo desigual y combinado se explican porque en vez de entender las revoluciones como súbitos y breves estallidos aislados, debemos verlas como momentos puntuales de una larga «época de revolución social» durante la cual el comunismo destruye al capitalismo o, en el peor de los casos, el capitalismo hunde a la humanidad en el caos y la barbarie o la extermina con el holocausto.

Desde esta visión larga, se comprende que los avances sociales en la URSS antes de 1941 permitieron a la burocracia un suficiente apoyo de la nueva clase obrera y del campesinado para aislar a las izquierdas aplastándolas con purgas. Se mantuvieron focos de rechazo en naciones no rusas como se demostraría en los primeros meses de la invasión nazifascista hasta que su extrema crueldad les hizo comprender la diferencia cualitativa entre Hitler y Stalin, pasando a apoyar a las guerrillas rojas. Veremos al imperialismo reactivar parte de ese rechazo desde 1945, fracasando. En la IIGM la clase trabajadora desbordó a la burocracia salvando a la URSS, pero desde finales de 1944 se rehízo esta casta que comenzó nuevas purgas parciales a finales de esa década y preparaba otra más general cuando murió Stalin en 1953.

En 1945 la URSS tenía una economía militarizada en extremo que justo producía los bienes de consumo que necesitaba perentoriamente: este fue uno de los grandes sacrificios que tuvo que hacer para acabar con el 80% del ejército nazifascista internacional, junto a los más de 20 millones de muertos. Partiendo en 1917 de unas condiciones de retraso y cerco imperialista que no sufría ningún de los Estados burgueses que serían sus aliados en la IIGM, la URSS demostró una capacidad organizativa muy superior a todos ellos, movilizando masas ingentes de recursos en un período crítico, trasladando la industria pesada a miles de km del frente y poniéndola en funcionamiento en poco tiempo.

Comparados con los recursos casi inagotables de los EEUU y los debilitados, pero aún muy grandes de los imperialismos europeos que sufrieron la guerra nazi, los de la URSS y países del este, eran abrumadoramente inferiores. En 1940, la industria era el 45% de la economía checa, el 20% de la húngara y polaca, el 10% de la búlgara y rumana, Albania era el país más empobrecido de Europa… La guerra y la devastación nazi los destrozaron aún más. La revolución china triunfó en 1949 en medio de la pobreza extrema tras un siglo de saqueos invasores y la huida del gobierno con las reservas de oro. Vietnam inició su larga guerra de liberación desde la mortal hambruna impuesta por la esquilmación japonesa de sus recursos. Otro tanto sucedió en Cuba en 1959, cuando la burguesía huyó a los EE.UU., llevándose literalmente todo lo que pudo. Una «maldición» de los países empobrecidos es que deben avanzar al socialismo con muy pocas y atrasadas fuerzas productivas, y sufriendo el implacable sabotaje capitalista.

Como hemos dicho arriba y teniendo en cuentas estas ingentes diferencias de partida, hay que aplaudir el que los pueblos que comenzaron el tránsito al socialismo con tan pocos recursos y bajo brutales presiones, lograran avances tan espectaculares de entre los cuales ahora sólo citamos el de la impresionante mejora de las condiciones de vida, trabajo y libertad de las mujeres y de la infancia, conquista cualitativa que ninguna burguesía ha tolerado nunca y que fue la primera en ser destruida por el sistema patriarco-burgués reinstaurado. Ese y otros saltos históricos se realizaron mediante la sinergia de siete dinámicas fundamentales integradas en la dialéctica de la lucha de clases mundial entre el capital y el trabajo:

1) liquidación del poder militar, económico, político, cultural… de la gran y mediana burguesía y control de la pequeña burguesía, debilitando en todos los sentidos a esta clase.

2) sistema de defensa basado en el pueblo en armas.

3) democracia socialista con múltiples formas de participación rectora de las clases trabajadoras en la planificación socioeconómica combatiendo la tendencia a la burocratización del Estado, instituciones y sindicatos.

4) conciencia colectiva mayoritaria orientada al socialismo, reforzada por los avances reales en una forma de vida cualitativamente superior a la burguesa sufrida hasta entonces.

5) planificación social de la economía tendente a la reducción progresiva en aquellas duras condiciones de los efectos procapitalistas y reaccionarios de la ley del valor y del fetichismo de la mercancía inherentes a la existencia del mercado.

6) reformas para aumentar la producción de bienes de consumo y mejorar la calidad de vida, aumentar la productividad del trabajo mediante la ciencia y la técnica, etc., reformas que pese a fracasar recuperaban por un tiempo la legitimidad del tránsito al socialismo.

Y 7) internacionalismo que debilitaba al imperialismo, facilitaba la ayuda exterior y obstaculizaba las agresiones del capital mundial.

Dependía de la historia de cada país que se mantuviera o estallara el inestable equilibrio entre estas y otras dinámicas particulares o singulares. Fue en el este de Europa desde 1945 donde más crudamente se desarrolló la muy compleja dialéctica de la lucha de clases, abriéndose uno de los dos abismos por los que se precipitó la URSS desde la década de 1970, siendo el otro la degeneración burocrática desde la década de 1930 que, entre pugnas internas, culminó con la instauración de un capitalismo mucho más salvaje y corrupto que el que iba creciendo en la llamada «segunda economía» en la URSS, como veremos.

Frente a la superficialidad de muchos análisis «críticos» sobre la implosión de la URSS, debemos recordar que desde 1945 el imperialismo comenzó una estrategia múltiple de acoso y derribo de los intentos de transición. Antes de la creación de la OTAN sus servicios secretos impulsaron movimientos contra revolucionarios que llegaron a verdaderas guerras civiles en el Este, porque en muchos países como Polonia, Hungría, Alemania oriental, Rumania, Ucrania, Países Bálticos, etc., hubo grupos nazifascistas y en todos, fuertes burguesías reaccionarias que, con la ayuda de la Gestapo, masacraron comunistas, socialistas, demócratas, gitanos, judíos, grupos con bases social que el imperialismo pretendió reactivar… En Polonia, sectores burgueses resistieron al nazismo, pero se sublevaron contra su propio pueblo y el Ejército Rojo. La creación oficial de la OTAN en 1949 multiplicó la coordinación estratégica y planeó diversos ataques nucleares contra la URSS fallidos por la potencia militar soviética y el miedo a una sublevación obrera en Europa occidental, aunque obligaron a la URSS a despilfarrar una gran parte de su economía en el gasto militar improductivo, acelerando así por diversas vías su crisis interna

Durante este proceso se fue creando en la URSS y Europa oriental una estructura socioeconómica, política y cultural caracterizada grosso modo por:

1) déficit agropecuario estructural y dificultades periódicas de abastecimiento de la ciudad por el campo, que obligaba a requisas periódicas, que fortalecía el mercado ilegal, y que aumentaba la dependencia del mercado alimentario capitalista.

2) desequilibrio entre la subproducción de bienes de consumo y sobreproducción de bienes de producción.

3) hipercentralización estatal orientada a la producción extensiva y cuantitativa, lo que frenaba el avance técnico y científico, cualitativo, excepto en lo militar, intensificando el despilfarro y el destrozo ambiental.

4) sustitución del crédito controlado a las empresas por las asignaciones presupuestarias sin apenas control a sus direcciones desligadas de las y los trabajadores.

5) deficiencias en el abastecimiento, reparto y venta de los bienes y equipos, creando colas de espera, favoreciendo el mercado ilegal e «invisible» pero creciente, y agudizando el contraste con los privilegios burocráticos.

6) empobrecimiento teórico-político al prohibirse muchas corrientes marxistas que de alguna u otra forma cuestionaban los dogmas establecidos.

Y 7) agotamiento imparable de la legitimidad del socialismo oficialmente definido, y aumento de la ideología pequeño burguesa reforzada por el avance lento de la «segunda economía» y por los intelectuales «democráticos» que legitimaban el socialismo de mercado.

Para comienzos de los ’50 estas contradicciones eran tan insoslayables que entre 1958 y 1965 se mantuvieron debates sobre si la ley del valor era antagónica con el socialismo o si se podía utilizarla «conscientemente» controlando sus nefastos efectos. Pero la mayoría de estos debates estaban lastrados por el poco o nulo conocimiento de partes elementales del marxismo debido a la represión de las izquierdas en los ’30. Por ejemplo, la imprescindible crítica del fetichismo fue sepultada en Siberia a pesar de ser central para la liquidación del capitalismo, y este es sólo un ejemplo porque incluso obras de Marx, Engels, Lenin… fueron ocultadas bajo toneladas de dogma mecanicista y economicista.

Entre 1959 y 1961 el Che visitó varios países del Este y la URSS, viendo cómo la transición se estancaba y empezaba a retroceder, afilando las tesis que defendería en el «debate cubano» sobre la inconciliabilidad entre la ley del valor y el socialismo en 1963-64. A diferencia del debate a este respecto en Europa, el Che y otros marxistas insistían en que no debía separarse la economía de la política práctica en la vida social, en que no era un diálogo entre tecnócratas aislados del pueblo obrero y con privilegios de casta, sino que debía ser un debate democrático, horizontal, abierto a la crítica de las y los trabajadores en fábricas, campos, escuelas…: debía ser la democracia socialista en acción, reflexionando autocríticamente sobre cómo avanzar al socialismo.

Durante las nueve entregas anteriores hemos visto cómo esta exigencia de debate popular para decidir el presente y el futuro es consustancial a la praxis de transición revolucionaria del capitalismo al comunismo, pasando por el socialismo. Pero durante la década de 1970 fue popularizándose en las clases trabajadoras del bloque de la URSS un dicho escalofriante por su significado: «ellos hacen como si nos pagan y nosotros hacemos como si trabajamos». ¿Qué estaba sucediendo para que se expandiera esta indiferencia por el socialismo?

Primero, los debates de 1958-65 no tenían ni mucho menos la perspectiva sociopolítica ni la atención popular de los sostenidos en 1918-29, sino que eran tecnocráticamente lineales orientados a la administración de las empresas y a intentar establecer un equilibrio entre la producción militar e industrial pesada, y la producción de bienes de consumo, así como garantizar la agropecuaria, dentro de un triunfalismo suicida según el cual el comunismo estaba a la vuelta de la esquina.

Segundo, eran debates que no entraban a las crecientes tensiones entre diversos sectores de la casta burocrática, sino que eran apolíticos en aquel contexto. Muy rápidamente expuesto, el sector que propugnaba un incremento de los bienes de consumo y una apertura «controlada» del «mercado socialista» chocaba con el que propugnaba el mantenimiento de la industria pesada y militar, y en todo caso el desarrollo de la pequeña economía legal de mercado de consumo inmediato, que no tenía nada que ver con la ilegal «segunda economía» que iba creciendo. Pero al ser un debate tecnocrático separado de la vida sociopolítica, para mediados de los ’60 se había impuesto la tesis no marxista de que la ley del valor actuaba «objetivamente», es decir, podía ser controlada y guiada hacia el socialismo. Y se había impuesto porque la ideología economicista y mecanicista dominante era incapaz de comprender la dialéctica del valor, sus contradicciones explosivas y el contenido sociopolítico de ellas.

Tercero, las reformas de 1965 y sobre todo las de 1973. 1979 y 1985 fueron agotándose en poco tiempo por cuatro razones básicas: 1) no iban a la raíz del problema, que no era otro que la creciente autonomía práctica de las empresas y de rebote del mercado «invisible» y de su corrupción esencial. 2) obtenían cada vez menos apoyo de las clases trabajadoras progresivamente apáticas desde que se agotó la impresionante movilización de 1957 para colonizar Siberia, que fue el canto del cisne que fue apagándose hasta comienzos de los ’80 cuando aún los sondeos de opinión mostraban cierta adhesión popular al sistema. 3) eran boicoteadas por distintas facciones burocráticas que se agarraban a sus privilegios, Y 4) no podían frenar la inicial tendencia a endeudarse con el capital imperialista, cáncer iniciado en el Este y que infectaría a la URSS creando problemas nuevos y peores que se añadían a los de antes.

Cuarto, la inicial conciencia socialista del proletariado se desintegrada a la vez que crecía la «segunda economía» ilegal y retrocedía la legal de una pequeña producción para el consumo inmediato que en 1950 suponía la mitad del PIB, pero cayó hasta el 10% en 1977. La economía ilegal, la que existía gracias al mercado «invisible» subió del 3,4% en 1960 al 20% en 1988, año en el que la facción dirigida por Gorbachov decidió acelerar el tránsito al capitalismo. En términos generales, en 1977 las dos formas de economía privada representaban casi el 30% del PIB de la URSS. A la vez, la economía oficial se atascaba y decaía, la ciencia y la técnica apenas se aplicaban a la producción que no fuera militar, los bienes de consumo llegaban tarde, muchos bienes se conseguían más fácilmente en el mercado paralelo y volvía el alcoholismo.

Quinto, al morir Brézhnev en 1982 la situación estaba llegando al límite. Su propia familia pertenecía a la creciente pre-burguesía corrupta. Las ansias de enriquecimiento de esta pre-burguesía eran tales, y era tal la dejadez de la burocracia, que fueron incapaces de descubrir que los programas de computación que compraban a los EEUU tenían virus de espionaje introducidos por la CIA según un plan de la Administración Reagan, mientras cientos de jóvenes soviéticos morían defendiendo la libertad en Afganistán. La llamada Guerra de las Galaxias lanzada por el imperialismo en esas fechas, asfixió aún más a la URSS. Andrópov, sucesor de Brézhnev, hizo esfuerzos desesperados por detener la caída; sus críticas públicas a la corrupción, el pasotismo, el alcohol, la ineficiencia, etc., llegaron tarde porque murió quince meses después de tomar la dirección, en 1984. Su sucesor Chernenko murió en 1985: en la caja fuerte de su despacho en el Kremlin se descubrieron bolsas con diamantes.

Y sexto, hemos dicho que también fracasaron las reformas de 1985 que abrían la puerta a sucesivas leyes dictadas por la facción de Gorbachov –personaje de carácter débil– sobre empresas privadas con el título de cooperativas, sobre el trabajo individual, sobre la inversión extranjera, etc., concesiones privatizadoras disimuladas con la lucha contra el alcoholismo, con la propaganda sobre la libertad de prensa que beneficiaba casi exclusivamente a quienes querían reinstaurar el capitalismo, contra la pequeña corrupción… En 1988 la dirección del PCUS estaba rota en dos tendencias fundamentales: la decidida a mantener las formas establecidas desde la IIGM, pero carente de dirección, y la decidida a avanzar hacia el libre mercado que ya acaparaba el grueso del poder político y de la prensa, en estrecha conexión con la «segunda economía». Esta facción se lanzó a despolitizar el Ejército Rojo, reduciendo sus miembros y los presupuestos, expulsando o marginando a quienes se oponían.

A finales de 1989 esta facción legalizó las bases del capitalismo. En 1990 la pobreza golpeaba a casi el 28% de la población, la renta decreció en un -4% y la industria y las inversiones de desplomaron. Dentro del PCUS quienes apoyaron y manipularon a Gorbachov, títere de carácter débil, reforzaron la facción más corrupta y procapitalista, la dirigida por el borracho Yeltsin, bajo cuyo mandato y en medio de la indiferencia de la mayoría social, se arrió la bandera roja de la hoz y el martillo del mástil del Kremlin en 1991, la misma que hondeó en el Reichstag nazi en 1945. Simultáneamente caía contra los pueblos de la ex-URSS una catarata de leyes salvajes que destrozaron lo que quedaba de las grandiosas conquistas de la revolución de Octubre, la bolchevique. En las dos entregas que faltan volveremos una y otra vez a esta aleccionadora experiencia, sobre todo en la última, la que tratará sobre la piedra basal y del punto de bóveda de la praxis marxista: la teoría de la crisis.

13 de marzo. 2020

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XI. DE LA CRISIS AL COVID-19: 1987, 1991, 1994, 1996, 2007

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En esta undécima entrega de un total de doce que hacemos para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran, desarrollaremos la evolución de la lucha de clases desde el inicio de la contrarrevolución imperialista equívocamente llamada neoliberal, en la mitad de los 70’s hasta el presente; y en la duodécima y última concluiremos con la teoría de la crisis a modo de síntesis del marxismo.

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Este era el plan inicial de la obra, pero estamos en uno de esos momentos en los que el estallido de la realidad se impone sobre los planes intelectuales anteriores a la hecatombe. Marx redactó varias veces El Capital para integrar en la obra general las lecciones extraíbles de las nuevas contradicciones. Lenin usaba la frasea «…la revolución enseña…» para mostrar cómo la dialéctica entre la mano y la mente, la acción y el pensamiento exigía la autocrítica de lo ya realizado ante el permanente cambio de lo real. Las y los marxistas se han caracterizado siempre por integrar las más recientes formas de la contradicción objetiva en el movimiento de la contradicción subjetiva porque lo nuevo explica mejor que lo viejo la dialéctica de la unidad y lucha de contrarios. Por esto, Marx decía que es la anatomía del hombre la que nos descubre los secretos de la anatomía del mono.

Muy en resumen, el marxismo sostiene que la progresión de las fuerzas productivas implica la regresión humana en la sociedad capitalista; que a partir de un determinado momento las fuerzas productivas devienen fuerzas destructivas; que la naturaleza termina vengándose de la sociedad burguesa que la ha reducido a mercancía; que las crisis parciales o subcrisis se acumulan y entrelazan dando el salto cualitativo a crisis devastadoras; que la ley general de la acumulación de capital y la ley tendencial de la caída de la tasa media de ganancia son las principales fuerzas subterráneas que hacen que las crisis de sobreproducción, subconsumo, proporcionalidad y realización, tiendan a confluir en crisis estructurales que estallan aniquilando vidas y bienes; que éstas crisis ponen al proletariado ante la disyuntiva de lanzarse a la revolución o sufrir una derrota aplastante; que la sucesión de derrotas obreras refuerza la irracionalidad burguesa, la del brujo que no puede domeñar las fuerzas infernales que ha desatado con sus conjuros acelerándose la espiral que puede acabar en la destrucción mutua de las clases en conflicto; que la única alternativa es la de crear organizaciones revolucionarias que mantengan vivas la memoria y la teoría, impulsen la autoorganización, la autodefensa y la independencia política de clase, organicen la destrucción del poder del capital y la victoria del poder proletario…

Desde inicios de los 60’s la nueva industria de la cultura burguesa, las universidades estatales o privadas, los servicios secretos, las instituciones políticas, los empresarios, etc., cooptaban cada vez más a la casta intelectual, a la «gauche divine», al «marxismo académico». Alrededor de dos décadas después, esta élite estaba tan desactivada que fue incapaz de resistir al neoliberalismo facilitando que muchos de sus miembros se integraran en él, a pesar de la impresionante oleada de lucha sostenida en esos años. Las «modas post» –postmarxismo, postmodernismo, postestructuralismo, populismo democrático, etc.—permitían toda serie de divagaciones fantasiosas que no eran sino mercancías ideológicas de usar y tirar en el mercado de la alienación fetichista de masas. Especial impacto paralizante tuvieron, por un lado, la amputación de la radicalidad de Gramsci realizada por el eurocomunismo, falseándolo; y por otro, el ataque implacable a la teoría marxista del Estado y de la violencia, facilitado por la obra de Foucault y su deriva reformista. Sobre este desierto avanzarían luego otras formas de la ideología burguesa como los mitos del «nuevo capitalismo sin crisis», la «economía de la inteligencia» o de lo «inmaterial», la desaparición del imperialismo sustituido por la «gobernanza mundial», etc.

La derrota proletaria en Occidente no fue causada tanto por la «traición» de este grupo especial de asalariados, como por la conjunción de varios factores: la fuerza irracional del fetichismo de la mercancía en auge desde la década de los 50’s; el nacionalismo imperialista azuzado por la prensa contra las guerras de liberación antiimperialista que debilitaban el poder occidental; la nueva estrategia represiva del capitalismo; la presión desmovilizadora y frecuentemente reaccionaria del eurocomunismo, entre otras más. Un papel clave en la derrota lo tuvieron los aparatos de poder imperialista, el FMI, sobre todo, cuya salvaje inhumanidad es silenciada en todo momento por la prensa. El ataque a la teoría marxista del Estado, del poder y de la violencia, facilitó la ocultación del papel criminal del FMI y otras instituciones del capital –por ejemplo, la mitificación reaccionaria de la Unión Europea y su euro imperialismo–, desviando la atención hacia nebulosas inasibles convertidas en mantras que lo justifican todo: el neoliberalismo, la globalización, el mercado financiero, el «terrorismo»…, o hacia conceptos entonces de moda como «biopolítica» y «necropolítica»: pocas veces en la historia del pensamiento, tantas palabras han tenido tan poca riqueza conceptual han creado tanta confusión.

Para finales de los ’80 y exceptuando a las izquierdas que arriesgaban su vida en la lucha de liberación antiimperialista como la victoria nicaragüense en 1979 y otras muchas como la invasión de Grenada en 1983, y en la lucha armada en el seno del imperialismo, salvo esta área, los marxistas eran pocos entre los afiliados a los partidos «comunistas» y a los sindicatos, y a los millones de personas que vivían en países «socialistas». Recordemos que empezamos la primera entrega de esta serie recordando las palabras de un revolucionario venezolano con las que describía la dificultad de ser marxista. Aun así, entre los ’60 y los ’80 se habían desarrollado críticas al capitalismo que con el COVID-19 demuestran su acierto y vigencia. Por ejemplo, la lucha por la sanidad pública y por otra salud; la defensa de la naturaleza desde el ecologismo socialista; la emancipación de la mujer trabajadora; alternativas de resistencia colectiva, comunal, cooperativa; grupos de ciencia-crítica frente a la tecnociencia burguesa; la lucha contra la militarización y los debates sobre la «fase exterminista» del capitalismo; un internacionalismo consecuente; la reactivación de la radicalidad teórica marxista, etc.

Como se aprecia, desde mil caminos y siempre en medio de la lucha, se avanzaba hacia la concreción de la teoría marxista de la crisis sistémica de la civilización del capital. Al muy poco de la contraofensiva neoliberal estalló el ‘Lunes Negro’ del 19 de octubre de 1987 hundiéndose las bolsas del mundo con pérdidas inmensas: un aviso de lo que se estaba gestando en la esencia irracional de la sociedad burguesa. Una de sus respuestas a este batacazo insospechado fue imponer el Consenso de Washington de 1989-90, estrategia para la liquidación de la soberanía de pueblos y Estados y para facilitar la libre circulación de capitales por el mundo excepto en los muy protegidos Estados imperialistas. Este Consenso abría de par en par los ataques a la Naturaleza, multiplicando exponencialmente las causas socioecológicas, económicas y políticas que han creado el COVID-19. Pues bien, aparte de en otros muchos textos, en El Capital se encuentra la explicación teórica básica de esta debacle, cuando se exponen las seis principales medidas burguesas que contrarrestan temporalmente la ley tendencial de caída de la tasa media de beneficio. Es importante resaltar lo de «principales» porque Marx sabía que había otras pero que eran secundarias en el capitalismo de la década de 1860. Años después, Engels volvería sobre las tesis de Marx acerca de cómo el capitalismo destrozaba a la naturaleza y a la especie humana.

El socialismo realmente inexistente implosionó en 1989-91 por las razones que hemos explicado en dos entregas. Se desplomó en el mismo año en el que Japón, entonces segunda economía, entraba en una larga sucesión de subcrisis que con altibajos se mantienen hasta ahora. Semejante confirmación de la veracidad de la crítica marxista del capitalismo fue despreciada por la casta intelectual ex marxista, obsesionada por resucitar las sempiternas tesis de la «muerte del proletariado», del «nuevo capitalismo», de los «nuevos sujetos», etc. Esta élite asalariada pasó a apoyar directa o indirectamente las agresiones imperialistas contra Irak, en la ex Yugoslavia, en las «revoluciones naranjas», en contra los pueblos árabes con la excusa de la primavera árabe, contra Irán, contra el pueblo saharaui, contra Cuba y Colombia, contra Panamá, etc.

En medio de esa euforia que parecía haber superado el susto del Lunes Negro de 1987, estalló la crisis del Tequila en el México de 1994 a causa de la devastación social impuesta por Tratado de Libre Comercio con los EE.UU., y Canadá: una advertencia más que no serviría de nada porque en menos de tres años, en julio de 1997 se hundían con estrépito los famosos «tigres asiáticos», Tailandia, Malasia, Indonesia y Filipinas tenidos como ejemplo del «nuevo capitalismo» sin crisis. El imperialismo occidental se salvó trampeando la economía para sacrificar a los «tigres» hasta entonces inmortales. En verano de 1998 les siguió el crack ruso con efectos tan devastadores que se enconó al máximo la lucha entre las dos facciones más poderosas de oligarquía: la más corrupta y entregada a Occidente, representada por el alcohólico Yeltsin, fue derrotada en 1999 por la menos corrupta y más nacionalista representada por Putin que fue imponiendo cambios drásticos.

El crack ruso hundió el fantasioso programa de una de las más grandes corporaciones financieras yanquis, la LTCM, asesorada por dos premios Nobel de economía, que afirmaba haber superado para siempre los peligros de la financiarización especulativa de alto riesgo. La FED intervino a la desesperada, y Wall Street tuvo que taponar la brecha con más de 3.600 millones-U$S para evitar daños peores. La respuesta yanqui EE.UU., fue extender la OTAN y fortalecer el fascismo en el Este europeo, utilizar el fundamentalismo islámico en Chechenia y otros países como lo había hecho en Afganistán, etc.: se trataba de crear «pueblos libres» que obligasen a un gasto militar a Rusia y que sirviesen de bases de ataque en posibles tensiones y hasta guerras futuras.

Mientras tanto, se reanudaban las luchas obreras como el caracazo venezolano de 1989, las sucesivas huelgas en la India desde 1990 en adelante, los motines urbanos en los EUUU en 1992, las huelgas en Bélgica en 1993, en Corea del Sur y México en 1994, en el Estado francés en 1995 y 1997, en el Estado español en 1994-95, en Nueva Zelanda y Australia en 1995, en los Estados Unidos y Sudáfrica en 1997, en Alemania en 1998, la victoria bolivariana en Venezuela de 1999, la rebelión argentina de 2001, la ejemplaridad de Cuba tras resistir heroicamente desde 1991…, una corta lista de una recuperación que, además, se mostraba también en el primer Foro de Sao Paulo de 1990 que abrió la puerta a crecientes reuniones internacionales que recuperaban en aquellas condiciones el acierto práctico y la valía teórica de la Tricontinental desde 1966 y en cierta forma de Bandung de 1955.

A la vez, era ya innegable la recuperación de la radicalidad teórica marxista sobre todo enriqueciendo y profundizando en todos los componentes de la teoría de la crisis, como veremos en la última entrega. En esta vorágine, científicos críticos empezaron advertir que tarde o temprano estallaría una pandemia mundial con efectos estremecedores, destacando la de 1994 y 2005 año de la gripe aviar, pero la burguesía no les hizo el menor caso. Ahora se sabe que no menos de 142 virus han saltado de animales no humanos a animales humanos, y que esta transferencia zoonótica se intensifica conforme el capitalismo achica y destruye sus nichos ecológicos, insertándolos incluso en la sociedad humana.

Sin embargo, era tal la ceguera de la casta intelectual, del reformismo y de la burguesía que de nuevo fueron sorprendidas al comienzo del segundo milenio de nuestra era por, al menos, dos crisis estremecedoras que junto a otras impulsarían la actual. Por un lado, se supo que en el último siglo se habían perdido el 50% de los bosques y de la tierra fértil, y que la flota pesquera mundial era un 40% más grande de lo que permitía la vida oceánica; a la vez, el 50% de la humanidad carecía de servicios de saneamiento de agua, porcentaje que aumentará con el tiempo, según veremos; y por no extendernos, se confirmaba que el clan Bush, que colocó dos presidentes norteamericanos, estaba unido entre otras, a la poderosa transnacional energética Enron, podrida hasta la médula, que cayó en la nada en 2001 justo cuando se hundía la famosa y artificial «economía del conocimiento» o burbuja «puntocom»: de marzo de 2000 a octubre de 2002 con pérdidas del 45% del índice bursátil S&P y del 78% del tecnológico Nasdaq. Para 2019 ese 50% de población mundial sin saneamientos médicos había subido al 60%, el 40% de la humanidad y el 47% de las escuelas del mundo, no tienen instalaciones básicas para lavarse las manos.

El agotamiento del agua potable, y la sobreexplotación de la mar, de la tierra fértil y de los bosques, por citar algunos de los impactos destructores del capitalismo sobre la naturaleza, serán una de las causas fundamentales de incremento de epidemias y pandemias hasta llegar al COVID-19. Proceso facilitado por la destrucción sistemática del mal llamado «Estado del bienestar» (sic), a la sobreexplotación de la fuerza global de trabajo, especialmente de la mujer, al aumento de las fuerzas represivas y a la explotación imperialista, por citar algunas de las tendencias fuertes del capitalismo del siglo XXI, que desmantelan y privatizan los escasos recursos públicos, asistenciales y de cuidados sociales, hizo que para inicios del siglo XXI la estrategia mundial desencadenada desde finales de los 70’s, terminara de romper el metabolismo entre la naturaleza y la especie humana intensificado exponencialmente desde la industrialización capitalista.

Las transferencias zoonóticas de virus de animales no humanos a animales humanos se intensificaron desde finales de la década de 1960 debido, en síntesis, a la dialéctica entre dos partes de la ley del valor: la mercantilización de la naturaleza y la mercantilización de la especie humana. Por una parte, la destrucción de los servicios sociales, de gastos públicos, de infraestructuras a cargo del Estado, etc.; es decir, la privatización absoluta, total, de la sociedad y de la especie humana en sí misma, su reducción a simple valor de cambio realizable en el mercado bajo la vigilancia cercana o distante del Estado como centralizador estratégico de las múltiples explotaciones de la fuerza global de trabajo. Por otra parte, la mercantilización de la naturaleza, la ruptura del proceso metabólico de la especie humana dentro de ésta, ruptura impuesta por el capitalismo imperialista y militarizado. Basta echar una ojeada a la multiplicación de epidemias y pandemias desde la llamada gripe de Hong-Kong en 1968-69 hasta el COVID-19 actual para certificarlo.

Tanto la gripe asiática citada como el primer brote de ébola en 1976 en zonas de África anunciaban lo que sucedería si no se tomaban rápidas medidas sanitarias que, en esos años, sólo eran factibles en los pueblos en transición del capitalismo al socialismo, especialmente el cubano. En el resto, la burguesía destrozaba la sanidad pública en la medida en que derrotaba las resistencias obreras y populares. Una confirmación incuestionable de la dialéctica entre el poder y la salud lo tenemos en el brote de difteria iniciado en 1990 al final de la URSS, cuando la nueva burguesía desmantelaba la excelente sanidad soviética en medio del paro, subempleo, empobrecimiento generalizado y reducción de la edad de vida: un ejemplo de libro de la dialéctica entre poder político, formas de propiedad y naturaleza.

Desde al menos 1845 los clásicos del marxismo insistían en esta dialéctica que, en última instancia, se sintetiza en lo que Lenin llamaba «el problema del poder»: siempre vuelve a escena el fantasma que aterroriza a la burguesía, la teoría marxista del Estado. Desde comienzos de los 70’s, la burguesía yanqui fue consciente de que iba perdiendo poder mundial y ya con el presidente Carter, anterior a Regan, inició su contraataque: para 2004 su euforia era tal por los grandiosos beneficios que volvía a creerse dueña del mundo, a pesar el aumento imparable de la pobreza en su propio país. Ni pudo ni quiso ver la catástrofe de 2007, y una de las medidas destinadas a salir de ella fue recortarle a Obama casi la totalidad de sus fútiles promesas electorales sobre ampliar la sanidad pública, mientras que se extendía una pandemia de opiáceos, drogas de diseño, alcohol y otras por entre el proletariado y la llamada «clase media» empobrecida.

A la vez, gigantescos presupuestos militares expandían la tecnociencia militarizada en detrimento de la ciencia de la salud pública. La destrucción de los servicios sociales y el abandono de la ciencia médica no rentable se intensificó desde la crisis de 2007 aunque entre 2009 y 2019 diversas epidemias y pandemias –gripe A, Síndrome Respiratorio, Zika, COVID-19, entre otras–, golpearon a la humanidad, pero la poderosa industria farmacéutica sólo investigaba las enfermedades con las que podía obtener cuantiosos beneficios. Salvando las distancias, si la anatomía del hombre explica la del mono, la crisis socio natural del COVID-19 explica la crisis del capitalismo.

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XII. COVID-19, TEORÍA DE LA CRÍSIS Y REVOLUCIÓN SOCIAL

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Hemos llegado al final de la serie de doce apuntes realizada para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran. Podemos sintetizar esta última entrega así: la veracidad histórica del marxismo se confirma en el agravamiento sucesivo de las crisis que refuerzan el avance al comunismo o por el contrario, lo detienen, lo hacen retroceder, reforzando así la vuelta a la barbarie, al caos.

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Para entender en su pleno alcance esta síntesis es conveniente releer la anterior y penúltima entrega –De las subcrisis… (1-2)– en la que intentamos explicar el desenvolvimiento de la dialéctica histórica reciente, desde la década de los ’80, hasta estallar en una crisis nunca conocida hasta ahora. La novedad radica en que es la primera vez en la que la burguesía mundial paraliza en gran medida su economía, asumiendo no sin profundas discrepancias internas, una drástica caída de la tasa de ganancia mientras multiplica sus fuerzas represivas para aplastar las previsibles resistencias obreras y populares que ya venían creciendo antes del Covid-19.

Para entender esta novedad y sus implicaciones debemos conocer antes lo esencial de la teoría marxista de las crisis como necesarias disrupciones destructivas en una «época de revolución social», no como anomalías o disfunciones casuales, azarosas, que perturban accidentalmente el equilibrio capitalista que siempre termina recomponiéndose. Las crisis son los crujidos de la lucha de contrarios en la civilización del capital, cataclismos tectónicos que llaman la atención del marxismo desde sus inicios. Una referencia básica aparece en estas palabras de Marx de 1859:

“En un estadio determinado de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o —lo cual sólo cons­tituye una expresión jurídica de lo mismo— con las relaciones de producción dentro de las cuales se habían estado moviendo hasta ese momento. Esas relaciones se transforman de formas de desarrollo de las fuerzas productivas en ataduras de las mismas. Se inicia entonces una época de revolución social” (K. Marx. Contribución a la crítica de la economía política. Siglo XXI. Madrid.  2008, p. 5)

Aquí está el fundamento último de las crisis sistémicas: momentos en los que estalla la contradicción inconciliable entre el desarrollo de las fuerzas productivas materiales y las relaciones sociales de producción existentes. Podemos debatir si la época de revolución social se inició embrionariamente con los luditas en la segunda década del siglo XIX y con la creación del primer partido obrero revolucionario en esa época, o con la revolución de 1848 y la sublevación india de 1857; sobre si avanzó con la Comuna de París de 1871 y las rebeliones anticolonialistas de finales del siglo XIX, etc. Para Marx y Engels, un momento clave en este debate fue la derrota de 1848. Según lo explicó Engels en 1888:

«En política no existen más que dos fuerzas decisivas: la fuerza organizada del Estado, el ejército, y la fuerza no organizada, la fuerza elemental de las masas populares. En 1848, la burguesía había desaprendido de apelar a las masas; les tenía más miedo que al absolutismo […] era una revolución completa llevada a cabo por medios revolucionarios. Por supuesto, estamos lejos de reprocharlo. Al contrario, le reprochamos el no haber sido suficientemente revolucionario, el haber sido nada más que un revolucionario prusiano, el haber iniciado toda una revolución desde unas posiciones desde las que sólo se puede realizarla a medias…» ( F. Engels. El papel de la violencia en la historia. Progreso. Moscú. 1976, T. 3, p. 418 y 420)

Después llegaría la revolución de 1905, la mejicana de 1910, la oleada iniciada con la bolchevique de 1917, reforzada con la revolución china de 1949…; intercalando siempre en este devenir los impactos de las sucesivas crisis socioeconómicas, sobre todo las grandes depresiones de 1873 y 1929, o las brutales guerras regionales y mundiales. Al margen de estas precisiones, sí es cierto que el antagonismo entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción llega a ser objetivo, aterrador e inocultable desde el período que va de 1914 a 1945, momento en el que la «época de revolución social» es ya una necesidad de supervivencia.

Pero se equivocan quienes creen que toda esta experiencia culminó en una especie de «teoría completa», «acabada», «definitiva» de las crisis. La dialéctica de la historia hace que esto sea imposible. Nadie mejor que Marx para expresarlo así en una carta a Lasalle sobre la lentitud en su redacción de la Contribución a la crítica de la economía política:

«Pero avanza muy lentamente, porque los temas de los que desde hace muchos años se ha hecho el centro de los estudios de uno, cuando se quiere terminar con ellos siempre ofrecen nuevos aspectos y exigen nuevas reflexiones» (K. Marx. Carta a Lasalle, p. 316)

Por esto Marx, ocho años después de la Contribución…, plasmó en El Capital el choque entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales, desarrollando la ley general de la acumulación de capital, y en la ley de la caída tendencial de la tasa media de ganancia, como las bases fundamentales, esenciales, de la teoría de la crisis en cuanto teoría abierta, en enriquecimiento inacabable.

Uno de los esfuerzos de Engels al final de su vida fue el de explicar el avance teórico como parte dela acción permanente de las contradicciones. Engels decía que:

«También Marx cometió errores de cálculo y a pesar de ello tiene razón en lo fundamental»(F. Engels. Prólogo de 1894. El Capital. FCE, México 1975, T. 3, p. 22)

Cinco meses antes de su muerte escribió:

«Toda la concepción de Marx no es una doctrina, sino un método. No ofrece dogmas hechos, sino puntos de partida para la ulterior investigación y el método para dicha investigación. Por consiguiente, aquí habrá que realizar todavía cierto trabajo que Marx, en su primer esbozo, no ha llevado hasta el fin» (K. Marx. Carta a Werner Sombart. 11 de marzo de 1895. Obras Escogidas. Progreso. Moscú 1976, T. 3, p. 532)

Y en ese mismo año actualizó la teoría del capital-dinero, escrita por Marx en 1865, treinta años antes, afirmando que: «Hoy, la cosa ha cambiado»(K. Marx. “La Bolsa”. El Capital. FCE. México 1975, T, 3, pp. 40-42)

Y en ese mismo año, Engels insiste en que:

«Cuando se aprecian sucesos y series de sucesos de la historia diaria, jamás podemos remontarnos hasta las últimas causas económicas. […] hasta el punto de poder, en cualquier momento, hacer el balance general de estos factores, múltiplemente complejos y constantemente cambiantes; máxime cuando los más importantes de ellos actúan, en la mayoría de los casos, escondijos durante largo tiempo antes de salir repentinamente y de un modo violento a la superficie […] La estadística es un medio auxiliar necesario para esto, y la estadística va siempre a la zaga, renqueando» (F. Engels. Introducción de 1895 a La lucha de clases en Francia, Progreso. Moscú 1978, T. 1, pp. 190-191)

Luego volveremos a este texto imprescindible para entender el significado de la novedosa crisis actual.

Comprendemos así, por tanto, la causa fundamental de las crisis como erupciones violentas de la contradicción creciente entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales, magma subterráneo expulsado por la tendencia objetiva a la sobreproducción mediante la sobreacumulación de capitales y sobreproducción de mercancías. Este núcleo interno fundamental es activo por diversas causas: la caída de la tasa de ganancia, la sobreproducción, el subconsumo, la desproporción entre los bienes de producción y los bienes de consumo… Lo fundamental, y lo confirmado siempre, es la inevitabilidad, la tendencia objetiva a la sobreproducción que una y otra vez reaparece en la historia capitalista; las causas concretas en las que se muestra esa ley fundamental dependen de muchos factores que sólo pueden descubrirse en cada situación particular. Las crisis, sobre todo las sistémicas, se caracterizan al menos por seis puntos:

– Uno, agudizan la lucha de clases en su doble faz, revolucionaria y reaccionaria.

– Dos, exigen la intervención sociopolítica y represiva del Estado para que la reacción aplaste a la revolución.

– Tres, destruyen fuerzas productivas, recursos naturales y derechos sociales, llegándose a atroces guerras, para reiniciar luego otra expansión sobre ese desierto.

– Cuatro, se reducen los plazos temporales entre las crisis y se aceleran sus interacciones hacia su mundialización, de modo que estallan antes y a escala cada vez más amplia, tanto en la destrucción social como natural.

– Cinco, cada crisis añade formas nuevas sobre la anterior, que reflejan los cambios profundos en el sistema, y en las grandes crisis –1873, 1929, 1968-73, 2007, 2020–aparecen contradicciones nuevas que no anulan sino que agravan las fundamentales.

– Y seis, pueden acelerar el avance al socialismo y al comunismo dependiendo no sólo de la interacción de los puntos anteriores sino sobre todo de la fuerza materialmente organizada de la conciencia revolucionaria del proletariado, del llamado «factor subjetivo», que derrota al Estado y a las fuerzas reaccionarias.

El desarrollo de esta teoría ha sido simultáneo a debates que la encuadraban en la marcha hacia el irracionalismo descontrolado: en La Ideología Alemana de 1845 se teorizaba que a partir de un determinado momento las fuerzas productivas se transforman en fuerzas destructivas. En el Manifiesto Comunista de 1848 se advertía que la lucha de clases podía conducir al exterminio mutuo de los bandos en lucha. En El 18 Brumario (1852) se analizó el bonapartismo y ¿al protofascismo? Engels «profetizó» con años de antelación el estallido de una espeluznante guerra mundial con millones de muertos. A finales del siglo XIX Kautsky planteó el dilema de socialismo o barbarie, actualizado en 1915 por Rosa Luxemburg. En 1914 Lenin explicó la esencia aniquiladora del imperialismo. En 1918 los bolcheviques hablaron de comunismo o caos. Gramsci, Trotsky, Benjamin, Dimitrov y otros analizaron el nazifascismo. Lukács en 1952 advirtió que el nuevo irracionalismo yanqui podía reavivar en determinadas condiciones un nuevo fascismo. En 1967 H. Lefebvre denunció el imparable poder de la tecnocracia. En los ’80 Thompson y otros debatieron sobre la llamada «fase exterminista» del capitalismo.

Desde la guerra de Corea de 1950-53 los EE.UU. y en menor medida Israel han estado a punto de lanzar bombas nucleares para aplastar las resistencias de varios pueblos, siendo impedidos por la URSS. La inacabable teoría de la crisis se ha ido enriqueciendo bajo las estremecedoras lecciones de estos y otros acontecimientos, ejemplos del «alma virtuosa» de la burguesía. La incompatibilidad entre el capital y la naturaleza, se ha ido agudizando desde la mitad del siglo XV con el esclavismo burgués; se intensificó desde finales del siglo XVIII con la revolución industrial y con la industria de la matanza humana en las guerras napoleónicas, dio un salto con la nuclearización desde 1945, con el agotamiento de los recursos y la crisis socioecológica desde la década de 1960. La deforestación sistemática, el calentamiento climático, la agroindustria y la farmaindustria, el hacinamiento en conurbaciones, la devastación social, el empobrecimiento y la sobreexplotación, etc., han roto el metabolismo socionatural abriendo brechas por las que se expanden epidemias y pandemias tal como la ciencia crítica advertía cada vez más insistentemente desde finales del siglo XX, confirmándose en 2014 con el ébola.

Para 2017 se constataba otro «enfriamiento» de la economía mundial y la tendencia al alza de las resistencias obreras y populares multifacéticas. Las pugnas por una nueva hegemonía mundial iban en aumento presionadas cada vez más por el agotamiento de los recursos, el parón económico, la deuda imparable y el malestar social. A lo largo de 2019 empeoraron todos los índices de gravedad y las estadísticas fundamentales caían hacia el rojo: según el informe de la OCDE de principios de junio, que analiza las 33 grandes economías, a finales de 2019 alrededor del 25% de las empresas del mundo carecían de recursos para pagar sus deudas de 2020. Desbordada y sobrecogida por la nueva y desconocida crisis, presionada por las crecientes protestas, revueltas e insurrecciones populares en muchos países, e intuyendo por los inquietantes informes de Inteligencia, el grueso de la burguesía mundial ha recurrido a una estrategia doble: cerrar gran parte de la economía y aprovechar el confinamiento para paralizar por miedo las previsibles luchas posteriores.

 La irrupción del Covid-19 confirmó la «profecía» marxista de la inevitabilidad de la «venganza de la naturaleza». La OCDE habla de una recuperación vacilante dependiendo de si rebrota y con qué gravedad la pandemia, y en todo caso de una perspectiva «excepcionalmente incierta». En esos días, la CBO, oficina del Congreso norteamericano, desautorizaba el optimismo de D. Trump avisando que la recuperación de los EEUU será lenta e incierta, pudiendo durar un decenio. Otros informes sobre China e India, ponen el acento en la espada de Damocles de los rebrotes del coronavirus, como ahora mismo sucede en Pekín, y en la caída de la economía mundial. Una dura Gran Depresión regional ha empezado en Nuestramérica. La Unión Europea está rota y la facción burguesa que obedece a euroalemania babea pensando cómo va a chupar la sangre al resto. M. Roberts termina así uno de sus artículos: «el retorno a la normalidad se está evaporando en el horizonte».

Llegados a este punto, la novedad de la actual crisis no anula sino actualiza la validez de la premonitora Introducción de 1895 de Engels arriba citada, censurada durante muchos años por el reformismo socialdemócrata precisamente en las cuestiones decisivas entonces y ahora: ¿siguen siendo válidos los métodos insurreccionales anteriores a la Comuna de París, por ejemplo, métodos óptimos para las callejuelas estrechas, con un urbanismo caótico en las barriadas populares, medievales en buena medida? ¿O han quedado definitivamente superados por las innovaciones en las estrategias represivas y militares, por el nuevo urbanismo con calles anchas y largas, con la enorme separación entre las zonas residenciales y los centros de poder socioeconómico y político, y las empobrecidas ciudades-dormitorio del proletariado, y de las decrépitas «clases medias», etc.? ¿Por qué el capital ha creado unidades policíaco-militares, cuerpos especiales de guerra urbana en el centro mismo del capitalismo imperialista e integra en un mando político-militar la industria represiva «privada»?

Si estudiamos el heroísmo de la insurrección chilena, o ecuatoriana, o el ascenso de las luchas en Colombia, Brasil, Honduras, México… por hablar de Nuestramérica; o las movilizaciones del proletariado francés, y las de otros muchos otros colectivos que de una u otra forma se enfrentan a la dictadura del capital, todas ellas de finales de 2019, vemos siempre el mismo problema: la incapacidad para reunificar la teoría de la crisis con la estrategia revolucionaria y con la teoría de la organización, ruptura impuesta por el reformismo ya en vida de Marx , reforzada tras su muerte con la censura a Engels, y sostenida por todos los reformismos. Si estudiamos la rebelión obrera en los EE.UU. que vertebra la lucha contra el racismo, estallido que venía anunciado por movilizaciones anteriores y por las tensiones dentro del partido demócrata, descubrimos la misma falla interna: la incapacidad para entender que no hay posibilidad de victoria sin reintegrar esas partes en una praxis coherente. Engels sostenía que:

– Primero, que su texto no pretendía pontificar ni imponerse a otras luchas obreras en Estados diferentes al alemán del momento.

– Segundo, defendía ardientemente el derecho a la revolución como derechovital.

– Tercero, advertía que tarde o temprano la burguesía alemana intentaría destruir con la represión la creciente fuerza del proletariado y, en otro texto de la misma época, recordaba que Marx rechazaba la posibilidad de una toma pacífica del poder porque la burguesía organizaría antes una contrarrevolución.

– Cuarto, sostenía que mientras llegaba ese momento, en Alemania el proletariado podía avanzar mediante la lucha parlamentaria pero preparándose para ese momento.

– Quinto, que debía estudiar con detalle los cambios habidos, organizarse y elaborar una estrategia para integrar a la mayor cantidad posible de las masas populares de cara a otra insurrección cuando llegase el momento.

Esta visión adquiere mayor actualidad conforme somos golpeados por la extrema destrucción de fuerzas productivas desencadenadas conscientemente por la burguesía mundial, al margen de sus contradicciones internas, y empezamos a sufrir los primeros zarpazos y dentelladas del enorme arsenal represivo del que se está dotando el capital. Otra de las razones por las que el reformismo censuró a Engels es porque, además de lo anterior, el proletariado, ilusionado por su Introducción, podría abrir La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850, y leer este párrafo de Marx:

«El proletariado va agrupándose más en torno al socialismo revolucionario, en torno al comunismo, que la misma burguesía ha bautizado con el nombre de Blanqui. Este socialismo es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas la ideas que brotan de estas relaciones sociales».(K. Marx y F. Engels. La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850. p. 288)

Marx escribió estas palabras 9 años antes de la Contribución a la crítica…, en donde pone la piedra angular de la teoría de la crisis sistémica: la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales. En 1850 la precisión conceptual no era tan rigurosa como en 1859, pero ya apuntaba a lo decisivo: la teoría de la crisis lleva en su interior la teoría del poder proletario como única solución al capitalismo. El Covid-19 ha llevado esa contradicción a su nivel más alto posible ahora, validando otra vez al marxismo como la praxis que se realiza y se confirma en el período de revolución social que acelera el avance al comunismo.

17 de junio de 2020

 

 

 

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