Historia Política, Latinoamérica, Peronismo, Politica, Teoría Política, Terrorismo estatal a cielo abierto, Viejas costumbres

PERÓN HA MUERTO ¿Y AHORA QUÉ? por Domingo Menna

El 1º de julio de 1974 ocurrió la muerte de Perón, que no por esperado (dado su estado de salud) dejó de provocar una conmoción y un factor político agravante de la crisis. El PRT analizaba así la situación y las perspectivas:

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Perón ha muerto ¿y ahora qué?

Editorial de El Combatiente Nº 124, miércoles 3 de julio de 1974

 

Al cierre de la presente edición se conoció la noticia de la muerte del Presidente de la República, General Perón. Ante este hecho, la pregunta que surge es: ¿y ahora, qué pasará? ¿Cambiará la situación? ¿Cambiarán las perspectivas?

Nosotros pensamos que en el grado actual de desarrollo de la lucha de clases, con un potente movimiento de masas en auge que va dejando rápidamente de lado la influencia de la ideología burguesa, en que el proyecto peronista ha fracasado, en que la burguesía y el Partido Militar tienen trazados sus planes estratégicos, la situación general básicamente no cambia. No cambia porque los bloques de clase están delimitados y en ese sentido no habrá modificaciones sustanciales.

Como nos enseña el marxismo «la historia de toda sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de la lucha de clases». Esto significa que sobre la base de determinado desarrollo histórico, económico y social, de determinadas relaciones de producción, son las masas con sus luchas constantes y su organización las que modifican y determinan el curso de la historia.

Dentro de este marco, los individuos, en nombre de la clase que representan, juegan un papel cuya importancia está en relación directa con la situación política general en la que les toca actuar. Cuanto más agudo sea el enfrentamiento de clases antagónicas, cuanto más profunda la crisis de una de ellas, mayor relevancia adquirirá el papel del individuo en la historia.

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La crisis burguesa

La situación coyuntural –en la cual se enmarca la muerte del general Perón– la podemos sintetizar en que la movilización de las masas contra los capitalistas, la burocracia sindical y la política gubernamental ha llegado a influir sobre el conjunto de la burguesía y ha introducido en su mismo seno la crisis.

Esta crisis se manifiesta en estos momentos fundamentalmente en la ausencia de una política gubernamental coherente y en visibles fisuras en el empresariado y en la burocracia sindical. Y, como ya señalamos en artículos anteriores, fue justamente en respuesta a esta crítica situación que el gobierno peronista convocó al acto del 12 de junio pasado con el propósito de obtener un nuevo plazo para sus ensayos contrarrevolucionarios. Esta concentración, repetimos una vez más, estuvo dirigida a las fuerzas armadas y a los estadounidenses, debido a que el gobierno se encamina hoy a buscar el apoyo del imperialismo yanqui como tabla de salvación que haga posible insistir en el actual intento de salvación capitalista.

La evolución de la lucha de clases argentinas se aproxima aceleradamente a un punto de viraje, al comienzo de una situación revolucionaria, que creemos que se manifestará en lo inmediato en un notable auge revolucionario de la lucha obrera y popular, y se encaminará a grandes choques armados, a la ruptura de todo equilibrio social, a la generalización de la lucha revolucionaria en forma de guerra civil abierta.

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La muerte de Perón y las perspectivas

En esta situación general, Perón jugaba un papel importante en la defensa de los intereses de la burguesía.

En el seno del pueblo, en su mayoría, ya se ha perdido la esperanza en la posibilidad de que el gobierno peronista pudiera tomar un rumbo que le favorezca. Es decir, ya se han frustrado totalmente las ilusiones de que Perón solucionaría los profundos problemas económicos y sociales de la clase obrera y el pueblo. Lamentablemente en el seno del campo progresista y popular, concretamente el populismo y el reformismo, siguen agitando el fantasma del golpe de la CIA, la derecha y los militares para encubrir su injustificable conciliación con la burguesía, expresada en el apoyo que brindan al gobierno contrarrevolucionario del peronismo.

Así, con esa política, se dejan de lado los principios básicos del marxismo-leninismo; pretenden mejorar la fachada del gobierno peronista, comparándolo con la Unidad Po- pular de Chile y llaman a apoyarlo y defenderlo en los enfrentamientos inter-burgueses, haciendo de ello el eje central de su política, contribuyendo así con su prédica a la engañosa propaganda de la burguesía.

Lenin, en una situación mucho más confusa, refiriéndose al gobierno de Kerensky, en 1917, dijo: «A mi juicio, incurren en una falta de principios quienes se deslizan a las posiciones del defensismo o hasta un bloque con los eseristas, hasta el apoyo al gobierno provisional. Su actitud es absolutamente equivocada, es una falta de principios». «No debemos apoyar el gobierno de Kerensky ni siquiera ahora. Es una falta de principios. Preguntarán: ¿no vamos a luchar contra Kornilov?, ¡Por cierto que sí! Pero no es lo mismo; hay aquí una línea divisoria y la traspasan algunos bolcheviques que caen en la “conciliación” y se dejan arrastrar por el curso de los acontecimientos».

En el campo enemigo, como dijimos, se vive una crisis. Perón justamente lo que intentaba hacer –y hasta cierto punto lo lograba– era atemperar, suavizar, en definitiva prolongar esa crisis.

Ahora, con la muerte de Perón, esta crisis en la superestructura, las fisuras en el empresariado, en la burocracia sindical, se acelerarán y profundizarán. En este sentido las perspectivas generales estratégicas que viene señalando nuestro Partido, no cambiarán en lo esencial. Pero sí debemos estudiar con reflexión los plazos, es decir la aplicación en el tiempo de los planes del campo obrero y popular por un lado, y de los monopolios y de la burguesía aliada del otro. Aquí sí habrá cambios. Pasado el primer momento, en que solo se habla públicamente de «consenso nacional», «unidad nacional», «seguir con la obra de Perón», etcétera., brotarán con gran virulencia todas las rencillas, disputas y contradicciones en la burguesía y en los monopolios en torno al poder político y económico, en otras palabras cómo reprimir mejor y quién se quedará con la mayor tajada en el reparto de la torta. Y todos se verán obligados a acelerar sus planes.

Desde el punto de vista superestructural, estamos claros que marchamos, a corto o mediano plazo, hacia un nuevo gobierno de carácter contrarrevolucionario. Que podrá adoptar distintas formas, pero que será necesariamente cívico-militar. Una de las variantes podría ser, por ejemplo, un cambio ministerial donde el peronismo –ahora sin Perón– actúe de mascarón de proa del dispositivo político-militar de la burguesía y de los monopolios. La clase dominante no tendrá más remedio que apoyarse en el Partido Militar, única fracción burguesa con cohesión y fuerza como para reemplazar a Perón en el papel de salvaguardar el sacrosanto capital.

Por eso, los preparativos de los militares son intensos; la burguesía clama por el aplastamiento de la guerrilla y las luchas obreras. En una palabra, los explotadores son conscientes del avance revolucionario y trabajan activamente en la preparación de la represión.

Cuando los militares declaman a los cuatro vientos que respetarán la institucionalidad y juran que se mantendrán dentro de los marcos de la Constitución, no hacen más que dejar implícito, que se harán cargo de la contrarrevolución, pero para ello necesitan el visto bueno, el beneplácito de la burguesía «democrática», o sea que exigen compartir la responsabilidad de una guerra que prevén dura y de la que serán brazo ejecutor. El mismísimo Lanusse se coloca a la ofensiva, dispuesto a jugar un papel relevante, y lo dice claramente en su carta a Isabel Perón.

Los políticos burgueses «liberales», lógicamente preferirían no recurrir a los militares, pero lo harán, necesariamente, pues no les queda otro camino. Es como cuando una persona recurre al dentista para sacarse una muela; no le gusta perderla, pero ante el dolor y el peligro de mayor infección –en este caso la guerrilla– se ve obligado a sacársela.

En el campo del pueblo se están generando y acumulando enormes energías revolucionarias que se activarán seguramente en las situaciones críticas que sobrevendrán próximamente, detonadas por la crisis económica-político-social del proyecto peronista y agravadas por la desaparición de su principal jefe.

Las posibilidades de una rápida acumulación y movilización de esas gigantescas energías revolucionarias de nuestro pueblo son muy serias y pueden resultar sorprendentes los ritmos y plazos de avance de las fuerzas revolucionarias.

Así están delimitados claramente los dos campos, enfrentados nítidamente en contradicción antagónica y para ningún marxista-leninista consecuente puede caber duda alguna.

Lamentablemente las direcciones reformistas y populistas, llevan agua al molino del engaño y la confusión. Siguen hablando de golpe y sabotaje, de gobierno popular y se ha llegado a plantearle a Balbín y al gobierno un ministerio de «amplia coalición», de «unidad nacional» entre todos los sectores, incluidas por supuesto las fuerzas armadas contrarrevolucionarias.

Se apoya al gobierno contrarrevolucionario, hoy con Isabel Perón al frente, con el argumento de enfrentar al golpe fantasma y preservar la institucionalidad.

Concluimos con un párrafo de Lenin que arroja luz sobre esta situación:

«La revolución instruye a todas las clases con una rapidez y una profundidad desconocidas en épocas normales, pacíficas. Los capitalistas, mejor organizados, más expertos que nadie en materia de lucha de clases y política, aprendieron su lección más velozmente que los demás. Cuando vieron que la posición del gobierno era desesperada, recurrieron a un método que durante décadas, desde 1848, ha sido practicado por los capitalistas de otros países para engañar, dividir y debilitar a los obreros. Este método es el del llamado “gobierno de coalición”, o sea un ministerio mixto formado por miembros de la burguesía y por tránsfugas del socialismo» (Las enseñanzas de la revolución, Lenin, Obras Completas, tomo XXVI, página 316, Ed. Cartago).

No es este precisamente el camino que seguirán las masas, no es este el camino de los revolucionarios. Ante la perspectiva de la nueva y profunda crisis que afecta al campo enemigo nuestra tarea es ponernos con más decisión y firmeza aún, al frente de las luchas del pueblo, determinados a combatir hasta la victoria.

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