Black Power, Literatura, Viejas costumbres, Yanquilandia

COLORES por Juan Gelman

En Estados Unidos se llama literatura negra a la escrita por negros. Como si fuera una cosa aparte del contexto, de la lengua y de la literatura misma. Es, desde luego, otra forma de la discriminación dominante que crispa a ese país. Con semejante criterio habría que denominar amarilla a la literatura de chinos y japoneses, cobriza a la de autores hindúes, etcétera. Sería colorido pero absurdo y, obviamente, racista. En Estados Unidos hasta los escritores negros adjetivan a su literatura así. Desde otro lugar: para subrayar una identidad con la que los blancos estadounidenses todavía no saben convivir.

La esclavitud fue abolida, ya no hay segregación en escuelas, restaurantes y medios de transporte, pero no pocos estadounidenses blancos siguen pensando —y aun diciendo— que sus compatriotas negros son intelectualmente inferiores, huelen de manera particular y viven obsedidos por el sexo (en especial con las blancas). El notable escritor negro Ralph Ellison supo describir simbólicamente tal situación en su única novela, El hombre invisible. La invisibilidad del protagonista-narrador es la de un hombre que existe a los ojos de los demás apenas como un repertorio de prejuicios y proyecciones.

«Sólo ven mis alrededores —dice de los blancos—, a sí mismos, o a invenciones de su imaginación, en realidad ven todo y cualquier cosa, menos a mí».

James Baldwin, novelista, dramaturgo, ensayista y brillante autor de Otro país, ha explicado:

«Sólo en su música, que los estadounidenses (blancos) son capaces de admirar porque un sentimentalismo protector les impide comprenderla, el negro ha podido contar su historia en Estados Unidos. Es una historia que aún debe contarse de otra manera, una manera que ningún estadounidense (blanco) está en condiciones de escuchar. Se podría decir que en Estados Unidos el negro realmente no existe, salvo en la oscuridad de nuestras mentes».

Para Baldwin, el problema radica en la necesidad del blanco de encontrar una forma de vivir con su compatriota negro «a fin de ser capaz de vivir consigo mismo». Esa necesidad lo ha empujado a aplicar sucesivamente el espanto de Lynch o el Ku Klux Klan, y el reconocimiento jurídico de los derechos civiles de los afroamericanos, o ambas cosas al mismo tiempo. El espectáculo creado entre el terror y la concesión, «a la vez ridículo y monstruoso, llevó a alguien a formular la muy correcta observación de que ‘el negro en Estados Unidos es una forma de insanía que agobia al hombre blanco’».

Un tema recorrió con insistencia los textos y aun la vida misma de Baldwin: el cara a cara del liberal blanco «bienpensante» con el negro para quien esa confrontación, cargada de condescendencia, no sólo elude su alteridad sino también el terrible legado de la historia. Este gran escritor padeció hasta la muerte el choque íntimo entre su deseo de una sociedad estadounidense libre de racismo y su conciencia de que los blancos liberales, aunque profesaran idéntica voluntad, no recorrían la penosa senda del examen de su propia historia. Para Baldwin, entonces, el negro soporta una doble alienación: cuando el blanco lo acepta, le pide que deje de ser el negro que su imaginario acuña y, a la vez, que no olvide qué es ser negro para un blanco. Y ambos viajan en sentidos contrarios:

«Si bien el negro estadounidense ha alcanzado su identidad mediante un extrañamiento absoluto de su pasado, el blanco estadounidense todavía nutre la ilusión de que hay vías para recobrar la inocencia europea (de sus orígenes), para volver a un estado en que el hombre negro no existe».

En los años ‘20, el llamado «Renacimiento de Harlem» o «Nuevo movimiento negro» sacó a los escritores negros del pintoresquismo dialectal y de la imitación convencional de los modelos en boga entre los blancos. En el ghetto negro de Nueva York se reunían músicos, artistas y escritores que comenzaron a profundizar la exploración de su cultura. Entre ellos, James Weldon Johnson, el poeta Countee Cullen y el inmigrante jamaiquino Claude McKay, autor de un emocionante libro de poemas titulado Harlem Shadows (Sombras de Harlem). Crearon en un país cuya Suprema Corte, no mucho tiempo atrás, había concluido que «la ley es impotente para erradicar los instintos raciales» y establecido una legislación «separada pero igual» para justificar la segregación. Los estados solían determinar con exactitud la dimensión de los espacios «Para blancos» y «Para negros» en los transportes y lugares públicos. A las mediciones burocráticas se sumaba la jerarquización social entre mulatos, cuarterones y mulatos claros característica de cualquier sistema de apartheid.

No todos los escritores del «Renacimiento de Harlem» compartían una idéntica visión. Obsesionaba a Nella Larsen, autora de dos novelas, el tema de la identidad de la mujer negra de piel clara —como ella misma— que podía pasar por blanca. A Richard Wright, el destino equiparable del negro y el obrero en la sociedad estadounidense. A Jean Toomer —un casi blanco— la experiencia de ser negro. Esos buceos en la subjetividad denuncian la complejidad del problema. No es casual que el gran poeta negro Langston Hughes, asomado a las costas ghanesas de África desde la borda del mercante donde era marinero, escribiera estas líneas:

«Remeros negros que cantan
en la blanca niebla espesa de Sekondi
en busca de la carga
de barcos extranjeros anclados:
ustedes no conocen la niebla
en que nosotros, los tan civilizados,
navegamos para siempre».

26 de septiembre de 1999

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