Cuba, Historia Política, Latinoamérica

LOS SILENCIOS A CORO DE CINCO PALMAS

Por Giordan Rodríguez Milanés | Segunda Cita

*

Pocos testigos vivos quedan ya. «Las orquídeas, sí. Pueden durar hasta cien años. Lo hacen todo en silencio…», me dice una campesina cincuentona, vestida con pantalón verde olivo y una blusa con los colores de la bandera venezolana. Viene de recoger café y Wiliam, un ciclista y camarógrafo de la televisión manzanillera, le cuenta que él, de niño, se pasaba las vacaciones en la zona: «De eso hace más de treinta años, y mi abuela aún vivía. Ella era quien mantenía unida la familia al campo, tres kilómetros más arriba del barrio de Cinco Palmas, en la zona de Plurial de Vicana. Luego los más jóvenes nos fuimos dispersando pero yo siempre tuve el sueño de volver por aquí, ya no en el Kamaz que manejara mi padre, sino en bicicleta».

La directora de la casa-museo nos ha visto  llegar y, de lejos,  cree que somos extranjeros por las bicicletas y la vestimenta deportiva. Wiliam cruza el rio, que pasa justo  enfrente, y se presenta. Yo me quedo y reviso el pedalier de mi máquina que me ha dado problemas durante la primera parte del recorrido de 75 km desde Manzanillo. Al rato, comemos unas necesarias pastillas de maní después de casi cinco horas de esfuerzo físico. Y bebemos agua que nos trae la propia directora. Entonces se presenta Beritán, el museólogo, quien nos guía por los senderos y trillos por donde pasaron los reunidos en Cinco Palmas.

Me pregunto si alguna de estas orquídeas silvestres, que me señalara la campesina en uno de los siete cruces sobre el río Vicana,  serían admiradas por Celia Sánchez cuando coordinaba por estas lomas una red de apoyo a los futuros rebeldes dispersos después del cerco y ataque batistiano en Alegría de Pío, el 5 de diciembre de 1956. Gracias a Celia: los hermanos Crescencio y Mongo Pérez, y sus descendientes Sergio, Primitivo y Laurel, además de los hermanos Tejeda, Guillermo García y Hermes Cardero, los padres de ambos,  y otros campesinos de la zona, comenzaron la localización de los expedicionarios con la mayor discreción.

La mayoría de los combatientes, fraccionados en 28 subgrupos,  que no se apartaron de las carreteras, caminos y poblados, fueron capturados y, no pocos, asesinados por esbirros como hicieron con Juan Manuel Márquez, el segundo al mando de la expedición del yate Granma, cerca del cruce del río Tana con la carretera Manzanillo-Niquero, a unos kilómetros de San Ramón. Otros lograron combinar mejor la astucia y la resistencia física, vencieron el hambre, los accidentes naturales. 

IV

«Usted es Fidel Castro en primer lugar porque lleva una estrella en la gorra, segundo porque sus expresiones son las de un gran jefe», le dice  el guajiro Adrián García Viltres a quien se ha presentado como Alejandro, hombre de unos treinta años y gran estatura.  Tres días después, mas o menos a la misma hora que los batistianos asesinaran a Juan Manuel Márquez, Fidel Castro, Universo Sánchez y Faustino Pérez, con el mayor sigilo, emprenden una marcha de casi 40 kilómetros hasta la finca San Salvador, propiedad de Ramón, Mongo, Pérez. Van guiados por el hijo de Adrian, aquel guajiro sabichoso, llamado Guillermo quien se convertiría en Comandante de la Revolución.

El grupo de Raúl llega con el rocío a la casa de Julián Morales quien les orienta como conseguir víveres.  En la noche del 17 al 18 de diciembre, se encuentran en los predios de Joel Hidalgo, yerno de Mongo Pérez. Pasan por La Aguadita, donde está Santiago Guerra, y encuentran la vivienda de Hermes Cardero. Raúl le entrega al desconfiado Cardero la licencia de conducción que usara en México para que este se convenciera de que no es una trampa de los casquitos. Cardero se la lleva a Fidel pero el jefe de los expedicionarios quiere comprobar y manda a Cardero a que le pregunte al supuesto Raúl cuántos extranjeros habían salido de Tuxpan. Raúl no sabe que su hermano ya está en la finca San Salvador, justo donde termina El Barrio de Cinco Palmas, en Plurial de Vicana.

V

Santiago Vargas Lebrigio, Santiaguero, tiene ahora 81 años. Cuando le estrecho su mano, para saludarlo, no imagino que me fuera a estrujar la mía del modo contundente que lo hace. Apenas mide un metro cincuenta y siete de estatura. Musculoso. Nada corpulento. Lleva la vida guardada en sus manos de jornalero, vaquero, ordeñador, desbrochador de monte y maleza convertidos en cafetales,  y pequeño agricultor.

Es uno de los peones de la finca San Salvador, al amanecer del 26 de diciembre de 1956. Prepara para llevar unas redes de Mongo para Manzanillo cuando ve a unos  hombres que salen de entre un cañaveral de la variedad medialuna y un cafetal. A unos cincuenta metros de distancia, el jefe de los expedicionarios también ve a Santiago, un chico de apenas 16 años.  Pregunta si se podría creer en la discreción de aquel muchacho y le dicen que sí. 

Ignacio Pérez le advierte a Santiaguero  que son guardias que andan persiguiendo a unos tipos, y que  mejor no dijera nada a nadie. Tampoco sabe el muchacho que aquellos hombres han salido a reiniciar la misma gesta emancipadora de la cual, casi un siglo antes, un hermano de Carlos Manuel de Céspedes hiciera los primeros disparos al tomar una guarnición española en Vicana, a unos 30 km de Cinco Palmas, el 9 de octubre de 1868.

Desde entonces Santiaguero tiene el silencio como patrimonio. Ni siquiera le cuenta al propio Fidel cuando, seis o siente años después del triunfo de la Revolución,  El Comandante en Jefe visitara la casa de Mongo Pérez, y el joven estuviera frente al barbudo. Narra Santiaguero que Fidel notó que ya no es la misma que había visto en diciembre del 56 pues «aquella era de madera y esta de mampostería», le explicaron. Entonces Fidel, según Santiaguero, se puso a contar cómo hacían en La Maestra para tostar café sin que los casquitos notaran el humo. 

Ahora el octogenario vive con su esposa en la casa que la Revolución le construyera a Severo y Fina.

VI

Severo, en unos cubos, les lleva a los expedicionarios, escondidos entre los cafetales, la comida  que Fina cocina.  De tal modo, Fidel, Raúl, Universo, Faustino Pérez, El Che, Almeida, Camilo, Efigenio Ameijeiras, Ciro Redondo, René y Armando Rodríguez, y Reinaldo Benítez cenan un machito asado la Nochebuena de 1956. A Severo le prometieron que, si ganaban la guerra, tendría su casa. Raúl le aseguró que cuando triunfara la Revolución: «le vamos a hacer un monumento a usted y esos cubos de comida». 

VII

Aquel paupérrimo bohío de Severo y Fina pudiera conservarse mejor como inmueble histórico. A unos metros está el monumento en bronce forjado en Santiago de Cuba, con los moldes en yeso esculpidos por los artistas manzanilleros Wilfredo Milanés y Ramón Cisneros, recientemente fallecido a causa de la Covid.

Faustino era apenas un niño cuando triunfó la Revolución Cubana en 1959. No recuerda a los barbudos. Sí se sabe la vida e impronta de los campesinos  de Plurial de Vicana. «Porque Faustino estudió Historia, fue profesor, pero nunca se desvinculó de la tierra», nos cuenta su esposa mientras nos sirve un suculento almuerzo compuesto por congris, yuca y carne de puerco que no puedo ni debo comer completo pues aun queda el regreso de casi 80 kms. de pedaleo.

«Celia logró crear una red de apoyo al desembarco que no solo integraron campesinos muy pobres, peones, jornaleros, gente que sufría atropellos y desmanes propios de los poderosos de la época, sino también dueños de tierras que, si bien no eran latifundistas, tenían sus comodidades», me cuenta Faustino. «Ninguno de ellos cometió la mas mínima indiscreción, ni sus esposas, de las cuales apenas se habla» Los casquitos sólo sospecharon de la presencia de Fidel por la zona,  días después. Pero no debieron estar muy seguros porque le mandaron a decir a Mongo Pérez que se presentara en el cuartel de Vicana y este, ni corto ni perezoso, torció por otro camino y fue a dar a La Habana porque lo menos que le esperaba era la  tortura». 

«Todos los campesinos de por aquí fueron afectados por la guerra, sin distinción de si vivían mejor, los menos, o peor, la inmensa mayoría. A algunos la guerra los sorprendió considerados forajidos por la justicia batistiana y se integraron a la lucha revolucionaria.  Otros no se integraron, siguieron en sus tropelías, como Bruno Acuña, al cual alcanzó la justicia revolucionaria y ya muy viejito vino a morir aquí. Porque las revoluciones no son caminos fáciles ni rectos, como se cree.  Un familiar de Bruno, Vitalio Acuña, fue un verdadero héroe rebelde. Murió atravesando un río en Bolivia con la tropa del Che y eso, compay, que  Vilo era de los tipos más duros y respetados por todo esto cruzando ríos crecidos».

VIII

También es escabroso el sendero después del triunfo. Todo Plurial de Vicana, y los barrios que le anteceden: Pons, Pueblo Nuevo, Vicana Abajo, fueron transformados. Hasta aquí han llegado los médicos y la atención primaria de salud, el transporte rural motorizado, salas de televisión, conexión a Internet  por redes móviles. Hay muchas casas confortables. Incluso pueden verse edificios de varias plantas desde la carretera que enlaza Media Luna con Plurial de Vicana. Que ya no es carretera pavimentada, como hasta hace unos años, sino  se ha vuelto un camino pedregoso y con muchos baches el cual, trabajadores llamados «camineros», se afanan por mantener con recursos propios extraídos de la zona. 

Lo más común es encontrar a jóvenes con los mismos 16 años que tuviera Santiaguero, con la oportunidad de estudiar en cualquier universidad de este país. Es sábado y los veo al regreso en sus lugares de esparcimiento. Conversan. Escuchan música. También beben alcohol.

Tal vez el éxodo sea una razón por la cual escasea la mano de obra para recoger el café, pastorear el ganado, cultivar viandas sea «porque muchos se enamoran o consiguen trabajos acordes a lo que estudiaron en las ciudades» y otra razón parece ser que algunos, de los que no se van a la universidad, no tienen como expectativa de vida el trabajo en la tierra: «sobre todo porque es muy fácil robar animales que, dada la situación actual, se venden por ahí a muy buen precio», me comenta Faustino.

Hay un campamento de pioneros exploradores en Cinco Palmas «Inactivo desde algún tiempo antes de la Covid, es la verdad. Por muchos años casi todo el tiempo con niños pero…»  ya no hay vallas que identifiquen el sitio histórico. «Seguramente vienen apurados antes del acto del 18 de diciembre y las vuelven a poner pero luego no se ocupan de mantenerlas», asegura la campesina recolectora de café.

Epílogo

«Por ahí anda un tocororo… ¿No lo  escuchas?» Me pregunta Wiliam. Entonces me detengo en los trinares. Mientras pedaleo de regreso a Manzanillo, voy recordando las palabras de Faustino, Santiaguero,  Beritán el museólogo, la recolectora de café quien seguramente es descendiente de algunos de aquellos discretos campesinos.   Sigo viendo aquel cañaveral del que apenas existe una pequeña imitación para marcar el lugar exacto donde se encontraron Fidel y Raúl, y allí el Comandante gritara «¡Ahora sí ganamos la guerra!». Y pienso en todas las guerras que aun nos quedan por ganar para que las orquídeas y las palmas nos sigan cantando su silencio con los pájaros a coro, sin que lleguen jamás a quebrarse…

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