Colombia, Crítica Social, Fu Turismo, Historia Política, Imperialismo y Guerra Permanente, Latinoamérica, Terrorismo estatal a cielo abierto, Viejas costumbres

EL NUEVO BARCO CON LA VIEJA Y RETORCIDA MADERA por Álvaro Lopera

El Colectivo

*

Sucede, sucedió en un no tan viejo país….

Érase un nuevo barco que se iba a construir con madera de la vieja política (vieja teca de otros navíos), los viejos vicios burgueses y feudales, y el viejo caudillismo sordo y mudo. Era una buena idea y lo sigue siendo, la de construir una embarcación que pueda soportar tempestades –bonitos sueños–, vientos huracanados del fascismo criollo y que logre llegar al mar adentro de la lucha política sin naufragar en el intento y sin irse a pique en el océano de los intereses malévolos de la oligarquía criolla.

Era previsible que se presentarían problemas en el diseño y hasta en el ensamble, por supuesto, pues aparte de la vieja y torcida madera teca, muchos de los oficiales de construcción provenían de los viejos astilleros de la oligarquía, formados con los añejos vicios de la anciana escuela; pero también, quizás la minoría, eran oficiales de origen humilde que ya habían fabricado embarcaciones para ríos y lagos de ese país y habían superado tormentas regionales pero jamás habían navegado en altamar.

Se unieron, pues, aprendices novatos y grandes expertos cubiertos con largos mantos de ideas obsoletas, lejanas a esa modernidad que requería una embarcación de nuevo tipo; y eso lo sabían en la periferia profunda y los llenaba de pesimismo o, por lo menos, los perturbaba. En las regiones alejadas del centro tenían claro qué podía suceder y, sin prejuicios de alto calibre y con la alegría que proporciona la esperanza, enviaron a los jóvenes oficiales a la mesa del diseñador donde fueron invitados, donde también se encontraban los viejos hacedores de la política, los marrulleros oficiales que hablan del juego político con los libros de Maquiavelo, los ancianos, pretendidamente sabios, y los que se supone que son quienes tienen en su cabeza los planos del barco de nuevo cuño que soportaría las embestidas furiosas de la naturaleza.

Y se dibujó en el papel el plano final –supuestamente– y todos allí vieron representadas sus originales ideas: las velas de esta manera con las lonas resistentes enviadas desde las regiones; el timón de esta otra; la eslora y la manga del bote con las dimensiones previstas; el diseño de la proa y la popa, lindo como lo imaginaban. “Cabrán todos los que tienen que estar para llegar a altamar”, pensaron; mejor, fantasearon. Querían olvidar ese detalle diabólico de los viejos oficiales y constructores que provenían de obsoletos astilleros y que tal vez se habían hartado del maltrato dado por sus patrones, o querían aventurarse a construir algo que resistiera las nuevas potencias en altamar, o, a lo mejor, habían sido enviados como espías por sus viejos mandamases. No se sabía, pero ahora se lo están imaginando.

El gran timonel viajó, con muchos hombres, a las regiones y habló, con sonrisas y palabras llenas de un aliento renovador –eso parecía–, del nuevo navío. Todos derramaron tinta en muchas hojas; hablaron hasta el hartazgo; pasaron horas y horas, días, estudiando hasta la saciedad los detalles para proponer, con razón más que con emoción, quién se subiría en esa primera travesía. “Nuestro sueño nos permitirá mirar desde lejos lo construido, y podremos, con buena provisión de armas y de alimentos, permanecer por mucho tiempo incólumes, así encontremos en el camino sirenas embaucadoras, gigantes que amenacen con sus puños o bestias marinas; así aparezcan en el horizonte otros navíos de guerra y nos provoquen”, gritaban a todo pulmón en las reuniones que ellos mismos denominaban “previas a la partida”.

Los días pasaron. Los meses también. Esperaron pacientemente en las regiones, pero no se pudo evitar un ambiente inquietante, pues la dirección encargada de la fabricación de la nave poco comunicaba del avance de esta.

Mientras transcurría el tiempo, las regiones remitían mensajes optimistas y materiales para que todo saliera bien, pero no pudieron ponerse de acuerdo plenamente en los detalles de la tripulación que iban a proponer al capitán del barco en construcción y que llamarían PH –cuyo significado es todo un acertijo–, así como suena, la cual es una sigla con fuerte pronunciación como para no olvidar: pe y hache. Los murmullos llegaron a oídas del gran capitán, el cual, para salirles al paso, dirigió un mensaje de tranquilidad: “Se respetarán los acuerdos de tan importantes regiones. La selección será democrática, así a todos nos irá bien, pues necesitamos mucha confianza en el trayecto y en el sostenimiento del barco”, fueron sus memorables palabras. Muchas regiones, no todas, bien que mal, enviaron los nombres de todas y todos aquellos que serían su mejor tripulación, que zarparía a altamar, y que de seguro lo iban a hacer muy bien.

El tiempo se agotaba y el barco no salía del astillero. Su arquitectura fue un secreto: a los marineros de base, hombres acuciosos en su trabajo, los aislaron en la edificación naval que llenaron de laberintos, la misma que se había construido a las volandas. Emplearon mano de obra calificada para la construcción, pero nunca se supo a ciencia cierta de dónde la sacaron. Al fin, y antes de que apareciera la foto en algún medio de comunicación, el barco fue botado al mar, y las listas de los hombres y mujeres de mar que viajarían –elaboradas por un organismo denominado colegio electoral–, ayudantes de logística, mecánicos, marineros, oficiales e ingenieros llegaron a las regiones como caídas del cielo. “Eran cien personas para un barco tan pequeño”, pensaron todos.

La sorpresa fue total. Aparecieron nombres de personajes con mucha experiencia, pero conocidos como marrulleros y con historias negras de naufragios y corrupciones. Oficiales desconocidos que encabezaban listas regionales y que representaban mando más que vocería en el trayecto hacia altamar, sin que nadie hubiera escuchado sus nombres antes de la nueva construcción ni nunca hubieran sabido de sus hazañas. También leyeron listas, que llamaban sustitutas, con nombres de oficiales, marineros, logísticos y mecánicos negros, indígenas y líderes sociales, pero sin posibilidad de subirse al barco. No todos cabían.

El pesimismo cundió: se hundirá, dijeron unos, por falta de experticia; no aguantará ni un vientecito, vociferaron otros; sobrevivirán muy pocos, aseveró el más aburrido. Y esta desilusión aumentó cuando se conoció el detalle de los materiales de construcción y la ausencia de salvavidas en la embarcación.

El revolcón y las susceptibilidades fueron las nuevas aguas, ciertamente turbias. Hubo respuestas varias: “Nos subiremos a otros barcos; nunca recibiremos a ese pretendido nuevo barco en nuestros puertos; a los amigos que invitarán a subirse les diremos que no lo hagan, que busquen otros botes con salvavidas a bordo”.

El capitán no perdió los estribos. Explicó la dialéctica de la operación de construcción tanto del barco como de la lista de la tripulación; se preocupó un poco cuando hubo amenazas de rebelión –¿posibles motines futuros?

–. “Ciudadanos, el barco ya se botó del astillero y eso es lo que tenemos para enfrentar la travesía y las potenciales tempestades en altamar, no hay más”, espetó en el micrófono que, como un lapicero, mantiene en su mano, cuando hizo su primera salida pública después de la fabricación. “A este paso, para sobrevivir, viajará por el centro”, pensaron al unísono los afectados.

Desde los viejos astilleros de la oligarquía aplauden. Ven al nuevo capitán y a sus hijos, pretendidamente progresistas, ejecutar acciones de la vieja escuela. Los medios están que revientan en sus noticiarios. La iglesia católica se frota las manos. Los bancos mejoraron sus ingresos: mejora la inversión extranjera. Y, por supuesto, todos a una, como Fuenteovejuna, tienen un plan B: “Si este desvencijado esperpento amenaza con llegar a Puerto Presidente, lo estarán esperando atracadas las naves de la Registraduría armadas con los mejores misiles de corrupción que harían naufragar dicho propósito”, pensaron los banqueros con sus billeteras ahítas.

Aun así, los marineros en tierra deliran con acompañar tan derruida embarcación (casi quieren subirse a las chalupas que bordean las costas y ponerse al costado del barco) a la espera de que llegue a Puerto Presidente, pero saben de antemano que no solo los vientos huracanados del trayecto pueden abortar el arribo, sino que los piratas y los barcos de guerra de la oligarquía pueden dar cuenta de ello.

Con la seguridad del viejo zorro todos saben que los barcos verdes, azules, blancos y rojos se unirán en la franja derecha del mar para evitar cualquier intentona de este esperpento que se mueve pesadamente y también prevén que ninguna embarcación participante en la disputa por alcanzar Puerto Presidente, se irá por el centro –y con los dedos entrecruzados esperan que la nueva embarcación no lo haga– salvo que así quieran vender su imagen los guerreristas, saboteadores y corruptos a los fans de internet y a los medios nacionales e internacionales.

“Lástima que haya sido botada al mar tan desvencijada nave –dicen en las regiones–, pero aun así esperamos que no vaya a naufragar en este flojo intento por llegar a Puerto para que el capitán, con la ayuda de todos en tierra, pueda trasladarse y tomar el timón –manchado de sangre hasta el cogote– de la nave nodriza llamada Colombia y pueda cambiar el rumbo tradicional de ella, pues siempre ha navegado hacia el Norte. En todos los puertos y regiones del país estaremos atentos al desarrollo de esta aventura mal organizada y peor emprendida”.

En los miles de botellas que desde todos los rincones del país se han lanzado a quebradas, ríos y al mar mismo, se ha encontrado un solo mensaje, como si hubiera sido pensado por una sola mente y escrito por una sola mano: “Queda una vaga experiencia y demasiadas moralejas para todas las regiones y comunidades de este país. Esperamos que estas sirvan para futuros emprendimientos de construcción de navíos políticos y sociales en donde la voz marinera de la base sea realmente escuchada”.

Todos esperan que algún día el capitán también lea tan importante mensaje lanzado a las tumultuosas aguas de ese país de desvarío que es más sangre que tierra.

Se dice que nadie está tranquilo, que todos duermen con un ojo abierto en ese país de marineros a la espera de noticias o de murmullos que se recreen o se agiten en las cercanías de las posiciones de mando de la embarcación.

Y colorín colorado…

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