Apuntes

SU NOMBRE

Cuando yo era niño estaba prohibido pronunciar su nombre.

Antes de eso mi padre guerrillero, –asesinado por la espalda a sus 23 años– había traído a casa un pequeño ovejero alemán al que llamó “Comandante”.

También para los oídos inoportunos, “comandante” el perro, era uno más de la casa.

No pude entenderlo al comenzar el kindergarten (que en Argentina se conoce como “pre-escolar”), Era la dictadura, creo que el 81. El perro fue envenenado.

Un día de junio, cuando yo era niño. Fue la primera vez que pude completar el círculo de la vida y la experiencia fue definitiva.

Tres ausencias… el perro, mi padre y «el Comandante».

Peor que eso, no era un héroe de tragedia griega y su drama subdesarrollado y mestizo era también el mío. El drama del leproso, del indio, del proletario comunista.

De tantas maneras imposibles de explicar sin adjetivos, Ernesto Guevara es incomprensible para el buen burgués, que acaso bastará con decir que nunca consideraron medirse intelectualmente con el Comandante guerrillero y acaso suponen que descalificando al niño y a su familia, –costumbre bien conocida por el fascismo de todos los tiempos y lugares–, los hombres y mujeres dignos del mundo olvidarán su ejemplo y su heroíca batalla.

Apenas diré qué, porque conozco bien al niño que fui conozco al comandante Che.

Guevara fue niño también y su vida fue una sola, su memoria le pertenece a los hombres futuros.

Che, las piedras columnas de los andes hablan aquí el lenguaje del hombre de la tierra. Che, su nombre es murmullo en el arroyo de la montaña. En un paraje de chapas de un camino remoto de la Patagonia, en ningún lugar de espalda al desierto una tarde mientras nevaba, yo he visto a Ernesto y su sonrisa, habitando las sombras de un fogón justo antes del amanecer. Ernesto fuego y cenizas. Sal de la tierra.

Después vino el cóndor a saludar al sol de la mañana.

Mi bisabuelo Hassin, que cruzó los mares desde El Líbano hasta aquella Córdoba de los años treintas del Che Guevara, hasta aquél país del anticomunismo oligárquico y fascista, Mi bisabuelo que escondía guerrilleros clandestinos en su gallinero en los años setentas argentinos, decía que el Che era un profeta de la palabra de Dios. Y que solo los hombres justos merecerían la tierra prometida de Palestina.

Mi padre según yo supe, hasta su muerte, nunca pronunció en vano su nombre.

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Chango

Oficina Internacional
HIJOS-Red Mundial

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