Crítica Social, Debates, Económicas, Historia Política, Libros, Teoría Política

EL TESTAMENTO TEÓRICO DE FRIEDRICH ENGELS por Bo Gustaffson

Capítulo 2 de Marxismo y Reformismo (1969)

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«Un verdadero diccionario universal, capaz de trabajar a cada hora del día o de la noche, comido o en ayunas, veloz en escribir y en comprender como el mismo diablo.»

Karl Marx sobre Friedrich Engels [1]

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De lo dicho hasta ahora se deduce que Engels jugó un importante papel en el sentido de fortalecer la posición del marxismo en la Socialdemocracia alemana. Esto se traducía no sólo en que estaba dispuesto a prestar consejo teórico y político por carta sino también en la edición y reedición de la obra de Marx y en un importante trabajo publicístico propio. Tras la muerte de Marx publicó, por ejemplo. Del socialismo utópico al socialismo científico (1883), El origen de la familia, la propiedad privada y el estado (1884) y Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1888). En el año 1885 editó el segundo tomo de El Capital y en 1894 el tercero.

La concepción que tenía la Socialdemocracia de la época acerca de la naturaleza del marxismo estaba, así pues, marcada en tanta medida por Marx como por Engels. Los puntos de vista y el planteamiento de los problemas de Engels estaban en el centro del interés entre los marxistas. Esto aparece sobre todo en tres puntos: primero, en la cuestión del contenido de la concepción materialista de la historia; segundo, en la cuestión de la interpretación del tercer tomo de El Capital, y en tercer lugar, en la de la relación entre parlamentarismo y revolución. Estas tres cuestiones aparecen una y otra vez en la discusión interna de la Socialdemocracia y en las que se producían sobre ella a lo largo de los años noventa. En ellas jugaban un papel decisivo las interpretaciones y reinterpretaciones de las formulaciones engelsianas de los años 1890 a 1895. Estas últimas son, por así decirlo, el punto de referencia de las tomas de posición de Bernstein y otros revisionistas.

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a) El contenido de la concepción materialista de la historia

En la crítica a la concepción materialista de la historia que figura en Las premisas del socialismo… Bernstein afirma que Engels había modificado la teoría en las cartas que a comienzos de los años noventa escribió a diferentes personas acerca de la concepción de la historia. Según Bernstein anteriormente Marx y Engels habrían conferido a los factores económicos «un poder de determinación casi ilimitado con respecto a la historia». Pero después de las explicaciones dadas por Engels en las cartas citadas ya no sería posible darle a la concepción materialista de la historia una interpretación «monista». Esta concepción «según las explicaciones introducidas por Engels» ya no sería «puramente materialista y, menos aún, económica». Bernstein pensaba evidentemente que después de las nuevas formulaciones engelsianas la concepción materialista de la historia había de ser interpretada más bien como una teoría-factor cuyo significado recae «en el peso que le confiera a la economía». Lo que quería abonar con esto es que «el estadio actualmente alcanzado por el desarrollo económico… permite a los factores ideológicos y, en particular, a los factores éticos un margen de maniobra mayor de lo que antes era la norma».[2]

Bernstein nombraba en este contexto al filósofo de Leipzig Paul Barth. No era por casualidad. Pues la idea de la relevancia que Bernstein confiere a las cartas engelsianas había sido expuesta tres años antes por Barth. Ya antes Barth había dado a entender que las formulaciones de Engels contenían confesiones que venían a modificar la concepción materialista de la historia.[3] Al fin y al cabo también Barth había dado lugar a las cartas de Engels sobre la concepción materialista de la historia.

En el contexto del renovado interés por el marxismo que siguió a la legalización del Partido Socialdemócrata, Paul Barth publicó en 1890 un ensayo titulado La filosofía de la historia de Hegel y de los hegelianos hasta Marx y Hartmann.[4] Barth fundaba su crítica en el conocido prólogo al escrito de Marx Contribución a la crítica de la economía política (1899) (véase más adelante la nota 48), en El Capital, tomos I y II (1867 y 1884), así como también en la edición alemana del escrito polémico dirigido contra Proudhon Miseria de la Filosofía (1885), y, por lo demás, también en los escritos de Engels y en primer lugar La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring (1878) y también Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1888).

A Barth le parecía que según la concepción representada por estas obras el desarrollo es «independiente de la política», que «por el contrario, un éxito político (descansa) siempre… sobre causas económicas» y que «la estructura económica… (determina) la moral de cada época pero no se ve nunca determinada por la moral».[5] La concepción de la historia de Marx y Engels era, según Barth, «el contrario directo de la hegeliana». Lo opuesto era para Barth la dialéctica tal como él la concebía, es decir, que el sujeto empírico se movía «en las formas absolutas, lógicas, en las oposiciones diametrales que se hacen pasar por contradictorias».[6] Barth resumía su crítica con las siguientes palabras:

«Marx y sus adeptos autónomos tienen el gran mérito de haber puesto de manifiesto, aun cuando no por primera vez sí de la forma más penetrante, la parte que le corresponde a la economía en la génesis de todas, incluidas las más elevadas, expresiones vitales de la sociedad; pero han evaluado con exceso esta parte, incluso la han elevado a causa exclusiva, suficiente. Esta medida errónea exigirá una rectificación en una futura teoría de la historia totalmente reelaborada. De momento la teoría marxista es dominante sin restricción en todos los partidos extendidos por los países de alto nivel cultural y es por ello de interés actual y merecía un análisis detenido.»[7]

A esta concepción atribuida a Marx y Engels, Barth oponía la suya propia, una especie de teoría-factor. Barth destacaba tres momentos: primero, que ni la economía ni la política eran dominantes, sino que entre ambas esferas predomina una influencia recíproca.

«El primado de la economía sobre la política es, pues, indemostrable tanto para el comienzo como para la evolución de la historia, es más adecuada la más estrecha acción recíproca entre ambas esferas vitales, que no corresponde a la metáfora de la base y la sobrestructura.»[8]

Segundo, que el derecho –por no hablar de la religión, la filosofía o la moral–:

«(tiene) una existencia en parte independiente de la economía, que en el curso de la historia se fortalece cada vez más y que no recibe meramente influencias de los otros campos de la vida sino que también ejerce influencia sobre éstos».[9]

Tercero, que las revoluciones sociales producidas por la historia no eliminan completamente los sistemas sociales anteriores.

«En lugar de la negación lógica pura de lo existente aparece el cambio real negador sólo en parte… La revolución de los deudores plebeyos romanos contra los acreedores patricios no les quitó a éstos sus privilegios económicos y políticos sino que sólo los limitó; a la igualdad política total sólo se llegó después de dos siglos.»[10]

Para el último punto Barth utiliza el mismo ejemplo que habría de utilizar algunos años más tarde Sorel en su polémica contra la concepción del marxismo acerca del papel de la revolución en la historia.

Parece que el escrito de Barth fue inmediatamente considerado por algunos marxistas como importante. Estaban inquietados por el reproche que Barth le lanzaba a la concepción materialista de la historia de «no haber visto la repercusión de factores no económicos sobre la economía».[11] Mientras Engels declaraba que «había esperado algo menos banal y endeble»[12] el marxista francés Charles Bonnier escribía una recensión muy aprobatoria en Neue Zeit”, Calificaba la obra de Barth como «aportación muy inteligente».[13] En realidad esto sólo era la expresión del hecho de que se encontraba desorientado ante la crítica de Barth. También daba a entender que la teoría marxista debía ser desarrollada en el futuro en la dirección señalada por Barth:

«Marx ha invertido la teoría hegeliana: ha hecho de las relaciones económicas que constituyen la cúspide en ésta la base en su concepción de la historia. La negación de esta negación ha de consistir necesariamente en una nueva inversión por medio de la cual se ponga a la teoría marxista sobre su cabeza y lo que en ella constituye la cúspide se haga base en la nueva doctrina.»[14]

Poco después de la publicación de esta recensión, Conrad Schmidt, en quien Engels había puesto muchas esperanzas, se dirigió a Engels y le pidió que hiciese una crítica del libro. Éste rechazó la proposición aludiendo a su trabajo sobre el tercer tomo de El Capital: «…y por lo demás, me parece que por ejemplo Bernstein también podría despachar esto muy bien».[15] Pero de hecho ni Bernstein ni ningún otro podían «despachar esto». Schmidt le había llamado la atención a Engels sobre el libro de Barth antes de pedirle que lo criticase[16] y volvió a la cuestión varias veces al año siguiente.[17] El libro de Barth debe haber sido asimismo el motivo también de la carta que Joseph Bloch –fundador más tarde de la revista «El Académico Socialista»– le envió en septiembre de 1890 a Engels. En esta carta le preguntaba a Engels si las relaciones económicas eran, según la concepción materialista de la historia, el único momento determinante de la historia o si sólo constituían la base de otras relaciones que se podían desarrollar también autónomamente.[18] En sus contestaciones a Schmidt, Bloch y otros, Engels criticaba el libro de Barth y explicaba el contenido de la concepción materialista de la historia.

Las cartas de Engels sólo fueron publicadas después de su muerte. Por este motivo, la crítica pública a Barth se limitó por parte marxista a una aportación de Franz Mehring. Éste ofrecía su crítica en un apéndice a su trabajo histórico y de historia de la literatura titulado Die Lessing-Legende (1893) y bajo el rótulo «Acerca del materialismo histórico». Mehring sintetizaba muy clara y convincentemente los principios de la concepción materialista de la historia y polemizaba con éxito en muchos puntos contra Barth.[20] Mostraba también que las causas ideológicas hechas desaparecer por Barth de los trabajos de Engels se encontraban muy bien en Engels.[21] Pero no hizo frente a ciertos puntos de la crítica de Barth y no quiso reconocer el papel independiente de los factores ideológicos. Por el contrario, Marx, Engels y Kautsky entre otros habrían demostn lo «por doquier la dependencia de las representaciones religiosas de los respectivos procesos inmediatos de producción de la vida». «El poder espiritual del cristianismo en tanto que factor independiente creador y actuante se evapora sin dejar rastro.» Mehring le aseguraba a Barth que «el cristianismo tuvo un origen puramente económico».[22] E igual razonamiento venía a hacerse válido para la filosofía. Barth había destacado lo siguiente:

«La filosofía… tiene su origen y su evolución en una clase especial, espiritualmente muy desarrollada, que si al principio todavía estaba estrechamente unida a la vida, sobre todo a la vida religiosa, del pueblo, formó pronto su propia vida que, gobernada por una tradición esotérica, pronto siguió sus propias leyes sin perder, no obstante, la capacidad de repercutir sobre la vida popular.»[23]

A Mehring esto le parecía una «ilusión» cuyo significado era que «desde Heráclito a Paul Barth flota sobre la humanidad una cadena de naturaleza misteriosa, que sigue sus propias leyes y que le da a los pueblos, sólo de arriba abajo, algunos codazos filosóficos».[24] Mehring manifestó la misma escasa comprensión con respecto a las demás ideas de Barth referentes a la relativa autonomía de la filosofía.[25] A pesar de que declaraba introductoriamente que el materialismo histórico no niega «los poderes ideales» sino que tan sólo los hace depender «en última instancia»[26] del modo de producción de la vida material, no estaba, evidentemente, preparado para utilizar esta concepción. Mehring encontró, de todos modos, oposición de parte socialdemócrata, igual que Barth la encontró de parte académica.[27] Paul Ernst, que pertenecía al grupo de los «Jóvenes», publicó enNeue Zeit” una crítica que recordaba en determinados puntos a Barth. Ernst mostraba que, por ejemplo, la religión había repercutido sobre la economía:

«Cuando los pueblos primitivos establecen una relación entre la religión y la producción de alimentos, a priori habría que suponer que con ello intentan consciente o inconscientemente favorecer la producción de alimentos. En realidad, no obstante, se puede pensar que en la mayoría de los casos la influencia de la religión es dañina. Cuando muchos pueblos hacen de una serie de medios alimenticios un tabú y prefieren dejar en el árbol o sobre la tierra aquellos que son tabú, incluso en épocas de escasez, en vez de utilizarlos, entonces la religión, riéndose de todo materialismo, vence incluso al hambre.»[28]

Pero para Mehring este ejemplo no constituía ningún argumento contra el materialismo histórico. En su respuesta, por el contrario, se muestra dispuesto a atribuir a las ideologías –en este caso a la religión– un papel particularmente activo:

«¿Riéndose de qué materialismo?… La religión ha comportado cosas mucho más graves que las que menciona Ernst: ha llevado a innumerables personas a las mazmorras, a la tortura, a la hoguera y al patíbulo, al martirio voluntario, pero ¿qué prueba esto en contra del materialismo histórico?

»¿No entiende Paul Ernst que si la concepción materialista de la historia les atribuye a las distintas esferas ideológicas una existencia histórica autónoma no les atribuye de ningún modo cualquier eficacia histórica? Paul Ernst demuestra un pensamiento metafísico, no dialéctico, al concebir la causa y el efecto como dos polos rígidamente contrapuestos, al olvidar completamente la acción recíproca. ¿Cuándo ha negado el materialismo histórico que un momento histórico, una vez aparecido en el mundo por la acción de otros momentos y de causas en último término económicas, es capaz de reaccionar sobre su propio entorno e incluso sobre sus propias causas?»[29]

Indudablemente, esto significaba una modificación de la posición por parte de Mehring. En su estudio Über den historischen Materialismus [Acerca del materialismo histórico], Mehring había descartado irónicamente la observación de Barth de que la filosofía de la Ilustración había influido sobre la lucha revolucionaria de las clases burguesas de la Francia del siglo XVIII. También había afirmado que después de los escritos de Marx, Engels y Kautsky se había evaporado «hasta el último rastro» el poder espiritual del cristianismo en tanto que factor autónomo y eficaz. Ahora, sin embargo, afirmaba con insistencia que el materialismo histórico no negaba en absoluto a las diferentes esferas ideológicas su eficacia histórica. ¿Qué había ocurrido? En el entretanto había recibido una carta de Friedrich Engels. Mehring había tomado casi literalmente su nueva posición de esta carta.[30]

El episodio muestra en qué escasa medida estaba consolidada la teoría marxista en el seno de la Socialdemocracia alemana. Con unas sencillas observaciones de una crítica, que por lo demás no reflejaba ninguna comprensión real, Paul Barth había confundido a los marxistas dirigentes. Cosa que alcanzó incluso a Franz Mehring, cuya utilización de la concepción materialista de la historia había merecido la alta valoración de Engels. Éste le había escrito a Bebel sobre la Lessing-Legende de Mehring:

«Desde luego da alegría ver que la concepción materialista de la historia, que desde hace veinte años se ha quedado por regla general en mera frase sonora en los trabajos de la gente joven del partido, comienza por fin a ser aplicada como lo que es en realidad: un hilo conductor en el estudio de la historia.»[31]

Sin embargo, Engels tenía objecciones que hacer por lo que se refería a la concepción de Mehring acerca del significado del método.

Esto explica por qué Engels intentaba clarificar detalladamente en una serie de cartas dirigidas a diferentes personas durante la primera mitad de los años noventa el significado de la concepción materialista de la historia y en particular el de la sobrestructura ideológica. ¿Cómo fue posible que la concepción materialista de la historia llegase a ser entendida tan burda y mecánicamente en particular entre los jóvenes académicos socialdemócratas? Marx y él mismo habían de tener una parte de la culpa. Dado que la teoría era nueva y tenía que luchar por ser reconocida se cargaron las tintas en demasía sobre el principio fundamental, «y no siempre había tiempo, espacio u ocasión para prestarles la atención que requieren a los demás momentos implicados en la interacción».[32] Sin embargo, con respecto a la utilización práctica de la teoría, Engels pensaba que nada tenía que reprocharse a Marx y a él.[33] Con ello parece dar a entender que las exposiciones suyas y de Marx de la teoría misma padecerían las insuficiencias mencionadas.

La misma insuficiencia le atribuye Engels a la exposición de la concepción materialista de la historia hecha por Mehring.

«Con ello descuidamos la parte formal con respecto a la de contenido, a saber, el modo según el cual aparecen tales representaciones, etcétera. Lo cual les brinda a los adversarios motivos muy bien recibidos para malentendidos y desfiguraciones, de lo cual Paul Barth es un ejemplo clarísimo.»[34]

En calidad de «co-culpable más viejo» Engels no le quería hacer ningún reproche a Mehring «pero lo que sí que quiero es llamarle la atención sobre este punto de cara al futuro».[35]

Las cartas centrales a este respecto escritas por Engels son las dirigidas a Joseph Bloch el 21-IX-1890, a Conrad Schmidt el 27-X-1890 y al discípulo de Sombart Heinz Starkenburg (pseudónimo de W. Borgius) el 25-1-1894. Entre éstas, la dirigida a Schmidt contiene con más detalle que las otras la concepción de Engels. En la carta a Bloch, Engels destacó cinco puntos fundamentales. Primero, que la historia de los hombres en acción se hace a través de la lucha y la cooperación entre ellos mismos.

«Son, pues, innumerables fuerzas que se entrecruzan las unas con las otras, un grupo infinito de paralelogramos de fuerzas, de las que surge una resultante –el acontecimiento histórico–, que, a su vez, puede considerarse producto de una potencia única, que, como un todo, actúa sin consciencia y sin voluntad.»[36]

A través de la lucha de las diversas voluntades entre sí aparece un resultado final que no es el esperado por ninguno de los partícipes. Esto conduce, en segundo lugar, a que la historia discurra «en forma semejante a un proceso natural y… (está) sometida en lo esencial también a las mismas leyes de movimiento». Estas «leyes de movimiento», tercero, están determinadas por las condiciones de que depende la acción de los nombres. Estas condiciones son de diversos tipos. Las que determinan inmediatamente la acción humana son las políticas e ideológicas:

«…también desempeñan su papel, aunque no sea decisivo, las condiciones políticas, y hasta la tradición, que merodea como un duende en las cabezas de los hombres. También el Estado prusiano ha nacido y se ha desarrollado por causas históricas que son, en última instancia, causas económicas. Pero apenas podrá afirmarse, sin incurrir en pedantería, que de los muchos estados del norte de Alemania fuese precisamente Brandenburg, por imperio de la necesidad económica, y no también por la intervención de otros factores (y principalmente su complicación, mediante la posesión de Prusia, en los asuntos de Polonia, y a través de esto, en las relaciones políticas internacionales, que fueron también decisivas en la formación de la potencia dinástica austríaca), el destinado a convertirse en la gran potencia en que tomaron cuerpo las diferencias económicas, lingüísticas, y desde la Reforma también las religiosas, entre el Norte y el Sur. Difícilmente se conseguirá explicar económicamente, sin caer en el ridículo, la existencia de todos los pequeños estados alemanes del pasado y del presente o los orígenes de las permutaciones de consonantes en el altoalemán, que convierten en una línea de ruptura que corre a lo largo de Alemania la muralla geográfica formada por las montañas que se extienden de los Sudetes al Taunus».[37]

Todos estos factores pertenecientes a la sobrestructura social –constituciones, formas jurídicas, teorías políticas, jurídicas y filosóficas así como visiones religiosas y su ulterior desarrollo hasta convertirse en sistemas teóricos– «ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas» y Engels subraya que «en muchos casos» determinan sobre todo las formas de las luchas históricas. Engels no aclara qué es lo que entiende por «forma» en este contexto. Pero seguramente estaba pensando en el hecho de que las luchas sociales son conceptuadas por sus protagonistas a la manera, pongamos por caso, de luchas filosóficas o religiosas; por ejemplo: la lucha por la razón y contra lo irracional durante la Ilustración como reflejo de la lucha de la razón del orden social burgués contra la irracionalidad del feudal.

Pero las relaciones de producción –y éste es el cuarto punto básico– son el factor determinante en última instancia en la historia.

«Según la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacía, abstracta, absurda.»

Y en quinto y último lugar, entre esta base económica y la sobrestructura política e ideológica se da una interacción. En esta interacción es preeminente el factor económico:

«Es un juego mutuo de acciones y reacciones entre todos estos factores, en el que, a través de toda la multitud infinita de casualidades (es decir, de cosas y acaecimientos cuya trabazón interna es tan remota o tan difícil de probar, que podemos considerarla como inexistente, no hacer caso de ella), acaba siempre imponiéndose como necesidad al movimiento económico. De otro modo, aplicar la teoría a una época histórica cualquiera sería más fácil que resolver una simple ecuación de primer grado.»[38]

Engels había revelado así los diferentes elementos de la concepción materialista de la historia y, a grandes rasgos, las relaciones existentes entre ellos. Ahora bien, no había mostrado de qué modo pueden formar los diferentes planos de la estructura histórica un todo coherente y cómo puede uno de los planos –el económico– determinar a los demás dentro de esta totalidad. A esta tarea se dedicó en la carta a Conrad Schmidt.

Schmidt había de ocupar un puesto en el Zürcher Zeitung” como redactor encargado de las noticias de la Bolsa. Esto le dio motivo a Engels para sus consideraciones. Para Engels, quien quisiese analizar el desarrollo del mercado de valores no se podía quedar tan sólo en éste sino que tenía que atender y seguir también el desarrollo del mercado de mercancías y de la producción, que constituían en verdad la base de las instancias más elevadas:

«El bolsista no ve el movimiento de la industria y del mercado mundial más que en el reflejo invertido del mercado de dinero y de valores, por lo que los efectos se le aparecen como causas. Esto es un fenómeno que ya he podido observar en la década del 40, en Manchester, donde los boletines de la Bolsa de Londres no servían en absoluto para hacerse una idea del movimiento de la industria, con sus períodos de máxima y mínima, porque esos señores querían explicarlo todo a partir de las crisis del mercado de dinero, que, por lo general, sólo tienen el carácter de síntomas.»[39]

Ahora bien, ¿cuál era la causa de que el mercado monetario funcionase por una parte dentro de ciertos límites de acuerdo a su propia legalidad interna y que por otra parte estuviese de todos modos sujeto a largo plazo al desarrollo del mercado de mercancías y a la producción? Esta causa era para Engels la división social del trabajo. «Dónde hay división del trabajo a escala social hay también independización de los trabajos parciales unos respecto de otros.» A través de la progresiva división social del trabajo se va diferenciando una esfera detrás de la otra. Esto tiene dos consecuencias: por una parte una cierta independencia relativa entre las diversas ramas de la economía y por otra una dependencia recíproca. De esto se sigue que las diversas ramas de la economía, dada su calidad de sistemas relativamente independientes, siguen sus propias leyes de desarrollo. Pero también se sigue que aquéllas, en tanto que partes de un todo más amplio, se influencian unas a otras. Hasta aquí se podría decir que Engels y Barth coinciden. Pero Engels pensaba (al igual que Marx) que era todavía posible dar un paso más y sacar a la luz una estructura interna determinada, una jerarquización de las diferentes partes del sistema. Tanto el comercio como la moneda y las finanzas aparecen sobre la base de la producción, están ligados a ésta y a la larga no pueden existir sin ella. La producción es la base del comercio y de la moneda. Desde este punto de vista se puede decir que el comercio, la moneda y las finanzas se levantan sobre la producción como su sobrestructura. De esto se deduce que el comercio, por ejemplo, obedece dentro de ciertos límites a sus propias leyes de desarrollo. También ejerce influencia sobre el desarrollo de la producción. Pero en última instancia, de todos modos, el desarrollo del comercio está ligado al desarrollo de la producción y es dependiente de éste. Engels puso como ejemplo el descubrimiento de América:

«El descubrimiento de América fue debido a la sed de oro, que ya antes había impulsado a los portugueses a recorrer el continente africano, pues el gigantesco desarrollo de la industria europea en los siglos XIV y XV, así como el correspondiente desarrollo del comercio reclamaban más medios de cambio de los que Alemania –el gran país de la plata entre 1450 y 1550– podía proporcionar.»

Esto era un ejemplo de cómo la «base» determina a la «sobrestructura». Pero la sobrestructura puede, a su vez, ejercer un reinflujo hasta cierto grado sobre la base:

«La conquista de la India por los portugueses, los holandeses y los ingleses, entre 1500 y 1800, tenía por objeto importar de aquel país. A nadie se le ocurría exportar algo a la India. Sin embargo, qué influencia tan enorme ejercieron a su vez sobre la industria esos descubrimientos y esas conquistas que sólo obedecían al interés del comercio: lo que creó y desarrolló a la gran industria fue la necesidad de exportar a esos países.»

Engels iluminaba así, con ayuda de ejemplos procedentes de sistemas parciales de la economía, el principio básico de la concepción materialista de la historia: la dependencia de la sobrestructura respecto de la base económica. Pero todavía dio un paso más. Siguiendo con ejemplos procedentes de la economía mostró que sectores económicos secundarios, terciarios, etc., con respecto a la producción, podían, bajo ciertas condiciones, marcar el desarrollo del sector económico primario. Es decir, la «sobrestructura» podía determinar la «base» y no al contrario. Esto ocurrió temporalmente en el caso del capital financiero en relación con el capital productivo:

«En cuanto el comercio de dinero se separa del comercio de mercancías, sigue, bajo determinadas condiciones y dentro de los límites impuestos por la producción y el comercio de mercancías, un desarrollo independiente, con sus leyes especiales y sus fases, determinadas por su propia naturaleza. Y cuando, por añadidura, el comercio de dinero se desarrolla y se convierte también en comercio de valores –con la particularidad de que éstos no comprenden únicamente los valores públicos, sino que a ellos vienen a sumarse las acciones de las empresas industriales y del transporte, merced a lo cual el comercio de dinero se impone directamente sobre parte de la producción, que en términos generales es la que lo domina–, la influencia que el comercio de dinero ejerce a su vez sobre la producción se intensifica y complica. Los banqueros son los propietarios de los ferrocarriles, las minas, etc. Estos medios de producción tienen un doble carácter, pues su utilización ha de servir unas veces a los intereses de la producción como tal y otras a las necesidades de los accionistas en tanto que banqueros. El ejemplo más patente de ello nos lo ofrecen los ferrocarriles norteamericanos, cuyo funcionamiento depende de las operaciones que en un momento dado pueda realizar un Jay Gould, un Vanderbilt, etc., operaciones que nada tienen que ver con cualquier línea en particular ni con sus intereses como medio de transporte. E incluso aquí, en Inglaterra, hemos visto las luchas por cuestiones de límites que durante decenios enteros han librado entre sí las distintas compañías ferroviarias, luchas en las que se invirtieron sumas fabulosas, no en interés de la producción ni del transporte, sino exclusivamente por causa de unas rivalidades cuyo único fin era facilitar las operaciones bursátiles de los banqueros accionistas.»[40]

Con esta exposición Engels quería decir prácticamente lo siguiente:

1) que los distintos elementos de la sobrestructura –estado, derecho, ideologías– se han desarrollado a partir del desarrollo de la base económica, a partir de ésta, y simultáneamente, junto a ella;

2) que la sobrestructura es dependiente de la base: a largo plazo ésta determina el desarrollo de aquélla;

3) que a pesar de su dependencia con respecto a la base, la sobrestructura posee una autonomía relativa, condicionada, porque se desarrolla a partir de la base pero se singulariza con lo que crea sus propias estructuras características que obedecen a leyes específicas;

4) que la base y la sobrestructura se han de influenciar mutuamente porque, por un lado, se encuentran en una dependencia recíproca y por otro poseen, no obstante, cierta independencia la una respecto de la otra;

5) que la autonomía relativa de la sobrestructura puede ser tan grande, bajo ciertas condiciones, que puede convertirse temporal o parcialmente en el factor primario y determinante de todo el desarrollo.

Pues con la sociedad ocurre lo mismo que con la economía. A través de la progresiva división social del trabajo se van singularizando una institución detrás de la otra de la esfera de la producción obteniendo así una cierta independencia relativa con respecto a ella, influyendo sobre ella, pero ligada a ella en último término:

«La sociedad crea ciertas funciones comunes, de las que no puede prescindir. Las personas nombradas para ellas forman una nueva rama de la división del trabajo dentro de la sociedad. De este modo, asumen también intereses especiales, opuestos a los de sus mandantes, se independizan frente a ellos y… ya tenemos ahí el estado. Luego, ocurre algo parecido a lo que ocurre con el comercio de mercancías, y más tarde con el comercio de dinero: la nueva potencia independiente tiene que seguir en términos generales al movimiento de la producción, pero reacciona también, a su vez, sobre las condiciones y la marcha de ésta, gracias a la independencia relativa a ella inherente, es decir, a la que se le ha transferido y que luego ha ido desarrollándose poco a poco. Es un juego de acciones y reacciones entre dos fuerzas desiguales: de una parte, el movimiento económico, y de otra, el nuevo poder político, que aspira a la mayor independencia posible y que, una vez instaurado, goza también de movimiento propio. El movimiento económico se impone siempre, en términos generales, pero se halla también sujeto a las repercusiones del movimiento político creado por él mismo y dotado de una relativa independencia: el movimiento del poder estatal, de una parte, y de otra el de la oposición, creada al mismo tiempo que aquél.»

¿Hasta dónde podía llegar la –discutida pero innegable– influencia de la sobrestructura sobre la base? Por lo que se refiere al estado, en general podría acelerar o frenar el desarrollo económico, llevarlo por determinadas vías y cerrarle el paso a otras. Este argumento puede razonarse por muy diversas vías. Como resultado de influencias externas –como la conquista, por ejemplo– el estado podría aniquilar, p. ej., la base económica, «con lo que, en determinadas circunstancias, podía antes aniquilarse todo un desarrollo económico local o nacional». Bajo las condiciones actuales, por el contrario, este caso produce «casi siempre resultados opuestos, por lo menos en los pueblos grandes: a la larga, el vencido sale, a veces, ganando –económica, política y moralmente– más que el vencedor».[41]

Con las demás partes de la sobrestructura social ocurría, según Engels, sustancialmente lo mismo: aparecían a partir de la división social del trabajo, adquirían una cierta autonomía con respecto a su origen, se encontraban en interacción con éste, pero a la larga no dejaban de ser dependientes de éste. La relación de dependencia con respecto a la base económica se hacía, sin embargo, simultáneamente, cada vez más complicada. Éste era el caso, por ejemplo, en el terreno del Derecho:

«La base del derecho de herencia, presuponiendo el mismo grado de evolución de la familia, es una base económica. A pesar de eso, será difícil demostrar que en Inglaterra, por ejemplo, la libertad absoluta de testar y en Francia sus grandes restricciones respondan en todos sus detalles a causas puramente económicas. Y ambos sistemas repercuten de modo muy considerable sobre la economía, puesto que influyen muy particularmente en el reparto de los bienes.»[42]

Pero como en un estado moderno el Derecho no es sólo la expresión de la situación económica general sino también «una expresión coherente en sí misma», no puede reflejar fielmente las relaciones económicas. Un código no podría nunca ser «la expresión ruda, sincera, descarada, de la supremacía de una clase». Engels pensaba en este punto entre otras en las leyes acerca de la jornada normal de trabajo, de protección al trabajo, etc., que habían sido incluidas en el Derecho burgués como consecuencia del acrecentado poder de la clase obrera. El resultado sería que la relación entre el desarrollo del Derecho y la base económica se haría cada vez más compleja y contradictoria:

«Por donde la marcha de la “evolución jurídica” sólo estriba, en gran parte, en la tendencia a eliminar las contradicciones que se desprenden de la traducción directa de las relaciones económicas a conceptos jurídicos, queriendo crear un sistema armónico de Derecho, hasta que irrumpen nuevamente la influencia y la fuerza del desarrollo económico ulterior y rompen de nuevo este sistema y lo envuelven en nuevas contradicciones (por el momento, sólo me refiero aquí al Derecho civil).»[43]

La interacción entre base económica y sobrestructura sería más indirecta por lo que se refiere «a las esferas ideológicas que flotan aún más alto en el aire», es decir, la religión, la filosofía, etc. En principio éstas tendrían «un fondo prehistórico de lo que hoy llamaríamos necedades, con que la historia se encuentra y acepta». Estas representaciones –acerca de espíritus, fuerzas mágicas, etc.– estarían en una determinada relación con las condiciones económicas, pero más negativa que positiva: «El bajo desarrollo económico del período prehistórico tiene, por complemento, y también en parte por condición, e incluso por causa, las falsas ideas acerca de la naturaleza.» Se podría decir, ciertamente, que estas representaciones míticas serían progresivamente superadas por el aumento del conocimiento de la naturaleza motivado por la necesidad económica. Pero sería «una pedantería querer buscar a todas estas necedades primitivas una explicación económica».

Engels pensaba con respecto a la filosofía que para «el período burgués» era de lo más fácil encontrar una interacción con las condiciones económicas, a través de las condiciones políticas. Hobbes habría sido un «absolutista» en una época en las que en Europa florecía la monarquía absoluta, Locke habría sido en religión y política «el hijo del compromiso de clases de 1688» y los deístas ingleses y sus sucesores, los materialistas franceses, «los auténticos filósofos de la burguesía». En la filosofía alemana, desde Kant hasta Hegel, «se impone el filisteo alemán, unas veces positiva y otras veces negativamente».

Ahora bien, la parte filosófica de la sobrestructura social también es muy dúctil en el espacio y en el tiempo y por esto pueden aparecer a veces combinaciones de una economía poco desarrollada, por un lado, y una filosofía altamente desarrollada, por otro. Pero también en este caso el auge filosófico habría de tener como condición previa un ritmo económico pujante a partir de bajos niveles de partida:

«Como campo circunscrito de la división del trabajo, la filosofía de cada época tiene como premisa un determinado material de ideas que le legan sus predecesores y del que arranca. Así se explica que países económicamente atrasados puedan, sin embargo, llevar la batuta en materia de filosofía: primero fue Francia, en el siglo xviii, respecto a Inglaterra, en cuya filosofía se apoyaban los franceses; más tarde Alemania respecto a ambos países. Pero en Francia como en Alemania, la filosofía, como el florecimiento general de la literatura durante aquel período, era también el resultado de un auge económico. Para mí, la supremacía final del desarrollo económico, incluso sobre estos campos, es incuestionable, pero se opera dentro de las condiciones impuestas por el campo concreto: en la filosofía, por ejemplo, por la acción de influencias económicas (que a su vez, en la mayoría de los casos, sólo operan bajo su disfraz político, etc.) sobre el material filosófico existente, suministrado por los predecesores. Aquí, la economía no crea nada a novo, pero determina el modo cómo se modifica y desarrolla el material de ideas preexistente, y aun esto casi siempre de un modo indirecto, ya que son los reflejos políticos, jurídicos, morales, los que en mayor grado ejercen una influencia directa sobre la filosofía.»[44]

Engels pensaba haber contestado con esto también a la crítica de Barth:

«Por tanto, si Barth cree que nosotros negamos todas y cada una de las repercusiones de los reflejos políticos, etc., del movimiento económico sobre este mismo movimiento económico, lucha contra molinos de viento. Le bastará con leer El 18 Brumario, de Marx, obra que trata casi exclusivamente del papel especial que desempeñan las luchas y los acontecimientos políticos, claro está que dentro de su supeditación general a las condiciones económicas. O El Capital, por ejemplo, el capítulo que trata de la jornada de trabajo, donde la legislación, que es, desde luego, un acto político, ejerce una influencia tan tajante. O el capítulo dedicado a la historia de la burguesía (capítulo 24). Si el poder político es económicamente impotente, ¿por qué entonces luchamos por la dictadura política del proletariado? ¡La violencia (es decir, el poder del estado) es también una potencia económica!»[45]

Ésta es la explicación más extensa que dio Engels de la concepción materialista de la historia y la hemos expuesto aquí con cierta amplitud a causa del papel central que jugó en la discusión teórica posterior. La carta a Starkenburg no añade nada sustancialmente nuevo excepto ciertas ejemplificaciones[46] y una formulación de la interacción existente, a su modo de ver, entre economía e ideología:

«Cuanto más alejado esté de lo económico el campo concreto que investigamos y más se acerque a lo ideológico puramente abstracto, más casualidades advertiremos en su desarrollo, más zigzagueos presentará su curva. Pero si traza usted el eje medio de la curva, verá que, cuanto más largo sea el período en cuestión y más extenso el campo que se estudia, más paralelamente discurre este eje al eje del desarrollo económico.»[47]

Se puede resumir de la siguiente manera la concepción del contenido del materialismo histórico expresada por Engels en estas cartas: Marx y Engels se inclinaban en sus primeras recapitulaciones de la teoría a concederle al aspecto económico un peso superior al que le corresponde. No se cometió este error, sin embargo, en las aplicaciones concretas de la teoría. Ni Marx ni Engels habían pensado nunca que los elementos de la sobrestructura ideológica no tuviesen ningún tipo de influencia en la historia ni que estuviesen determinados por la base económica hasta el más mínimo detalle. Para Engels, el desarrollo de la base económica –de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción– era la causa última y la fuerza motriz decisiva de la historia. Por «causa última» Engels entendía no una causa finalis sino más bien el equivalente a «en último término», «finalmente» y «a largo plazo». Es decir: la significación de la base económica se mostraba particularmente para los más importantes acontecimientos históricos, para largos períodos y para la sociedad humana en general. Viceversa, la sobrestructura política e ideológica podría ganar importancia decisiva para períodos cortos, para estados singulares o para acontecimientos históricos singulares o de menor importancia. Las ideologías ejercían su influjo, según Engels, fundamentalmente sobre la forma de las luchas históricas, en contraposición a su contenido. Éstas tenían su propia causalidad, relativamente autónoma, que podía conducir temporalmente a una ausencia de coincidencia entre la base económica y la sobrestructura ideológica. Pero en el caso general, las ideologías eran reflejos indirectos –mediados por la política– de la base económica. Los límites de la autonomía de las ideologías estaban, pues, determinados por el grado de su dependencia con respecto a la estructura económica: las ideologías seguían sus propias leyes pero en el marco de su dependencia general de la base económica. Simultáneamente había una interacción, según Engels, entre base y sobrestructura así como entre los diferentes elementos tanto de la base como de la sobrestructura. Interacción sobre la base de la necesidad económica como determinante en última instancia: tal era la concepción general del contenido del materialismo histórico que Engels exponía en sus cartas.

Desde luego, no se trataba, de ningún abandono de antiguas posiciones centrales. La concepción materialista de la historia seguía siendo «monista» en el sentido de que en las cartas se le atribuía al modo de producción y a sus modificaciones la influencia decisiva sobre el desarrollo histórico. Se suscita, sin embargo, la cuestión de hasta qué punto habían destacado Marx y Engels anteriormente del mismo modo el papel de la sobrestructura social. Según Engels esto se había hecho en las aplicaciones prácticas, pero no en la formulación general de la teoría. Para Bernstein, las modificaciones que se habían efectuado en la cuestión de la formulación general de la teoría eran de tal calibre que las exposiciones posteriores estaban en oposición con las anteriores. Marx y Engels le habrían adscrito anteriormente a los factores económicos «un poder de determinación casi ilimitado sobre la historia». Pero «después de las explicaciones aducidas por Engels» la teoría ya no era «puramente materialista ni, mucho menos, puramente económica». Para Engels existía una oposición contraria, para Bernstein era contradictoria. La cuestión era, pues, si las explicaciones de Engels se podían presentar como continuación de elementos ya presentes en las anteriores formulaciones de la teoría general o si, por el contrario, no tenían nada que ver con ellos.

Bernstein partía del resumen clásico de la concepción materialista de la historia formulado por Marx en el prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política.[48] Acerca de este resumen escribió Bernstein: «En general, la consciencia y la voluntad de los hombres aparece como un factor muy subordinado a los movimientos materiales.»[49] Esta impresión era totalmente correcta. Pero produce idéntica impresión también la formulación general de la relación entre ideología y economía que Engels escribió en su carta a Heinz Starkenburg (ver más arriba).

De lo que carece la formulación anterior (1859) no es tampoco de la existencia de ideologías en tanto que fuerzas históricamente eficaces o de hombres históricamente actuantes sino de la interacción entre la base y la sobrestructura. Los elementos del modelo son los mismos en 1859 y en 1890. Pero a las formulaciones de la primera versión les falta una parte del funcionamiento del modelo. Desde luego que este aspecto se halla implícito en el primer modelo también. El hecho de que no apareciese expresamente en las formulaciones se explica seguramente en parte porque Marx –como él mismo decía– presentaba «el resultado general» y en parte porque quería destacar lo nuevo y lo esencial de la nueva visión en contraste con las anteriores.

La categoría de interacción, que es más amplia que la unilateral causalidad, la habían estudiado Marx y Engels en Hegel y Engels la había tratado en su trabajo La dialéctica de la naturaleza escrito entre 1873 y 1866.[50] Ya desde la crítica a Feuerbach de 1844 habían destacado ambos en su actividad publicística la gran importancia de la acción histórica activa de los hombres.[51] La influencia de las tradiciones y desgracias encuentra expresión sobre todo en el estudio de Marx El 18 Brumario de Louis Bonaparte.[52] Marx había escrito aquí: «La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.» Tanto su propia actividad revolucionaria como su tenaz esfuerzo para hacer que el movimiento obrero socialista de la época llegase a aceptar precisamente la teoría marxista dan también testimonio de que atribuía una gran importancia a los factores políticos e históricos. En su concepción de la historia subrayaba –y éste es uno de los rasgos más importantes y peculiares de la misma– que «la realidad… impulsa para devenir pensamientos». Pero era consciente, con certeza, de que esto no era toda la verdad, pues acto seguido venía a declarar «que el pensamiento impulsa a su realización».[53] En sus cartas sobre la concepción materialista de la historia de los años noventa Engels se interesa sobre todo por la parte nombrada en segundo término de su concepción. Estas cartas estaban pensadas únicamente como una interpretación del contenido de la teoría en una época en que la teoría había sido vulgarizada por sus adeptos.

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b) La interpretación del tercer tomo de El Capital

El segundo de los problemas fundamentales que Engels legó y que se situaron en el primer plano de la discusión teórica del siguiente período se refiere a la interpretación del tercer tomo de El Capital. El primer tomo fue editado por Marx mismo en 1867, pero murió –en 1883– antes de la publicación de las siguientes partes de su obra. En el primer tomo había formulado dos leyes que representan sus contribuciones personales a la ciencia económica. En primer lugar, la llamada ley del valor. Según esta ley, el valor de las mercancías está determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. Por tiempo de trabajo socialmente necesario Marx entendía el tiempo de trabajo requerido «para producir cualquier valor de uso bajo unas condiciones de producción dadas socialmente normales con el grado socialmente promedio de intensidad y habilidad del trabajo».[54] La otra ley era la ley de la plusvalía. De acuerdo con ésta, el beneficio de los capitalistas proviene no del capital «muerto», es decir, materias primas, maquinaria, etc., sino exclusivamente del capital «vivo», es decir, de la fuerza de trabajo. Marx llamaba al primer tipo de capital «capital constante» porque su valor se traspasa sin variaciones al producto final. Al segundo tipo le llamaba «capital variable» porque su valor experimenta una variación en el curso del proceso de producción. Si, por ejemplo, una mercancía requiere diez horas de tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción, esas diez horas representan la medida del valor de la mercancía. El obrero obtiene tan sólo, sin embargo, una parte de este valor, la que corresponde al capital variable o al salario. Si la producción de las mercancías que el obrero compra con su salario requiere cinco horas, entonces está claro que el obrero ha producido durante las primeras cinco horas de la jornada de trabajo el valor que corresponde a su salario. Durante las otras cinco horas trabaja gratis para el capitalista y produce para éste un valor excedente o plusvalía como lo llamaba Marx. Con estos dos instrumentos fundamentales trabajó Marx el primer tomo de El Capital.

Sin embargo, numerosas observaciones que Marx hizo en este primer tomo mostraban que las leyes formuladas en él habían de ser modificadas.[55] El tipo de modificaciones a introducir fue descrito por Engels en el prólogo al segundo tomo de El Capital editado por él en 1885. En este prólogo exhortaba también a los economistas de la época, en particular a los seguidores de Rodbertus, a tomar parte en un concurso. Engels escribió:

«Según la ley ricardiana del valor, dos capitales que emplean la misma cantidad de trabajo vivo y con la misma remuneración, producen en tiempos iguales –suponiendo que todas las demás circunstancias sean idénticas– productos de igual valor y plusvalía o ganancia en cantidad también igual. Pero si emplean cantidades desiguales de trabajo vivo, no pueden producir una plusvalía o, como dicen los ricardianos, una ganancia de tipo igual. Pues bien, lo que ocurre es precisamente lo contrario. En realidad, capitales iguales, cualquiera que sea la cantidad, pequeña o grande, de trabajo vivo que empleen, producen en tiempos iguales, por término medio, ganancias iguales. Se encierra aquí, por tanto, una contradicción a la ley del valor, contradicción descubierta ya por Ricardo, y que su escuela fue también incapaz de resolver. Rodbertus vio también esta contradicción; pero, en vez de resolverla, la convirtió en uno de los puntos de partida de su utopía (Zur Erkenntnis, etc., p. 131). La tal contradicción había sido ya resuelta por Marx en el manuscrito titulado Contribución a la crítica»;[*] la solución se encuentra, con arreglo al plan de El Capital, en el libro III. Aún habrán de pasar varios meses antes de su publicación. Por tanto, los economistas que pretenden descubrirnos en Rodbertus la fuente secreta de Marx y un precursor aventajado de éste, tienen aquí una ocasión de demostrarnos lo que puede dar de sí la economía rodbertiana. Si son capaces de explicarnos cómo, no ya sin infringir la ley del valor, sino sobre la base precisamente de esta ley, puede y debe formarse una cuota media de ganancia igual, entonces discutiremos mano a mano con ellos. Pero, tienen que darse prisa.» [56]

El problema enunciado por Engels resultaba de que las diferentes empresas producían mercancías con la ayuda de capitales de muy diversa composición. Algunas empresas empleaban relativamente mucha fuerza de trabajo, es decir, capital variable, y relativamente poco capital constante. Por el contrario, otras empresas utilizaban relativamente poco capital variable y relativamente mucho capital constante. Si la plusvalía era producida exclusivamente por el capital variable, entonces el beneficio variaría según el capital invertido, es decir, según la proporción en que estuviesen el capital constante y el capital variable. En las empresas en las que el capital variable tuviese una gran importancia proporcional, la tasa de beneficio había de ser muy elevada. En las empresas en las que tuviese escasa importancia, por el contrario, la tasa de beneficio sería baja. Pero esto contradecía la realidad. Se podía demostrar que capitales del mismo tamaño, en libre concurrencia y bajo condiciones normales, producían beneficios de la misma cuantía. Esto quiere decir, que la tasa de beneficio es en general la misma independientemente de la composición del capital. De esto se seguiría que el capital constante también producía plusvalía. Pero esto habría estado en contraposición con la ley de la plusvalía de Marx, según la cual tan sólo produce plusvalía el capital vivo. La teoría de Marx parecía estar condenada, condenada a naufragar ante uno u otro de estos escollos:

O bien las mercancías son intercambiadas en relación con el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. Entonces capitales del mismo tamaño pero de diferente composición no producen un beneficio de la misma cuantía.

O bien capitales del mismo tamaño, pero de diferente composición, producen un beneficio de la misma cuantía. Pero entonces las mercancías no serán intercambiadas en proporción al tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción.

Si la teoría marxista no se quería hundir, Marx tenía que poder mostrar que la ley del valor se podía compaginar con la tasa media de beneficio. Éste era el problema. La solución, que Marx expone en el tercer tomo de El Capital, la había encontrado ya en 1862, pero hasta la edición del tercer tomo se hallaba oculta en manuscritos y cartas a Engels.[57] En aquel momento Engels le sugirió a Marx que expusiese la solución ya en el primer libro «porque te será reprochado inmediatamente con toda seguridad y es mejor resolverlo por adelantado».[58] Pero Marx no quería perturbar sus círculos. La solución tenía que venir en el tercer tomo tal como estaba planeado porque presuponía que previamente había sido descrito el proceso de circulación del capital. Tampoco quería estropear el método dialéctico de desarrollo. Por lo demás, tampoco tenía inconveniente –como decía– en tenderles una trampa a los filisteos y a los economistas vulgares.[59]

Los meses que según las palabras de Engels en el prólogo al segundo tomo de El Capital habían de transcurrir hasta la publicación del tercer tomo se convirtieron en nueve años. Entretanto, gran número de economistas se ocuparon del problema; entre otros el gran estadístico Wilhelm Lexis, el químico y hombre de negocios americano Peter Fireman así como el economista Conrad Schmidt.[60] Sus soluciones apuntaban en la misma dirección que la del propio Marx. Fireman llegó casi a la solución marxista. Esto lo reconoció Engels en el prólogo al tercer tomo cuando éste apareció finalmente el año 1894. Fireman puso «en efecto… el dedo en la llaga».[61]

¿En qué consistía, pues, la solución de Marx?

«Toda la dificultad –escribió– proviene del hecho de que las mercancías no se cambian simplemente como tales mercancías, sino como productos de capitales que reclaman una participación proporcionada a su magnitud en la masa total de la plusvalía, o participación igual si su magnitud es igual.»[62]

Sin embargo o bien la ley del valor o bien la tasa media de beneficio tenían que ceder. Como la tasa media de beneficio era un hecho, la ley del valor había de ser modificada y la modificación estaba comprendida en las premisas dadas. Si había una misma tasa de beneficio en ramas de producción que estaban produciendo mercancías con diferentes proporciones de capital constante y capital variable, una parte de la mercancía tendría que ser vendida a precios por debajo de su valor-trabajo y otras a precios por encima de su valor-trabajo.

El siguiente ejemplo, puesto por Marx mismo, puede ilustrar la solución.[63] Se suponen tres sectores cada uno de los cuales produce mercancías utilizando 100 unidades de capital. Las 100 unidades, sin embargo, se reparten en diferentes proporciones entre capital constante y capital variable. Se supone la misma habilidad e intensidad en el trabajo, de forma que cada trabajador produce la misma plusvalía en relación a la unidad de capital variable:

Sector

Capital constante

Capital variable

Plusvalía

Tasa media de ganancia

Valor de la mercancía

Precio

Diferencia entre valor y precio

I.

70 k

30 v

30 m

20 %

120

120

+ 10

II.

80 k

20 v

20 m

20 %

120

120

± 0

III.

90 k

10 v

10 m

20 %

110

120

10

Total

240 k

60 v

60 m

20 %

360

360

± 0

De la tabla se desprende que la ley del valor es incompatible con la existencia de una tasa media de beneficio. Si las mercancías se cambiasen de acuerdo a su valor-trabajo, los capitalistas del sector I, que utilizan relativamente mucho capital variable, obtendrían una ganancia de 30 unidades para sus 100 unidades de capital. Y, viceversa, los capitalistas del sector III, que utilizan relativamente poco capital variable, obtendrían una ganancia de sólo 10 unidades para sus 100 unidades de capital. Como todos los capitalistas buscan el máximo beneficio, los capitalistas del sector III retirarían capital de este sector y lo invertirían en el sector I. Con lo cual disminuiría la producción del sector III mientras aumentaría la del sector I, lo que conduciría a que los precios de los productos del sector III aumentasen mientras que los de los productos del sector I bajarían. Este proceso continúa hasta que todos los capitalistas acaban por obtener una tasa media de beneficio.[64] En el ejemplo propuesto la tasa media es del 20 % (que resulta de una plusvalía total de 60 m con respecto a un capital total de 240 k más 60 v). El resultado es, pues, que las mercancías del sector I se venden a unos «precios de producción» que están por debajo del valor de las mercancías. Y, simultáneamente, las mercancías del sector III se venden a «precios de producción» que están por encima de su valor. En el sector II, que representa la proporción media, coinciden el valor y el precio de las mercancías.[65]

Marx consideró que esta solución era correcta por dos motivos. Primero, porque la suma de los valores de las mercancías iguala a la suma de los precios de las mercancías. Segundo, porque la suma de las plusvalías es igual a la suma de los beneficios.[66] Esto significaba, ciertamente, que la ley del valor no conduce directamente los procesos de cambio y distribución. Pues de acuerdo con la solución, bajo condiciones capitalistas, cuando la plusvalía se distribuye entre el capital independientemente de su composición a causa de la competencia, las mercancías se cambian no conforme a su valor-trabajo sino conforme a los precios de producción, es decir, al «precio de coste» más la tasa media de beneficio.[67] Pero para Marx tampoco podía ocurrir otra cosa en una economía capitalista de empresarios privados no regulada.[68] De este modo, los precios que se habían formado como resultado de la competencia capitalista quedaban determinados en último término por la ley del valor.[69] De otra forma, para Marx, quedarían sin explicar tanto la naturaleza de los precios como la de los beneficios.[70] Desde un punto de vista técnico, Marx razonaba manifiestamente como Fíreman: «En las ciencias exactas, sin embargo, no se acostumbra nunca a considerar una perturbación mensurable como una refutación de una ley.»[71] Pero era precisamente esta «perturbación» la que en opinión de los críticos planteaba el problema. La crítica más completa fue realizada por Eugen von Böhm-Bawerk en su escrito Zum Abschluß des Marx’schen Systems.[72] Pero para la discusión teórica entre los socialistas eran de más importancia otras dos contribuciones, las de Werner Sombart y Conrad Schmidt. En una carta dirigida a Sombart, que fue encontrada hace poco tiempo,[73] Engels reconoce la existencia de un problema:

«¿Cómo ocurre en realidad el proceso de igualación? Éste es un punto muy interesante sobre el que Marx mismo no dice mucho. Pero todo el modo de ver las cosas de Marx no es una doctrina sino un método. No proporciona dogmas acabados sino puntos de referencia para la ulterior investigación y el método para tal investigación. Aquí hay, pues, que realizar una parte del trabajo que Marx no llevó a cabo en ese primer esbozo.»[74]

Sólo un par de meses después se ocupó Engels más de cerca del problema, cosa que hizo bajo la impresión, precisamente, de las críticas de Sombart y Schmidt. La recensión de Sombart al tercer tomo era en conjunto positiva y rechazaba la posición de Böhm-Bawerk.[75] Igual que muchos otros, Sombart se aproximaba con gran interés al marxismo. Sus palabras significaban algo así como una revolución en el mundo académico alemán:

«Hay que alegrarse de la lucha que, precisamente en torno al marxismo, ha de hacer arder uno de los puntos más delicados de la economía política. Va a tener lugar una gran cacería; los espíritus, finalmente despertados de sus sueños por los marginalistas, van a chocar con fuerza unos contra otros. Pero esto es precisamente lo bueno: pelear ad majorem gloriam scientiae.

«Habrá algunos compañeros de especialidad, singularmente entre los más viejos, que no podrán reprimir una sonrisa ante estas palabras: ¿es verdaderamente serio querer traer de nuevo al mundo de los vivos a alguien tan muerto y enterrado como Karl Marx, querer hacer nuevamente objeto de la crítica su sistema diez veces “refutado”, querer colocarlo precisamente en el centro de la discusión científica?

«Bien, nosotros, los más jóvenes, cuidaremos de que así sea, pues no nos encontramos al final sino justo al principio de la crítica marxiana y no podemos reprimir del todo el asombro que nos produce el hecho de que se haya querido hablar de una “crítica” antes de que el sistema estuviese completo.»[76]

Con estas palabras introducía Sombart una amplia discusión en la economía y sociología alemanas que había de tener por centro a Tönnies, Troeltsch y Sombart mismo. La discusión revivió todavía tras la muerte de Engels paralelamente a la aparición de los escritos revisionistas de Bernstein. Es la versión alemana de la crítica al marxismo de Croce, Sorel, Struve y otros en Italia, Francia y Rusia.[77] El estudio de Sombart sobre Marx se convirtió, en este contexto, en un modelo para muchos.

A pesar de que Sombart se mostraba muy benevolente con respecto a la teoría marxista como un todo, pensaba que el tercer tomo de El Capital iba a provocar «una negativa generalizada».[78] Para solucionar el problema propuso una serie de medidas drásticas. También Marx habría aceptado que en el capitalismo el intercambio de mercancías no se halla determinado inmediatamente por la ley del valor. ¿Por qué, entonces, se debería conservar ésta en tanto que dato empírico? ¿No bastaría con reconocer su justificación lógica? Éste era el primer punto de vista fundamental de Sombart:

«En los hechos: si se quiere una fórmula para caracterizar el valor en Marx, es ésta: en él el valor no es un hecho empírico sino conceptual… un medio auxiliar de nuestro pensamiento del que nos servimos para hacernos comprensibles los fenómenos de la vida económica, es un hecho lógico.» [79]

Sombart sabía muy bien que las intenciones de Marx eran las opuestas. Pero pensaba que lo esencial del concepto del valor era que las mercancías eran productos del trabajo y esto era «en principio, solamente un hecho técnico»:

«El concepto del valor en su determinación material en Marx no es otra cosa que la expresión económica del hecho de que la fuerza productiva social del trabajo constituye la base de la existencia económica.»[80]

Este tipo de consideración, que poco tiempo después fue adoptado, con más o menos cambios, tanto por Labriola como por Croce y Bernstein, la aplicaba Sombart también a la teoría de la plusvalía:

«Es necesario para la comprensión sólo que nos coloquemos en el punto de vista de una sociedad de economía mercantil. El punto de partida es el tiempo de trabajo social, “el quantum de trabajo del que dispone la sociedad”… Éste encuentra su expresión en un determinado quantum de producto que supone un determinado valor.

»La plusvalía es, entonces, en su determinación formal, el valor del quantum de producto que constituye un excedente por encima de la otra parte (resto), de alguna manera fijada, del producto social: objetivación del “plustrabajo” de la sociedad.

»El plustrabajo, por ejemplo, también tendría que ser rendido en una sociedad socialista: en tanto que “trabajo que excede la medida de las necesidades dadas”.» [81]

Así, la plusvalía, según Sombart, debía «entenderse sólo en tanto que “hecho social”». El proceso de trabajo está para producir valores de uso con que satisfacer necesidades. No es necesario el cálculo de valores. Basta con constatar los precios, costes, salarios y beneficios empíricos dados en el mercado. Sombart se unía así –inconscientemente– en este punto a la corriente de la economía política que estaba representada en aquella época entre otros por Pareto y Cassel y que se quería distanciar de cualquier forma de ley del valor.[82]

Como Sombart negaba la existencia empírica del valor y de la plusvalía, rechazaba también la conexión empírica subrayada por Marx entre el valor y la plusvalía por una parte y el precio y el beneficio por otra. Este era su segundo punto de vista fundamental. Pero en este punto el conflicto con Marx tenía que resultar aún más agudo. Pues para Marx, la función de las leyes del valor y de la plusvalía no se limitaba sólo a que determinasen en último término los precios y los beneficios. El valor y la plusvalía también tenían una existencia histórica: por lo tanto el precio de producción y la tasa media de beneficio habían aparecido alguna vez.[83]

Sombart no veía esta posibilidad. Esto habría significado, ciertamente, que las primeras empresas capitalistas deberían haber aparecido en ramas de la producción con una alta proporción de capital variable. Pues la plusvalía sería creada tan sólo por la fuerza de trabajo pagada con capital variable. Consiguientemente, la tasa de beneficio se habría tenido que ir igualando sucesivamente y los precios de producción habrían tenido que formarse a partir de los valores mientras que la producción habría aumentado y los precios habrían disminuido en estas ramas intensivas en trabajo con la consecuencia de que la actividad empresarial capitalista se habría ido desplazando cada vez más hacia los sectores más intensivos en capital:

«Pero la producción capitalista comienza en parte a desarrollarse, históricamente, también precisamente en las ramas del último tipo: minería, etc. El capital no habría tenido ningún motivo para salir de la esfera de la circulación, en la que se encontraba muy a gusto, para pasar a la esfera de la producción si no hubiese existido la perspectiva de un “beneficio habitual” el cual –y esto ha de ser considerado– ya existía antes que cualquier producción capitalista en el beneficio comercial…

»Las ramas de la producción más florecientes todavía hoy son en parte precisamente aquellas que tienen una elevada composición de capital como la minería, las fábricas químicas, las cervecerías, los molinos a vapor, etc. ¿Se puede decir que de estos sectores se han ido retirando los capitales, se han ido yendo los capitales, hasta que la producción se ha limitado de acuerdo con esta fuga y los precios han subido?»[84]

Sombart estaba, desde un punto de vista «teórico», preparado para tomar la plusvalía como punto de partida para llegar hasta el beneficio. Pero el ajuste supuesto por Marx entre tasas de beneficio más altas y más bajas en capitales de composición diversa hasta llegar a una tasa media de beneficio era, en su opinión, resultado de «operaciones mentales, no fenómenos de la vida real. Quiero suponer, además, que también era ésta la opinión de Marx, al menos mientras Engels no me asegure lo contrario».[85] Engels no le aseguró formalmente lo contrario (y esto lo demandaba Sombart en el supuesto de que Engels coincidía con él en la interpretación del papel de la ley del valor);[86] pero en realidad, sin embargo, sí que lo hizo. En una atenta carta, Engels le aseguraba a Sombart: «…usted ha dicho, en lo fundamental, lo correcto.»[87] Pero acto seguido pasaba a repetir los puntos de vista de Marx. Primero, que la igualación de la tasa de beneficio «se efectúa objetivamente, en los hechos, inconscientemente». Segundo, que los valores de las mercancías han tenido alguna vez una existencia real inmediata. En la práctica, quería persuadir a Sombart para que él mismo llegase a la prueba:

«En los comienzos del intercambio, cuando los productos se convertían lentamente en mercancías, se cambiaba aproximadamente en proporción a los valores. El trabajo utilizado en dos objetos era el único criterio para su comparación cuantitativa. Así pues, entonces el valor tenía una existencia real inmediata.

«Sabemos que esta realización inmediata del valor en el cambio se acabó, sabemos que hoy ya no se da. Y creo que no le presentará demasiadas dificultades mostrar, a grandes rasgos por lo menos, aquellos eslabones intermedios que conducen desde el valor inmediatamente real de que hemos hablado hasta el valor de la forma capitalista de producción, que se halla tan profundamente escondido, que nuestros economistas pueden simplemente negar su existencia. Sería una complementación muy valiosa de El Capital una verdadera exposición histórica de este proceso que si bien exige un estudio muy trabajoso también es verdad que promete unos resultados ampliamente compensadores.»[88]

Pero Sombart no se dejó persuadir. Algunos años después, además, desapareció su interés por la problemática marxista.[89]

Engels tampoco obtuvo ninguna ayuda de Conrad Schmidt a pesar de que ambos pertenecían al mismo partido. Schmidt no fue tan lejos como Sombart, pues al contrario que éste, veía que existía necesariamente una conexión entre precio y valor, beneficio y plusvalía:

«La ley del valor es una hipótesis encaminada a la explicación de la realidad. Si los precios naturales de competencia no estuviesen en ninguna relación con la ley del valor, es decir, si fuesen inteligibles independientemente del todo de aquella hipótesis, entonces los opositores tendrían razón.

»Pero el hecho de que el precio natural de las mercancías singulares se separe del valor de las mismas, no demuestra en sí mismo ni lo más mínimo en contra de la necesidad de la teoría del valor.

»Veamos las cosas más de cerca. El “precio natural” comprende los costes de producción incrementados por la tasa media de beneficio del capital adelantado. ¿Y cuando es beneficio medio el beneficio? Cuando coinciden el porcentaje de beneficio que corresponde a los capitales adelantados con el porcentaje medio general de acuerdo con el cual producen beneficios los demás capitales.

»¿Pero de qué depende, a su vez, la cuantía de este porcentaje, es decir, la tasa media de beneficio de acuerdo con la que produce beneficios la totalidad de los capitales?

»Con respecto a esta cuestión la competencia no nos dice absolutamente nada. La concurrencia que se establece por todas partes entre los diversos capitales a la caza de oportunidades de obtener los más altos beneficios sólo explica el hecho de que el porcentaje de beneficio de los diferentes sectores muestre una tendencia a la igualación, pero no dice nada acerca de la cuantía de ese porcentaje de beneficio que se ha igualado. Esto nos remite a la hipótesis de la teoría del valor, si es que no queremos que el fenómeno quede totalmente sin explicar.»[90]

Así pues, para Schmidt, la ley del valor tenía validez en tanto que «punto de partida teórico necesario, hipótesis indispensable, iluminadora. Sin ella no hay ninguna posibilidad de comprensión teórica del engranaje económico de la realidad capitalista».[91] Pero no quería ir más allá. Esto se desprende de las respuestas que Engels daba a sus cartas. En una de tales cartas Schmidt había dicho que la ley del valor era una «ficción». La respuesta que dio Engels a esta crítica contiene, de hecho, lo más importante de lo que Engels tenía que decir acerca de esta cuestión. Decía: «Las objeciones que usted hace a la ley del valor afectan a todos los conceptos, considerándolos desde el punto de vista de la realidad.»[92] Para Engels, tanto los precios de producción como la ganancia media habían de ser concebidos en tanto que valores estadísticos aproximativos. En un elocuente párrafo de su larga carta intentó convencer a Schmidt de que todos los conceptos no eran en el fondo otra cosa que aproximaciones:

«¿Es que el feudalismo ha correspondido alguna vez a este concepto? Fundado en el reino de los francos occidentales, desarrollado en Normandía por los conquistadores noruegos, mejor elaborado en Inglaterra y en la Italia meridional por los normandos franceses, fue en el efímero reino de Jerusalén, que nos ha legado en sus Cortes de Jerusalén la expresión más clásica del orden feudal, donde más se aproximó a su concepto. ¿Era por eso una ficción este orden, porque no conoció, en su forma clásica, una corta existencia más que en Palestina, y eso, en gran parte, sólo sobre el papel?

»¿O quizá son también ficciones los conceptos admitidos en las ciencias naturales porque no siempre corresponden exactamente a la realidad? A partir del momento en que admitimos la teoría de la evolución, todos nuestros conceptos de la vida orgánica sólo corresponden a la realidad de forma aproximada. De lo contrario, no habría transformaciones, en el momento en que coincidieran absolutamente concepto y realidad en el mundo orgánico, habría terminado la evolución.

»El concepto de pez implica la existencia del agua y la respiración por medio de branquias; ¿cómo quiere usted pasar del pez al animal anfibio sin hacer estallar ese concepto? Pues ha estallado efectivamente; conocemos toda una serie de peces cuya vejiga natatoria ha evolucionado hasta el pulmón y que pueden respirar aire. ¿Cómo quiere usted pasar del reptil ovíparo al mamífero que trae al mundo unos pequeños seres vivos, sin hacer que choquen con la realidad uno de los dos conceptos o los dos a la vez? Y en realidad poseemos, con los monotremas, toda una subcategoría de mamíferos ovíparos –en 1843 vi en Manchester los huevos del ornitorrinco y, en mi gran ignorancia, me burlé de esa estupidez: ¡como si un mamífero pudiera poner huevos! ¡Y el caso es que hoy está probado! ¡No haga usted con el concepto de valor como yo con el ornitorrinco, al que luego tuve que pedir disculpas!»[93]

Esta carta fue escrita un día después de la carta a Sombart y no parece que Engels encontrase nada justificado en las objeciones. Pero al mes siguiente volvió a la cuestión en otra carta a Schmidt en la que le agradecía «su tenacidad a propósito de la “ficción”».[94] «Existe ahí realmente una dificultad –continuaba– que he podido salvar tan sólo debido a que ha insistido usted sobre su “ficción”.» Insistía en que la solución dada por Marx era satisfactoria[95] y expresaba la esperanza de que Schmidt estuviese «convencido, por el pasaje de Marx, de que, para la producción mercantil, la ley del valor es por lo menos algo más que una ficción necesaria». Pero la solución de Marx tenía una insuficiencia. No estaba «claramente precisada y subrayada, y esta última circunstancia me ha impulsado a desarrollar brevemente este punto en el Neue Zeit, partiendo de las objeciones de Sombart y de las suyas».[96] El resultado fue un estudio –el último de Engels– que vio la luz después de su muerte en “Neue Zeit” bajo el título «Ley del valor y tasa de beneficio».[97] Treinta y seis años antes Engels había subrayado en su recensión de la Contribución a la crítica de la economía política de Marx que el «método lógico» de Marx no era en realidad otra cosa más que «el método histórico, despojado únicamente de su forma histórica y de las contingencias perturbadoras».[98] Ahora tenía que intentar reconstruir esta forma histórica.

Como punto de partida tomaba el bosquejo del problema hecho por Marx. Para Marx, la ley del valor tenía una validez histórica también por lo que se refiere a la sociedad precapitalista en su forma más común: aquella sociedad simple de campesinos y artesanos en la que los productores eran ellos mismos propietarios de sus medios de producción cambiando sus productos entre ellos.[99] Si en una sociedad de este tipo le costaba a un zapatero un total de diez horas la producción de un par de zapatos, y un sombrerero utilizaba el mismo tiempo para producir un sombrero, esas diez horas constituirían la medida del valor de los productos. ¿Pero qué ocurriría si el capital constante utilizado era diferente en valor de un producto a otro? Esta situación sería posible, sin más, en esas condiciones precapitalistas sin influir sobre la ley del valor:

«Si I tiene más gastos, éstos se reponen mediante la parte mayor de valor de su mercancía que viene a reponer esta parte “constante”, razón por la cual se verá obligado a convertir de nuevo en elementos materiales de este capital constante una parte mayor del valor total de su producto, mientras que II, si es verdad que percibe menos, también tiene que hacer revertir una parte menor. Por consiguiente, partiendo de este supuesto, la diferencia existente entre las cuotas de ganancia sería, como vemos, un factor indiferente, del mismo modo que es hoy indiferente para el obrero asalariado el saber en qué cuota de ganancia se traduce la cantidad de plusvalía rendida por él y del mismo modo que es también indiferente en el comercio internacional la diversidad de las cuotas de ganancia que rigen entre las diversas naciones en cuanto a su cambio de mercancías. (…) Cualquiera que sea el modo como se fijen o regulen los precios de las distintas mercancías entre sí, su movimiento se halla presidido siempre por la ley del valor. Cuando disminuye el tiempo de trabajo necesario para su producción, bajan los precios; por el contrario, los precios suben cuando el tiempo de trabajo necesario para su producción aumenta y las demás circunstancias permanecen invariables.» [100]

Lo que Marx formula aquí con otras palabras no es ni más ni menos que un comentario aclaratorio teórico de la conocida regla de Alberto Magno y Tomás de Aquino para la fijación del precio justo en la sociedad medieval: labores et expensae.

Engels explicaba que era algo natural que en las sociedades precapitalistas de pequeños productores los valores de cambio se rigiesen según las cantidades de trabajo necesarias para la realización de los productos, pues los productores –el campesino, el herrero, el constructor de carros– sabían muy bien el tiempo de trabajo que necesitaba cada uno.[101] Así pues, en todo el período de la producción simple de mercancías, la ley del valor había tenido una validez inmediata:

«La ley del valor de Marx tiene, pues, una vigencia económico-general, que abarca todo el período que va desde los comienzos del cambio por medio del cual los productos se convierten en mercancías hasta el siglo xv de nuestra era. Y el cambio de mercancías data de una época anterior a toda la historia escrita y que en Egipto se remonta, por lo menos, a 3.500 y acaso a 5.000 años, en Babilonia a 4.000 y, tal vez, a 6.000 años antes de nuestra era. La ley del valor rigió, de este modo, durante un período de cinco a siete mil años.» [102]

La primera transformación aparece con el gran capital comercial en forma de sociedades mercantiles (Fugger, Welser, Vóhlin, Höchstetter, Hirschvogel, etc.). «Es aquí donde nos encontramos por vez primera con la ganancia y la cuota de ganancia.»[103] Al principio había habido una tasa de ganancia común para cada «nación», es decir, para los venecianos, genoveses, hanseáticos, holandeses, etc.[104] A través de la concurrencia, estas tasas de ganancia localmente determinadas comenzaron a igualarse. El proceso se aceleró tras la revolución comercial de 1492.

Con la siguiente gran transformación, es decir, la aparición del capital industrial, hubo, en la interpretación de Engels, cambios en los principios de la formación de los precios. Esto había empezado a desarrollarse ya en la Edad Media en tres sectores: el de las compañías de navegación, la minería y el textil.

De estos tres sectores había sido el último el de mayor importancia porque en él fue donde el comerciante se transformó en empresario. (La minería, destacada a este respecto por Sombart, fue dejada de lado por Engels con una alusión a su carácter de corporaciones monopolistas.) Para estos capitalistas industriales en proceso de formación, la tasa de ganancia del capital comercial existía ya como dato empírico. ¿Qué es lo que le podía impulsar al comerciante a convertirse, en esta situación, en empresario?

«Solamente una cosa: la perspectiva de ganar más, vendiendo al mismo precio que los otros. Y esta perspectiva la tenía, en realidad. Al tomar a su servicio a los pequeños maestros, rompía los límites tradicionales de la producción, dentro de los cuales el productor vendía el producto por él elaborado, y nada más. El capitalista comercial compraba la fuerza de trabajo, que seguía poseyendo provisionalmente su instrumento de producción, pero que ya no poseía la materia prima. De este modo, le aseguraba al tejedor trabajo fijo, pero al mismo tiempo podía reducir su salario de modo que una parte del tiempo que trabajaba fuese trabajo no retribuido. Esto permitía al empresario apropiarse una plusvalía, además de la ganancia comercial que de antiguo venía percibiendo.» [105]

El mismo proceso se había repetido, aun cuando en un marco mucho más amplio, con la aparición de la manufactura y, más tarde, con la aparición de la gran industria. Así, paso a paso, los valores se habrían ido transformando en precios de producción y las plusvalías en beneficios.

Pero ¿qué ocurría cuando los precios de producción se elevaban por encima del valor de las mercancías en ramas de la producción con una baja relación entre capital variable y constante y cuando, en ramas de la producción en las que esta relación era alta, caían los precios de producción por debajo de los valores? Engels contestaba brevemente a la cuestión. En el caso citado en último término habrían dificultades:

«pues las ramas de producción que arrojan una plusvalía superior a la normal, es decir, aquellas que tienen un elevado capital variable y un bajo capital constante, o, lo que es lo mismo, una composición orgánica baja, son precisamente, por su naturaleza, las que más tarde y de un modo más incompleto se someten a la explotación capitalista, sobre todo la agricultura».[106]

En el caso contrario, sin embargo, es decir, en aquellas ramas de la producción que utilizan relativamente mucho capital constante y poco capital variable, y en las que por lo tanto, los precios de producción se elevan por encima de los valores de las mercancías, la igualación no encuentra, para Engels, ninguna dificultad.

«En efecto, las mercancías de esta clase, cuando empiezan a producirse por métodos capitalistas y son lanzadas al comercio capitalista, compiten con las mercancías del mismo tipo fabricadas por procedimientos precapitalistas, que resultan, por consiguiente, más caras. Esto le permite al productor capitalista, aun renunciando a una parte de la plusvalía, obtener, sin embargo, la cuota de ganancia vigente en su localidad, la cual no guarda, originariamente, la menor relación directa con la plusvalía, ya que había nacido del capital comercial mucho antes de que existiese una producción capitalista y de que, por tanto, fuese posible una cuota de ganancia industrial.»[107]

El proceso de igualación, así pues, debía haberse producido fácilmente en una dirección y con dificultades, por el contrario, en la otra. Pero ¿existía una dependencia entre la igualación en una dirección y la igualación en otra dirección? ¿Cómo se podían elevar los valores de las ramas de producción intensivas en capital hasta el nivel de los precios de producción si simultáneamente no descendían los valores de las ramas intensivas en trabajo paralelamente hasta el mismo nivel? Engels coincidía abiertamente con Sombart en la idea de que la producción capitalista se había aparecido en las ramas intensivas en capital. Gracias a la alta productividad del trabajo que se derivaba de este hecho las mercancías podían ser producidas en estas ramas con unos costes relativamente más bajos que en el artesanado tradicional, el que marcaba la pauta respecto al nivel de los valores como consecuencia de que era numéricamente dominante. Por esto, las primeras empresas capitalistas obtenían una plusvalía extraordinaria o una ganancia extraordinaria de tal magnitud que podían elevar los precios de producción por encima de los valores manteniendo además una ventaja concurrencial con respecto al artesanado.

Se trataba de una igualación de los valores y los precios entre empresas capitalistas con alta proporción de capital constante por una parte y empresas artesanales por la otra. Pero la igualación de la que se habla en el tercer tomo de El Capital era una igualación de los valores a los precios de producción entre empresas capitalistas con una proporción relativamente alta o baja de capital constante con respecto al capital variable. Si el empresariado capitalista había surgido primeramente en los sectores de relativamente mucho capital constante ¿qué estímulo existía entonces, si es que existía alguno, para que el capital afluyese a sectores de baja proporción de capital constante? La cuestión se plantea con más fuerza si se piensa que la oferta de capital para la inversión no ha podido ser avasalladora. Naturalmente, desde el principio han tenido que existir empresas capitalistas con estructuras de capital muy diferentes a causa de la imperfección del mecanismo de mercado. Pero esto no soluciona el problema. Pues cuanto más imperfecto sea el mecanismo de mercado menos probable será que puedan formarse precios y ganancias medias por medio de la concurrencia. Pero incluso aunque se pudiese pensar que empresas con una alta proporción de capital constante y empresas con una alta proporción de capital variable, cada una por su parte, hubiesen podido vencer en la concurrencia al artesanado tradicional queda, sin embargo, abierta la cuestión de cómo pudo tener lugar un proceso de igualación horizontal a través de transferencias de capital. Friedrich Engels no dio respuesta a este interrogante. No pudo, evidentemente, llegar hasta aquí.[108] Así quedaba clausurada, en lo sucesivo, la discusión del tercer tomo de El Capital en el seno de la Socialdemocracia alemana. Ni Sombart ni Schmidt respondieron. Rudolf Hilferding volvió de nuevo sobre el problema nueve años después en su crítica a Böhm-Bawerk seguramente porque le parecía que en este terreno todavía quedaban cuestiones no resueltas.[109] Pero, significativamente, en la introducción a su trabajo observaba que de la disputa ad majorem scientiae gloriam que buscaba Sombart nunca había resultado nada. El único que parece haberse ocupado de esta cuestión es el economista y socialdemócrata Alexander Helphand (Parvus). Marx había citado como condición para que las mercancías se cambiasen a sus valores lo siguiente «que ningún monopolio natural o artificial permita a uno de los contratantes vender por más del valor o le obligue a desprenderse de sus mercancías por menos de lo que valen».[110] Pero para Helphand el monopolio era precisamente lo característico de las relaciones precapitalistas. El modelo empírico de precapitalismo que Parvus conocía en su patria, Rusia, difería completamente del que Marx y Engels tuvieron presente.[111] Pero las observaciones de Helphand no tuvieron ningún eco.

Nadie sacó conclusiones verdaderamente convincentes. Quien había marcado el camino en todo momento había muerto. Cuando Conrad Schmidt publicó en 1897 en el periódico del partido Vorwärts una recensión de la crítica de Marx de Böhm-Bawerk, arrió la bandera.[112] No hubo ninguna reacción.

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c) Legalidad y revolución

Como se desprende de lo dicho en el capítulo introductorio, el desarrollo de la Socialdemocracia alemana a partir del comienzo de los años noventa está marcado por dos factores: la legalidad reconquistada y la rápida expansión de la influencia parlamentaria. No resulta muy difícil de comprender que Engels profetizase en 1891 que el Partido Socialdemócrata llegaría al poder en 1898. Y para subrayar la prudencia de su juicio añadía inmediatamente que Bebel creía que ¡se llegaría ya en 1895![113] Cuando, por lo tanto, en 1895 resultaba de actualidad la edición del artículo de Marx escrito hacía casi 50 años sobre la revolución de 1848 en Francia, no sólo pareció algo natural que Engels escribiese una introducción, sino también que se ocupase en ella de la revolución pacífica que parecía próxima en Alemania. Y también esto se decidió Engels a hacerlo.

La introducción de Engels causó gran impresión tanto a sus contemporáneos como a la posteridad. En ella, escribió Sombart en su artículo conmemorativo dedicado a Engels, se traza una clara línea divisoria «con respecto al revolucionarismo que va extendiéndose» y se muestra, asimismo, la justeza de la concepción (compartida por Sombart) del marxismo como «realismo social-político». La introducción era «una especie de epílogo al drama de la propia vida, una especie de confesión» y contenía al mismo tiempo «las últimas exhortaciones lanzadas por el moribundo al proletariado en lucha».[114] Bernstein escribió cuatro años más tarde en sus Premisas:

«No se puede valorar lo suficiente lo beneficioso de este escrito, que puede calificarse con justicia como su testamento político, para el movimiento socialista. En cuanto a su contenido, es más importante de lo que puede parecer a simple vista. Desde luego que ni la introducción como tal es el lugar más adecuado para extraer las consecuencias que se siguen de confesiones hechas con tanta franqueza, ni tampoco se podía esperar de Engels que él mismo hiciese la revisión de la teoría que había que hacer. Si lo hubiese hecho, habría tenido necesariamente que llevar a cabo, si no abiertamente sí en el fondo, un ajuste de cuentas con la dialéctica hegeliana. Ésta constituye el elemento traidor de la doctrina marxista, la trampa tendida en el camino que conduce a cualquier consideración consecuente de las cosas. Engels no quería o no podía liberarse de ella.» [115]

Para Bernstein, esta introducción tenía que dar lugar a una «corrección»… de toda la concepción de la lucha y de las tareas de la Socialdemocracia».[116] Se intuye que Bernstein apunta aquí a algo de mucha importancia. Pero no dice qué. La explicación se encuentra unas páginas después. Se trataba de que, en su opinión, en esta introducción Engels «ensalzó con una decisión como nunca antes la utilización del sufragio universal y la actividad parlamentaria como medio para la emancipación de los trabajadores y se despidió de la idea de la conquista del poder político por medio de asaltos revolucionarios».[117]

Así fue interpretada por todo el mundo, comprendidos los marxistas. Se manifestó una discrepancia, no obstante, cuando Kautsky publicó en 1909 en su escrito El camino hacia el poder (su última protesta contra el revisionismo, que crecía enormemente) unas cartas de Engels de las que se desprendía que después de ser presionado por la dirección del partido en Berlín introdujo algunas modificaciones en el manuscrito protestando inmediatamente de tener que aparecer como «pacífico adorador de la legalidad quand même».[118] Sin embargo, todavía en 1918 Rosa Luxemburg expresaba en su discurso programático pronunciado en el congreso constitutivo de la Liga Espartaquista la idea de que la introducción era, en conjunto, una buena expresión de la concepción engelsiana del parlamentarismo.[119] Sólo en 1925 cambió esta opinión al demostrar el entonces director del Instituto Marx-Engels de Moscú, Riazánov, que en la corrección se habían practicado supresiones.[120] Riazánov estaba persuadido de que la dirección del partido en Berlín había acortado y con ello falseado el texto contra la voluntad de Engels. A partir de entonces se adoptó por lo general este punto de vista, en todo caso por los marxistas, a pesar de que al año siguiente Bernstein publicó dos cartas que mostraban sin lugar a dudas –aun cuando Bernstein dejó pasar sin observaciones determinados puntos oscuros– que había sido el mismo Engels quien había hecho las supresiones.[121] Hace sólo pocos años que se dilucidó finalmente la cuestión al publicar Hans-Josef Steinberg la contestación de Engels a la primera de las dos cartas citadas.[122] Hasta entonces se había creído que esta respuesta se había perdido.[123]

¿Cuál era el contenido de la introducción publicada en 1895? Se puede resumir brevemente en lo siguiente. Desde el período revolucionario de 1789-1848, las condiciones de la lucha de la clase obrera habían sufrido grandes transformaciones como consecuencia de la revolución industrial. Anteriormente Marx y Engels habían creído que bajo condiciones favorables era posible que una minoría revolucionaria hiciese una revolución social en interés de la mayoría: «¿No se daban pues todas las perspectivas para que la revolución de la minoría se trocase en la revolución de la mayoría?»[124] Igualmente, la Comuna de París había mostrado «cuán imposible era también por entonces… este poder de la clase obrera».[125] Sólo cuando la industrialización se había impuesto seriamente por el Continente y cuando había formado una clase obrera industrial que a través de la homogeneidad de las condiciones de vida también podía homogeneizarse ideológicamente, más exactamente, sobre bases marxistas, se habían creado las condiciones básicas para la toma del poder.[126] Al mismo tiempo, tras la derrota de la Comuna de París de 1871, el centro de gravedad del movimiento socialista se desplazó de Francia a Alemania. Aquí, la Socialdemocracia entendió transformar el sufragio universal «de medio de engaño que había sido hasta entonces en instrumento de emancipación».[127] Más adelante, Engels muestra con expresividad el incremento de la fuerza de la Socialdemocracia de unas elecciones a otras. «El estado había llegado a un atolladero y los obreros estaban al principio de su avance.» [128]

Así, la clase obrera se había provisto de un «método de lucha completamente nuevo»:

«Se vio que las instituciones estatales en las que se organiza la dominación de la burguesía ofrecen nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas instituciones. Y se tomó parte en las elecciones a las dietas provinciales, a los organismos municipales, a los tribunales industriales, se le disputó a la burguesía cada puesto, en cuya provisión mezclaba su voz una parte suficiente del proletariado. Y así se dio el caso de que la burguesía y el gobierno llegasen a temer mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero, más los éxitos electorales que los éxitos insurreccionales.»[129]

Ya no se podía contar con la rebelión al viejo estilo. Las condiciones habían cambiado en favor de la fuerza militar y en contra de los insurrectos. La lucha de barricadas se hacía difícil en las grandes ciudades modernas y el armamento de los ejércitos se había mejorado radicalmente. «Tendría que estar loco el revolucionario que eligiese él mismo para una lucha de barricadas ios nuevos distritos obreros del Norte y el Este de Berlín.»[130] Ahora se trataba de que las masas tenían que intervenir desde el principio en la transformación de las relaciones. Las masas «tienen que haber comprendido ya por sí mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida». Esto también se había empezado a comprender en los países latinos. También en ellos se reconocía que el «lento trabajo de propaganda y la actuación parlamentaria» eran las tareas más inmediatas. Sólo así resultaría posible ganar a las masas populares. Engels resumía así la tarea prioritaria: «Mantener en marcha ininterrumpidamente este incremento, hasta que desborde por sí mismo el sistema de gobierno actual; (…): tal es nuestra tarea principal.»[131]

La introducción se cerraba con un símil grandioso en el que se comparaba a la Socialdemocracia en el Imperio alemán con los cristianos del Imperio romano. También los cristianos habrían fundado «un peligroso partido de la subversión», dedicado también a minar «la religión y todos los fundamentos del estado», que habría sido también «sin patria» y que habría tenido «una fuerte representación en el ejército». Diocleciano comprendió y «dictó una ley contra los socialistas, digo, contra los cristianos. Fueron prohibidos los mítines de los revoltosos, clausurados e incluso derruidos sus locales, prohibidos los distintivos cristianos –las cruces–, como en Sajonia los pañuelos rojos. Los cristianos fueron incapacitados para desempeñar cargos públicos, no podían ser siquiera cabos». Pero ¿qué ocurrió con el partido subversivo? Engels contesta:

«También esta ley de excepción fue estéril. Los cristianos, burlándose de ella, la arrancaban de los muros y hasta se dice que le quemaron al emperador su palacio, en Nicomedia, hallándose él dentro. Entonces éste se vengó con la gran persecución de cristianos del año 303 de nuestra era. Fue la última de su género. Y dio tan buen resultado, que diecisiete años después el ejército estaba compuesto predominantemente por cristianos, y el siguiente autócrata del Imperio romano, Constantino, al que los curas llamaban el Grande, proclamó el cristianismo religión del estado.» [132]

Aunque el símil no aclaraba la ambigua cuestión de cómo llegó el cristianismo a convertirse en la religión del estado venía a indicar que los cristianos se habían introducido en el estado previamente existente.

Así pues, ¿era correcto concluir, como lo hacía Berstein, que Engels abjuraba en este su testamento político de la revolución adhiriéndose a la acción parlamentaria? Si se lee atentamente, se llega a otra conclusión. El texto ofrece, y no sólo en la forma en que fue presentado en 1895, una clara base para este tipo de interpretación. En realidad, no tenía nada de especialmente significativo que Engels predicase en 1895 la necesidad de aprovechar el parlamentarismo: éste era ya entonces un instrumento muy eficaz para los esfuerzos de la Socialdemocracia. El mensaje de Engels hubiese sido reformista si en él hubiese aconsejado a la Socialdemocracia que pusiese toda su confianza en el sistema parlamentario establecido. Pero Engels no hizo tal cosa. En la introducción se leía, ciertamente, que la clase obrera tenía que dirigirse a la meta a través de una áspera guerra de posiciones. Pero con ello sólo se ponía de relieve que la victoria no se podía obtener «de un solo gran golpe».[133] Como la legalidad representaba inconvenientes para la clase dominante mientras que tenía ventajas para la Socialdemocracia, era de prever que antes o después el gobierno habría de tomar sus precauciones contra la «subversión». ¿Cómo tenía que reaccionar la Socialdemocracia en tal caso? Engels daba una clara indicación:

«Pero no olviden ustedes que el Imperio alemán, como todos los pequeños estados y, en general, todos los estados modernos, es un producto contractual: producto, primero, de un contrato de los príncipes entre sí y, segundo, de los príncipes con el pueblo. Y si una parte rompe el contrato, todo el contrato se viene a tierra y la otra parte queda también desligada de su compromiso.» [134]

Finalmente, Engels declaraba también que centrarse sobre el parlamentarismo no significaba que la Socialdemocracia renunciase al derecho a la revolución. En este contexto se refería a «nuestros camaradas extranjeros». Esto era o una indirecta contra los dirigentes del Partido de Berlín o una ayuda a éstos, pues el llamado proyecto de ley contra la subversión, que se discutía en las comisiones parlamentarias del Reichstag entre el 14 de enero y el 25 de abril, habría introducido, de haber sido aprobado, un serio endurecimiento en las leyes orientadas contra la Socialdemocracia. En todo caso, lo que Engels pensaba quedaba claro:

«Huelga decir que no por ello nuestros camaradas extranjeros renuncian, ni mucho menos, a su derecho a la revolución. No en vano el derecho a la revolución es el único “derecho” realmente “histórico”, el único derecho en el que descansan todos los estados modernos sin excepción…» [135]

Parece, pues, que Bernstein leyó en la introducción de Engels lo que quiso leer. Esta impresión queda reforzada si se tienen en cuenta las frases que Engels suprimió a instancias de Richard Fischer, August Bebel, Paul Singer e Ignaz Auer desde Berlín.[136] Con respecto a la alusión al significado moral de las anteriores luchas de barricadas que aparece en la introducción que vio la luz, Engels había querido añadir: «Éste es el punto decisivo a retener también al investigar las posibilidades de eventuales luchas callejeras en el futuro.»[137] Las demás supresiones aconsejadas por la dirección del partido tienen el mismo carácter.[138] Igual ocurre con el contenido de las cartas que Engels escribió a Kautsky y a Lafargue con motivo de la mutilación de su introducción.[139] Consideraba la legalidad parlamentaria, ciertamente, como un medio importante, pero sólo como eso: como un medio. En realidad no existen motivos para suponer un cambio fundamental de las concepciones de Engels con respecto a este punto. Lo mismo se desprende del artículo que publicó en Francia, Alemania e Italia titulado «El socialismo en Alemania 1891-92»:

«¡Cuántas veces no nos habrán requerido los burgueses a renunciar, bajo cualesquiera condiciones, al uso de medios revolucionarios y a permanecer dentro de los límites de la legalidad ahora, ahora que la ley de excepción ha sido suprimida y que el derecho común ha sido restablecido para todos, incluso para los socialistas! Desgraciadamente, no les podemos hacer ese favor a los señores burgueses. Lo que, sin embargo, no impide en absoluto que en este momento no seamos nosotros quienes “rompan la legalidad”. En absoluto; la legalidad trabaja tan primorosamente a nuestro favor que estaríamos locos si la violásemos mientras las cosas vayan como van. Es mucho más importante ahora preguntarse si no serán precisamente los burgueses y su gobierno quienes violarán la ley y el derecho para triturarnos violentamente. Estaremos preparados ante esta expectativa. Y mientras tanto, burgueses: “¡Disparen ustedes primero, señores!”.

»Sin duda: ellos van a disparar primero. Un buen día, los burgueses alemanes y su gobierno se cansarán de contemplar con los brazos cruzados la marea desbordante del socialismo; entonces irán a buscar refugio en la ilegalidad, en la violencia. ¿De qué les servirá?… El momentáneo predominio contrarrevolucionario puede quizás aplazar por algunos años el triunfo del socialismo, pero sólo para que este triunfo sea más completo y más definitivo.»[140]

Pero si nada induce a pensar que Engels hubiese modificado su punto de vista con respecto a la cuestión de la relación entre el parlamentarismo y la revolución, parece un tanto confuso que no esperase para la publicación de su artículo a que el problema de la nueva legislación anti-subversiva estuviese resuelto. ¿Por qué tenía que aceptar que su «texto se resintiese algo ante consideraciones medrosas frente a proyectos de ley anti-subversivos por parte de nuestros amigos berlineses?» La respuesta está en que, desde un principio, la reedición se vio forzada por la idea bien presente del proyecto de ley anti-subversiva. Si el proyecto era aprobado existía, de hecho, el riesgo de que el escrito no pudiese ser publicado ya.[141] Pero de todos modos, del contenido de la carta recientemente encontrada, en la que Engels acepta las supresiones de determinados pasajes, se desprende que existía una discrepancia fundamental entre el planteamiento que hacía Engels de la cuestión de la relación entre legalidad y revolución y el que hacía la dirección del partido:

«He tomado nota de vuestros graves escrúpulos ante las posibilidades a pesar de que aún con la mejor voluntad no alcanzo a ver en qué consiste la irresolución ni en la mitad. No puedo aceptar que os entreguéis en cuerpo y alma a la legalidad absoluta, a la legalidad bajo cualesquiera condiciones, a la legalidad aunque las leyes sean violadas por sus propios autores, en una palabra: que os propongáis prescribir la política de ofrecer la mejilla izquierda cuando os hayan pegado una bofetada en la derecha… Soy de la opinión de que no ganáis nada predicando la absoluta renuncia a la ofensiva. Ninguna persona se lo cree y ningún partido de ningún país va tan lejos como para renunciar al derecho de resistir a la ilegalidad con las armas en la mano.

»Por otra parte, también tengo que tener en cuenta que los extranjeros –franceses, ingleses, suizos, austríacos, italianos, etc.– también leen mis cosas y de ninguna manera me puedo comprometer tanto ante ellos…

«Bueno, en absoluto puedo ir más lejos. He hecho todo lo que me ha sido posible para ahorraros contrariedades en el debate. Pero haríais mejor manteniendo el punto de vista de que el compromiso de la legalidad es de naturaleza jurídica, no moral…

»Pero vosotros –o por lo menos algunos de entre vosotros– habéis tenido la debilidad de no haberos enfrentado debidamente a las pretensiones del enemigo: entender el compromiso de la legalidad también en un sentido moral, como algo vinculante bajo cualesquiera condiciones, en vez de decir: Tenéis el poder, vosotros hacéis las leyes; si las infringimos, nos podéis tratar de acuerdo con esas leyes, lo soportamos y se acabó. Fuera de esto no tenemos ningún deber ni vosotros ningún derecho. Esto es lo que hicieron los católicos cuando las Leyes de Mayo y los antiguos luteranos en Meißen … y no les podéis desmentir el punto de vista. El proyecto de ley anti-subversión se va a malograr de un modo u otro, algo así ni se puede proclamar ni mucho menos llevar a la práctica; si esa gente tiene el poder os van a amordazar y a fastidiar de un modo u otro…

«¡Pensad en vuestras propias ilegalidades cuando la ley antisocialistas, la misma que se os quiere volver a imponer! Legalidad tanta cuanto nos convenga y hasta cuando nos convenga, pero ¡nada de legalidad a todo precio, ni siquiera en la fraseología!»[142]

En cierto modo, éste era el verdadero testamento de Engels.[143] Seguía siendo el mismo revolucionario de siempre y lo casi conmovedor de la situación era que estaba convencido de que también lo eran los dirigentes del partido de Berlín. Para éstos, la cuestión del objetivo final, sin embargo, se había ido relativizando más y más a medida que se implicaban en las cuestiones del momento. También el partido había crecido y se había convertido en una poderosa organización y los dirigentes de Berlín le daban mucha importancia a su continuidad y a su crecimiento futuro. De hecho, ¿qué era medio y qué era objetivo? En una atmósfera dominada por estos planteamientos la visión de la legalidad y la revolución iba modificándose paso a paso.

La herencia que Engels dejó tras de sí era muy significativa. Pero como muy frecuentemente ocurre, los herederos querían utilizar la herencia de modo diferente a lo que ésta estaba inicialmente destinada. Podría parecer como si la obra de Engels desembocase en tres problemas no resueltos o que, precisamente, desembocase en tres motivos para la revisión de la teoría originaria. No era nada rara esta interpretación entre los contemporáneos. En uno de los tres puntos, el de la teoría del valor, Engels se enfrentaba realmente ante un problema que, tanto entonces como más tarde, entrañaba grandes dificultades. Sin embargo, por lo que se refiere a la concepción materialista de la historia, no se trataba más que de un problema aparente: lo que él dijo a este respecto encontraba como oposición tan sólo una forma vulgarizada de la concepción materialista de la historia. En algunos puntos introducía explicitaciones a enunciados teóricos antes formulados de un modo excesivamente sumario. En cuanto al problema de revolución y legalidad, por último, fueron sobre todo circunstancias externas las que dieron la impresión de que en las últimas tomas de posición de Engels había un retroceso. Al igual que los revisionistas, también Engels chocaba con nuevos problemas y experiencias en una sociedad que estaba cambiando muy rápidamente. Pero su reacción ante esto fue, de hecho, muy diferente a la de aquéllos.

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NOTAS

1. Citado en H. Hirsch, Friedrich Engels in Selbstzeugnissen und Bilddokumenten, Hamburgo 1968, pág. 134.
2. E. Bernstein, Die Voraussetzungen des Sozialismus und die Aufgaben der Sozialdemokratie, Berlín 1906, pág. 11 y ss. En lo sucesivo se citará también por esta segunda acción, que sólo contiene un nuevo prólogo. La más importante modificación concreta se realizó en el párrafo introductorio al primer capitulo, apartado b.
3. P. Barth, «Die sogenannte materialistische Geschichtsauffassung», Jahrbücher für Nationaldekönomie und Statistik, 3.a serie, vol. XI, Jena 1896, págs. 1 a 34, en particular, pág. 19.
4. P. Barth, Die Geschichtsphilosophie Hegels und der Hegelianer bis auf Marx und Hartmann, Leipzig 1890.
5. Ibíd., págs. 43, 133 y 134.
6. Ibíd., pág. 59.
7. Ibíd., pág. 61.
8. Ibíd., pág. 52.
9. Ibíd., pág. 53.
10. Ibíd., pág. 60.
11. De la introducción de la redacción a la publicación de la carta de Engels a Conrad Schmidt de l-VII-1891 en el Leipziger Volkszeitung del 26-X-1895. Citado según Die Dokumente des Sozialismus II, Berlín 1902, pág. 65.
12. Engels a Conrad Schmidt, l-VII-1891, MEW 38, pág. 128.
13. Ch. Bonnier, Hegel und Marx, NZ, vol. 9/2 (1890/91), pág. 653.
14. Ibíd., pág. 660.
15. Engels a Conrad Schmidt, 27-X-1890, MEW 37, pág. 494.
16. Engels a Conrad Schmidt, 5-VIII-1890, MEW 37, pág. 435.
17. Engels a Conrad Schmidt, 1-VII y l-II 1891, MEW 38, págs. 128 y 203.
18. Engels a Joseph Bloch, 21-IX-1890, MEW 37, pág. 463 así como la nota 463 de la pág. 602.
19. F. Mehring, Die Lessíng-Legende, Stuttgart 1893, págs. 429-500. El apéndice no fue incluido en las ediciones posteriores. Las citas provienen de la primera edición de F. Mehring, Gesammelte Schriften und Aufsatze, vol. IV, Berlín 1931, págs. 273-332. La concepción de la historia de Mehring fue tratada por J. Schleifstein, Franz Mehring. Sein marxistisches Schaffen 1891-1919, Berlín 1959, págs. 88-111; y por W. Kumpmann, Franz Mehring als Vertreter des historischen Materialismus, Wiesbaden 1966, págs. 68-138. Andreas von Weiß se ocupa del tema de pasada en A. Weiß, Die Diskussion über den historischen Materialismus in der deutschen Sozialdemokratie, Wiesbaden 1966.
20. F. Mehring, op. cit., en particular pág. 308 y ss.
21. Ibíd., pág. 305 y ss.
22. Ibíd., pág. 316.
23. P. Barth, op. cit., pág. 58.
24. F. Mehring, op. cit., pág. 321.
25. Esto afecta, por ejemplo, también al hecho destacado un año antes por Engels (en el estudio: Über historischen Materialismus, 1892) de que Rousseau y la filosofía de La Ilustración se basaban prácticamente en el materialismo inglés (sensualismo) de Hobbes y Locke, adquiriendo de este modo éste indirectamente importancia con respecto a la Revolución Francesa. Barth postula también otro ejemplo acertado: «El estado ideal de Platón refleja ciertamente el estado de guerreros dórico, pero su teoría del conocimiento está tan desvinculada del medio económico e histórico que
la rodeaba, que su teoría de las ideas ha podido ser renovada más de 2000 años después en el mundo moderno por Schopenhauer.» P. Barth, op. cit., pág. 58.
26. F. Mehring, op. cit., pág. 291.
27. F. Tönnies, «Neuere Philosophie der Geschichte: Hegel, Marx, Comte», Archiv für Geschichte der Philosophie, vol. VII, Berlín 1894, págs. 486515. Tonnies mostraba que Barth había supuesto «irreflexivamente» que Marx había negado la historia interna propia a las ideologías y su causalidad interna. «En tal caso Marx no se habría tomado tantísimo trabajo con la historia de la economía política, una forma relativamente subalterna de la consciencia científica. Tampoco hay ningún motivo para suponerle tan estúpido como para no saber que los actos políticos están determinados por teorías científicas y que éstas, a su vez, influyen sobre la vida conformándola o, al menos, modificándola.» Ibid., pág. 506. Las metáforas marxianas de base y sobrestructura, rechazadas por Barth, eran muy acertadas para Tönnies: «Y de todos modos está clarísimo que lo único que se pensaba es que: la casa precisa de los cimientos, pero los cimientos no tienen necesidad de la casa. Así, las actividades más elevadas de la vida precisan de las más bajas, pero las más bajas no precisan de las más altas.» Ibid., pág. 507. En oposición a Barth, Tönnies veía en la concepción materialista de la historia un gran avance científico: «El uso correcto de las correctas ideas básicas del punto de vista materialista acerca de los cambios históricos se afirmará como un avance del conocimiento científico. Marx aplicó la gran potencia de su pensamiento a sacar a la luz la ley de movimiento de la sociedad moderna y también en la comprensión de los períodos contemporáneos se halla para nosotros lo más importante si es que queremos derivar alguna utilidad del conocimiento del condicionamiento social del pensamiento y de la acción humanos.» Ibid., 510. En su anticrítica, Barth precisaba sus puntos de vista originales. Afirmaba que la visión de Marx consistía «de hecho en el postulado de que las relaciones económicas determinan inmediatamente todo lo que aparece en la vida social de representación, que ésta no contiene nada que no sea una imagen inmediata, vina forma, un revestimiento de un hecho económico». P. Barth, «Zu Hegels und Marx, Geschichtsphilosophie», Archiv für Geschichte der Philosophie, NF, vol. I (1895), pág. 319. Afirmaba que en Marx y Engels no había «ni huella de autonomía de la política, el derecho o las ideologías… o ni siquiera de la interacción entre estos campos y la economía …» Ibid., pág. 322.
Tönnies le envió a Engels su crítica de Barth. Engels le contestó: «Me parece que le trata al Sr. Barth con alguna benevolencia: en mis manos creo que, por lo menos, no saldría tan bien librado. De todos modos hay que irse acostumbrando a que, en los debates literarios, el oponente, con el estilo de un abogado, suprima lo que no le interesa. Pero en el caso del Sr. Barth este procedimiento viene utilizado de tal modo y hasta tal extremo que urge la cuestión de saber dónde acaba la ignorancia pura y la estupidez y dónde empieza la deformación intencionada, consciente.» Engels a Ferdinand Tönnies, 24-1-1895, MEW 35, pág. 394.
28. P. Ernst, Mehrings «Lessing-Legende» und die materialistische Geschichtsauffassung, NZ, vol. 12/2 (1893/94), pág. 8 y s.
29. F. Mehring, Zur historisch-materialistischen Methode, op. cit., pág. 171.
30. «Con esto se halla relacionado también el necio modo de ver de los ideólogos: como negamos un desarrollo histórico independiente a las distintas esferas ideológicas, que desempeñan un papel en la historia, les negamos también todo efecto histórico. Este modo de ver se basa en una representación vulgar y antidialéctica de la causa y el efecto como dos polos fijamente opuestos, en un olvido absoluto del juego de acciones y reacciones. Que un factor histórico, una vez alumbrado por otros hechos, que son en última instancia hechos económicos, repercute a su vez sobre lo que le rodea, e incluso sobre sus propias causas, es cosa que olvidan, a veces muy intencionadamente, esos caballeros, como, por ejemplo, Barth al hablar del estamento sacerdotal y la religión, pág. 475 de su obra de usted. Me ha gustado mucho su manera de ajustarle las cuentas a ese sujeto, cuya banalidad supera todo lo imaginable. ¡Y a un individuo como ese se le nombra profesor de historia en Leipzig! Debo decir que el viejo Wachsmuth, también muy cerrado de mollera, aunque mucho más sensible ante los hechos, era un tipo muy diferente.» Engels a Mehring, 14-VII-1893, MEW 39, pág. 98.
31. Engels a Bebel, 16-111-1892: En: F. Engels, Briefe an Bebel, Berlín 1958, pág. 223; o bien: MEW 38, pág. 308. Cuando Paul Ernst, que aparece citado en el texto, entró en 1890 en polémica con el crítico literario austríaco Hermann Bahr, le pidió a Engels su opinión y éste le respondió con una cierta acritud: «Por lo que se refiere a su intento de darle un tratamiento materialista a la cuestión, tengo que decirle, sobre todo, que el método materialista se convierte en su contrario si en vez de tomarlo como un hilo conductor del estudio histórico se le hace jugar el papel de patrón acabado con el que cortar a la medida los hechos históricos. Y si el Sr. Bahr cree sorprenderle a usted en este equívoco, me parece que no deja de asistirle cierta sombra de razón.» Engels a P. Ernst, 5-VI-1890, MEW 37, pág. 411. En el mismo espíritu, le escribía a Conrad Schmidt: «La concepción materialista de la historia también tiene ahora muchos amigos de ésos, para los cuales no es más que un pretexto para no estudiar la historia. Marx había dicho a finales de la década del 70, refiriéndose a los “marxistas” franceses, tout ce que je sais, c’est que je ne suis pas marxiste”... Hay que estudiar de nuevo toda la historia, investigar en detalle las condiciones de vida de las diversas formaciones sociales, antes de ponerse a derivar de ellas las ideas políticas, del derecho privado, estéticas, filosóficas, religiosas, etc., que a ellas corresponden. Hasta hoy, en este terreno se ha hecho poco, pues ha sido muy reducido el número de personas que se han puesto seriamente a ello. Aquí necesitamos fuerzas en masa que nos ayuden; el campo es infinitamente grande, y quien desee trabajar seriamente, puede conseguir mucho y distinguirse. Pero, en vez de hacerlo así, hay demasiados alemanes jóvenes a quienes las frases sobre el materialismo histórico (iodo puede ser convertido en frase) sólo les sirven para erigir a toda prisa un sistema con sus conocimientos históricos, relativamente escasos –¡la historia económica está todavía en mantillas!–, y pavonearse luego, muy ufanos de su hazaña. Y entonces es cuando puede aparecer un Barth cualquiera, para dedicarse a lo que, por lo menos en su medio, ha sido reducido a la categoría de una frase huera.» Engels a Conrad Schmidt, 5-VIII-1890, MEW 37, pág. 436 y s. «Desgraciadamente, ocurre con hasta frecuencia que se cree haber entendido totalmente y que se puede manejar sin más una teoría por el mero hecho de haber asimilado, y no siempre exactamente, sus tesis fundamentales. De este reproche no se hallan exentos muchos de los nuevos “marxistas” y así se explican muchas de las cosas peregrinas que han aportado.» Engels a Bloch, 21-IX-1890, MEW 37, pág. 465.
32. Ibid.
33. Ibid.
34. Engels a Mehring, 14-VII-1893, MEW 39, pág. 96.
35. Ibid., pág. 98.
36. Engels a Bloch, 21-IX-1890, MEW 39, pág. 464
37. Ibid., pág. 463 y s.
38. Ibid., pág. 463.
39. Engels a Conrad Schmidt, 27-X-1890, MEW 37, pág. 488.
40. Ibíd., pág. 439.
41. Ibíd., pág. 490 y s.
42. Ibíd., pág. 492.
43. Ibíd., pág. 491.
44. Ibíd., pág. 493.
45.Ibíd.
46. «Hay un juego de acciones y reacciones, sobre la base de la necesidad económica, que se impone siempre, en última instancia. El estado, por ejemplo, actúa por medio de los aranceles protectores, el librecambio, el buen o mal régimen fiscal; y hasta la mortal agonía y la impotencia del filisteo alemán por efecto de la mísera situación económica de Alemania desde 1648 hasta 1830, y que se revelaron siempre en el pietismo y luego en el sentimentalismo y en la sumisión servil a los príncipes y a la nobleza, no dejaron de surtir su efecto económico. Fue éste uno de los principales obstáculos para el renacimiento del país, que sólo pudo ser sacudido cuando las guerras revolucionarias y napoleónicas vinieron a agudizar la miseria crónica.» Engels a H. Starkenburg, 25-1-1894, MEW 39, pág. 206.
47. Ibíd., pág. 207.
48. «El resultado general a que llegué, y que, una vez obtenido, me sirvió de guía para mis estudios, puede formularse brevemente de este modo:
»En la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la que se eleva una sobrestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de conciencia.
»El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general. No es la consciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su consciencia.
»En un determinado estadio de su desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una época de revolución social.
»El cambio que se ha producido en la base económica trastorna más o menos lenta o rápidamente toda la colosal sobrestructura. Al considerar tales trastornos importa siempre distinguir entre el trastorno material de las condiciones económicas de producción –que se debe comprobar fielmente con ayuda de las ciencias naturales– y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra, las formas ideológicas, bajo las cuales los hombres adquieren consciencia de este conflicto y lo resuelven. Así como no se juzga a un individuo por la idea que él tenga de sí mismo, tampoco se puede juzgar tal época de trastorno por la consciencia de sí misma; es preciso, por el contrario, explicar esta consciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto que existe entré las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todad las fuerzas productivas que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones hayan sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando de más cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir.
»Esbozados a grandes rasgos, los modos de producción asiáticos, antiguos, feudales y burgueses modernos pueden ser designados como otras tantas épocas progresivas de la formación social económica.» Karl Marx, Zur Kritik der politischen Ökonomie, Berlín 1859; reimpresión, Berlín 1963, página 15 y s.; o bien: MEW 13, pág. 9 y s.
49. E. Bernstein, Voraussetzungen…, op. cit., pág. 6.
50. «En la interacción… se contiene y se supera el progreso infinito de causas y efectos, que pasa a ser progreso real al estar en ella doblemente orientado el pasaje rectilíneo de causas a efectos y de efectos a causas.» G. W. F. Hegel, Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften in Grundrisse (1839); reedición de Nicolin y Poggeler, Berlín 1966, pág. 147. «La interacción es, por lo tanto, solamente la causalidad misma; la causa no tiene un solo efecto sino que en el efecto se encuentra en relación consigo misma en tanto que causa.» G. W. F. Hegel, Wissenschaft der Logik, Leipzig 1963, II, pág. 263 y s.
«El movimiento mecánico se convierte en calor, electricidad, magnetismo, luz, etc. y viceversa. Así, la ciencia natural confirma lo que Hegel dice… de que la interacción es la verdadera causa finalis de las cosas. Más allá del conocimiento de esta interacción no podemos llegar precisamente porque nada hay tras ella susceptible de conocimiento. Una vez conocidas las formas de movimiento de la materia… hemos conocido ya la materia misma con lo que se acaba el conocimiento… Sólo a partir de esta interacción universal llegamos a la relación de causalidad real. Para entender los fenómenos singulares tenemos que desprenderlos del contexto general y considerarlos aisladamente: entonces aparecen los movimientos cambiantes, unos como causas, otros como efectos.» F. Engels, Dialektik der Natur, MEW 20, pág. 499.
51. En las Tesis sobre Feuerbach (1845), que eran la expresión concentrada de la concepción a la que hablan llegado Marx y Engels, se decía: «El defecto fundamental de todo el materialismo anterior –incluido el de Feuerbach– es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo… La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación distinta, olvida que las circunstancias se hacen cambiar precisamente por los hombres y que el propio educador necesita ser educado… Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.» Marx-Engels, Ausgewählte Schriften, II, Berlín 1964, pág. 370 y ss. Engels publicó estas tesis en 1888.
52. Marx escribió lo siguiente sobre los legitimistas y los orleanistas en tanto que representantes, respectivamente, de los terratenientes y de la aristocracia financiera: «Lo que separaba, pues, a estas fracciones no era eso que llaman principios, eran sus condiciones materiales de vida, dos especies distintas de propiedad; era el viejo antagonismo entre la ciudad y el campo, la rivalidad entre el capital y la propiedad del suelo. Que, al mismo tiempo, había viejos recuerdos, enemistades personales, temores y esperanzas, prejuicios e ilusiones, simpatías y antipatías, convicciones, artículos de fe y principios que los mantenían unidos a una dinastía, ¿quién lo niega? Sobre las diversas formas de propiedad, sobre las condiciones sociales de existencia, se levanta toda una sobrestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de vida diversos y plasmados de un modo peculiar. La clase entera los crea y los plasma sobre la base de sus condiciones materiales y de las relaciones sociales correspondientes.» Karl Marx, Der achtzehnte Brumaire des Louis Bonaparte (1852), citado aquí según la edición de 1885. Marx-Engels. Ausgewáhlte Schriften, I, op. cit., pág. 249. Véanse, asimismo, las págs. 244, 251, 258, 272, 275, 279 y s., 282, 298, 302, 307 y 313 acerca de la importancia decisiva de la sobrestructura. En un pequeño estudio, publicado postumamente en Inglaterra el mismo año en que Bernstein publicó sus Premisas, Marx escribió sobre las causas que motivaron que durante la gran guerra del Norte, el gobierno inglés se aliara con Rusia en contra de Suecia. Los motivos aducidos ante la opinión pública eran comerciales, pero esto no fue más que un pretexto: «Hacia esa época al gabinete le correspondió al menos el deber de inventarse pretextos comerciales para las medidas de política exterior aun cuando aquéllos fuesen supérfluos.» K. Marx, Secret Diplomátic History of the 18th Century, Londres 1899, pág. 55.
53. K. Marx, Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilosophie (1844). Marx-Engels, Die Heilige Familie, Berlín 1953, pág. 21.
54. Lo que equivalía a la «wage-unit» keynesiana. J. M. Keynes, General Theory of Employment, Interest and Money, Londres 1936, pág. 41. Véase asimismo, Thomas Sowell, «Marxian Value reconsidered», Economica, agosto 1963, pág. 301.
55. K. Marx, Das Kapital, I, MEW 23, pág. 181, nota 37; pág. 230, nota 28; pág. 234, nota 319; pág. 325 y 428, nota 150.
[*] Engels se refiere al manuscrito que fue publicado más tarde, entre 1905 y 1910, por Kautsky con el título Theorien über den Mehrwert. Véase MEW 26, II, págs. 17-21, 55-62, 164-228, 432-466.
56. K. Marx, Das Kapital, II, MEW 24, pág. 26.
57. Marx a Engels, 2-VIII-1862; Marx-Engels, Briefe über «Das Kapital», Berlín 1954, pág. 105 y ss.; o bien: MEW 30, pág. 263 y ss.
58. Engels a Marx, 26-VI-1867; Ibíd., pág. 139, o bien: MEW 31, pág. 310.
59. «La respuesta a esta cuestión presupone… que la transformación de la plusvalía en beneficio, la del beneficio en beneficio medio, etc., haya sido expuesta. Esto exige previamente la exposición del proceso de circulación del capital, ya que la rotación del capital, etc., juega aquí su papel. Este asunto no puede, pues, ser expuesto sino en el tercer libro… Ahí se verá de donde deriva la forma de pensar de los burgueses y de los economistas vulgares, es decir que proviene de que en su cerebro no hay nunca cosa que la forma fenoménica inmediata de las relaciones que se reflejan, y no las relaciones internas. Por lo demás, si fuera ese el caso, ¿para qué serviría entonces una ciencia?
»Así pues, si quisiera al mismo tiempo cortar por lo sano las críticas de este género, daría al traste con todo el método de desarrollo dialéctico. Por el contrario, este método tiene la cualidad de que tiende constantemente trampas a esos tipos y provoca intempestivas manifestaciones de su burricie.» Marx a Engels, 27-VI-1867. Ibíd., pág. 142; o bien: MEW 31, pág. 312 y s.
60. W. Lexis, «Die Marxsche Kapitaltheorie», Jahrbücher für Nationalökonomie und Statistik, NF, vol. 11 (1885), págs. 452-465, en particular pág. 465; P. Fireman, «Kritik der Marxschen Werttheorie», Jahrbücher für Nationalókonomie und Statistik, 3.a serie, vol. III (1892), págs. 793-808; C. Schmidt, Die Durchschnittsprofitrate auf Grundlage des Marx’schen Wertgestzes, Stuttgart 1889. Del mismo, Die Durchschnittsprofitrate auf Grundlage des Marx’schen Wertgestzes, NZ, vol. 11 (1892/93).
61. En principio se trataba de la solución de Marx, a la que Fireman había llegado por su cuenta. Esto se desprende, entre otros, del siguiente párrafo, en el que se presupone la tasa media de beneficio:
«De aquí se sigue que algunas mercancías han de ser vendidas por encima de su valor, otras en la misma medida por debajo de su valor y que sólo las mercancías de las ramas de producción que cuentan con una determinada relación c= v de cuantía media alcanzan un precio que se corresponde con su verdadero valor.
»¿Constituye esta incongruencia entre los precios singulares y sus verdaderos valores una refutación del principio del valor? De ningún modo. Pues por el hecho de que los precios de algunas mercancías suben por encima del valor en la misma medida en que los precios de otras bajan con respecto al valor, la suma total de los precios permanece igual a los valores. En esta igualdad de la suma de los valores y de la suma de los precios, a pesar del desplazamiento producido en los precios singulares por el beneficio convencional, tan sólo se puede encontrar una confirmación de principio del valor, que se hace válido todavía en última instancia…
»La incongruencia que acabamos de considerar consiste, así, en la incongruencia entre precios singulares de mercancías y los valores de las mercancías correspondientes y puede ser vista como una perturbación del cambio de las mercancías que acaece en virtud del valor implícito a las mercancías, como una perturbación provocada por la competencia. Sin embargo, en las ciencias exactas no se acostumbra a considerar en ningún caso una perturbación exactamente mensurable como una refutación de una ley.» P. Fireman, op. cit., pág. 808.
62. K. Marx, Das Kapital, III, MEW 25, pág. 184.
63. Ibid., pág. 174.
64. Ibid., pág. 205 y s.
65. Ibid., pág. 182.
66. Ibid., pág. 169.
67. Ibid., pág. 46. Esto equivalía a los «natural prices» de Ricardo.
68. «Cualquier niño sabe que toda nación se derrumbaría si cesara el trabajo, no digo durante un año, sino aunque no fuese más que durante algunas semanas. Ese niño sabe igualmente que las masas de productos que corresponden a las distintas necesidades exigen diferentes masas y cuantitativamente determinadas de la totalidad del trabajo social.
»Es evidente de por sí (self-evident) que esa necesidad de la distribución del trabajo social en proporciones determinadas no queda en absoluto suprimida por la forma determinada de la producción social: sólo la forma en que se manifiesta puede ser modificada. Las leyes naturales, por definición, no pueden ser suprimidas. Lo que puede ser transformado, en situaciones históricas diferentes, es tan sólo la forma en que se imponen esas leyes. Y la forma en que se realiza esa distribución proporcional del trabajo, en un estado social en el que la estructura del trabajo social se manifiesta en forma de un cambio privado de productos individuales del trabajo, esa forma es precisamente el valor de cambio de esos productos.
»A la ciencia le corresponde precisamente desarrollar cómo actúa esa ley del valor. Por tanto, si se tratara de comenzar «explicando» todos los fenómenos que en apariencia contradicen a las leyes, habría que poder presentar una ciencia antes de la ciencia. Ése es justamente el error de Ricardo, quien en su primer capítulo sobre el valor, supone como dadas todas las categorías posibles, que primero han de ser explicadas para mostrar después su conformidad con la ley del valor. El economista vulgar no sospecha siquiera que las relaciones reales del cambio cotidiano y las magnitudes de los valores no pueden ser inmediatamente idénticos. La astucia de la sociedad burguesa consiste justamente en que, a priori, no hay reglamentación social consciente para la producción. Lo que la razón exige y lo que la naturaleza hace necesario no se realiza más que en forma de una media que actúa ciegamente. Y entonces el economista vulgar cree realizar un gran descubrimiento cuando, encontrándose ante la revelación de la conexión interna de las cosas, se obstina en sostener que esas cosas, tal como se presentan, ofrecen un aspecto completamente distinto. De hecho, saca vanidad de su aferrarse a la apariencia que considera como la verdad última. Entonces, ¿qué necesidad hay ya de una ciencia?» Marx a Kugelmann, 11-VII-1868, Briefe über das Kapital, pág. 185 y s.; o bien: MEW 32, pág. 552 y ss.
69. K. Marx, Das Kapital, III, MEW 25, págs. 186, 189 y 197.
70. Ibíd., pág. 183.
71. Véase, más arriba, la nota 61. Asimismo, la teoría de Pareto sobre la abstracción sucesiva: V. Pareto, Cours d’économie politique, Lausanne 1896, I, pág. 16 y s.
72. En el Homenaje a Karl Knies, editado por O. v. Bönigk, Berlín 1896, págs. 86-205.
73. Por Werner Krause a principios de los años sesenta. Véase W. Krause, Sombarts Weg vom Kathedersozialismus zum Fascismus, Berlín 1962, pág. 177.
74. Engels a Werner Sombart, 11-111-1895, MEW 39, pág. 428.
75. W. Sombart, «Zur Kritik des ökonomischen Systems von Karl Marx», Archiv für soziale Gesetzgebung und Statistik, vol. 7 (1894), págs. 555-594. En contra de Böhm-Bawerk afirmaba: «La teoría de Marx puede ser refutable, pero no ha sido refutada.» Ibíd., pág. 572, nota 1.
76. Ibíd., pág. 587. Un año antes –en 1893– Karl Bücher había publicado Die Entstehung der Volkswirtschaft, que quería ser una alternativa a la teoría marxiana de los estadios, y poco tiempo después Sombart y Weber habían de presentar concepciones sobre la esencia y la aparición del capitalismo competitivas de la de Marx. En el debate sobre el proyecto de ley anti-subversión, que tuvo lugar en el Reichstag alemán el 9 de enero de 1895, el extremadamente conservador dirigente del Partido Imperial Alemán, barón Karl-Ferdinand von Stumm-Halberg, tronaba no sólo contra los socialdemócratas sino también contra «el coqueteo de ciertos círculos cultivados, particularmente eruditos con la Socialdemocracia, con la revolución». En particular en Berlín se había formado «todo un socialismo universitario» y todo economista «que no siga los designios del socialismo» se veía «boicoteado… perseguido… motejado de no científico» y sin posibilidades de salir adelante. Citado en Lindenlaub, op. cit., I, pág. 58.
77. D. Lindenlaub, op. cit., II, pág. 274.
78. W. Sombart, op. cit., pág. 571.
79. Ibíd., pág. 574.
80. Ibíd., pág. 576.
81. Ibíd., pág. 578.
82. G. Gassel. «GrundriB einer elementaren Preislenre», Zeitschrift für die gesamte Staatswissenschaft (1899), pág. 395 y ss.
83. «Prescindiendo de la dominación de los precios y del movimiento de éstos por la ley del valor, es, pues, absolutamente correcto considerar los valores de las mercancías, no sólo teóricamente sino históricamente, como el prius de los precios de producción. Esto se refiere a los regímenes en que los medios de producción pertenecen al obrero, situación que se da tanto en el mundo antiguo como en el mundo moderno respecto al labrador que cultive su propia tierra y respecto al artesano. Coincide esto, además, con nuestro criterio expuesto anteriormente de que el desarrollo de los productos para convertirse en mercancías surge del intercambio entre diversas comunidades y no entre los individuos de la misma comunidad.» K. Marx, Das Kapital, III, MEW 25, pág. 186 y s.
84. Ibíd., pág. 584 y s.
85. Ibid.., pág. 586.
86. «Para mi satisfacción, Engels ha calificado mi concepción en una carta dirigida a mí como, en principio, correcta.» W. Sombart, Friedrich Engels 1820-1895. Ein Blatt zur Entwicklungsgeschichte des Sozialismus, Berlín 1895, pág. 18 y s.
87. Engels a Sombart, 11-111-1895, MEW 39, pág. 427.
88. Ibid., pág. 428.
89. Esto fue lamentado por los socialistas revisionistas alemanes: «Su posición con respecto a la Socialdemocracia –¡no puedo decir, desgraciadamente, en ella!– habría podido ser la más influyente. Precisamente con el creciente influjo actual de la reciente tendencia, la vuelta de Bernstein y sus probables consecuencias habría abierto para usted el más fructífero campo de acción…» Lily Braun a Werner Sombart, 14-IV-1898, citado por W. Krause, op. cit., pág. 183.
90. C. Schmidt, «Der Dritte Band des “Kapital”», Sozialpolitisches Centralblatt, IV año, 25-11-1895, pág. 257.
91. Ibid., pág. 258.
92. Engels a Conrad Schmidt, 12-111-1894, MEW 39, pág. 431.
93. Ibid., pág. 433.
94. Engels a Conrad Schmidt, 6-IV-1895, Ibid., pág. 461.
95. K. Marx, Das Kapital, III, MEW 25, págs. 185-189.
96. Engels a Conrad Schmidt, 6-IV-1895, MEW 39, pág. 461.
97. F. Engels, Erganzung und Nachtrag zum dritten Buch des «Kapital», I. Wertgesetz und Profitrate, II. Die Borse, NZ vol. 14 (1895/96), pág. 4 y ss., citado aquí según MEW 25, págs. 895 y ss.
98. F. Engels, Karl Marx’ Zur Kritik der politischen Ökonomie, en: K. Marx, Zur Kritik der politischen Ökonomie; op. cit., pág. 209.
99. Se trata de un modelo de sociedad de las mismas características de la que Adam Smith describe con las siguientes palabras: «En aquel estado primitivo y rudo de la sociedad en el que no había ni acumulación del capital ni apropiación de la tierra…» A. Smith, Natur und Ursachen des Volkswohlstandes, traducido nuevamente por W. Lowenthal, vol. I, Berlín 1879, pág. 50.
100. K. Marx, Das Kapital III, MEW 25, pág. 186.
101. F. Engels, Erganzung und Nachtrag, op. cit., pág. 907.
102. Ibid., pág. 909.
103. Ibid., pág. 911.
104. Ibid. Engels no aduce ningún tipo de prueba en lo referente a este punto. Como ilustración del problema general se reproducen seguidamente las tasas de beneficio obtenidas por cinco comerciantes de Danzig entre 1468 y 1472 calculadas por el historiador polaco Henryk Samsonowicz, que se ha dedicado principalmente a la historia de la Hansa:

Comerciante

1468

1469

1470

1471

1472

Promedio

Hinrik T.

63 %

31 %

38%

21 %

50 %

19 %

Peter S.

30 %

82 %

13%

58 %

0

33 %

Philip B.

22 %

16 %

57%

13 %

3%

16 %

Roloff F.

44 %

11 %

32%

5 %

6 %

Tideman M.

26 %

24 %

50%

44 %

35 %

8 %

Estos comerciantes se dedicaban en su totalidad a la importación en la misma ciudad. De estos datos Samsonowicz saca la siguiente conclusión: «No se puede hablar, por tanto, de una ganancia fija.» H. Samsonowicz, Untersuchungen über das Danziger Bürgerkapital in der zweiten Halfte des 15. Jahrhunderts, Weimar 1969, pág. 67 y ss. El ejemplo es un testimonio del carácter fuertemente hipotético de la suposición de Engels.
105. Ibíd., pág. 914.
106. Ibíd., pág. 916.
107. Ibíd., pág. 916 y s.
108. «De todos modos, el artículo no está completamente acabado y quizá, en su forma actual, no hubiese sido la última versión que Engels hubiese hecho de él. Pero en todo caso en su estado actual se halla listo para llegar a manos de la posteridad.
«Redactado en una época en la que Engels soportaba muy intensos dolores físicos, es decir, en los días inmediatamente anteriores a su muerte en los que, asaltado por rabiosos dolores de cabeza, le resultaba imposible dormir durante noches enteras, no pudiendo ni siquiera acostarse; días en los que él, que nunca se quejaba de nada y ni siquiera a sus amigos más íntimos quería dejar que notasen que sufría, a menudo tenía que interrumpir a mitad la conversación y retirarse porque el padecimiento se le hacía insufrible: redactado en esa época, el artículo muestra una claridad y una frescura que permiten suponerlo todo excepto que haya sido escrito por un hombre de setenta y cinco años en lucha con la muerte.» E. Bernstein, Vorbemerkung (zu Engels’ Aufsatz), NZ, vol. 14 (1895/96) pág. 5.
109. R. Hilferding, Böhm-Bawerks Marx-Kritik, Wien 1904.
110. K. Marx, Das Kapital, III, MEW 25, pág. 187.
111. La crítica de Helphand se hallaba oculta en una nota de tres páginas de extensión correspondiente a un artículo titulado Der Weltmarkt und die Agrarkrisis. Entre otras cosas escribía:
«Supuesto asimismo que estas premisas sean válidas, de ello resulta únicamente la voluntad de ambos partidos de intercambiar según el tiempo de trabajo. La cuestión fundamental, sin embargo, es si las relaciones económicas, las conexiones, existentes entre las clases sociales bajo el dominio de aquellas formas de producción lo permitían. El campesino tenía que prestarle servicios manuales y de yunta al señor; su tiempo de trabajo se aplicaba de un modo a veces muy difuso ora en provecho del señor ora en provecho de su propia economía; tenía, además, que entregarle al señor una parte del producto, recibiendo por ello algunas contraprestaciones; el campesino producía una cierta cantidad de los más diversos objetos, desde cereal hasta lana y tela, productos que, quizás, a su vez, eran luego reelaborados por su mujer, madre e hijas; producía además mantequilla, cerdos, aves de corral, huevos, etc.; utilizaba inmediatamente después en calidad de materias primas y de medios de producción una gran parte de los productos obtenidos en el ámbito de su propia economía, utilizando otra parte para su propio sustento; su jornada de trabajo, por otra parte, no se medía, siendo irregular y función de la época del año; tampoco trabajaba solo sino ayudado por su mujer e hijos y quizá también por sus ancianos padres, dependiendo además la productividad de su trabajo del tiempo y de todas las demás variables accidentales. ¿Cómo podía este campesino calcular el tiempo de trabajo contenido en el heno cargado en el carro que llevaba al mercado y en el saco de cereal o en la docena de huevos o en el tarrito de mantequilla que entregaba al artesano?» Parvus, Der Weltmarkt und die Agrarkrisis, NZ, vol. 14 (1895/96), pág. 753 y s. Se entiende que la discusión no tuviese continuidad.
112. Schmidt escribió sobre la relación entre precio y tiempo de trabajo:
«La simple regla de la coincidencia de ambos factores, que era imprescindible para una orientación provisional, ha de ser modificada en el sentido de que los precios reales se desvían de esa norma de base según una cierta regla formulable en general.
»Dando este rodeo –solo dando este rodeo– puede ser reconocida y comprendida en detalle la verdadera relación entre el tiempo de trabajo y los precios, pero también el modo en que se lleva a cabo realmente la explotación que es característica del modo capitalista de producción. Si uno se decide a repensar del modo aquí indicado, que no fue claramente delimitado por Marx, la teoría del valor, me parece que se dejan de lado, al menos en principio, las contradicciones puestas de relieve por Böhm-Bawerk.» Vorwärts, 10-IV-1897.
113. Engels a Paul Lafargue, 2-IX-1891, MEW 38, pág. 153.
114. W. Sombart, Friedrich Engels…, op. cit., pág. 31 y s.
115. E. Bernstein, Voraussetzungen…, op. cit., pág. 26.
116. Ibídem.
117. Ibíd., pág. 34.
118. K. Kautsky, Vagen till makten, Estocolmo 1914, pág. 52 y ss.
119. «No quiero decir con ello que a causa de esas palabras Engels resulte personalmente co-culpable de todo el curso de la evolución que hemos presenciado en Alemania; yo sólo digo: aquí hay un documento clásicamente redactado de la concepción que estaba viva en la Socialdemocracia alemana, o mejor: de la que la mató. Aquí, camaradas de Partido, Engels les expone, con todo el conocimiento de causa que también poseía en el terreno de la ciencia militar, que constituye una pura ilusión creer que, con el desarrollo actual del militarismo, de la industria y de las grandes ciudades, el pueblo trabajador puede hacer revoluciones callejeras y triunfar en ellas. Esta oposición trajo… consigo: primero se vio en la lucha parlamentaria el objeto de la acción revolucionaria directa del proletariado y precisamente por ello se la consideró como el único medio de la lucha de clases.» Rosa Luxemburg, Unser Programm und die politische Situation. Discurso pronunciado en el Congreso de fundación del KPD (Spartakusbund) el 31-XII-1918. En: Rosa Luxemburg, Politische Schriften, II, Frankfurt am Main 1966, página 176.
120 N. Riazanov, «Engels Einleitung zu Marx “Die Klassenkampfe in Frankreich 1848-1850”», Unter dem Banner des Marxismus, I (1925), págs. 160165.
121. Richard Fischer a Engels, 6-III y 14-111-1895: En: Bernstein, «Richard Fischer zum Gedächtnis», Sozialistische Monatshefte, año 32 (1926), pág. 676 y ss. Fischer era el director de la editorial del SPD y, en calidad de tal, mantenía contacto con Engels en lo referente a la publicación.
122. H. T. Steinberg, «Revolution und Legalitat. Ein unveróffentlicher Brief Friedrich Engels’ an Richard Fischer», International Review Science, vol. 12 (1967), pág. 177 y ss. Ya en 1965 Werner Blumenberg, presidente entonces del departamento de Alemania del Instituut voor sociale Geschiedenis, había indicado que existía tal carta. Véase: August Bebels Briefwechsel mit Friedrich Engels, editado por Werner Blumenberg, Den Haag 1965, páginas XL y 795, nota 1. La conclusión de Blumenberg de que la Introducción fue publicada «en la forma deseada por Engels» se demostró incorrecta en el mismo año de su formulación. Véase: B. Gustafsson (Ed.), Karl Marx och Friedrich Engels, Estocolmo 1965, pág. 256 y s. También: H. J. Steinberg, op. cit., pág. 180, nota 1.
123. G. Meyer, Friedrich Engels. Eine Biographie, Den Haag 1934, pág. 567.
124. F. Engels, Einleitung zum Neudruck von Marx’ «Klassenkampfe in Frankreich 1848-1850», NZ, vol. 13 (1894/95), pág. 5 y ss. y 36 y ss.; MEW 22, Pág. 514 y s.
125. Ibíd., pág. 516.
126. Ibid., pág. 515.
127. Ibid., pág. 518 y s.
128. Ibid., pág. 518.
129. Ibid., pág. 519.
130. Ibid., pág. 522.
131. Ibid., pág. 524.
132. Ibid., pág. 526.
133. Ibid., pág. 515.
134. Ibid., pág. 526.
135. Ibid., pág. 524.
136. Fischer a Engels, véase H. J. Steinberg, op. cit., pág. 181.
137. F. Engels, Einleitung…, op. cit., pág, 521.
138. «…por todas partes han pasado a un segundo plano las escaramuzas sin preparación… no malgastar en luchas de vanguardia este foco de poder cada día más fuerte, sino conservarlo intacto hasta el día decisivo… Violen ustedes la Constitución del Reich; entonces la Socialdemocracia quedará en libertad y podrá hacer y dejar de hacer, con respecto a ustedes, lo que quiera. Pero lo que haga, en tal caso, es difícil que se lo ponga hoy a ustedes en bandeja… ¿Quiere decir esto que en el futuro los combates callejeros no vayan a desempeñar ya papel alguno? Nada de eso. Quiere decir únicamente que, desde 1848, las condiciones se han hecho mucho más desfavorables para los combatientes civiles y mucho más ventajosas para las tropas. Por tanto, una futura lucha callejera sólo podrá vencer si esta desventaja de la situación se compensa con otros factores. Por eso se producirá con menos frecuencia en los comienzos de una gran revolución que en el transcurso ulterior de ésta y deberá emprenderse con fuerzas más considerables…» Ibid., pág. 521 y ss.
139. Engels a Kautsky, 25-111 y I-IV-1895 y Engels a Paul Lafargue, 28-III y 13-IV-1895, MEW 39, pág. 446 y 452 o bien 450 y 458.
140. F. Engels, Der Sozialismus in Deutschland, MEW 22, pág. 251.
Ante la afirmación de un colaborador del periódico italiano Tribuna, publicaba el 2-II-1892, de que este artículo significaba que Engels pensaba que los socialistas podrían hacerse con el poder cuando consiguiesen la mayoría en el Parlamento, Engels contestó:
«Sobre todo yo no he dicho que “el partido socialista conseguirá la mayoría y entonces tomará el poder”. Por el contrario, he subrayado que hay diez probabilidades contra una de que la clase dominante utilice la violencia contra nosotros mucho antes de alcanzar ese momento; sin embargo, esto nos llevaría del terreno de la mayoría de votos al terreno de la revolución.» F. Engels, Antwort an den ehrenwerten Giovanni Bovio, MEW 22, pág. 280. Véase también la carta de Engels a Lafargue de 12-11-1892, en la que Engels escribía que el valor del sufragio consistía en que «(muestra) con toda exactitud el día en que hay que echar mano a las armas para hacer la revolución; hay incluso diez probabilidades contra una de que, si los trabajadores utilizan con habilidad el sufragio universal, los círculos dominantes se vean forzados a transgredir la legalidad, es decir, a colocarnos a nosotros en la posición más favorable para llevar adelante la revolución». MEW 38, pág. 513 y s.
141. Engels a Richard Fischer, 2-II-1895, MEW 39, pág. 503, así como la nota 433 de la pág. 602.
142. Engels a Richard Fisher, 8-III-1895, MEW 39, pág. 424 y ss.
143. Véase G. Ritter, op. cit., pág. 43, nota 122; asimismo, H. J. Steinberg, Sozialismus und deutsche Sozialdemokratie, op. cit., pág. 70 y s.

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